viernes, 10 de octubre de 2008

Malasia y Singapur

En Koh Tao nos despedimos de Xavi y Jacobo y con ello cerramos una gran etapa en nuestro viaje. Ya hace casi tres meses desde que nos encontráramos por completa casualidad y, aunque al principio ninguno de nosotros estaba muy seguro de que nuestra convivencia fuera a funcionar, si lo hizo. Javi, Cris, Jacobo, Pablo y Xavi: ha sido un auténtico placer y un privilegio viajar con vosotros.

Así pues, muy a nuestro pesar pero con la obligación de cumplir nuestro plan inicial, dejamos Koh Tao en un ferrry nocturno que se balanceaba más que un columpio pero que no hubiéramos cambiado por ningún autobús. A las 5 de la mañana nos despertamos en el puerto de Surattani, en Tailandia, donde cogimos un minibus que pensábamos nos llevaria hasta Kuala Lumpur.

Sin embargo, el minibus nos dejó en un pueblucho malasio del que no conocemos ni siquiera el nombre. Allí, para nuestra sorpresa, tuvimos que esperar seis horas (¡seis!) bajo un calor abrasador. Por suerte, hace ya muchos años que los americanos decidieron exportar su Kentucky Fried Chicken a todos los rincones del planeta, y así nosotros pudimos pasar la mayoría de las horas de espera en uno de los pocos oasis de aire acondicionado que habían en tan recóndito pueblo. Finalmente, cogimos el autobús sobre las 10 de la noche con más sorpresas: ¡¡Qué autobús!! Sabemos lo que estáis pensando: "una mierda de autobús no es sorpresa a estas alturas...". Cierto. Y es que la sorpresa fue otra. Como un regalo del cielo, pasamos todo el trayecto hasta Kuala Lumpur tumbados en los superasientos superreclinables de un superautobús. Dormimos como bebés. La verdad es que Dios fué justo porque después de la cantidad de kilómetros que hemos recorrido en autobuses-patera nos merecíamos algo así. Gracias Señor.

A las 4 de la mañana conductor nos despertó de nuestro eterno sueño cual príncipe a su bella durmiente. Habíamos llegado a Kuala Lumpur. Otra vez mochilas a la espalda y a buscar hostal. Después de ser asaltados por los "relaciones públicas" de los diferentes hostales, nos instalamos en uno en China Town, de una calidad tal, que la primera mañana se nos partió una de las camas y tuvimos que cambiar de habitación. Kuala Lumpur algo más caro que Tailandia así que en esta ocasión tuvimos que volver a decantarnos por una habitación con lavabo compartido con el resto de la planta. El lado positivo es que, sin lavabo dentro, es más improbable que las cucarachas intenten colarse en tu equipaje...

Ya bien dormidos y comidos, nos tiramos a la calle en busca de la atracción turística número uno de Malasia: las torres Petronas. Estos edificios gemelos de 451 metros que un dia fueran los edificios más altos del mundo (y que hoy han quedado relegados al segundo puesto en beneficio de un edificio taiwanes) son seguramente los más espectaculares que hemos visto y, para qué engañarnos, que veremos en este viaje. Sobretodo de noche, tienen una planta imponente (veánse las fotos). Lo único que reprocharles es que no se puede subir hasta arriba del todo sino solamente hasta un puente que los dos edificios a unos 180 metros del suelo. Tarjeta amarilla para los dueños del edificio. Debajo de las inmensas torres se esconde un no menos inmenso centro comercial donde uno no deja de sorprenderse de los límites a los que ha llegado la globalización: Zara y Mango en Kuala Lumpur.

Entre las torres y China Town (donde dormimos) se encuentra, para reafirmar que Kuala Lumpur es una ciudad de altura, una torre de comunicaciones de 410 metros aunque no subimos porque costaba dinero...seguimos muy pero que muy rácanos, no lo vamos a ocultar. También de camino a casa nos dejamos perder por las calles de Little India, donde nos vimos metidos, por sorpresa, en una manifestación por los derechos de los indús en Malasia. Tan metidos estuvimos, que nos grabaron las cámaras de televisión. Es que estamos tan morenos que se nos confunde con indús (sombretodo a quién escribe estas lineas, de pelo rojo).

Vistas las torres, subido al puente que las une, hecho ver que comprábamos en el inmenso centro comercial, dormido en China Town, recorrido Little India, visitado el Mandarin Oriental (Calvillo, tú ya nos entiendes)...¿qué hacemos? Pues lo que hacemos siempre cuando se nos acaban las atracciones turísticas y para lo cual ya hemos encuñado un nuevo término: callejear. Sin rumbo. Sin destino. Sin objetivo alguno más que el de sentirnos parte de la ciuidad.

Lo primero que uno descubre "callejeando" por Kuala Lumpur es que, a diferencia de el resto de grandes ciudades asíáticas, su población es mayoritariamente musulmana. De hecho, no hace falta "callejear" demasiado para percatarse. Los cánticos islámicos que se pueden escuchar cada ciertas horas (incluidas las de madrugada) son pista suficiente. Es lo que tiene visitar una ciudad musulmana en pleno Ramadán.

Y lo segundo en ser descubierto es que Kuala Lumpur tiene poco más que ofrecer. Será porque ya hemos visitado ciudades como Bangkok, será porque llegamos a Malasia un tanto cansados o será porque añorábamos las aguas cristalinas de Koh Tao. Puede ser, pero la cuestión es que nos pasamos los dos últimos días un tanto aburridos. Tanto, que Prada incluso se fue solo al cine ante la negativa de Barbe a ver una película en inglés no subtitulada (por cierto, gran película: Rumulus, my father. Ni idea del título en castellano).

Y así, tras tres dias de visitas a torres gigantes, increíbles centros comerciales e intenso callejeo, y otros dos de aburrimiento profundo nos encaminamos hacia Singapur.

Tras un viaje de siete horas sin más novedad que la de que nos volviera a tocar un autobús de lujo (Señor, déjalo ya porque vamos a acabar acostumbrándonos...) nos plantamos en Singapur. Desde la estación de autobuses, teníamos indicaciones exactas de como llegar a casa de quien haría de anfitriona durante los siguientes cuatro días: Huy. Huy (se pronuncia joi) es la novia australiana de Don Albert Calvillo, a la que conocimos en Hong Kong y que amablemente se ofreció para acojernos en su piso durante nuestra estancia en la ciudad más al sur de la península de indochina. Nosotros, que cedemos fácilmente ante la amabilidad y que no rechazamos nada que nos pueda ahorrar una perras, accedimos encantados.

Sobre las 7 de la tarde llegamos al humilde piso de Huy, muy céntrico, con piscina casi olímpica, gimnasio y parking. Y si ya casi nos saltan las lágrimas al ver la piscina, Huy nos hizo llorar a moco tendido cuando nos recibió entre surtidos de embutido, berberechos y pan con tomate...Diez puntos para Huy. Todo sea dicho, aunque preparado por una australiana, el pan con tomate y el embutido sabía muy català (esta vez diez puntos para Calvillo por la clase pà amb tomàquet). Los berberechos...bueno, eran...dejémoslo en que en Singapur los berberechos no son la especialidad.

Como buena ejecutiva de marketing que es, Huy supo vendernos la ciudad como nadie. Desplegando todo su arsenal de técnicas de venta, nos conquistó a base de marisco, dim sum (tapas chinas) y vasos de vino australiano. Profesional, muy profesional.

Durante los cuatro dias siguientes a nuestra llegada, fuimos guiados por toda la ciudad. El fin de semana anterior a nuestra llegada se había disputado el GP de Fórmula 1 en Singapur, así que pudimos ver gran parte del circuito urbano, que seguía sin desmontar. Incluso vimos las marcas que Nelson Piquet dejó al estamparse contra las vallas durante la carrera (ver foto). También recorrimos las calles de Little India, del barrio árabe, por supuesto de China Town (y ya es la cuarta que vemos además de la China real, prou ja!). Cenas en Clarke Quay (epicéntro de la vida nocturna), copas en el Raffles Hotel (el más famoso de la ciudad), paseos por los jardines botánicos y baños en la piscina fueron la guinda a ese oasis de cuatro días a todo lujo que vivimos en Singapur.

Todo sea dicho. Como destino turístico, Singapur puede no ser tan interesante como otras ciudades asiáticas como podrían ser Pekín o Bangkok, ya que el ambiente, si bien la gente es fundamentalmente de origen chino, es más bien occidental. Que no se nos mal interprete. En Singapur se pueden hacer mil cosas y te lo pasas en grande (especialmente si se tiene una anfitriona como la que tuvimos nosotros), pero no tiene ese tipo de atracciones turísticas que no se pueden ver en otras partes del mundo. Para que nos entendamos, le falta una Torre Eiffel, una Gran Muralla o un Khao San Road para otorgarle un atractivo turístico especial.

Sin embrago, si que es muy interesante observar la vida que puede llevarse en Singapur. Ambiente totalmente occidentalizado, precios más que razonables (es seguramente lo más asiático de la ciudad), edificios gigantes, lo que significa trabajo para todos, combinados con multitud de espacios verdes, sin caos, y las islas tailandesas, malasias e indonesas a tiro de piedra (y por dos duros) para un fin de semana de desintoxicación laboral de vez en cuando. Gran calidad de vida la de Singapur. Ahí queda dicho para quién tenga en mente un cambio de aires.

Tras una despedida muy triste aunque sabrosa (con más embutidos y pan con tomate), nos encaminamos hacia el aeropuerto, donde cogeríamos un avión hacia Bali, Indonesia, sobre la que escribiremos a su debido tiempo...

To Huy: Even though this blog is normally written in Spanish, we can not finish this post without spending a few words on thanking you for the nice stay we had with you at your place. Thank you for taking care of us even on the days you had to work, for taking us everywhere, and for the "pamtumca", which certainly made us feel like home. As spoken, we owe you and Calvs a dinner wherever we meet again, whenever that may happen. Hopefully soon. Thanks very much for everything. Enjoy the wine and take care.

Y al resto, esperamos nos disculpéis por la inmensa parrafada (acorde con el tamaño de las Petronas), pero es que cada dia disfrutamos más escribiendo en este blog.

Las fotos ya están disponibles aquí:

http://picasaweb.google.com/guillermo.de.prada/MalasiaYSingapur#

Un abrazo,

Barbe y Prada

domingo, 5 de octubre de 2008

Tailandia (2): Koh Phangan y Koh Tao

Después de nuestra estancia un tanto problemática en Phi Phi ( clima y enfermedades), nos dirigimos a las islas de la costa este de Thailandia en busca de la Full Moon Party. Desde aquéllos primeros días en Vietnam en los que dejamos de viajar sólos, se había marcado el 14 de Septiembre como día clave para estar en la isla de Kho Phan Ngan. Y allí estábamos, los 4 supervivientes del grupo, después de la última baja de Pablo por problemas médicos y universitarios, viajando en un ferry nocturno hacía nuestro siguiente destino.
Para poder aclimatarnos bien al terreno y a las costumbres locales, decidimos adelantar nuestra llegada 5 días, y así tener tiempo también de calentar motores. La idea inicial, era alquilar motos durante el día para ver toda la isla y por la noche ir a la playa a escuchar música y . tomar algo. Evidentemente, como toda idea inicial, no la cumplimos, y evidentemente también, no sacrificamos la vida nocturna, así que dejamos lo de las motos para otra ocasión. La rutina era salir por la noche hasta que el cuerpo aguantara, dormir hasta tarde y bajar a la playa para aprovechar los últimos rayos de sol. Esto que parece tan simple, no lo era tanto, ya que con nuestro plan de presupuesto limitado, y dado que para esas fechas todos los hostales estan a unos precios desorbitados, tuvimos que optar por ir a los últimos bungalows de la zona, situados en lo alto de una colina en un extremo de la playa. O lo que es lo mismo, 20 minutos de camino de tierra llenos de repechos para llegar a la playa, los comercios, internet, etc etc.....Eso sí, las vistas eran increíbles, el servicio excelente y además tuvimos mascotas durante la semana ( un perrito rebautizado con el nombre de omellete, y en el bungalow de Prada y Barbe, apareció un dragon de más de un palmo).
Durante las primeras noches tuvimos tiempo de encontrárnos con muchísima gente conocida, con las que habíamos estado previamente en algún punto de Camboya o Laos, así como también de ampliar nuestro circulo de amistades. Ahi quedan esos mallorquines, las rapitenques ( Eva y Vane) y tantos otros. A destacar que más de la mitad de la gente era de Israel, y después de indagar, aún no nos quedo claro el porque de esa invasión, aunque no nos importó demasiado ya que los chicos parecían buena gente, y las chicas no son como nos las imaginábamos ( incluso encontramos a la hermana de Prada entre ellas).
Después de unas primeras noches ligths, llegó la hora de la Pool Party, que se celebra dos días antes de la Full Moon, y como indica su nombre, es una fiesta que se hace en un resort a pie de playa en el que la gente utiliza la piscina para sobrellevar mejor el calor de la noche. Así, entre bañito y bañito, pasan las horas y no te das ni cuenta, y ejemplo de ello, es que acabámos los 4 volviendo por su cuenta y a diferentes horas.....es lo que tiene conocer a más gente.
Al día siguiente, y después de nuestra sesión de sol de 6 de la tarde, nos pusimos en marcha para afrontar la pre-full moon party, donde nos habían dicho que ya se notaba más el ambiente, y no se equivocaron, al llegar a la playa había más de el doble de gente que las noches previas, y los locales ofrecían sus mejores espectáculos de fuego y ponían sus altavoces a todo volumen para atraer a la gente. La noche superó todas las expectativas, y entre "hemos perdido a barbe, vamos al panel a buscarlo", " escucha la música tio" o " me queda aún hasta las 7", nos pasó la noche volando, riendo, perdiéndonos, encontrándonos, volviendonos a reir......en definitiva, espectacular.
Al día después, ya 14 de Septiembre, nos encontrábamos en nuestra sesión de sol de tarde, comentando la jugada y esperando que se hiciera oscuro para la NOCHE. La rutina fué la de siempre, ducha, cena y a la playa. Al llegar ya nos dimos cuenta de que algo era diferente. Donde las noches anteriores había 1 puesto de buckets ahora habían 5, habían montados espectáculos por toda la playa, cada metro de arena estaba ocupado y parecía imposible poder encontrar a nadie entre la multitud. Así que marcamos un punto de encuentro para cuando nos separáramos. Lo cierto esque la fiesta no pintaba demasiado bien, primero por la aglomeración de gente, y segundo porque veíamos difícil superar a la noche anterior.
Poco a poco la cosa se fué animando, y poco a poco volvimos a tener momentos irrepetibles, que si pinturas, que si complementos, que si ahora vamos para aquí, y ahora para allá, que ahora Barbe se va con las rapitenques, Prada a conseguido un nuevo juguetito, Jaccobo un monito, y Xavi dándole al Bucket. Total, se nos hizo de día muy rápido, y no fué inconveniente para seguir la fiesta un rato más, hasta que los cuerpos se declararon en huelga....eso sí, antes de la subidita al hostal, un buen snitchel para recuperar fuerzas nos vino de muerte.
El día siguiente lo pasamos rememorando la noche, viendo las fotos, borrando muchas y sabiendo que si la pre fué buena, la Full fué IRREPETIBLE. Nos despedíamos de Kho Phan Nhgan sabiendo que no nos habíamos movido de una playa, pero sabiendo también que había sido una de las mejores semanas del viaje.

De Kho Phan Ngan, pusimos rumbo a Kho Tao, otra isla, esta vez más pequeñita, conocida mundialmente por sus centros de buceo. Inicialmente ibámos a estar 3 o 4 días para que Barbe estrenara su libro de buceo en el viaje, y la idea era ver otra isla más, pero nos gustó tanto el sitio que pronto decidimos estar ahí el resto de los días de Thailandia. Así pues, Prada aprovechó para sacarse el título de buceador ( PADI), ya que era una gran oportunidad por el precio y por el sitio donde hacías las inmersiones.
Los primeros días en la isla, estuvieron marcados por el curso y por las inmersiones de Prada y Barbe, mientras que Jacobo y Xavi aprovechaban un poco más la noche y la playita de día. En uno de los días de inmersión, Barbe tuvo la suerte de ver y poderse bañar 30 minutos con un tiburón ballena de 5 metros, una experiencia increíble, aunque costó lo suyo, porqué aquí el inteligente se olvidó de sacarse el cinturón de plomos con la emoción del momento.
Una vez terminado el tema buceo, nos dedicamos los 4 a explorar la isla en motos, y digo explorar porque habían unas montañas considerables para llegar a las mejores calas, y como es de suponer, la gran mayoría eran de arena. Lo que hacía la gente normal era alquilar motos de montaña o quads para hacerlo, pero costaban 5 veces más. Así que con dos motillos nos metimos por todos los rincones, patinazo por aquí, vigila la piedra por allá, en esta subida hay que bajarse uno porque no tira, ojo la bajada que los frenos no van muy bien, este ruido no es normal, etc etc.
Aunque en el momento sufres, fué bastante divertido, y pudimos bañarnos en las mejores playas, rodeados de peces por todos lados ( incluso vimos un tiburón de 1,5 metros, aunque su paso fué fugaz), barreras de coral enormes, piedras para poder practicar nuestros mortales, puestas de sol super bonitas, y todo esto poniéndonos morenos.
Las tardes las pasábamos en el Brother ( pub inglés), donde nos tomábamos algo y aprovechábamos el wi-fi gratis que ofrecían, para luego ir a cenar al mismo sitio de siempre, un bar local donde hacían una comida buenísima a un precio muy muy razonable. La vida nocturna estaba limitada a un solo local ( Lotus ) que además cerraba a las 2. Entre eso y la poca gente que había, nos obligaba a irnos pronto a dormir y aprovechar realmente lo bueno, que eran el sol y las aguas cristalinas. Con tanto relax, nos costó hacernos a la idea de que se había acabado, después de 8 días aún tienes ganas de quedarte 8 más.
Pero como nuestro viaje continua, tuvimos que decir adiós a la isla, adiós al relax absoluto y poner rumbo a Malasia. Y esta vez había algo nuevo, y era que otra vez volvíamos a estar sólos, Kho Tao fué el último destino con Jacobo y Xavi, ya que ellos regresaban ya a Barcelona. Así que iniciamos una tercera fase del viaje, otra vez mano a mano, y con el recuerdo de tantos y tantos momentos vividos en compañía durante los últimos 2 meses y medio. Des de aquí mandar un saludo a los 5 ( Cris, Javi, Pablo, Jacobo y Xavi) y decirles que a sido todo un placer conocerlos.

Prada y Barbe

Fotos:
http://picasaweb.google.com/guillermo.de.prada/Tailandia2KohPhanganYKohTao#

domingo, 21 de septiembre de 2008

Tailandia (1): Bangkok, Phuket y Koh Phi Phi

Viajamos desde Luang Prabang (Laos) a Bangkok, solos, por habernos separado de Pablo, Jacobo y Xavi por unos días ya que ellos ya habían visto Bangkok semanas atrás. Al no haber un autobus o tren directo desde Luang Prabang hasta Bangkok (¡en Laos no existe el tren!) tuvimos que dividir el trayecto en dos tramos.
En el primero, cogimos un autobus paupérrimo hasta Vientiane, capital de Laos. Como de costumbre, las doce horas de autobus a una temperatura tropical hicieron el viaje un poco duro. Y cuando a la temperatura se le suma que los asientos están diseñados para liliputienses de metro treinta, el viaje termina siendo un tanto infernal. De hecho, debido a que tuvimos que dormir con las piernas en alto porque no nos cabian entre asiento y asiento, estuvimos un dia y medio con los pies hinchados como globos. Pero bueno, ya no va a venir de doce horas malas de autobús. En peores plazas hemos toreado.
Llegados a Vientiane, tuvimos que esperar desde las 6 de la mañana hasta las 5 de la tarde, hora a la que salía nuestro tren destino Bangkok. La mejor opción para disfrutar de la espera fué una panaderia, básicamente por ser de los pocos establecimientos abiertos a esas horas intempestivas. Total, que nos pasamos de 6 de la mañana a 4 de la tarde sentados (cuando no tumbados) durmiendo en una panaderia-cafeteria en la que consumimos poco más que dos croissants. Había que ver las caras de los camareros...no tenían desperdicio. Después del feo de la panadería, cogemos el tren cama hacia Bangkok, sin mayores indicencias y acompañados de un pescador australiano reconvertido a monje budista. Viajar en tren, y más en tren cama, es un placer.
Llegamos a Bangkok. ¿Que decir de Bangkok? Quién haya estado estará de acuerdo en que es una ciudad de descripción dificil. Gente de todas partes, millones de travestis, otras tantas prostitutas, templos mezclados con edificios futuristas, paneles electronicos de mil colores y muchos, muchos, mochileros. Una mezcla curiosa y bastante explosiva.
Después de compartir taxi desde la estación de tren hasta Khao San Road, epicentro del movimiento mochilero (comunidad con la que cada vez estamos más integrados) con un parado italiano reconvertido a agente de importación/exportación, buscamos hostal y lo encontramos. Tan o más barato que en Laos, por cierto. Ya instalados, nos pasamos el primer dia metidos en una oficina de Japan Airlines debido a que tuvimos un pequeño problema con los billetes de avión. Todo solucionado con eficacia nipona. Billetes aparte, dedicamos nuestra estancia en Bangkok al turismo estándar: visita (exterior) a los templos más sonados, recorrido por los interminables mercados de China Town, y tal y tal. También le dedicamos nuestro tiempecillo a preparar un regalo de cumpleaños para la hermana de Barbe (Nati: ¡¡no nos dirás que no es original!!), lo cual no fué tarea fácil. Y aparte de turismo y regalos, el hecho de estar otra vez los dos solos nos sirvió para intentar retomar algunas actividades que un dia fueron parte de nuestra rutina pero que teniamos un poco en espera como pueden ser el salir a correr o escribir este mismo blog.
Al tercer dia en Bangkok nos reencontramos con Pablo, Xavi y Jacobo, que llegaron en autobús desde Pai, al norte de Tailandia. Una vez reunidos, fuimos a ver el espectáculo más dantesco pero más renombrado de Bangkok: El Ping Pong show. El show consiste en algo tan inverosímil como mujeres que lanzan pelotas de ping pong y otros objetos, tales como dardos, con sus partes más íntimas. Mientras algunos de los hombres que estén leyendo estas lineas estarán pensando "ostras, voy a mirar las fotos a ver si sacaron a alguna titi en pelotas...", la mayoría de mujeres estarán pensando que somos unos degenerados. A ver, es verdad que el espectáculo resultó ser más asqueroso que otra cosa (sobretodo teniendo en cuenta que las mujeres que resultan tener estas habilidades sobrenaturales son curiosamente las que están de peor ver), pero también es cierto que el Ping Pong show es, si no la número uno, una de las mayores atracciones turísticas de Bangkok y, de hecho, habían más mujeres que hombres viendo el espectáculo. Que levante la mano el que haya estado en Bangkok y no haya ido al Ping Pong. ¿Lo véis? Nadie.
Ah, en Bangkok también recibimos la noticia de la boda del 2009. ¡Felicidades Cinto y Marina!
Dejamos Bangkok rumbo a las islas del oeste de Tailandia. Sorpresa: ¡en avión! Más sorpresas: ¡huelga de aeropuertos justo el dia en que salimos! Tal como lo suena. Justo el dia en que nos estiramos un poco y nos decidimos a pagar un poquito más por un desplazamiento rápido y algo más cómodo, acabamos con el vuelo retrasado indefinidamente por huelga de los trabajadores tailandeses. La espera fué algo dura, especialmente para Pablo, que no se encontraba bien e incluso tenía algo de fiebre. Tras nueve horas de espera y de acaloradas discusiones futbolísticas (Barbe y Pablo son del Espanyol, Xavi y Prada del Barça, y Jacobo del Madrid...cóctel molotov), nos informan de que nuestro vuelo al menos saldrá el mismo dia en que estaba previsto, si bien más de diez horas tarde. Podría haber sido peor. Una vez en el avión, más problemas. Pablo empieza a tener tanta fiebre que le dan unos tembleques que nos dejan perplejos. En cuanto aterrizamos en Phuket y nos instalamos, llegan los vómitos de Pablo y rápidamente llamamos a un médico para asegurarnos de que se trata sólamente de una gripe y no malaria o denge, enfermedades que no son difíciles de contraer en Camboya o Laos. Efectivamente, el médico (que, por cierto, era más chamán que médico) nos asegura de que se trata sólamente de una gripe intestinal y nos quedamos tranquilos.
Al dia siguiente, el virus se cobra su segunda víctima: Xavi. Ya eran dos los que tenían fiebre alta, vómitos, y unos tembleques que ninguno de nosotros habiamos visto antes. Además, Pablo no podía comer porque todo lo que comía lo devolvia. Así que llamamos otra vez al medico y éste los ingresó en un hospital. Aterrizábamos en las islas con el pie izquierdo.
Mientras los dos convalecientes "agonizaban" en el hospital, el resto (Barbe, Jacobo y Prada) nos fuimos a conocer Phuket. De dia y de noche. De dia, la isla no es mucho más bonito que Playa de Aro. A pesar de su fama y supuesta reputación, Phuket no resultó ser ni por asomo la isla paradisíaca que podiamos esperarnos. Muy al contrario, nos encontramos con una playa más bien mediterránea y un paseo marítimo plagado de Burger Kings, McDonalds y centros de masaje. Lo dicho, Playa de Aro.
De noche, Phuket se vuelve más único y uno empieza a entender de donde le viene la fama. Alrededor de miedian noche, los garitos nocturnos empiezan a subir el volumen de su musica y con ello el ambiente se revuelve y los locales se abarrotan. Es entonces cuando saltan a escena las grandes protagonistas de la noche en Phuket: las prostitutas. Al entrar en cualquier local el espectaculo es dantesco. Docenas de prostitutas asediando a cualquier occidental que deje ver el más mínimo resquicio de vulnerabilidad en su cara. Cuanto más mayor, más fácil es el blanco para ellas. Como os decíamos, un espectáculo horrible. Eso es Phuket, un oasis de compañía para todo aquél que se sienta sólo. Y es que eso es justamente lo que se vende en Phuket: No sexo, sino compañía. Por las calles se pasean, ya por la mañana, señores de cincuenta en adelante con señoritas tailandesas de veinticinco. Se las llevan a comer, a la playa, a cenar, y ellas encantadas. Y ellos aún más. Hasta se cogen de la mano. Los hay que parecen enamorados, y no es broma. Y así, dos, tres, siete días y los que hagan falta. Más que prostitutas son parejas de alquiler. Las más espabiladas, convencerán a sus "amados" para que se queden a vivir con ellas en Tailandia (ellos pican más de lo que pensáis) y así vivir mantenidas de por vida. Y todos contentos.
Pero bueno, dejemos la prostitución y volvamos a los enfermos. Tras dos dias de convalecencia y unos varios litros de suero corriendo por sus venas, Pablo y Xavi finalmente salieron del hospital recuperados. Bueno, Pablo pareció salir recuperado a medias, aunque más tarde se tomó una doble cheese burguer con patatas y se le pasó la enfermedad de golpe.
Otra vez los cinco, y otra vez en movimiento a pesar de las inundaciones que asediaron Phuket. Siguiente destino, Koh Phi Phi: isla minúscula, meca mundial del submarinismo y escenario en el que se rodó La Playa (la de Di Caprio), así que paraje sin igual de playas paradisíacas. Hasta, nos dijeron, pueden verse tiburones.
Y en este párrafo es cuando explicamos lo bien que hemos buceado, las playas increíbles en las que nos hemos bañado, y que hasta hemos visto a Leonardo Di Caprio. Pues no. ¿Por qué? Por dos cosas. Una, el tiempo. Tiempo terrible durante toda nuestra estancia en Phi Phi. Lluvia y más lluvia, e incluso un pelo de fresco (para entendernos, frío tampoco, unos veinte grados, que ya son diez menos que la temperatura media que hemos tenido durante los tres primeros meses de viaje).
La segunda razón, los virus. Como era previsible, el virus gripal que primero acogieron Pablo y Xavi pasó a cada uno de los que en su dia estuvimos sanos. Primero Barbe con un constipado de tres pares de narices combinado con la segunda otitis de la temporada. Luego Prada con una sintomatología que no cabe describir aquí. Simplemente diremos que no se pudo separar del lavabo en dos días. Y por último cayó Jacobo, con un poco de todo. Además de los virus, tambien sufrimos el ataque de las cucarachas, las cuales atacaban nuestras mochilas en grupos de cinco. Muy bestia, ya veréis las fotos.
Así que poco pudimos disfrutar de la famosa Phi Phi y por tanto poco tenemos que contar. La verdad es que la isla parecía increible, y lo poco de playa que pudimos ver (básicamente desde el ferry en que llegamos) era espectacular. Bueno, que sirva como excusa para volver algún dia.
A pesar de las incidencias en Phi Phi, lo peor de la estancia fue que Pablo decidió marcharse de vuelta a Barcelona, antes de lo previsto, por no acabar de encontrarse bien y por tener que resolver algunos affaires universitarios. Pavel, te echamos y te seguiremos echando de menos.
Ásí que ya sólo quedamos cuatro.
En Phi Phi acabó nuestro recorrido por las islas del oeste de Tailandia. Desde allí dimos el salto a las del este: Koh Phangan y Koh Tao. ¿Qué que tal? Os lo explicamos en la próxima entrada.

Un abrazo,

Barbe y Prada

domingo, 7 de septiembre de 2008

Laos, el gran desconocido

Prácticamente desconocido para la mayoria de los mortales, Laos ha resultado ser el diamante en bruto del sudeste asiático y la más grande de las sorpresas que nos hemos llevado en lo que llevamos de viaje.
Atacamos Laos desde el norte de Camboya con los habituales problemas en la frontera y otras tantas incomodidades en el transporte que esta vez vamos a obviar para no repetirnos más de lo que ya venimos repitiéndonos. El primer destino una vez solventados los aspectos "geopolíticos" del cambio de país (véase también: sobornos a personal de aduanas) fue la zona de Si Phan Don, también conocida como el area de las cuatromil islas. Se trata de un conjunto de islas en el rio Mekong que forman una especie de delta bastante espectacular, especialmente en esta época del año en que la lluvia es el pan de cada día y el Mekong roza límites de capacidad. En realidad, la gran mayoria de las (presuntamente) cuatromil islas de Si Phan Don son más bien islotes y sólamente diez o doce son lo suficientemente grandes como para ser habitadas. Nosotros optamos por Don Det, a priori la más popular entre los backpackers y donde pensamos que, por tanto, encontraríamos a más gente de nuestro "rollo" y unos precios más asequibles.
La llegada hasta la propia isla fué curiosa porque, como decimos, el Mekong está a estas alturas de año casi desbordado y baja con muchísima fuerza. Y porque siete personas (recordamos: Jacobo, Pablo, Xavi, Javi, Cris y los mendas) con mochilas de 25kg cada una en una patera de dos metros de ancho con un micromotor que no parecía tener más fuerza que un cepillo de dientes eléctrico no era ni mucho menos nuestro sueño ideal de como cruzar los quinientos metros de enfuruñado Mekong que nos separaban de nuestra isla de destino. A pesar de que el naufragio nos pareció casi garantizado, estos asiáticos parecen saber lo que hacen y, aunque en varios momentos parecía que se nos llevaba la corriente, llegamos a Don Det sanos y salvos.
Ya en tierra firme, la vida en una isla de 6km de largo fué de lo más relajante. El mayor esfuerzo que hicimos fue montaros en bici para recorrer la costa en busca de los delfines que habitan en el Mekong y que dicen ser visibles (กes mentira!) a esa altura del río. Pinchazos de rueda, baños en el rio y más pinchazos fueron la tónica durante nuestra estancia en Don Det.
Aquéllos dias fueron seguramente el tiempo en que más aislados del mundo hemos estado en todo el viaje (y seguramente en nuestras vidas). Esta pequeña isla, en la que deben vivir no más cien personas (turistas a parte), no tiene corriente eléctrica y la única electricidad de la que se dispone es la producida por generadores y sólamente puede usarse durante tres horas al dia. El agua que llega hasta el lavabo no es más que el agua del río así que tuvimos que utilizar agua embotellada para lavarnos los dientes porque el agua del grifo parecía Cacaolat. Internet, por supuesto, era un bien de lujo, y los mosquitos son del tamaño de Pau Gasol. El lado positivo es que por fin hemos usado esas mosquiteras que tanto espacio ocupan en nuestras mochilas!
En cuanto a percances, sólo destacar que Xavi se pasó vomitando dos días y que fuimos testigos de la tormenta más escandalosa que hemos vivido jamás. Aparte de eso, todo bien.
Desde Don Det dimos el salto al Laos continental, pasando brevemente por Vientiane, la capital, para acabar en Vang Vieng, un poco más al norte. Esta vez, debido a que el trayecto a recorrer fué de 27 horas, decidimos coger un autobús local en lugar de las furgonetas y minibuses en las que nos desplazamos normalmente, para ahorrarnos unas perrillas y así seguir en la linea de "ahorro" que estamos intentando llevar. Es toda una experiencia porque los autobuses locales en Laos no sólo trasnportan personas, sino también todo tipo de mercancías, animales, otros vehículos, y hacen mudanzas, todo en un mismo autobús. En el pasillo de nuestro autobús habían colocados, entre otros, al menos 100kg de sacos de patatas y otros tubérculos, un sofá (es dificil de explicar como cabía un sofá en el pasillo de un autobús, pero juramos que así fué), veinte sillas de plástico, y nuestras mochilas. Además, el la vaca del autobús habían al menos diez motos y otro sofá. Estos tios saben como aprovechar los viajes.
Una vez en Vang Vieng, enseguida nos dimos cuenta de que este minúsculo pueblecito tiene algo muy particular. La calle está llena de bares y restaurantes con televisiones en las que sólo se emite Friends y llenos de australianos, italianos, ingleses, americanos, alemanes, holandeses, españoles y número exagerado de irlandeses (a lo que todavía no le hemos encontrado explicación coherente). El ambiente, lejos de ser el de un pueblecito rural en medio de la nada, es totalmente occidental, muy joven, movido, y un tanto portaventuresco. Y es que Vang Vieng es probablemente la localidad más famosa de Laos por tener una de las atracciones turísticas más populares de todo el sudeste asiático. A lo largo de unos 4km de orilla del Mekong, estos Laosianos han montado ocho o nueve bares con música a tope y con atracciones como tirolinas, trampolines, campos de futbol, etc...El tema consiste en recorrer los 4km rio abajo montado en un flotador gigante tipo donut, claro está, parando en cada uno de los bares (algo así como lo que hace Fernando Alonso al meterse en boxes) para tomarse, quien menos, un par de copas y pegar cuatro saltos al agua. El resultado: trescientas personas bajando 4km de rio en donut con una cogorza impresionante, bailando en las orillas, tirándose al río en voltereta y deslizándose por interminables tirolinas desde las 12 de la mañana hasta que el sol desaparece. Increíblemente divertido e increíblemente peligroso. Lo peor llega a la mañana siguiente cuando te levantas con un dolor de espalda matador, provocado por esa galleta monumental que te pegastes en el bar del trampolin cuando intentabas hacer ese doble mortal que sólo crees que sabes hacer cuando te has bebido media botella de Jack Danielดs...la otra pega es una resaca monumental, secuela de un dia entero de alcoholismo puro. Eso sí, como no hay nada mejor que un buen baño para combatir la resaca, todos al rio con el donut, y vuelta a empezar. Nosotros duramos dos días, pero conocimos a gente que llevaba ocho dias seguidos dándole al tema.
Dejamos Vang Vieng con cambios en el equipo. Cris y Javi pusieron punto y final a sus vacaciones y tomaron rumbo a Bangkok para desde allí coger un avión hasta nuestra añoradísima Barcelona. Javi, Cris: qué gran placer el haber podido compartir parte de este viaje con vosotros. Os echamos de menos.
Empapados de melancolía por las importantes bajas llegamos a Luang Prabang, un pequeño pueblo que resulta ser tan pintoresco que fué declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco hace ya unos cuantos años. La verdad es que el pueblecito tiene mucho encanto. Sus calles están plagadas de templos budistas y sus monjes, siempre vestidos de naranja y protegidos del sol por un paraguas del mismo color, se dejan ver a cualquier hora del día. Al contrario de lo que parece darse en otras religiones, el budismo parece ser casi más popular entre niños que entre adultos. La mayoría de los templos de Luang Prabang tienen escuelas budistas en las que las que los crios (literalmente, hay niños de siete u ocho años que ya van vestidos de naranja) aprenden lo que seguramente será la doctrina a la que dedicarán sus vidas. Si bien en algunos casos es de admirar que niños tan jóvenes se dediquen tan plenamente a su religión, la verdad es que en la mirada de algunos chavales puede intuirse que su dedicación se deriva de la ilusión que algunos padres deben tener puesta en eso de tener un hijo que se meta a monje...
Además de templos y monjes, Luang Prabang tiene un famoso mercadillo nocturno en el que se pueden comprar desde pájaros hasta cualquier baratija de plata. Lo de nocturno, es relativo, porque en Luang Prabang no hay ningún tipo de vida nocturna ya que hay un toque de queda a la once de la noche, imaginamos que para preservar la tranquilidad de los monjes. La verdad es que después de lo de Vang Vieng, unos dias de descanso nocturno nos vinieron que ni pintados. Además, nos sirvió para aprovechar más las mañanas y hacer alguna excursión. La más destacable, la que hicimos a unas cascadas (sí, otras) en las que las lapas nos cogieron cariño y acabamos con pies y tobillos ensangrentados tras arrancarnos decenas de ellas. Qué le vamos a hacer si los españoles somos así de atractivos...
Y así fué Laos, la última parada antes de asaltar el gran gigante del sudeste asiático: Tailandia. Por motivos logísticos, el grupo se dividió en dos antes de cruzar la frontera. Nosotros dos por un lado y Jacobo, Pablo y Xavi por el otro. La razón es que ellos tres ya visitaron Bangkok hace unos meses y por eso prefirieron ver otra zona mientras nosotros veiamos la capital. En Bangkok nos volvimos a reunir para dar el salto a las islas tailandesas. Pero bueno, eso ya es tema para la siguiente entrada...
Seguimos sin poder colgar las fotos, pero esperamos colgarlas pronto.
Un abrazo,
Barbe y Prada

martes, 19 de agosto de 2008

Camboya, la perla del sudeste asiatico

Desde Ho Chi Minh CIty cogimos un autobús rumbo a Phnom Penh, capital de Camboya. Atrás quedaría Vietnam y nuestro primer contacto con el sudeste asiático.

Como viene siendo costumbre desde que pisamos Vietnam, lo más traumático de viajar fué el transporte. Si bien esta vez la comodidad del autobus fué aceptable y el trayecto relativamente corto (unas seis horas, cruzando el río Mekong en ferry), cruzar la frontera tuvo lo suyo.

En el autobús nos ofrecieron gestinar el visado de entrada a Camboya (que se paga en la propia frontera) sin nosotros tener si quiera que bajarnos del autobús, por 24 dólares. Nosotros, que teníamos entendido que el visado costaba sólo 20 dólares, y que, todo sea dicho, estamos metidísmos en el papel de regatear por todo y miramos la pela hasta el último céntimo, no dudamos en bajarnos del autobús en la frontera para comprobar que el precio real eran 20 y no 24 dólares. En eso que nos bajamos del autobús y comprobamos que efectivamente el precio eran 20 dólares. Visto lo visto, nos sacamos los visados por nuestra cuenta tranquilamente (ahorrándonos 4 dólares, que aquí son lo que cuestan un par de buenas pizzas) y, ya con visados en mano, nos dirigimos de vuelta al autobús. Pero muy para nuestra sorpresa resultó que el auobusero, seguramente enfuruñado porque con nosotros no se embolsó sus cómodos 4 dólares de comisión por gestionarnos el visado, se marchó sin avisar y, lo peor de todo, ¡con nuestras mochilas! Si bien algunos ya nos veíamos llevando llevando la misma camiseta durante varias semanas y reciclando calzoncillos otras tantas, al final conseguimos darle caza subiéndonos a un camión de campesinos que nos llevó hasta una estación de servico donde nuestro autobús se paro a llenar el depósito. Entrábamos en Camboya con el pié izquierdo...

Una vez en Phnom Penh (y tras la bronca monumental que le endosamos al mamonazo del autobusero) enseguida nos cogimos un minibús con destino a Sihanoukville, un pequeño pueblo en la costa sur camboyana del que se habíamos oido maravillas. Y así pues, otras cinco horas de viaje en un minibús de doce personas en el que nos montamos quince individuos y sus quince mochilas. Aún así, el viaje valió la pena porque Sihanoukville resultó ser el pueblo encantador que nos habían prometido. Y como nada mejor que un poco de playa y relax para recuperarse de horas y horas de autobús, allí nos quedamos cinco días sin pegar palo al agua. Que bien se siente uno cuando se levanta y su mayor preocupación es si el billar del hostal estará libre cuando acabe de tomarse esa crepe de plátano con la que ha soñado toda la noche.

Aparte de miles de partidas de billar, otros tantos crepes de plátano, unas buenas barbacoas de pescado a la orilla del mar, una lluvia intensa y constante (pero que no evitó los primeros baños en el golfo de Tailandia) y unos partidos de fútbol con los chavales locales en el patio del colegio del pueblo (ver fotos cuando se cuelguen), no hay mucho que destacar. Sihanoukville fué una parada estratégica para reponer las fuerzas con las que afrontar el resto del mes, que está siendo un no parar.

De Sihanoukville vuelta a Phnom Penh para recoger a dos nuevas incorporaciones: Cristina, la novia de Jacobo, y Xavi, un amigo suyo, que se quedarán con nosotros hasta finales de mes. Ésta es básicamente la razón por la que el mes de agosto está siendo bastánte frenético (a ver, que a nadie le suene a recochineo. Queremos decir "frenético" en el contexto del viaje). Ahora somos siete de los cuáles dos (Cristina y Javi) vuelven a Barcelona antes de que acabe el mes, por lo que el ritmo a pasado a ser de tranquilo a más bien rápido para que los que se marchan puedan ver cuanto más, mejor. Además, los otros tres con los que estamos viajando(Jacobo, Pablo y Xavi) acaban su vuelta al mundo el 30 de septiembre, así que para ellos este último mes y medio es también la recta final del viaje y quieren exprimir los dias al máximo. La verdad es que para nosotros esto está siendo bastante cansado porque no paramos en el mismo sitio por más de dos días con el objetivo de ver todo lo que podamos. Así que cada uno o dos dias nos metemos en buses o minibuses en los que pasamos días o noches enteras viajando. Para que os hagáis una idea, ayer llegamos a Vientiane, capital de Laos, después de 28 horas de autobús (un bus local, por cierto, en el que se transportan desde personas hasta patatas, gallinas, sofas o motos, todo amontonado en el pasillo...hay que verlo para creerlo). Empeza a faltar el sueño de calidad o la alimentación decente, entre otros. Así que vamos a ver hasta cuando aguantamos éste ritmo, teniendo en cuenta que a nosotros dos nos quedan todavía más de nueve meses por delante.

En fin, una vez en la capital comprobamos que Camboya es bastante menos desarrollado que Vietnam y que cualquier tipo de higiene brilla por su ausencia. La gente duerme en la calle rodeada de ratas y otros animales sin ningún tipo de preocupación. Nosotros, por nuestra parte, no nos duchamos con agua caliente desde que pisamos Camboya y el acceso a internet está más bien complicado si no es pagando los minutos en oro. Ni mencionar que el aire acondicionado no es muy popular por aquí y que, sumado a que hemos empezado a dormir con mosquitera, las noches empiezan a ser calurosamente duras. La contrapartida es que Camboya (excepto los templos de Angkor) es mucho menos turístico que Vietnam y por eso uno ve con más claridad como vive realmente esta gente. Es, sin duda, una experiencia más auténtica que Vietnam o China.

Sin mucho que ofrecer aparte de algunos templos budistas y un mercado bastante curioso, Phnom Penh no parece más que un pueblo grande con la peculiaridad de que aloja a unos cuantos millones de personas.

Desde allí dimos rápidamente el salto a la gran atracción turística de Camboya: Siem Reap y los templos de Angkor. Estos templos son los restos de la civilización Khmer, que habitó Camboya por allí entre los siglos VIII y XIV, según le están chivando a un servidor mientras escribe estas lineas. En su día, en el complejo en el que se agrupan estos templos vivieron cerca de un millón de personas mientras que en Londres, por aquella misma época, vivían menos de cincuenta mil. La verdad es que los templos son muy espectaculares sobretodo si se tiene en cuenta la época en la que fueron construidos. El más espectacular, aunque Angkor Wat sea el más famoso (que, a su vez, decepciona), es Ta Prhom, en el que los árboles se han abierto paso por dentro del propio templo y en el que se rodó la película de Tomb Raider. La particularidad que tiene visitarlos es que hay que levantarse con el sol si se quiere tener la mejor vista posible. Así que ahí nos tenías a las cuatro y media de la mañana viendo amanecer en los templos de Angkor y haciendo fotos a mansalva. El conjunto de templos es enorme (lo vimos en dos días) y lo que se suele hacer es alquilar un tuk-tuk (que viene a ser un carro de personas arrastrado por una moto) con conductor para que te lleve de aquí para allá durante los días que dure la visita. Un pelín paradójico esto de ser mochileros con chófer, pero bueno...

Una vez vistos los templos y de recuperar fuerzas comiendo serpiente, entre otros manjares, nos dirijimos hacia la provincia de Ratanakiri, famosa por las cascadas que el rio Mekong forma a su paso por el norte de Camboya. Debido a problemas de conexión entre Siem Reap y Ratanakiri, tuvimos que hacer sendas paradas en Kratie y Stung Treng. El viaje de Siem Reap a Kratie fue decente y para el trayecto entre Kratie y Stung Treng dispusimos de un autobús de veinte personas sólo para nosotros (¡¡regalo de los cielos!!). Pero como esta vida te da una de cal y otra de arena, el viaje de Stung Treng a Ratanakitri fue un trayecto infernal en un autobús con overbooking durante seis interminables horas. Esta vez el problema fue que las lluvias dejaron el camino (de tierra) en un estado bastante poco transitable y llegamos los siete con un dolor de riñones de cuidado. Pero bueno, en peores plazas hemos toreado, y sobretodo, en mucho peores habrá que torear, así que sin quejas.

Ratanakiri fue muy divertido: Baños en cascadas espectculares, chapuzones en el cráter de un antiguo volcan convertido a lago, paseos en moto con pinchazos incluidos, etc...Incluso Pablo y Prada tuvieron el placer de perderse de noche con una moto que no tenia luces, intuyendo más que viendo el camino (mamá, tú deja de leer aquí) a la vez que desgutaban cientos de mosquitos bien cargaditos de malaria...

Esto ha sido Camboya, el primer contacto (algo rápido, por las circunstancias) con el verdadero subdesarrollo. Ha sido una experiencia muy diferente a la vivida en el resto de paises y nos deja con la sensación de que Camboya es el sitio al que ir (con el permiso de Laos, que también parece serlo) si uno quiere vivir la Asia profunda huyendo de paises más "turistificados" como pueden serlo Vietnam o Tailandia.

De Camboya hemos dado el salto a Si Phan Don, un conjunto de islas al sur de Laos, sobre lo que escribiremos más adelante.

Estamos teniendo problemas técnicos para colgar las fotos. El problema es que no tenemos wifi en ninguna parte y colgar las fotos desde un internet café (cuando es posible) nos costaría un ojo de la cara. Ahora, desde Laos, conectarse a internet via wifi parece todavía más complicado, pero prometemos colgar todas las fotos atrasadas en cuanto nos sea posible.

Un abrazo,

Barbe y Prada

viernes, 8 de agosto de 2008

Vietnam (2): Saigon (Ho Chi Minh City)

Saigon es la capital de lo que en su dia fuera Vietnam del Sur. Epicentro de la guerra de Vietnam, hoy en dia es más conocida como Ho Chi Minh City. Siendo bastante más extensa que su homóloga del norte (Hanoi), Saigon da cama a casi diez millones de almas. Aún así, la ciudad no es tan caótica como podríamos haber esperado y en cambio es, en cuanto a Vietnam se refiere, lo más parecido que hemos visto a una ciudad occidental. Cadenas de hoteles de lujo americanas, Kentucky Fried Chickens y unos precios bastante occidentalizados se dejan ver por toda la cuidad.

Precisamente porque los precios en Saigon no son los del resto de Vietnam, nos vimos obligados a alojarnos en un hotel (se hacen llamar hoteles pero que nadie se imagine un hotel sino un hostal de los malos) un tanto tenebroso. Al ser ahora cinco personas, solemos dividirnos en una habitación doble y una triple, ya que no es fácil encontrar habitaciones en las que podamos dormir los cinco juntos. Total, que por temas logísticos, los mendas se cogieron una habitación doble en el mencionado hotelucho mientras que Pablo, Jacobo y Javi cogieron una triple en el de al lado.

Y primera noche, primer incidente. Estos hoteles de gama baja (baja baja) suelen tener, en lugar de wifi (bastante extendido en cualquier hostal mediodecente), un ordenador en la recepción para uso de los huéspedes, normalmente gratuito. Durante la mañana después de la primera noche nos conectamos (básicmante para ver si Rafa Nadal ya había desbancado a Federer como nº1...), y al acabar de usar el ordenador el recepcionista nos dice que hay que pagar por el uso del ordenador. Nos liamos en una discusión porque el tipo no nos habia avisado de que internet era de pago, y que si tal y que cuál. El tio, más chulo que un ocho, nos dice que si no pagamos (estamos hablando de la miseria de veinte céntimos de dolar) nos echa. Y como para chulos nosotros, le decimos que nos vamos encantados, no por no pagar veinte céntimos, obviamente, sino porque el tio se habia pasado tres pueblos de vacilón.

Vuelta a hacerse las maletas y nos disponemos a dejar el hotel. Hasta aquí bien. Pero toma sorpresa cuando bajamos a la recepción y el amigo recepcionista se planta (junto con un amiguete suyo con cara de matón al que suponemos llamó para la ocasión) para que le paguemos por la única noche que habíamos pasado en su hotel. Nosotros, que nos pareció escandaloso que nos echaran de un hotel y que encima nos reclamasen los doce dólares que cuesta una noche de estancia, le digimos claramente que no pagábamos ni por asomo. Tan tranquilos, nos dirijimos hacia la puerta, mochilas a la espalda. Y empieza el espectáculo. Un tercer hombre (presumiblemente el padre del recepcionista, por edad y porque era igual de feo) cierra la verja del hotel y se pone en medio para impedirnos el paso. Buenamente, le decimos que no se ponga tonto y que nos abra, porque por mucho que nos cerrase el paso no teníamos la más mínima intención de pagar ni un centimo. Pues va el tio, coge una banqueta, y la levanta en plan amenzante. Así que la cosa se pone seria. Intentamos abrir las puertas pero con las mochilas a cuestas y el tio de la banqueta amenzando y al borde del infarto (estaba mucho más asustado que nosotros) no lo conseguimos. Empiezan las amenzas con puños, insultos en vietnamita, insultos en ingles, insultos en castellano e insultos casi hasta en hebreo, y justo en ese momento aparecen Javi, Jacobo y Pablo al otro lado de la verja (venáin de su hotel) y entre los cinco conseguimos abrirla, y "escapamos" entre insultos de un lado y el otro.

(Nota para las madres: aunque la escena parece más bien dramática no tiene menos de cómica, sobretodo si se tiene en cuenta que el tipo de la banqueta no pasaba del 1.50m y los 45kg, menos que nuestras mochilas, y que la banqueta, una vez levantada por el personaje este, nos llegaba al pecho a duras penas. Así que, mamás, no sufráis. Es que, si no dramatizamos un poquito, la historia se nos queda en nada...)

Rifirafes aparte, los vietnamitas son gente bastante amigable y amable, sobretodo si uno ha pasado por Rusia antes que por Vietnam. De hecho, este tipo ha sido de la poca gente desagradable que hemos encontrado en todo el viaje (otra vez, Rusia juega en otra liga, y no cuenta para esta última frase).

El caso es que, mochilas a la espalda, chorro de adrenalina en sangre y cuatro ojos por cabeza por si acaso, hubo que buscar otro hotel. Y no por chulería, sino por falta de oferta, nos cogimos una habitación en el hotel de al lado. La habitación nos la dieron doble aunque deberían habernos dado un triple porque la cucaracha que venía de regalo (ver foto) ya ocupaba una cama ella solita.
La ciudad es muy pero que muy grande y por eso lo mejor es moverse en moto. Y así lo hicimos. Alquilamos un par de motos (Pablo se quedo en su hotel medio enfermo) y nos adentramos en el Vietnam más rural en busca de un pueblo llamado Cu Chi, en el que están abiertos al público (pagant, San Pere canta) los túneles donde los vietnamitas se escondieron durante la famosa guerra de Vietnam. Los túneles son impresionantes por lo pequeños que son y por su extensión. Hay más de 200km de túneles en los que los vietnamitas comían, dormían, se entrenaban e incluso se operaban. Mirar las fotos porque es increíble que estos tios pudieran vivir durante semanas en unos túneles que no pasan de 90x70cm y que están llenos de murciélagos. El más largo que cruzamos media 30 metros (que no es nada) y la sensación de claustrofobia era horrible.

Cu Chi está a unos 100 km de Saigon y el viaje en moto no tuvo desperdicio. Salir de Saigón fué toda una proeza teniendo en cuenta que un servidor (Prada) nunca había llevado una moto con marchas y que compartir calzada con veinte motos por metro cuadrado nos es algo que uno haga todos los días. Si a eso le unimos la lluvia de rigor, la hazaña toma aires épicos. La entrada fué algo más complicada porque las lluvias colapsan la ciudad por completo. No sabemos quién diseñó la ciudad pero hacer calles que hacen subida tras una bajada no es lo más eficiente en cuanto a evacuación de aguas. Balsas enormes de agua se acumulan en las calles y crean un caos circulatorio absoluto. Nosotros, que después de casi 200km en una jungla de motos bajo la lluvia, nos creíamos que unos simples charquitos no podrían acabar con nosotros. Así que, cogiendo carrerilla y dándole bien al gas, nos dispusimos a atravesar la primera gran balsa de agua con la que nos encontramos. Diez metros y seguimos en pié. Veinte metros y seguimos en pié pero aminorando. Treinta metros y seguimos en pié pero lentos como una tortuga y con los piés en alto porque el agua cubre media rueda. Cuarenta metros y el motor nos pide a gritos (y con señales de humo) que paremos. Cincuenta metros y hay que apoyar un pié en el agua...en mala hora nos pusimos bambas y calcetines. Al final la moto casi fallece, aunque tras casi una hora de ejercicios de reanimación conseguimos que viviera...toda una experiencia.

Desde Saigon dimos el salto a Camboya, donde llevamos ya casi una semana. Pero como por motivos logísticos (a saber, que internet en Camboya es un lujo) no hemos podido colgar la crónica de Saigón hasta hoy, la de Camboya la colgaremos un poquito más adelante.

La conexión a internet no nos da para colgar fotos así que colgaremos todas las fotos de Vietnam en cuanto podamos.

Un abrazo a todos los que nos sigan leyendo.

Barbe y Prada