lunes, 16 de marzo de 2009

Prada: Patagonia (II), Buenos Aires e Iguazú

Un, dos, tres, probando. Aquí Prada al teclado.

Me ha encantado escribir esta entrada porque escribirla me ha obligado a recordar una de las mejores etapas del viaje. Ahí va.

Dejando El Calafate con el asunto del robo a Barbe solucionado, me dirijí a El Chaltén, un pequeño, pequeñísimo, pueblo a las faldas de algunas de las montañas más espectaculares de Suramérica. Y es que es tan, tan pequeño que no hay cajeros, y su población en invierno no supera los quinientos habitantes. Tiene truco. La zona en la que está situada El Chaltén ha sido reclamada por Chile a Argentina en repetidas ocasiones. Para evitar disputas, los Argentinos, más listos que nadie, construyeron El Chaltén de la noche a la mañana e instalaron a quinientos de los suyos para argumentar que ese trozo de tierra era argentino de pura cepa. Con el paso de los años, esta aldea se ha convertido en la capital argentina de las excursiones de montaña. Total, que pueblo pequeño pero maravilloso.

Llegué al Calafate un tanto a ciegas, cometiendo la imprudencia de no haber reservado de antemano hostal en un pueblo tan minúsculo y tan infestado de israelitas. Y que conste que en este punto todavía no me caían lo mal que lo hacen ahora. Así que llego y no encuentro hostal ni por asomo. A la desesperada, le pido a la dueña de un camping que me haga un hueco como sea y me ofrece una cama en lo que intuyo era su casa, por lo que me cobró una miseria comparado con los prohibitivos precios chaltenses. Suerte.

Ya instalado, salgo a comer algo, y tal como entro al restaurante me encuentro a Pablo y Rafa, los hermanos colombianos qué ya conocí en Ushuaia, que llevaban un dia allí con Julia, una chica alemana que también conocí brevemente en Ushuaia. Julia ha estado trabajando de prácticas en Buenos Aires durante unos meses y su acento argentino tiene delito. Ver a una alemana utilizando expresiones como "ché", "boludo" o "¿de dónde sois vos?" con un acento marcádamente argentino no tiene precio (Julia, sólo te queda pulir esa erre que todavía te delata...).

dEl primer dia de excursión lo pasé con ellos tres y Bruno, un brasileño la mar de majo pero a quién no conseguíamos entender. El dia fué intenso, aunque comparado con las palizas que me dí en Torres del Paíne no fué nada. Horas de caminar entre montañas, visita a un glaciar, y tal y tal. Es lo único malo de haber visto el Perito Moreno: a partir de ese momento, cualquier otro glaciar te parece una auténtica mierda. Lo mejor del día fueron las conversaciones con Rafa, Pablo, Julia y, hasta cierto punto, Bruno. Estos colombianos eran tipos muy cultos (Michelle, un gallifante para la educación colombiana).

Por la tarde Pablo, Rafa y Julia partieron hacia El Calafate y me quedé mano a mano con Bruno. Quedamos (como pudimos) en vernos a la mañana siguiente para hacer la ruta del Fitz Roy, la ruta más conocida, por bonita, del Chaltén. Más tarde salí a dar una vuelta por el pueblo y, otra vez, me encuentro con conocidos. Esta vez fué Michael, el forretis suizo, quién me gritó para invitarme a una cerveza junto a Christina, su media naranja. Ji ji, ja ja, dos cervezas y a la cama.

A la fría mañana siguiente Bruno me comunica que se raja a causa del viento arrollador, así que me voy camino al Fitz Roy más sólo que la una y más contento que unas pascuas (la verdad es que la rajada de Bruno me quitó un peso de encima. No sabía de dónde sacar las fuerzas para charlar ocho horas con una persona a la que no entiendía). La ruta es de unas ocho o nueve horas, de las cuales anduve solo las 2 primeras. A partir de ahí me uní a un grupo tan pintoresco como amigable. Por un lado, Dani y Patri, de Ripoll y Santiago de Compostela, respectivemente (Patri es otra de esas no catalanas que se maneja en Català bastante mejor que yo). Les acompañaban Oscar, un gigante de 2,02 metros nacido en Cerdanyola del Vallès (jugador de basket, por supuesto), Sebas, el argentino más argentino que jamás haya nacido, y Carlos y Julia, una pareja de argentinos muy simpáticos. (Los blogs de todos estos individuos están en la sección de "blogs amigos", por si alguien siente curiosidad y/o necesita alguna excusa para seguir sin trabajar...)

Acompañado de toda esta tropa la subida fué muy agradable. Hasta que empezó a nevar. Al principio cuatro copos. Luego ocho, luego dieciséis y luego ya no podía verse el Fitz Roy ni nada que estuviera a más de 3 metros de nuestros ojos. Así que casi habiendo hecho cima (no cima al Fitz Roy, que es cosa de profesionales, sino cima al mirador del Fitz Roy. Que nadie se piense que en cosa de mes y medio me he convertido en un escalador) nos volvimos todos para abajo. Todos menos uno, Oscar, que está como una cabra (Oscar, sí, lo estás) y que con su pantalón corto y sus bambas sin suela se puso a correr cuesta arriba como poseso. Y llegó, el tio, llegó. Oscar, qué fenómeno.

Tras unas cinco horas de vuelta y habiéndonos cruzado a la mitad de la población de Israel en el camino (no sé de dónde saca los soldados esta gente si todos están de viaje) llegamos de nuevo a El Chaltén en una estado de congelación importante. Así que ducha caliente, cena, y de copas para entrar en calor. La verdad es que le grupillo fue muy acojedor. A veces me parece mentira como en una caminata de apenas 6 horas uno le puede coger tanto cariño a la gente. Será la altura.

A las 7 de la mañana siguiente recojo mis cosas y pongo rumbo a El Bolsón, mi próximo destino. Tras cuarenta horas de viaje por la Ruta 40 (la mítica que recorrió el Ché Guevara en sus viajes por Suramérica), unas diez películas pésimas y una muy buena ("Gone Baby Gone", de Cassey Affleck, el hermano de Ben) me planté en el Bolsón y me puse a buscar alojamiento con dos danesas muy verdes en esto de viajar (toooma el chulo del Prada). Tras varios intentos fallidos encontramos una habitación que parecía más un gallinero que otra cosa.

Dani, el ripollenc, me había recomendado que en el Bolsón hiciese una excursión hasta un lugar llamado el Cajón del Azul, así que ya tenía plan para mi primer día. Mochila a la espalda y a caminar. El Cajón del Azul no es más que el cañón del rio Azul, que tiene la particularidad de ser tan estrecho que casi llega a cerrarse sobre el río. Literalmente, el cañón tiene, en su parte más alta, tan sólo 1 metro de ancho, mientras que el ancho del río, que se ve abajo a lo lejos, debe tener al menos 4 metros.

Según me habían dicho, uno podía bañarse en el Azul justo antes de llegar al cañón, así que, ni corto ni perezoso, metí el bañador, junto a la crema para el sol y el bocadillo, en la mochila. Llegado el momento ví que nadie se bañaba, pero un servidor, con los humos bastante subidos ("yo me he bañado en Nueva Zelanda, pringaos", pensé) me metí en el agua sin pensarlo demasiado. Y casi me da un infarto. ¡Qué fría! Ni el hielo está tan frío, lo juro. Noté como la tráquea se me cerraba de cuajo y mis brazos y piernas empezaban a moverse como las de quién no sabe nadar. Si supiera poner males de ojo no dudaría en ponerle un par al tipo que me dijo que me podía bañar.

De nuevo al mando de mis piernas y brazos, en el camino coincidí con un americano muy majete que planificó toda mi ruta por Estados Unidos en un abrir y cerrar de ojos. Más tarde, cómo no, con dos israelitas que resultaron ser, aunque un poco flipadetes (esto, junto con la racanería, lo llevan en los genes), bastante amigables. Venga, seré justo: eran muy buenos tíos.

La otra atracción de El Bolsón es su mercado "hippie". Un mercado bastante interesante, en especial si tienes dinero y espacio en tu maleta para comprar algo. No es el caso.

Siguiente parada: San Carlos de Bariloche (Bariloche a secas para los amigos). Aquí sí reservé hostal de antemano porque no me podía permitir tener que suplicar por una cama otra vez. El hostal era flojito, pero tenía dos cosas: uno, el recepcionista alemán con acento argentino (el segundo en menos de dos semanas) que me dejaba repetir desayuno si no se lo decía a nadie; y dos, un ratio buena gente/huéspedes insuperable. Habían sólamente siete u ocho personas en todo el hostal, pero todos unos cracks. Presento a los más destacados:

Matan: Israelí de purísima cepa, con el toque de arrogancia característico, pero de gran corazón. Un tipo muy listo. Relisto, que diría un argentino. Le paso por alto lo de su nacionalidad porque me llevó a comer el mejor entrecote que he comido jamás (Mamá, no te confundas, sigo prefiriendo tu solomillo a la mostaza. Ya sabes qué dia vuelvo a casa...me entiendes)

Omri: El mejor tipo que haya nacido jamás en Israel. Hasta dudo de que fuera Israelita. Es con quién hice más amistad. Cocinero excelente (Giorgio, tú sempre seràs el millor), me hizo una pasta que no olvidaré nunca (Batlle, le hice un "ohh, em sento com un neeen" emulando al Rei del Tast que, obviamente, no entendió)

Matt: Surfista inglés, guapete, rubito, cachas y bastante locatis. Un gran tipo, muy cachondo, aunque un poco celoso (con razón) por...

Jess: Novia de Matt. Inglesa con la voz más espectacular que he oido en alguien que no se dedica a la música. Ahí va una de sus canciones: http://www.youtube.com/watch?v=UZ1N63daWjU

De hecho, ante tal panorama, la guitarra me vino que ni pintada. Primera noche en vela, todos escuchando a Jess cantar mientras yo le tocaba la guitarrita. Si Matt hubiera estado en Inglaterra... ;)

Los días en Bariloche consistieron en más excursiones; a pié, en bici, y en todo lo que se terciase. A destacar, la excursión al Cerro Campanario, desde donde se ve Bariloche como desde ningún otro sitio. En otra de esas excursiones, Omri y el menda alquilaron unas bicis (Cinto, te voy a dar de lo tuyo en cuanto vuelva a casa) para recorrer la zona, llena de lagos y rios en los que refrescarse. En ese recorrido encontramos a Andrea, Annemarie y un tipo inglés cuyo nombre no recuerdo. Andrea, alemana, con un español perfecto por haber vivido en España. Annemarie, alemana, con un español argentinizado (y ya van tres) por residir en Buenos Aires. Y el inglés, inglés (obvio), gimnasta que nos deleitó con mortales hacia atrás con tirabuzón (Jacobs, te hubiese gustado ver las piruetas que hacía el tipo, aunque no he vuelto a ver un Kick on the Moon como el tuyo). Resultó que Andrea también tocaba la guitarra e incluso cantaba, así que el dia acabó, como no podía haber sido de otra manera, haciéndonos unos guitarreos en el hostal dónde estaban los tres.

Las noches en Bariloche fueron las más moviditas de la temporada, con Omri arrastrándome al único pub decente del lugar, cada noche de manera religiosa.

(Esta entrada se me está yendo de las manos, así que el resto me lo voy a ventilar ripidito. Además, lo que sigue ya lo ha explicado Barbe en la anterior entrada, así que intentaré evitar repeticiones.)

Tras veinticuatro horas más de bus llegué a Buenos Aires. Ciudad bonita, pero seguramente más atractiva como residencia que como destino turístico. Me instalé en un hostal de la famosa Avenida 9 de Julio, lleno de israelitas (algo inevitable en Suramércia por esas fechas) que me había aconsejado Omri.

El primer paso fué llamar a Julia (la del Chaltén), que ya estaba de vuelta en Buenos Aires, para que me sacase un poco de paseo. Y así lo hizo. Tanto ella como Helene (su compañera de piso) y Matías (amigo de Helene), los dos franceses más agradables que he conocido, ejercieron grandes anfitriones sacandome por aquí y por allá. A destacar la noche de tango clandestino tras degustar una gran carne argentina.

En cuanto a la vida que hice por mi cuenta, consistió básicamente en visitar los "spots" turísticos más clásicos. El barrio de recoleta con su famoso cementeria dónde se encuentra la tumba de, entre otras celebridades, Evita Perón ("Don't cry for me Argentina...") y la mayoría de ex-presidentes difuntos; el barrio de San Telmo y su mercado de artesanías; y a poco más me dió tiempo porque enseguida me reencontré con Eva, la Rapitencaaroundtheworld.

Con Eva ya fué un no parar de reír; que si ir a este concierto, a esta otra discoteca, al Barrio de la Boca, al de Palermo, a Puerto Madero, a este otro bar que me han dicho que está muy bien, y un largo etcétera. Esta chica es un torbellino. Y para colmo se nos unió Graciela, una amiga argentina de Eva, si cabe aún más terremoto que ella...La verdad es que lo pasamos redivertido.

Dejando con tristeza a Eva, Graciela, Julia, Helene y Matías, otrás veinte horas de autobús me llevaron hasta la última parada en esta visita a la Argentina: las Cataratas de Iguazú.

Sería muy injusto decir que no me gustaron. Es literalmente imposible que a alguien no le guste ver un paisaje natural de tal magnitud. Son decenas de cascadas con millones de litros de agua cayendo de grandes alturas. Pero si debo ser sincero, tengo que decir que me decepcionaron un poco. Aquí el problema puede ser que desde incluso antes de empezar este viaje las cataratas de Iguazú me fueron vendidas como el espectáculo natural más grande que se puede ver en este planeta llamado Tierra. Recuerdo que, todavía estando en Londres, un tipo me dijo que cuando vió las cataratas arrancó a llorar com un niño. Incluso Barbe, que las vió antes que yo, me dijo "ya me puedo morir tranquilo"...Y claro, yo me esperaba algo desbordante, y no fué así. Las cataratas me parecieron espectaculares, pero ni como para llorar ni como para poder morirme tranquilo. Con perdón, pero el Perito Moreno me pareció más imponente.

Y lo voy a dejar aquí porque empiezo a escuchar bostezos (entre ellos, los míos).

Así que hasta la próxima, que ya será otra vez juntos.

Fotitos: http://picasaweb.google.com/guillermo.de.prada2/PatagoniaIIBuenosAiresEIguazu#
Un abrazo

p.s. Acabo de caer, el pobre inglés se llamaba Sam. Sorry Sam...

miércoles, 11 de marzo de 2009

Barbe: Argentina II

Después de mucho esperar y pensar en ello, por fin llegaba el día en el que, después de casi 8 meses, volvería a ver a mi madre, y con la que viajaría 18 días por la Argentina.
Cogí un taxi desde mi hostal hasta el aeropuerto, y la fui a recibir, como no podía ser de otra manera, con una caja de alfajores habana ( dulce típico de este país). Cuando llegó, y después de los pertinentes besos y abrazos, nos fuimos de nuevo en dirección a la capital.
Las dos noches que estaríamos en Buenos Aires, las pasaríamos en un hotel 4 estrellas que había reservado para que ella pudiera descansar del viaje, y como no, para yo poder dormir como un rey después de mucho tiempo.
Lo primero que hicimos fue ir a dar una vuelta por el barrio de la boca y pararnos a comer en una terraza del " caminito" ( calle muy típica de la capital) donde ofrecían un espectáculo de tango, baile por excelencia de argentina y que te encuentras por todos sitios. Ya empezábamos a meternos en el país.

Durante los tres días, nos dio tiempo de visitar las cosas más importantes de la capital, a pesar de que el clima era demasiado caluroso ( 35º) y hacía difícil el caminar durante las horas de la mañana. De esta manera, fuimos a ver la casa rosada ( lugar de trabajo de la presidenta), el congreso, la plaza de mayo, el cementerio de recoleta ( donde se encuentra enterrado el cuerpo de evita perón), el barrio de San Telmo, lleno de antigüedades, Puerto Madero, y en general todo el centro. A decir verdad, lo que más vimos y más fotografiamos por estar justo enfrente de nuestro hotel, fue el obelisco, uno de los monumentos más conocidos de la ciudad, situado en la Avenida 9 de Julio, calle principal que atraviesa Buenos Aires con 10 carriles por sentido.
Claro está, con semejante dimensión, es la calle más ancha del mundo, y no es para menos, cruzarla como peatón te lleva un buen rato, ya que no puedes hacerlo con un solo semáforo.
Además de intentar introducir el concepto de callejear en mi madre, también pudimos disfrutar de una tarde de relax en el balneario que disponía el hotel, y recargamos pilas para los días que nos esperaban.
Otra de las actividades fue, y como no podía ser de otra manera, ir de noche a uno de las cenas-show de tango que ofrece la ciudad en sus diferentes teatros.
Una vez realizado casi todo el "turismo" de Buenos Aires, ya nos preparábamos para el primer cambio de destino, y este no era otro que una de las joyas de la corona, las cataratas de Iguazú. Para ello, nos dirigimos el tercer día por la tarde a la terminal de buses, para coger uno que viajaría toda la noche hasta llegar al destino. En contra de lo que había hecho yo hasta la fecha, en esta ocasión, contraté el mejor servicio de cama que existía, y la verdad es que era muy confortable. Podías estirarte completamente, te daban manta y almohada, y lo mejor de todo, te servían comida caliente en el trayecto.

Con tanto lujo, casi no nos dimos cuenta de las 16 horas, y ya nos plantamos en el pueblo de Puerto Iguazú, donde nos estaba esperando, con el típico cartelito, una persona de la agencia que contraté para las excursiones. Nos llevaron al hotel, y nos vendieron una salida en barco por el río para aquella misma tarde en la que no teníamos nada programado.
La excursión no tenía nada en particular, más que sentarte en un catamarán y disfrutar del mismo paisaje de selva tropical a ambos lados del río.
Desde el agua puedes ver el punto de la trifrontera, que es el lugar donde el río Iguazú y el Paraná se juntan haciendo de frontera natural entre Argentina, Brasil y Paraguay. Como colofón, al final del trayecto, y antes de tomar el camino de regreso, te llevan cerca de una playa donde tienen "apalabrada" la actuación de unos indios guaranís en la arena, con unos bailes típicos, mientras los turistas están en la cubierta sacando fotos. Un poco lamentable.
Una vez en el hotel de regreso, tomamos un bañito en la pileta ( piscina) del hotel y nos fuimos a dormir temprano, ya que la excursión del día siguiente empezaba a las 7 de la mañana.

Empezábamos la visita a las cataratas por el lado brasileño, ya que todo el mundo me lo había recomendado por ser el menos espectacular y de esta manera no llevarse una decepción. Nos pasaron a buscar con una furgoneta y nos llevaron, previo paso por las correspondientes aduanas, a la entrada del parque, donde, como en todos sitios, tuvimos que pagar la entrada para el ingreso. Una vez dentro, y con nuestro guía a la cabeza, que nos explicaba todo lo relacionado con lo que íbamos a ver, nos dirigimos al inicio de la pasarela, desde donde puedes ver toda la inmensidad de los saltos situados en terreno argentino delante tuyo.
La visión desde este lado es mucho más panorámica y, a pesar de ser menos espectacular, tiene también su encanto. En nuestro caso, tuvimos suerte, ya que toda la semana anterior había estado lloviendo, y el caudal del río era elevado para las fechas en las que estábamos.
El recorrido no fue demasiado largo, son aproximadamente 2 kilómetros, y después de tomar muchas fotos, desde todos los ángulos, llegamos al tramo final, en donde existe un paso que te lleva justo encima de uno de los saltos y por delante de una cascada muy caudalosa. Evidentemente, desde este punto te mojabas muchísimo, y era difícil tomar fotos sin que la cámara peligrase. También desde aquí, pudimos tener una primera visión de "la garganta del diablo", la caída más caudalosa de todas las cataratas y que realmente te deja impresionado.
Al finalizar la excursión y reunirnos todo el grupo, nos llevaron en la furgoneta a un buffet libre situado cerca de la frontera, donde por apenas 8 euros te servías todo lo que querías. Este sería el primero de los muchos buffets de los que disfrutaríamos en Argentina, y en los que a diferencia de los españoles, a parte de las ensaladas, pastas, pizzas y postres, también tienes la posibilidad de comer toda la carne que quieras. Y no estamos hablando de cualquier carne, el asado argentino es fuera de serie, y con ese precio lo hacía irresistible. Y aunque parece que no hay ningún punto negativo, si que lo hay, y es que después de tanto exceso, por primera vez en lo que va de viaje, he tenido que recurrir a una "dieta" en Brasil para perder los muchos kilos que gané.
El resto del día lo empleamos paseando por el pueblo, viendo sus calles de tierra rojiza, comentando acerca de las hormigas de tamaño descomunal que habitan estas partes del mundo y en definitiva conociendo un poco de lo que nos rodeaba. Posteriormente, nos relajamos de nuevo en la piscina.

Para el día siguiente, y antes de afrontar el lado argentino de las cataratas, teníamos prevista una visita a las ruinas jesuíticas de San Ignacio, situadas a 300 kilómetros de Iguazú. El trayecto no fue sencillo, ya que las más de 3 horas en la furgoneta, sin espacio en los pies, no resultaba para nada cómodo.
A medio camino, hicimos una parada técnica en unas minas de piedras semi-preciosas, donde como no, al final del tour, te pasan por la tienda para que compres algo, y como mi madre aún no está preparada para soportar estas tentaciones, tuvo que comprar algunos recuerdos....jejeje.
Una vez llegamos a las ruinas, comimos algo y esperamos a que un guía nos hiciera la visita a todo el grupo.
Aquí coincidimos con 2 chicas argentinas ( Maru y Lujan), la madre de una de ellas, y una chica brasilera ( Lucia) con las que al día siguiente también compartiríamos visita. Estuvimos cosa de 2 horas en el tour, nos enseñaron y explicaron todo lo relacionado con esa misión y el resto del movimiento jesuítico de la época y en todo lo que cambió y ayudó ( o no) a los indios de la zona. Guardando opiniones personales, la verdad es que tiene mucho mérito todo lo que llegaron a conseguir sin apenas conocer de nada la lengua ni las tradiciones de ese pueblo.
La lástima fue, que nos tocó un día muy caluroso y no daban demasiadas ganas de estar mucho más tiempo expuesto al sol abrasador para disfrutar y perderse entre los muros y construcciones de la misión.
De esta manera, ya poníamos rumbo de nuevo a Iguazú y nos preparábamos para lo que sería el día más espectacular de todos los vividos en Argentina.

Como los dos días anteriores, la furgoneta pasó a recogernos muy temprano por el hotel, y dentro de ella coincidimos con Maru y Lucia, con las que rápidamente ya nos pusimos ha hablar. Más tarde en el parque nos encontraríamos también con la madre y la hija.
La visita del lado argentino de las cataratas está separado por 3 niveles ( superior, medio e inferior). En el superior, para nosotros el más espectacular, caminas durante poco más de un kilómetro por encima del río en busca de la "garganta del diablo", y mientras te vas acercando, va aumentando el ruido, hasta que de pronto, ahí la tienes, debajo tuyo. Miles, millones de litros de agua por segundo caen 100 metros por un espacio muy pequeño, lo que produce una nube de vapor de agua que te deja totalmente calado.
Estar plantado en el balcón durante unos minutos, escuchando el ruido, y viendo caer tanta agua, te deja realmente impresionado, y es una visión difícil de olvidar.
Del lado superior, y aún comentando lo que habíamos visto, nos llevaron al circuito medio, donde un seguido de pasarelas te transportan por los saltos de agua del parque, viendo por todos lados cascadas ( más de 300 conforman las cataratas). Unas más grandes que otras, unas más caudalosas que otras, pero en conjunto, hacen que sea una de las maravillas naturales del mundo.
Por último, fuimos a la parte inferior de las caídas, en donde, como es evidente, también acabas mojadísimo, y desde donde puedes contemplar desde abajo como el agua se te viene encima, y en función de como sople el viento, literalmente te caen encima.
Esta sección es la que tuvimos que hacer más rápido, ya que teníamos contratado también la parte del barco, y ya se nos acababa el tiempo. Así que, junto con las argentinas, nos fuimos en dirección a la lancha que hacía el recorrido por las cascadas, y desde la cual podías observar los saltos de agua desde mucho más cerca, incluso te ponen debajo de un par de ellos, en los que es literalmente una ducha. Cuando acaban de mojarte por completo, te llevan río abajo unos kilómetros y después de subir un buen tramo de escaleras ( a unos les costó más que a otros), nos subieron en una camión tipo "safari" ( demasiado turístico a mi gusto), y nos iban mostrando algunos tipos de plantas y árboles que conforman la selva en aquella zona.
Terminado el día, intercambiamos los mails con la chicas, y quedamos en que nos veríamos a nuestra vuelta a Buenos Aires. De esta manera había llegado a su fin nuestra visita a las cataratas de Iguazú, y ya nos preparábamos para cambiar al día siguiente de destino.

Nos levantamos tranquilamente y esperamos en el hotel que nos pasaran a recoger para llevarnos hacía el aeropuerto. Aquí empezaba un día largo, en el que acabaríamos por hacer 3 trayectos en avión, y es que en Argentina el tráfico aéreo es más bien nefasto.
Así, y mientras esperábamos el primero de ellos que nos llevaría de Iguazú a Buenos Aires, nos encontramos de nuevo con Luján y su madre, que tenían el mismo avión que nosotros. De esta manera la espera se hizo un poco más amena, ya que tanto madre como hija si algo les gusta es charlar y charlar, sin importarles el tema.
Llegados a la capital, nos tocó esperar cosa de una hora y media para el siguiente avión, que nos llevaría hasta Usuhaia, la ciudad más austral del mundo, previa escala y espera en un aeropuerto ( para llamarle de alguna manera) en medio del país.
Una vez llegados, después de todo el día entre despegues y aterrizajes, nos instalamos en nuestro hostal, si si, no me he equivocado, hostal, ya que no quería perder la costumbre a eso de viajar de backpacker. Todo hay que decir que en todos sitios estuvimos en casas pequeñas, en habitaciones dobles con baño y donde no había mucho ambiente juvenil que digamos. Y es que madres solo hay una, y no quería que le diera un patatús viendo los sitios en los que hemos dormido durante todos estos meses.
Lo primero que hicimos después de instalarnos, fue salir a contratar las excursiones y a programar los días en aquel destino. Con toda la oferta que nos dieron en una agencia de viajes, nos decidimos por las menos físicas, ya que las más solicitadas y probablemente las más bonitas eran las de paseos por la montaña durante todo el día, pero como he dicho antes, sólo tengo una madre y no quería quedarme sin ella. Dentro de lo menos físico, nos decidimos por ir a ver una pingüinera un día, y al otro una excursión de montaña en 4x4.


Después de levantarnos sin prisa, ya que la excursión comenzaba después de comer, nos fuimos a pasear por la ciudad, a sacar las pertinentes fotos para acreditar que estuvimos en “el fin del mundo” y como no podía ser de otra manera, a probar los platos típicos de la zona. A diferencia del resto del país, aquí es el pescado y no la carne lo más común en los menús. Nos decidimos por probar una especie de centolla que nos habían dicho estaba buenísima y por una pescado blanco que no defraudaron.
Ya con los estómagos llenos, nos dispusimos a comenzar el trayecto en mini-bus hasta la isla donde estaban los pingüinos. Después de poco más de hora y media, llegamos a una estancia ( rancho) desde donde salía el barco que nos serviría para recorrer el último trozo.
Con los pies ya en tierra firme, y con la visión y el ruido de miles de estos animales, empezamos el paseo de una hora por la isla, donde ( como es lógico) existen unas barreras para que no puedas tocarlos ni molestarlos en exceso. Era época de cría y pudimos contemplar como cada pareja tenía dos polluelos a los que alimentaban y cuidaban en su nido. Resulta curioso ver como cada pareja tiene su propio agujero, que utiliza año tras año después de la migración y que defiende delante de posibles intrusos. La isla está minada de pequeños surcos en la arena desde los que se pueden ver y te vas encontrando a los pingüinos. Los que no están cerca del nido ni pescando en aguas profundas, pasan el día en la playa, y sirven como una especie de comité de bienvenida para los turistas.
Concluida la visita a estos graciosos animalillos, tomamos el camino de regreso a la ciudad, parando en algunos miradores del camino para poder contemplar la belleza de los paisajes patagónicos. La última de estas paradas, la realizamos en una “castorera”, que nos mostró la forma de trabajar y vivir de estos animales que fueron introducidos por las empresas peleteras y que, años después se han convertido en un problema para la zona ya que no tienen depredadores naturales y para el hombre es muy difícil acceder hasta donde ellos están. Sus presas y embalses ahogan a muchos árboles y están deforestando la zona.


Al día siguiente el despertador sonó más temprano, y el jeep 4x4 pasó a recogernos por el hostal para iniciar el día. Nuestros compañeros, mejor dicho, compañeras, ya que el guía-conductor y yo éramos los únicos hombres, serían una familia brasileña compuesta por abuela, madre e hija, y las dos estrellas de la jornada, dos hermanas porteñas ( una de ellas residente en Tarragona) que hicieron de la excursión una experiencia bastante curiosa.
El día lo pasamos en la parte trasera del vehículo ( menos la enchufada de mi madre), entre golpes por los caminos de piedras y troncos por donde estábamos marchando y comentarios absurdos pero a la vez graciosos de las dos hermanas. Y es que eran dos personajes sin igual ( lástima que se borraran las fotos que teníamos con ellas), que hicieron que el día tuviera su dosis de humor.
Al llegar a uno de los lagos más grandes de la zona, y después de nuestra aventura offroad, nuestro guía y el de otro jeep que también iba con nosotros, empezaron a preparar un buen asadito para el disfrute de los pasajeros.
Mientras ellos estaban manos a la obra, el pre-comida tuvo varios focos de atención. En uno estaban dos zorros, que atraídos por el olor a carne, se paseaban por la zona en busca de algún pedacito, que al final consiguieron. Evidentemente, sacarles fotos fue una de las atracciones de la jornada ( otras que se borraron).
El otro foco estaba situada en la hermana mayor, que ajena a todo, se había sentido muy atraída por un señor del otro grupo y estaba como una niña de 15 años, con las sonrisitas y tonterías. Lo más cómico es que el hombre no hablada español, y el inglés de ella era de andar por casa. Así, se hacía entender como un indio y bebía un baso de vino detrás de otro, lo que no hacía más que aumentar su tontería.
Así, entre zorros, parejitas quinceañeras y la abuela brasileña que me quería casar con otra hija suya, llegó el momento de la verdad y comimos, como en otras muchas ocasiones, una carne superior.
A la vuelta, y al no poder hacer el kayak programado para la tarde por el oleaje del lago, retomamos el camino charlando de temas un poco más complejos. Y es que la religiosidad y la creencia en el destino de las allí presentes hizo un poco más aburrido y monótona el viaje de regreso.

El último día por aquellas tierras, y antes de coger el vuelo que nos llevaría a ver el glaciar Perito Moreno, lo gastamos, como la tarde anterior, en callejear por las tiendas y locales comerciales de la zona.
Llegada la hora, nos vinieron a buscar, y en unas pocas horas nos plantamos en el Calafate, pueblo más cercano al glaciar, y que, como es lógico, vive de el y es sumamente turístico.
Durante la tarde salimos a conocer un poco el sitio, pero realmente hay poco que ver, para no decir nada, así que paseamos tranquilamente sin rumbo esperando que llegara el otro día para ir a visitar el glaciar.


Una vez dentro del bus, recorrimos los kilómetros que lo separan del pueblo, y pagadas las pertinentes entradas obligatorias en todos los parques del país, pudimos contemplar ya, desde la distancia, la enorme masa de hielo que se plantaba delante nuestro.
Contratamos el paseo en barco, que te permite acercarte por la cara norte del glaciar y ponerte a escasos metros de el, escuchando el crujir del hielo mientras avanza imperceptiblemente. En este lado ya tuvimos la oportunidad de oir el ruido que produce un bloque de hielo al desprenderse de la parte principal.
Completada la visita en barco, nos llevaron a la parte sur, donde están construidas las pasarelas y donde te dejan unas horas para que puedas disfrutar de las vistas desde los diferentes balcones. Explorados los primeros puntos, y después de descartar los más alejados ya que mostraban la cara que habíamos visto desde el barco, además de estar a una hora de distancia caminando, nos apostamos en el balcón que a nuestro modo de ver, y de la mayoría de gente, dejaba ver la visión más frontal y espectacular de la cara sur.
Ahí estuvimos aproximadamente una hora, parados en la barandilla, con la cámara a punto para captar los posibles desprendimientos, y a pesar de sólo ver uno, disfrutamos de una vista irrepetible, de un ruido nunca antes escuchado, de unos colores azules intensos mezclados con el blanco y de un airecillo helado que te dejaba la cara congelada.
Una vez decidido finalizar nuestra visita y poner rumbo al autocar, nos encontramos en las pasarelas a las dos hermanas, con las que estuvimos charlando un rato, y a las que pedí ( aún estoy esperando) que me pasaran las fotos de la excursión 4x4.
Aquí finalizaba el motivo de nuestra estancia en aquel lugar, y solo nos tocaba esperar al momento de subir en el autocar que nos llevaría al siguiente destino. Como para eso aún teníamos que esperar toda esa tarde y la mañana siguiente, intentamos buscar alguna actividad extra.
La encontramos en las cabalgatas que montaban por aquella zona, y que cerramos para la mañana siguiente.

Después de firmar los papeles para excluir a la empresa de responsabilidades ( en ninguna de las otras ocasiones que he montado en el viaje me lo han hecho hacer), nos designaron un caballo y empezamos, con el resto del grupo, un paseo de 2 horas por los alrededores de el Calafate.
Lo cierto es que el paisaje era bonito y que los caballos eran ideales para mi madre, pero en mi vida, si exceptuamos los burros del lago de Puigcerda, me había encontrado con unos animales más pasivos, más lentos y con el papel mejor aprendido que aquellos. Los tios iban uno detrás del otro, a 3 por hora y si intentabas que corriera un poquito, giraba la cabeza y te miraba como diciendo, “ no me agobies”.
Concluido el excitante paseo en caballo, regresamos a recoger nuestro equipaje y nos dirigimos al primero de los buses que habían programados para aquel día. El trayecto sería de 5 horas, y nos llevaría hasta la localidad de Rio Gallegos, donde, y después de esperar un buen rato, conectaríamos con un bus cama en el que pasaríamos la noche, para llegar al día siguiente a Puerto Madryn.

En esta localidad fue donde estuvimos un poco más aburridos, y es que habían dos actividades programadas: una excursión a la Península Valdés y una inmersión con leones marinos.
La inmersión no estaba todavía cerrada, y tenían que ponerme en contacto con un conocido de mi hermano Oscar. Al ir el primer día a cerrarla, a mi madre no le hizo demasiado gracia lo de meterse debajo del agua, y el precio por hacer snorkelling era demasiado caro, así que tiramos atrás la idea e intentamos buscar alguna otra alternativa para el día que nos quedaba sin nada.
Después de buscar e informarnos en varios sitios, ya nos dimos cuenta que en aquel lugar la oferta de excursiones estaba limitada, y lo que ofrecían, o ya lo habíamos visto ( pingüinos) o lo íbamos a ver al día siguiente. De esta manera, dejamos ese día libre para ir a la playa o para estar tranquilos.
La ciudad no tiene tampoco nada en particular a parte de la atracción turística por ser la puerta a la reserva natural de la península, así que, a parte de la excursión, visitamos un museo, fuimos a la playa, paseamos por las tiendas y comercios y después de 8 meses, fui por primera vez al cine.

El día de la excursión, nos vinieron a recoger en una furgoneta, en la que la media de edad de los turistas era de 50 años, así que no había demasiado para relacionarse, a parte de una pareja de maños. El camino hasta el destino fue duro, ya que todo el camino era de grava, lo que hacía que estuviéramos todo el rato con pequeños botecitos.
La atracción principal de esta visita, y por la cual había escogido este destino, era la posibilidad ( no tuvimos suerte, aunque Jacobo y Pablo si, y me hablaron maravillas) de ver orcas atacando a focas en la playa para alimentarse. La típica imagen de reportaje de National Geographic es lo que queríamos ver en directo.
Después de un largo trecho, llegamos a la playa donde estaba la colonia más numerosa de leones marinos con sus crías. La temporada no era la idónea, ya que se ve que cuando los cachorros son un poco más mayores y empiezan a nadar, es cuando se ven ataques casi cada día. En nuestro caso, el último avistamiento en aquella zona fechaba en 20 días antes. Después de estar un rato esperando y no ver ninguna aleta en el horizonte, nos resignamos a disfrutar de los leones y de su comportamiento y empezar a desfilar hacía otro de los puntos de interés de la península, donde veríamos a los primos hermanos de estos. Estamos hablando de los elefantes marinos, que ocupaban otra playa, y a la que fue difícil acceder por el intenso viento que soplaba y que te llenaba los ojos de arena.
Una vez terminada la visita, volvimos hacía la ciudad con la sensación de haber visto poco, porque si es verdad que además de los leones y los elefantes marinos, vimos algún otro animal como el guanaco ( familia de las llamas), pero no pudimos disfrutar de ninguna de las 2 estrellas de la zona. En lo que se refiere a la orca, no tuvimos suerte, ya que hay un grupo de 30 que habitan esas aguas todo el año, y en cuanto a las ballenas, ya sabíamos que no era época y que, por tanto, es imposible divisar ninguna.

Con un poco de mal sabor de boca dejamos Puerto Madryn, y pusimos rumbo de nuevo a la capital, para pasar nuestro último día antes de la despedida. El viaje, de nuevo, duró toda la tarde y noche, y llegamos a Buenos Aires el día 2 temprano. Como ya habíamos quedado por internet, en cuanto nos instalamos en la habitación, llamamos a Luján, que estaba todavía de vacaciones ( que vivan las fiestas de los profesores), y se había ofrecido a sacarnos a pasear con su coche por las afueras de la ciudad.
De esta manera, al mediodía nos pasó a recoger y fuimos juntos los tres a comer al barrio de san telmo para posteriormente dirigirnos a la zona de “los olivos” pasando por un montón de sitios que ni me acuerdo del nombre, pero que ella se esforzaba en explicarnos. Caída la tarde, nos devolvió al hostal y nos despedimos, en lo que fue una despedida temporal, aunque mi madre no lo supiera.
Y es que en teoría yo había quedado tanto con Luján como con Maru ( la otra chica de Iguazú) para salir aquella noche, pero lo que en realidad estaba previsto, era una cena cumpleaños sorpresa para mi madre en el restaurante-hotel faena, considerado uno de los 10 mejores del mundo y recomendado por Jacobo. Lo cierto es que tal como está el euro, es asequible comer lujosamente en Argentina, y lo aproveché para celebrar lo que sería el día 3 el 69 cumpleaños de mi mamá.
De esta manera, yo quedé con ellas, para que no dijeran nada, y así darle una sorpresilla. Durante la tarde, y después de una espera en la habitación, dándole largas a mi madre en todo lo que quería hacer, a las 8 locales, 12 de la noche españolas, la felicité y le dije que se pusiera guapa.
Agarramos un taxi, nos fuimos al restaurante y nos sentamos en la mesa a la espera de que vinieran las chicas. Como se retrasaron y quería que fuera una sorpresa para ella, me hice el loco con la carta, que si no sé que pedir, que si no me convence esto, que si tengo dudas.....así por más de media horas. Al final llegó Luján y más tarde Maru, se llevó la sorpresa, cenamos los 4 como reyes e incluso hubo pastel de cumpleaños con las respectivas velas y el primer regalito por parte de nuestras amigas argentinas. Desde aquí un saludo enorme a las dos.

Con esto finalizaba mi estancia en Argentina y el viaje con mi madre. Al día siguiente ya nos dirigimos los dos al aeropuerto. Resultó que mi vuelo iba con retraso, lo que hizo que estuviéramos juntos en la sala de embarque y que ella no tuviera que esperar mucho tiempo sola. Llegado el momento, una enésima despedida, esta vez muy especial por ser mi madre, pero con la idea de que en poco tiempo nos volveríamos a ver, lo cual me lo hizo mucho más fácil que en el aeropuerto de Barcelona tantos meses antes.

Empezaba otro país, Brasil, que recorrería de nuevo con Prada, y que sería el último mes que estaríamos juntos, ya que la diferencia de gustos a la hora de los destinos, haría que de principios de marzo hasta el final, la aventura la volveríamos ha hacer solos. A pesar de ello, nos quedan 30 días para disfrutar el uno con el otro y para contarnos las batallitas vividas por separado.

Hasta la próxima entrada, Carlos.


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viernes, 6 de marzo de 2009

Prada - Patagonia (I)

Hola.

Lo primero es pedir disculpas (otra vez) por el desfase que este blog está sufriendo en las últimas fechas. Me toca asumir la culpa, ya que soy yo y no otro el que estos días está más perezoso a la hora de ponerse a escribir. Aunque suene a cachondeo, somos gente muy ocupada ;)

Y debido a ese retraso la siguiente crónica tiene comienzo en el ya obsoleto 2008.

29 de diciembre de 2008. Habiéndome dejado Barbe, Jorge y toda su tropa en Puerto Varas, Chile, me dirijí a Puerto Montt, un pueblo relativamente vecino a aquél, desde dónde cogería un ferry que me llevaría hasta la Isla de Chiloé, una apacible isla pesquera en el extremo norte de la patagonia chilena. Mi plan inicial era pasar un par de necesarios días de tranquilidad (Jorge nos había llevado por el mal camino noche tras noche) en Chiloé, pasar allí una tranquila noche de Fin de Año, y volver tranquilamente hasta Puerto Montt el 1 de enero para coger un avión que me llevaría hasta los terrenos helados de la Patagonia chilena, unos cuantos cientos de kilómetros al sur de Puerto Montt.

La isla de Chiloé resultó ser una tranquila (muy acorde con mi plan) islita de pescadores, poco edificada, y con unos platos a base de salmón que hacen por sí solos merecer la visita. El lugar perfecto para una Noche Vieja relajada. Una que, por cierto, no puedo ser. Resultó que el ferry que me debía llevarme de vuelta a Puerto Montt para coger mi avión el dia 1, no circulaba el primero de enero por motivos obvios (la verdad, no sé como no se me ocurrió), así tuve que dejar prematuramente Chiloé en un ferry hacia Puerto Montt a última hora del 31 de diciembre.

Y allí estava yo, llegando al pueblo más cutre, maloliente e incluso peligroso de Chile, a eso de las diez de la noche de un 31 de diciembre, sin alojamiento, sin cena, sin conocidos y por supuesto sin uvas. En un último intento por salvar la noche, busqué rápidamente un lugar asequible en el que hacer noche y salí en busca de un restaurante decente para, como diría Don Juan Carlos, tan señaladas fechas. Pero la noche estaba va ya perdida. Todo cerrado excepto un supermercado de barrio en el que, ya resignado, compré los dos plátanos que me tomaría a modo de cena un 31 de diciembre que nunca olvidaré por cómico.

Tras degustar la suculenta cena, salí a la calle con el ánimo de encontrar algún garito en el que brindar por el Nuevo Año camuflado entre chilenos. Pero como más vale irse a la cama a las once de la noche de un 31 de diciembre que irse a las dos de la mañana habiendo sido atracado y sin pantalones, a la tercera vez que escuché la palabra 'gringo' a mis espaldas decidí recoger velas e irme de vuelta al hostal, si es que el semiprostíbulo en el que me hospedé puede llamarse hostal.

Total, que a las once de la noche estaba ya en la cama y listo para dormir. Sólamente la compañía de la guitarra que por dieciocho euros había comprado una semana atrás (se deja tocar como una de trescientos) maquilló mínimamente la Noche Vieja más curiosa que habré pasado, y espero pasar, jamás. La realidad es que tampoco tenia sentido celebrar en exceso el 31 de diciembre de un año, éste, que para mí acaba a principios de junio a todos los efectos.

El 1 de enero, el primero desde hace muchos sin la tradicional resaca, me levanté bien prontito y puse rumbó al aeropuerto con una sola imagen en mente: las cumbres heladas de la Patagonia. Será cosa mía, pero sólamente el nombre ya me impone.

Lo que ví durante el vuelo, que me costó apenas 80 euros, no puede pagarse con dinero. Sobrevolar los andes fué impresionante. Una manta de montañas que parecía no acabar, lagos enormes, campos de hielo kilométricos, picos de más de 3.500 metros de altura, glaciares por doquier y hasta un volcán en erupción nos quitaron el aliento a todos los que tuvimos la suerte de volar en ese avión en ese día tan privilegiadamente despejado. Ahí quedan las fotos como testigos, aunque verlo con mis propios ojos fué una experiencia comparable con pocas otras. Bendito sea el momento del check-in en el que elegí ventanilla.

Así que nefasta salida de 2008 y gran entrada en 2009.

Aterrizado ya en terreno patagónico y respuesto del shock andino, me puse a planificar mi aventura por el sur del mundo. Aunque el aterrizaje tuvo lugar en Punta Arenas, mi destino final era Puerto Natales y su archiconocido Parque Nacional de las Torres del Paíne. El parque, que es una de las principales atracciones de América del Sur, tiene montañas y glaciares espectaculares y requiere de al menos tres días de acampada para ser visitado en condiciones. Un servidor, que iba sólo, que hasta entonces había montado una tienda de campaña apenas dos veces en su vida y que ni si quiera viaja con botas de montaña (manda huevos que entre los 27 kilos de maleta que cargo no se me ocurriera meter unas botas), todo el asunto de la acampada a temperaturas gélidas le pillaba un poco de novato.

Pero como este mundo es un pañuelo (este blog lo ha confirmado en repetidísimas ocasiones) y esta vida está llena de casualidades, al entrar a una oficina de informaión me crucé con Vanessa, una de las ya míticas rapitencas que conocimos en la Full Moon Party en Tailandia. Vanessa y James (su novio, un irlandés auténtico que se había unido al viaje unos meses) tenían previsto acampar, por casualidad, los mismo días que el menda. Así que, sin tener que pensarlo demasiado, unimos fuerzas y preparamos el abordaje a las Torres del Paíne conjuntamente. Tras charlar con la gente más experta (y otros que se las daban de serlo) decidimos hacer una acampada de cuatro días, para hacer la ruta de la W, la más famosa, y que combina grandes vistas a las montañas con caminatas de ocho horas al dia. Compra de comida, prueba de tiendas, preparación de mochilas, etc, etc, y al ataque.

La ruta de la W, tal como la planeamos, consistía en tres días de caminata fuerte y un último día más relajado a las faldas de las Torres del Paíne, los picos que dan nombre al parque. El primer día caminamos hasta el Glaciar Grey, la reserva natural de agua natural dulce más grande del mundo después de la mismísima Antártida. La verdad es que en su momento me impresionó muchísimo pero a la postre quedaría aplastado por lo que vería apenas dos semanas después en el lado argentino de la Patagonia. La primera noche en la tienda fué dura, para que engañarnos, con mucho frío, mucha lluvia, mucho viento y pocas horas de sueño.

Bastante cansados amanecimos el segundo día, el más duro a priori y a posteriori, en el que teníamos pensado caminar hasta los Cuernos del Paíne, las montañas más altas y espectaculares del parque (por mucho que Las Torres sean las más célebres). Con lo que no contábamos era con la intensa lluvia que nos acompañó durante las primeras cuatro horas de caminata. Empapados hasta los huesos y con la sensación de tener el mismo frío que subiendo el Everest llegamos al refugio situado a los piés de Los Cuernos, que se encontraban totalmente cubiertos por las nubes. Ante el frío, la lluvia, el hambre, y la imposibilidad de ver las montañas con claridad, decidimos abortar la misión Cuernos del Paine y poner rumbo de vuelta al campamento base. Así otras cuatro horas de caminata, con algo menos de lluvia pero igual de mojados que las cuatro primeras. A la llegada al campamento, una dura ducha de agua fría (mal día para que se acabase el gas) y tres platos de sopita caliente para evitar el resfriado. Allí compartimos las anécdotas del día con, entre otros, Oscar y Ana, una pareja de españoles (Oscar catalán, Ana vitoriana que habla un catalán bastante mejor que el mío) que iban preparados como para escalar cualquier monte del Himalaya. (Oscar, Ana, ¿cómo/dónde estáis? Sois los más grandes).

Para el tercer dia, más lluvia, más frío, más sueño, más cansancio y ningunas ganas de pasar un día como el anterior. Así que, con el rabo entre las piernas pero con la máxima de "esto es para disfrutar no para sufrir" decidimos hacer trampa y coger un catamarán que nos llevó hasta la salida del parque, esta vez a salvo de la lluvia y el frío. Lo bueno del asunto es que desde el catamarán podían verse las Torres, Los Cuernos y todas las montañas cuyo nombre acabase en Paíne, lo que hizo valer bastante la pena el atajo. Y así nos fuimos de vuelta hacia Puerto Natales, dónde junto con Oscar y Ana nos dimos el capricho de cenar en la pizzeria La Repizza, en la que sirven unas pizzas, por cierto, recrudas. También a la vuelta de Torres del Paíne coincidimos con Eva, la otra rapitenca, que se iba de acampada al día siguiente. Unas cervezas, unas risas, y al sobre bien calentitos.

Desde Puerto Natales cogí, también junto a Vanessa y James, un autobús que nos llevaría hasta Ushuaia, en Argentina, famosa por ser la ciudad más al sur del mundo. Esto tiene truco en la palabra "ciudad", porque la pura realidad es que existen varios "pueblos" más al sur que Ushuaia. Tras quince horas de viaje debido a los trámites fronterizos y a haber cruzado el estrecho de Magallanes (vaya clásico) en ferry, llegamos a Ushuaia. Su gran atracción es el Parque Nacional de Tierra del Fuego, un parque que, aún estando bien, no es gran cosa si se compara con la espectacularidad del de Torres del Paíne. De hecho, lo que recordaré con más cariño de Ushuaia es el tiempo que pasé con James y con Vanessa, para mí, la pareja del viaje. A Vanessa ya la conocía, así que no fué una sorpresa. Quién si lo fué es James, un auténtico Fenómeno, con mayúscula. Este hijo de Irlanda es un auténtico showman y un saco sin fondo en lo que se refiere a chistes, trucos de magia y todo lo que se tercie para hacer reír al personal. Fueron unos días de no parar de reír con el tipo. Un personaje con el que hice muy buenas migas, de hecho. Incluso el día en que nos separamos no se cortó un pelo a la hora de ponerse a cantar en medio del hostal mientras yo le tocaba la guitarra. Dios los crea y ellos se juntan. La verdad es que de James podría escribir una entrada completa, pero como ya empieza a chapurrear español lo dejo para que él mismo escriba una entrada de chistes en un futuro.

En el hostal de Ushuaia hice amistad con Rafa y Pablo, dos hermanos de Medellín, Colombia, que aprovechaban dos meses de vacaciones para recorrer Suramérica de norte a sur, desde Colombia hasta Ushuaia, recorriendo parte del Amazonas en barco. Otros fenómenos.

De Ushuaia salí hacia el Calafate, más al norte, para visitar, ya sólo, una de los parajes naturales insignia de la Patagonia argentina: el glaciar Perito Moreno. De camino a el Calafate y tras curzar de nuevo el estrecho de Magallanes (esta vez viendo delfines desde el ferry), tuve que hacer un cambio de autobús en Río Gallegos, una aislada ciudad Argentina en la que aproveché para conectarme a internet y enterarme de que a Barbe le habían dejado sin cámara y sin un duro. Quedamos en que yo le enviaría dinero por correo el siguiente día laborable (era sábado), ya desde el Calafate.

Una vez en el Calafate, el domingo, organicé la visita al Perito Moreno. A falta de billetes de autobús (enero es mes de vacaciones en Argentina y los lugares turísticos están a reventar) quedé en compartir un taxi con una pareja de suizos, Michael y Christina, con los que pasé un gran día. Estos dos eran unos forretis suizos bien entrados en sus treintas pero que disfrutaban de la vida como si tuvieran dieciséis. Lo pasé en grande.

El glaciar es espectacular. ESPECTACULAR. Creo que nunca me he sentido tan pequeño como en el momento de ver de cerca ese bloque de hielo de casi 200 km cuadrados. El Perito Moreno es el único glaciar del mundo que crece cada año (el resto retroceden año tras año), y es por eso un espectáculo sin igual. Constantemente se oye el crugir de esa masa enorme y pueden verse grandes bloques de hielo caer al agua provocando un estruendo exagerado. Muy impresionante. A nivel de paisajes naturales, de lo mejor que he visto en este viaje.

Visitado el Perito Moreno el domingo, la del lunes fué una mañana de colas. Tenía que enviarle dinero a Barbe y la cosa que no fué fácil. Primero, porque en el Calafate sólamanente hay tres cajeros automáticos, y dos de ellos nunca tienen dinero; en el otro, como es de suponer, se forman unas colas que parecen las de un concierto de U2. Además, el dichoso cajero sólo deja sacar 300 pesos (unos 70 euros) de una vez y, como al pobre Barbe 300 pesos no le valían ni para comprarse pipas (necesitaba suficiente como para llegar a Buenos Aires), una vez hecha la cola de hora y media tuve que sacar dinero cuatro veces mientras el resto de la cola, que daba la vuelta a la manzana, me miraba con cierto odio...Ya con la pasta en mano, una cola de media horita en correos y todo arreglado.

Y hasta aquí puedo llegar hoy porque me están llamando para embarcar en un vuelo que no puedo perder.

Fotos finas: http://picasaweb.google.com/guillermo.de.prada2/PradaPatagoniaI#
Hasta pronto.

Un abrazo,

Prada

viernes, 27 de febrero de 2009

Barbe Chile II - Argentina I

Después de la separación temporal con Prada, yo me volví sólo con el micro-bus hacía Santiago. En la ruta, que duró 2 días, nos dió tiempo de ver las cascadas más caudalosas de Chile ( nada del otro mundo) y charlar y ver vídeos de fútbol chileno con Jorge, su novia y el chófer.
Como era el único pasajero, pudimos dejar de lado la última visita a unas viñas y llegamos a la capital más temprano. De esta forma, tenía tiempo para llegar tranquilamente a Viña del Mar, lugar escogido para pasar el fin de año. Como Jorge y su novia también iban allí, cambíamos los tickets de autobús para la mañana.
A la llegada, dejé la mochila grande en el Che Lagarto ( hostal) y con la pequeña, con lo mínimo para pasar 3 días, me fuí con ellos en el bus. Al ser un destino muy común en esas fechas, la carretera estaba bastate llena, así que el cambio de hora fué bien para llegar relajados a la tarde.
Jorge me dió su teléfono para que le llamara después de las 12, pero al final no tuve ganas de liarme y preferí pasar la noche más tranquilo, con lo que no nos volvimos a ver.

Así, después de cenar en el jardín del hostal y estar charlando con Nadia ( chica argentina de tierra del fuego) y de ir a ver los fuegos artificíales más grandes de Sudamérica, en la playa, con ella y los dueños del hostal, regresamos y me pasé toda la noche hablando de Argentina y de otros miles de temas con esta chica, hasta que amaneció y decidimos irnos a dormir. De esta manera, había pasado la noche de fin de año más tranquila de toda mi vida, pero que seguro, recordaré durante mucho tiempo por haber sido diferente.
A parte de celebrarlo a la hora chilena, el cambio de horario me permitió que unas horas antes llamara a casa de mi padre para poder pasar juntos el cambio al 2009, y de esta manera, tener las campanadas típicas de nuestro país, y los fuegos artificiales de la ciudad chilena.

Los siguientes dos días en Viña y Valparaíso no tuvieron demasiado en especial, y me limité a pasear por las calles repletas de casas de todos los colores, subiendo y bajando las calles empinadas de esta localidad, declarada patrimonio de la humanidad por sus ascensores callejeros centenarios, sus casitas tradicionales y su distribución en la bahía.
Como anécdota, tuve un pequeño accidente al acercarme a uno de los miles de perros callejeros que pasean por todo chile, y quererle hacer una fotografía por el color de sus ojos. Al acercarme demasiado ( no había tenido hasta la fecha ningun problema en acariciar ninguno), se levantó rápidamente del suelo, ladrándome y con una actitud bastante agresiva. Suerte que aún conservo parte de la velocidad de reacción adquirida con tantos años de entrenamientos en el fútbol, y pude hacer una salida rápida del lugar. El perro me persiguió un centenar de metros, hasta que vió que me alejaba suficiente. Fruto de ello, rompí una de las chanclas, que evidentemente no estan hechas para correr a toda velocidad, y hizo que tuviera que esfumarme de la calle, ya que podéis imaginar las risas que produjo un turista con chanclas, gafas de sol y cámara en mano corriendo delante de un perro callajero en medio de la ciudad......evidentemente me fuí con cara de "aquí no a pasado nada", pero con el susto en el cuerpo.
Una vez concluidos los dos días ahí, y después de que a la salida me dieran la alegría de que la dueña del hostal me regalaba los 30 dólares de la cena de fin de año ( es bueno siempre ser agradables con los dueños), cogí un autobús de regreso a Santiago donde iba a pasar un par de noches más antes de empezar mi periplo por los andes de camino a Argentina.

Pero antes de irme del país, quería conocer a una chica que me agregó hace ya muchos meses al Facebook, en lo que fué una broma por compartir el mismo apellido ( Susana Barberán), y que terminó con la coña de los primos lejanos.
Así, una vez llegado el bus de Viña, y de pegarme una ducha, me dispuse a salir por la noche con Susana y sus amigas. Al llegar, y después de las pertinentes presentaciones, Susana me dió el único regalo de Navidad que he tenido este año y nos fuimos a tomar unas copa a un bar que ellas conocían. Estuvimos toda la noche charlando, y antes de irnos, se ofreció a acompañarme al día siguiente para ir a ver el museo de história de la ciudad que era lo único que me quedaba por ver, y por lo que había atrasado mi marcha de Chile.
Evidentemente acepté la oferta, y por la mañana ( era sábado), nos fuimos a ver el museo y a comer. A la tarde, y cuando ya estábamos a punto de despedirnos, llamó a una de sus amigas de la noche anterior ( Sandra) que la invitó a casa de su novio a darse un bañito en la piscina y el jacuzzi. En la invitación estaba yo también incluido, así que pensé que un buen baño relajante antes de la paliza que me iba a pegar en los andes no me iba a ir mal. Dicho y hecho, allí estaba yo, con Susana, sus dos hijas, Sandra y otra amiga de ellas en el jardín de uno de los edificios nobles de la ciudad de Santiago.Es aquí donde me ocurrió una de las cosas más curiosas del viaje, pero antes de explicarlo, iré con las presentaciones.
Como he dicho, la piscina y el jacuzzi estaban en la casa del novio de Sandra, un diplomático madrileño de la Unión Europea ( Miguel) que lleva 4 años en la ciudad y que en esas fechas estaba en nuestro país pasando las fiestas con la família. En esta história, y como más adelante veremos, también interviene la persona de confianza del diplómatico, que es el encargado de gestionarle todo lo que puede en la ciudad, y de mantener todo bien en la casa. Este personaje se llama Juan, y como le gusta decir a él, es el hijo chileno de Miguel, y por tanto le llama papá. Vive en la casa con él.
Las presentaciones con Juan vinieron en el jacuzzi durante la tarde, y al inicio, a mi me tuvo un tanto despistado por la referencia continua de papá y hijo. Una vez explicado todo, y con el paso de los días me quedó todo claro, pero no avancemos acontecimientos.
Pasada la tarde, y bien relajados y refrescados, Juan propuso ir a cenar a un sitio de tapas y ir por ahí de fiesta. Aprovechando que era sábado noche y que tampoco tenía nada que hacer, me pareció una buena idea. Así, mientras Susana y Sandra iban con el coche a cambiarse a sus respectivas casas, Juan me acompañó al hostal en metro para que yo hiciera lo propio. Una vez todos guapos y listos, quedamos en una zona de bares, a la que Juan y yo llegamos algo tarde por haber hecho una parada técnica en un primer restaurante español con su respetivas tapitas con cañitas.
Ya los 4 juntos, fuimos a otro restaurante de tapas donde seguimos con la comida típica de nuestro país, con una cerveza detrás de otra, y entre medio de una de ellas, Juan me dijo que era una lástima que no me quedara más, ya que él me podría hacer de guía un par de días más, y de esta manera me propuso posponer mi salida a Argentina y quedarme en casa del diplomático con él unas noches más.
Lo cierto esque a pesar de no estar en mis planes, no lo vi nada mal, ya que en una noche me pareció una persona que sabía mucho de su país y que me podía enseñar mucho en poco tiempo, además, su amabilidad me hizo sentir muy bien. Así, y después de estar toda la noche en un bar de copas y de bailar temas de los años 70 y 80 ( ya podeis imaginar el ambiente), nos quedamos los 4 a dormir en el piso. Por la mañana, me acompañaron en el coche de Sandra al hostal a recoger mis cosas para trasladarlas.

Aquí empezaban 3 de los días más curiosos del viaje, donde cogí mucha amistad con ellos al estar mucho tiempo juntos, sobretodo con Juan. Ya ese primer día, y por lo que hablé con él, me dí cuenta de que conocía a toda la escalera del edificio, donde vivían otras dos españolas ( empresarias) y otros tantos extranjeros con buenos trabajos. Incluso disponía de las llaves de alguno de ellos para el cuidado del piso ante las ausencias de estos. Para que os hagáis una idea era un poco "aquí no hay quien vive", donde él conocía todo acerca de la vida de sus vecinos.
El primer día nos fuimos Sandra, Juan y yo, a comer un asado a las afueras de la ciudad en una población típica y nos pusimos como dios manda. A la hora de pagar, Juan sacó la tarjeta de crédito de Miguel, de la cual disponía para gastos propios y de la casa, y ante mi sorpesa, nos comunicó que su papá le había dado ordenes expresas de que su novia no pagara nada, y que a mi me incluía en el pack. Así los 3 días me trató a cuerpo de rey, enfadándose cuando yo hacía el ademán de pagar algunas de las comidas o de las cenas.
A la vuelta del restaurante, pasamos por la casa de la madre de Juan, que vivía en un poblado de las afueras de Santiago, para darle unas cosas a ella y a su hermana, y pude ver de primera mano la situación y la realidad de un Santiago diferente, el de las periferias, con chavolas de madera, con algo de cemento las que tienen más suerte y ver a la gente que vivía ahí, los niños que jugaban a fútbol en medio de la calle descalzos, con escombros por todas partes. Visiones que te hacen reflexionar.

Al día siguiente, y como era lunes, Sandra y Susana tenían que trabajar y nos fuimos Juan y yo a uno de los cerros que rodean la ciudad para poder tener una vista general de la monstruosidad de Santiago, os podéis imaginar 10 millones de personas puestas en un lugar plano y rodeados de montañas. Evidentemente uno de sus grandes problemas es la polución, ya que la contaminación no tiene canales de escape y se queda dentro de la ciudad haciendo en invierno muy difícil la respiración para las personas mayores. Después de una clase magistral de história y naturaleza, regresamos a la ciudad en busca de la piscina por los más de 30 grados que teníamos.
Esa misma noche, y aprovechando que un amigo de Miguel había devuelto el coche que este le había prestado unos días, fuimos a conocer un poco más la ciudad de noche, y esta vez a bordo del auto dipomático. Como Juan no dispone aún de licencia de conducir, tuve que amortizar ese carnet internacional para ir de aquí para allá sin pagar zonas de párquing y como bien me recordó Juan, sin tener que guardar los límites de velocidad, aunque como buen ciudadano, intenté respetarlos siempre. En la cena de ese día pude disfrutar del mejor salmón que había probado en mi vida, y esque a España no llegan los pescados en la isla de Pascua, que os aseguro están sabrosísimos.

El martes, 6 de enero, estaba planificada una excursión al "cajón del maipo", un valle situado a unos 150 km de la capital y donde Pinochet disponía de una residencia de invierno para disfrutar de sus paisajes naturales. Esta visita contó con una tercera persona, la alcladesa de uno de los barrios más poblados y humildes de Bogotá, que estaba de visita a una amiga que vivía en el mismo edificio, y al ser día laborable, y tener la amiga que trabajar, Juan ya se encargó de que no estubiera sola en casa, y esque como he dicho, él lo sabe todo acerca de todos y intenta que las visitas de los vecinos se sientan a gusto en Santiago .
Así, los 3 nos dirijimos en el coche y pasamos un día entre árboles, cascadas, puentes sobre ríos y conversaciones variopintas ( algunas sobre terrorismo calentitas).
Quien me iba a decir a mi que acabaría conduciendo un coche diplomático con una alcaldesa colombiana y un asistente personal chileno. Además de la visita al valle, de regreso a la capital, aproveché que era el día de reyes para llamar a casa y hablar con la família.
Para terminar la jornada y mi estancia en Chile, subimos al cerro más alto que está situado justo en el medio de la ciudad para poder contemplarla desde ahí. Hicimos un paseo en teleférico y regresamos al piso para ir preparando las cosas ya de cara a la mañana siguiente. Y sí, hablo en plural porque Juan me había comentado que si me importaba que me acompañara en mi camino en los Andes y llegar a Mendoza ( Argentina) para poder ver pasar el Dakar. Evidentemente que no me importaba, y aunque lo hubiera hecho, no podía decirle que no. De esta manera, preparamos las mochilas, nos despedimos de Sandra y Susana que vinieron a cenar pizza, cantamos un poco de karaoke y fuimos temprano a dormir ya que la salida estaba prevista a las 6 de la mañana para poder afrontar la jornada con tiemnpo.

El primer trayecto del día iba a ser coger un bus que nos llevara de la capital a un pueblecito llamado " los andes" que como bien indica su nombre, está en el valle de la cordillera, cerca de la frontera. Una vez allí, empezamos a caminar en dirección a Argentina, y sabiendo que era imposible caminar los 85 km que había hasta el paso, sacamos a pasear el dedo esperando que alguien nos recogiera y nos acercara. Lo cierto esque, además de una experiencia ( evidentemente no lo había hecho nunca), es la única manera de poder hacer caminando el paso de fronteras y poder disfrutar del las vistas que te da el parque nacional de la aconcagua, ya que no hay ningún bus que te deje allí.
De esta manera, tardó varios minutos en parar alguien, pero al final, un ingeniero de minas que iba de subida hacía el trabajo, paró con su furgoneta y accedió a llevarnos hasta donde él se desviaba, que aproximadamente era la mitad del camino. Durante el trayecto nos hizo una disertación acojonante de todo lo relacionado con su trabajo ( minas, piedras, montañas, excavaciones, etc), que hizo que el tiempo pasara volando. El segundo trayecto lo hicimos en camión con un chico argentino que hace el paso cada semana y que volvía a su casa sin mercancía en el remolque ( los que llevan nunca paran por miedo a que les roben).
Aprovechamos una parada de la policía donde tiene que identificarse para cogerlos parados y preguntar, sino es muy difícil porque estás en medio de la subida y si paran luego les cuesta mucho volver a arrancar. Con el camión hicimos la última parte, y la más bonita, viendo como los imponentes andes iban saliendo en medio de curvas y más curvas a bordo de un 16 ruedas viejísimo. En este caso, y como no podía ser de otra manera con un camionero argentino, la conversación fué toda de su trabajo y de fútbol.

Pasada la aduana chilena, y antes de llegar a la argentina, venía la parte del trayecto que yo quería hacer caminando, y aunque más tarde me enteré que molestó a Juan, era mi viaje y lo hacía a mi manera, así que me puse la música y empecé a caminar a un buen ritmo a través de la carretera y de los senderos de piedras, disfrutando de los paisajes y pensando en mis cosas. Mientras, Juan iba detrás manteniendo el ritmo y insistiéndome en llevarme parte de mi equipaje, a lo que evidentemente me negaba ya que lo quería hacer yo solo.
Lo cierto es, que es de ese tipo de cosas que haces una vez en la vida, y como experiencia está bien, pero cargar más de 30 kilos durante 20 kilómetros, con subidas, bajadas, piedras y asfalto no resulta un trabajo fácil, aunque en aquel momento "disfruté" con el sufrimiento.
La única parada que hicimos fué a la entrada del Aconcagua, para disfrutar por unos minutos de la imagen y para que engañarnos, para que mis riñones y mis pies tuvieran una tregua. A parte de esta, no paramos más, ya que ciertamente no sabía cuanta distancia había, y no quería que se hiciera demasiado tarde. Al final, y después de algo más de 5 horas, llegamos a la aduana argentina, pasamos los controles y caminamos los últimos metros hasta el pueblo " el puente del inca", donde por fin pudimos descansar, relajarnos y buscar un medio de transporte que nos llevara a Mendoza. Por suerte, pudimos comprar los tickets para el último colectivo y después de pasar 3 horas en el autobús, muerto de cansancio, llegamos a la ciudad y buscamos sitio donde dormir.
En contra de lo que esperaba, no pude pegar ojo durante toda la noche, a pesar de estar físicamente roto, y no esque la cama fuera incómoda, que lo era, sino que dejo a la imaginación de cada uno el nivel de ronquidos de Juan ( que por supuesto desconocía por haber dormido siempre en habitaciones separadas), que me impidió dormir después del eterno día que había sufrido. Y así, me salí a la sala del hostel a charlar con uno y con otro mientras pasaban las horas. Al final caí rendido en el sofá.
Al día siguiente, y después de intercambiar alguna mirada asesina con Juan, le comuniqué que iba a adelantar mi partida al noroeste para aquella misma noche ( en lugar de al día siguiente). Mis motivos, a parte del evidente que era no querer volver a sufrir el suplicio de otra noche en blanco, era que me estaba quedando sin días para poder ver todo lo que tenía previsto por haber alargado mi estancia en Chile.
Juan, a pesar de poder quedarse unos días ahí, que era su idea inicial, tomó el mismo camino que yo, y compró los billetes de regreso a casa para 2 horas después de mi partida. El día en Mendoza lo dedicamos al Dakar, ya que él nunca lo había visto y le hacía ilusión. Fuimos al parque central, donde llegaban todos los participantes y pasamos la mañana ahí entre fotos y más fotos, mientras toda la ciudad se volcaba y desvivía por ello ( alucinante). Durante la tarde fuimos a dar una vuelta por el centro y ya nos dirigimos a recoger las maletas y a la estación de buses.
De esta manera, me subí al primero de los interminables buses que me esperaban en este país y se acababa mi estancia con Juan. Desde aquí volver a agradecerle todo lo que hizo por mí, y espero que a pesar de la paliza en los andes no me guarde rencor.

18 horas me separaban de mi siguiente destino, que al final fueron 20 por los retrasos, aunque con el sueño y cansancio acumulado se me hizo más cortito. Lo único malo fué el dolor de espalda que te deja estar tantas horas en una butaca semi-cama ( recordar que la cama sale bastante más caro), pero ahí estaba yo, en la ciudad de Salta desde donde salían la mayoría de las excursiones hacía el norte ( jujuy, quebrada de umahuaca, etc ) y por las cuales yo estaba interesado. Al llegar, me alojé en un hostel que me ofrecieron en el terminal de buses y me acomodé en mi dormitorio, el cual compartía con 2 argentinos más. La tarde la empleé informándome y contratando la excursiones además de conociendo a 3 porteñas (así se llama a los argentinos que viven en Buenos Aires). Por la noche, fuimos a cenar los 4 a otro hostal de la cadena en donde teníamos incluída la cena en el precio del alojamiento. Fué ahí, donde, y en línea con lo que me a pasado en todo el país, conocí a más argentinos, que son de relacionarse mucho y hablar con todo el mundo. En este caso eran 7 porteños con los que acabría la noche de fiesta, en un boliche ( discoteca) de la ciudad.
Al regresar de fiesta, un poquito tarde, entré en la habitación, y en lugar de encender la luz y hacer ruido para meter las cosas en mi armario con candado, lo cual seguro hubiera despertado a mis compañeros de habitación, dejé mis pantalones y la camiseta a un lado y simplemente me puse a dormir.
Por la mañana, me levanté tranquilamente, me duché, y cuando me disponía a dejar la habitación para ir a conocer la ciudad, metí la mano en el bolsillo de mi pantalón en busca de mi cartera y de mi cámara de fotos y... sorpresa, ya no estaban ahí. Los cabrones de compañeros, con los cuales había estado tranquilamente hablando de fútbol la tarde anterior, se habían marchado llevándose de recuerdo mis cosas. Después de buscar y re-buscar, ya me autoconvencí de que sí, que me habían robado y que ya nada podía hacer, a parte de ir ha hacer la denuncía y de resignarme. Ya se sabe, al mal tiempo buena cara, y en este caso lo considero un aspecto más de mi viaje.
Una vez hechos los trámites y visto que me quedaban 30 dólares en la cartera que llevo siempre en la mochila, empecé a valorar alternativas y soluciones, ya que el resto del dinero y la única tarjeta que me quedaba útil iban en mi monedero. Evidentemente me dió mucha rabia haber perdido todas las fotos de los últimos 15 días ( fin de año, los días en casa del diplomático, el paso de lo andes etc etc), pero eso era ya una cosa que no podía solucionar y que debía olvidar, son cosas que pasan. Hablé con los dueños del hostal y evidentemente no me pusieron ningún problema para quedarme las noches que necesitara mientras encontraba soluciones.
De esta manera, me puse en contacto con Prada, ya que no quería preocupar a mi familía y quedamos que me enviaría dinero por una transferncia de money gram. El problema es que era sábado por la tarde y no podíamos hacer nada hasta el lunes. Así, me resigné a pasar un fin de semana aburrido, sin tener la posibilidad de hacer las excursiones previstas ( con lo que me perdí lo que muchos consideran una de las partes más bonitas del país) y limitándome a pasear por la ciudad y a hablar con uno y con otro. Durante todo el tiempo los chicos argentinos no paraban de ofrecerme ayuda, para que, como decían, no me llevara una mala imagen de su país....jejejeje. Además, Juan me puso en contacto vía Fecebook con el diplomático, que se ofreció para todo lo que necesitara, que si hacía falta volvía a Chile con ellos.....pensé que no era para tanto, aunque agradezco el interés y la preocupación.

Llegó el lunes, y cuando Prada me confirmó la transferencia ( vivan las nuevas tecnologías), me fuí en marcha para buscar el dinero y poder moverme ya de aquel lugar. No fué fácil sin embargo recibirlo, ya que me iban mandando de un sitio a otro y en ninguno resultaba ser el adecuado. Después de ir rápido de arriba a abajo ( ya que tenía a Prada esperándome en el msn para confirmar la entrega), por fin, y tras hacer una cola inteminable conseguí el dinero, cerramos con Prada y me fuí a informar sobre los buses que iban a Buenos Aires.

Salía aquella misma tarde con destino a Buenos Aires, y con la sensación de rabia que me dejó el robo y el no haber podido conocer aquella parte del país. Las 26 horas de viaje que separan una ciudad de la otra, las gasté durmiendo, leyendo, escuchando música, pero sobretodo hablando con un matrimonio que se sentaban al lado mío y que viajaban con su hijo Leo ( disminuido psiquíco). Rápidamente el niño ( de 9 años) se encariñó conmigo, y yo con él, me abrazaba, me daba besos, hablábamos de fútbol, de su Boca Juniors, le esplicaba quien era el Espanyol, y en pocas horas con aquel matrimonio y su hijo me dí cuenta de muchas cosas, y ahora es difícil explicarlo en unas líneas y por aquí, pero lo que aquella madre y aquel padre me dijeron, me explicaron, me enseñaron se me quedará grabado para el resto de mi vida. Y como no tenía cámara de fotos, para llevarme un recuerdo de ellos, Leo se encargó de dibujarme el escudo de su equipo a su manera y de firmármelo, en lo que es uno de los mayores regalos que me llevo de estos meses de viaje. Ellos bajaban una parada antes que yo, y como en otras muchas ocasiones, un beso, un abrazo y un hasta siempre cerraron este pequeño, aunque no por ello menos intenso, capítulo de mi viaje.

Al llegar a la capital, miré la Lonely Planet y me dirigí en metro a la zona donde constaban más hostels. Esta era en el centro, y nada más salir de la parada, me encontré con uno de ellos, que estaba muy bien de precio, y decicí alojarme allí. Dejé mis cosas, y me fuí a organizar el viaje por Argentina, que iba a ser con mi madre, durante 18 días, y evidentemente con ella no podía dejar nada para la improvisación.
Tenía 3 días para hacerlo todo, y no fué fácil porque el mes de enero es por excelencia el mes de vacaciones de todos los argentinos, y se tenía que reservar y comprar todo por anticipado. Así, pregunté en varias agencias de viajes por todo lo que tenía en mente hacer, y en una de ellas, me dijeron que regresara a la tarde para confirmar unas cosas. Al volver por la tarde, me encontré cerrada la puerta y me extrañó, pero no le dí mayor importancia. Al día siguiente me dijeron que 2 horas después de irme yo, 3 chicos armados les habían asaltado, con un cliente dentro, amordazado, y robado todo el dinero que tenían en la agencia. Que tranquilidad me daba.
Esa misma primera tarde, tuve que volver a la estación de autobuses para mirar unos precios y unos horarios, y cuando volvía, yo con mi mapa en la mano, pregunté a unas chicas hacía donde quedaba una calle, y después de responderme y de hacer coña con mi acento español, me dijeron que iban a tomar algo por la zona y que si les acompañaba. Nada tenía que hacer aquella tarde, así que me fuí con ellas.
Casualidades, resultó que eran jugadoras de fútbol en la universidad, así que las conversaciones eran fáciles, e incluso me ofrecieron el cargo de mister en su equipo ( ya se sabe que los entrenadores españoles tenemos buena fama..jejeje). Estuvimos hasta el anochecer en una terracita y a la hora de despedirnos, una de ellas, Anahí, me dijo que en febrero viajaba a Brasil y que nos podríamos ver. Nos dimos las direcciones, intercambiamos un par de mensajes, pero no las volví a ver más.

Aquella noche fué movidita, ya que en el hostal, la gente hacía mucho ruido y era muy difícil dormir, así que al despertar, decidí cambiarme de hospedaje. Antes de irme de la habitación, hablé con el único compañero que tenía, un israelí que también quería hacer lo mismo que yo aquella mañana, y no era otra cosa que ir a ver el estadio del Boca Juniors, el club más popular del país. Quedé con él un poco más tarde y me fuí a buscar otro sitio para dormir. Esta vez la elección fué muy buena, y a pesar de pagar un poco más, el sitio estaba bien.
Pasé toda la mañana en compañía de este chico, viendo el campo por fuera, haciendo el tour de dentro, paseando por el barrio de la boca, y comiendo de regreso, en el centro. Unos días más tarde, me dijo que en el hostal, había habido un atraco con pistolas el día después de mi salida. Ya eran 2 en muy poco tiempo, lo que hizo que andubiera con piés de plomo en esa ciudad. No me fiaba ni de mi sombra. En la tarde acabé de gestinar todo lo del viaje y dejaba cerrado los destinos y fechas de mi estancia en Argentina.

El último día antes de la llegada de mi madre, quedé con una de las rapitencas, que andaba en Buenos Aires despidiendo a su novio. La otra andaba perdida en el sur, dios sabe donde. Hay que conocerlas para saber de lo que hablamos. Así, paseamos por Puerto Madero, el barrio más moderno de la ciudad y dimos una vuelta por el barrio de San Telmo.

Hasta aquí llega este post, y dejo para el siguiente todo el viaje con mi madre. Recuerdos para todos...Carlos.
Las fotos de esta parte son muy limitadas, y todas las tuve que pedir a la gente con la que compartí viaje, ya que todas las mías las perdí cuando me robaron la cámara.


http://picasaweb.google.com.br/guillermo.de.prada2/BarbeChileArgentina#

sábado, 14 de febrero de 2009

Chile (I): de Santiago a Puerto Varas

Llegó la hora de empezar el camino de vuelta. Desde el dia en que dejamos Barcelona hace ya ocho meses, siempre vimos el cruzar el Oceáno Pacífico como símbolo inequívoco de que todo en esta vida tiene un fin, y de que éste, nuestro viaje, tendrá que acabar algún día. A partir de ese momento, cada autobús, avión o tren que cogiéramos dejaría ya de alejarnos de casa para ahora irnos acercando a ella poco a poco. La diferencia horaria no incrementaría más sino que iría disminuyendo. Ya no contaríamos los meses que llevamos viajando sino los días que nos quedan.

Con ese encuentro de sentimientos (el saber que de algún modo ya estamos deshaciendo el camino pero sabiendo que lo mejor aún está por recorrer) nos subimos a un avión en el que sobrevolaríamos el Pacífico hasta llegar a Santiago de Chile, donde aterrizamos con una doble sensación de dejà vu. Por un lado, porque despegamos a las 17.00 del 21 de diciembre y llegamos a las 11.00 de la mañana del mismo día 21. No hay error. Literalmente, vivimos un dia dos veces. No deja de ser más que otro dato curioso para un año lleno de curiosidades; por otro lado, porque Santiago tenía algo de familiar. No es la lengua, no es la gente. Es el la sensación de haber aterrizado en la España de hace veinte años: esas antiguas cabinas de Telefónica, azules, tan difíciles de ver hoy en día en cualquier ciudad española; oficinas del Banco Santander y el BBVA un tanto descoloridas; gasolineras Repsol YPF que parecen los deshechos de las españolas...todo Santiago huele a España, pero a la antigua. No solo viajamos en el espacio; ahora también en el tiempo.

En Santiago nos hospedamos en el hostal Ché Lagarto, cuyos empleados son tan simpáticos como su nombre. El trato y carácter de la gente fué, de hecho, el cambio que más notamos al aterrrizar en Chile. Si bien el simple hecho de poder comunicarnos en nuestro propio idioma ayuda, la verdad es que los chilenos (y los suramercianos en general, más tarde confirmaríamos) son gente muy tranquila y abierta con la que es fácil llevarse bien. De todas maneras, la patria es la patria, y por ello el primer coleguilla que hicimos en Santiago fué Jorge, de Bilbao, un tipo muy majete que se gana la vida haciendo de guía turístico en Berlín y que estaba un par de meses de vacaciones por Suramérica.

Con Jorge nos tiramos a la calle, nuestra especialidad. Visita de rigor al Museo de Arte Precolombino y callejeo por el centro de Santiago, donde tuvimos la suerte de presenciar un concurso de cueca (el baile nacional chileno), para el que Barbe fué escogido como parte del jurado. Aún sin tener ni pajotera idea de tal baile, fué, sin duda, el miembro con más criterio del jurado, la verdad sea dicha. De hecho, no fué ninguna casualidad que fuera escogido como jurado: los chilenos parecen tener un olfato especial para identificar a españoles porque, al día siguiente, unos cómicos nos cogieron como conejillos de indias para su espectáculo, también en la calle. ¿Por qué? Pues porque ya fueran bailarines, cómicos, o circenses, todos acababan pidiendo algún euro suelto.

También con Jorge nos embarcamos en nuestra primera salida nocturna en Suramérica, para darnos cuenta, al tiro ("en seguida", en jerga chilena), de que la seguridad en tierras suramericanas es otra historia. En realidad no tuvimos ningún percance serio, pero la sensación de estar siendo observados no nos abandonó en ningún momento durante nuestras noches en Santiago. La segunda sorpresa que tuvimos de noche fué la afinidad que las mujeres (o niñas) chilenas tienen por todo lo español y, imaginamos, lo europeo en general. Basta con decir que eres español para que las niñas te asalten, cosa que también está estrechamente relacionado con el euro, ahora tan venerado en la mayor parte del mundo. Triste pero cierto.

Durante estos primeros días en Santiago tomamos una decisión que se puede calificar como importante: nos separaríamos. Nos separaríamos durante un mes, desde el 28 de diciembre hasta finales de enero (cuando nos volveríamos a reunir para recorrer Brasil), por varias razones. Una, porque Prada se empeñó en visitar la Patagonia chilena (en concreto el Parque Nacional de las Torres del Paíne) y Barbe en pasar el fin de año en Valparaíso, cosas incompatibles por cuestión de fechas. La segunda, porque la madre de Barbe llegaría a Argentina (siguiente destino, tras Chile), a mediados de enero, por lo que Barbe tendría que estar en Buenos Aires para recibirla para esas fechas, y estando Prada a unos 3.000 km al sur de Buenos Aires (tocando casi la Antártida) la reunión no sería fácil. Y la tercera porque, para qué engañarnos, sin ser estrictamente necesario, un descanso el uno del otro tras ocho meses de convivencia no nos podía venir mal. Y así decidimos que nos separaríamos al cabo de una semana.

Tomada la decisión, y teniendo en cuenta que Barbe pasaría el fin de año en Valparaíso y Prada en algún lugar de la Patagonia, el último se fué un par de días a dicha ciudad para conocer la que se conoce como la ciudad más bonito de Chile. Barbe, por su parte, se quedó con Jorge en Santiago, dónde nos reuniríamos para pasar la Navidad juntos.

El recorrido de Prada por Valparaíso fué bastante memorable. Es una ciudad (un pueblo gigante, más bien) costera cuyo puerto fué uno de los más importantes de América antes de que se construyera el canal de Panamá. Alrededor del centro, que se sitúa junto al puerto, decenas de colinas se elevan sobre la ciudad como una muralla natural. Miles de casas de colores (sobretodo rojas, azules y amarillas, por alguna extraña razón) tiñen las colinas y dotan a la ciudad de unos aires carnavalescos difíciles de encontrar en cualquier otro lugar. Quizá por ello fué la ciudad talismán del Pablo Neruda, cuya casa (una de tantas, en realidad), la Sebastiana (la cuál Prada visitó), se encuentra en una de las colinas más altas. De hecho, todavía nos preguntamos como podía subir el tipo hasta allí, porque la subida que hay que recorrer es digna de la etapa más dura del Tour de Francia.

Mientras tanto, en Santiago, Barbe y Jorge aprovecharon para hacer una visita al campo del Colo Colo, uno de los dos equipos de Santiago, que casualmente había ganado la liga chilena de fútbol hacía dos días. Cuando llegaron allí, conocieron al cabecilla de la Barra Brava del Colo Colo (algo así como el jefe de las Brigadas Blanquizules o los Boixos Nois). El tipo, llamado Mario, resultó ser un trozo de pan (aunque con printa de terminator indio, por favor ver fotos) y les invitó a hacer un tour completo por el estadio, con él mismo de guía explicándoles toda la historia y secretos del club. Mario, con el que hicieron buenas migas (el futbol levanta pasiones y ayuda a hacer amigos), les invitó a ir al campo al día siguiente para seguir conociendo un poco más del club. Ese segundo día, coincidieron con el funeral de un chico, hincha del Colo Colo, que había muerto en las celebraciones por el campeonato conseguido unos días antes, y cuyo funeral iba a hacerse en el propio campo de fútbol, con toda la afición ofreciendo sus condolencias en masa a la familia. Mario les dijo a Jorge y a Barbe que les acompañara un segundo para despedir al chico; y la sensación les chocó muchísimo, ya que no había sentimiento de tristeza, ni en la família ni en sus amigos. Según ellos, es una cosa habitual, y despedir el cuerpo en el campo es lo máximo para ellos. Después de estar más de media hora con el féretro en medio de la grada, donde él se solía colocar, entonando los cánticos de cada partido, lo sacaron del estadio en el coche fúnebre, con los autobuses y coches repletos de aficionados detrás cantando y ondeando las banderas del Colo Colo, mientras daban una vuelta por las afueras del campo. Increíble pero cierto. En algunos lugares, el fútbol es más que una religión.

Una vez llegado Prada de Valparaíso, nos volvimos a reunir para pasar la Navidad juntos. Ante los precios desorbitados de la mayoría de restaurantes y, sobretodo, ante la falta de gente con quién cenar en Nochevieja, decidimos unirnos a la cena navideña que se había organizado en el hostal. La cena fué, cuanto menos, pintoresca. Un argentino que no paraba de enseñarnos videos de su hija cantando en un karaoke, una jubilada australiana que, aunque no quisiera reconocerlo, era alcohólica, el recepcionsista del hostal (un rockero chileno), un francés que antes de que el resto pudiéramos empezar a cenar se lo había comido todo y dos holandesas mucho más normales que el resto de comensales hicieron de familia improvisada en una fecha tan señalada. El menú: una ensalada bastante floja y un pollo con champiñones bastante decente pero que ni por asomo valía los veinticinco dólares que pagamos. La verdad es que fué una cena muy curiosa, con el tipo argentino sin dejar de hablar de su hija, de los novios de su hija, de lo bien que canta su hija, de las borracheras que se pegaba con su hija, y de su exmujer. Tanto habló que el pobre rompió a llorar cuando habló de su exmujer. Las al menos cinco copas que se había metido entre pecho y espalda seguramente tuvieron algo que ver.

Total, que una Navidad como ninguna otra, sin jamón, sin langostinos, sin familia, pero que acabó siendo entrañable. El dia 25 por la mañana empezó la aventura: en pié a las 8.00 de la mañana porque empezábamos un tour de siete días por el sur de Santiago. La verdad es que los tours no son santo de nuestra devoción (por precio y porque nos gusta ir a la nuestra), pero esta vez no había alternativa: llegamos a Chile con poco tiempo y muy mal preparados. No sabíamos ni el qué ver ni cómo llegar hasta ello. Así que nos decidimos por un tour que, finalmente, no estuvo tan mal. Lo mejor del tour, sin duda, fué su guía, Jorge (no el vasco, sino otro, chileno de pura cepa), un personaje sin igual al cuál el tour le había arruinado las vacaciones de Navidad porque el guía que supuestamente debía habernos acompañado dimitió el día antes de salir. El grupo, además de nosotros, lo conformaron una pareja de belgas (muy majos), una madre e hija eslovacas (muy personajas) y la novia inglesa de Jorge (el guía), que estaba pasando las vacaciones con él.

La primera parada, el mismo día 25, fué en Pichilemu, un pueblo costero conocido por sus olas perfectas para el surf. Cómo no, Prada no pudo resistirse (se piensa que ya sabe hacer surf) y alquiló una tabla para intentar coger alguna ola en las gélidas (no es broma, gélidas incluso con neopreno) aguas del pacífico junto a Jorge y su novia. Barbe optó por darse un paseo en caballo por la playa con las eslovacas, de lo cual disfruto como un niño. Surf y paseos en caballo, lo típico para un dia de Navidad...

De Pichilemu fuimos hasta Pucón, parando antes en un par de sitios que, honestamente, no cabe explicar. Pucón, paraíso del esquí en invierno, sigue siendo un destino atractivo en verano (recordemos, en Chile diciembre es verano) por su oferta de deportes de aventura. La aventura estrella es la subida al volcán Villarica, de 2.800 metros. Nuestra idea era subir al volcán con el resto del grupo al dia siguiente al que llegamos a Pucón, algo que no pudimos hacer debido al mal tiempo y a qué el volcán, que está activo, desprendía un volumen de gases tóxicos que impedia llegar a la cima. Ante el imprevisto, pasamos la tarde en unas termas naturales a unos pocos kilómetros de Pucón.

Al día siguiente de lo previsto, entonces sí, emprendimos la subida al Villarica. Aunque en pleno verano chileno, la parte alta del volcán estaba sensiblemente nevada, así que empezamos el ascenso con un mochilón en el que cargábamos grampones, casco, pico, y todo tipo de abrigo. La subida no fué fácil. Pensábamos que para unos tipos como nosotros, ahora ya de mundo, subir un volcán de 2,800 metros no sería gran cosa. La realidad resultó ser bien diferente y, aunque nuestras piernas no sucumbieron (habían mujeres que estaban subiendo, no podíamos abandonar) al cansancio, al dia siguiente no nos podíamos ni mover, Además, los gases que el volcán suelta hacen más dificil la respiración, la cuál ya no es fácil por la altura. Total, que reventados tras más de cuatro horas de subida y respirando humo por un tubo hicimos cima. Lo mejor fué la bajada: Entre el equipo que cargábamos en la mochila, teníamos una pala que pudimos utilizar a modo de trineo y deshacer el camino en menos de una cuarta parte del tiempo que tardamos en subirlo. Gran experiencia.

Después de hacer noche en Pucón, seguimos hacia el sur, dónde lo único destacable son las colonias de leones marinos que pudimos ver en Valdívia. Tras Valdívia, llegamos a Puerto Varas, donde Prada finalizaría el tour para iniciar su recorrido por la Patagonia. Barbe, por su parte, volvería con Jorge (el guía) y compañía hasta Santiago. Así que en Puerto Varas llegó la hora de separarse. La separación fué triste pero sin dramas, sabiendo que en un mes volveríamos a vernos.

Y así empezó la nueva aventura que suponía el viajar solos. Quién se pregunte que tal nos fué tendrá que esperar a nuestras próximas entradas...en plural, porque cada uno escribirá sobre su experiencia. Así que la próxima será una lectura doble.

Fotos: http://picasaweb.google.com/guillermo.de.prada2/Chile1#

Hasta entonces, un abrazo,

Barbe y Prada

domingo, 18 de enero de 2009

Nueva Zelanda

Con un poco de nostalgia, después de 5 semanas increíbles en Australia, donde pasamos de los lujos de Melburne a la austeridad de la furgoneta, viviendo momentos que quedaran para siempre, llegó la hora de poner rumbo a Nueva Zelanda. Nuestro siguiente destino, ese destino que conoces bien porque desde siempre en el cole nos decían que las antípodas de España eran dos islas que quedaban....como lo diríamos...a si, en el culo del mundo. Pues eso, madrugón en el hostal de Sydney y camino al aeropuerto los dos solos, ya que Toni tenía el vuelo el mismo día pero por la noche.

Para no perder la costumbre, y como nos habíamos sentido tan confortables los 3 en un espacio tan reducido, decidimos contratar ya desde Australia, con la misma compañía, lo que sería nuestro medio de transporte y alojamiento durante los casi 20 días que estaríamos en la isla sur. Así pues, nos esperaba otra Wicked para seguir poniendo en práctica nuestras posiciones nocturnas para no parecer una lata de sardinas, seguir buscando el dueño de olores no identificados, y nuestra preferida, seguir durmiendo en sitios poco legales.


La idea inicial era llegar a Christchurch ( la ciudad más importante), recoger la furgoneta y por la noche ir a buscar a Toni para empezar otra vez con la ruta en la carretera. Al llegar al aeropuerto de Sydney ya vimos que tendríamos problemas, ya que el vuelo iba con 2 horas de retraso, sumadas a las 2 de diferencia que existen entre los dos países, calculamos que estaría difícil llegar a tiempo para recogerla. Pero antes de desvelar la incógnita, tuvimos un placentero vuelo lleno de aires por aquí y por allá, o lo que es lo mismo, con unas turbulencias que hasta la fecha no nos habíamos encontrado. A parte de la molestia de estar metido en una centrifugadora a 11.000 metros del suelo ( que no es poca), lo que más nos fastidió fué el hecho de que por culpa de los movimientos no pudieran servir la comida. Y esque para nosotros, ahora, comer en los aviones es, a parte de un ahorro económico, uno de los menús más sabrosos, y más en Quantas, que ya tenemos localizado una ternera buenísima.


Depués de los problemillas aéreos, llegamos sanos y a salvo ( aunque hambrientos), y nos dirijimos directos a la compañía de furgonetas. Como nos temíamos, estaban cerrados, y no nos quedaba otra que buscar un hostal para pasar la noche y asumir que no nos cobrarían una noche menos de van. Localizamos a Toni a tiempo para decirle que no estaríamos con pancartas para recibirle en el aeropuerto y para darle el nombre del hostal. No fué un inicio muy bueno que digamos.

Otro aspecto negativo que percibimos nada más llegar y que en mayor o menor medida nos a acompañado durante toda la estancia ( a excepción de un par de días), es que el verano neozelandés no es ni por asomo como el español, y es algo que no tuvimos demasiado en cuenta antes de salir. De esta manera si, seguimos el verano, pero en estas latitudes eso no es sinónimo de bañador, chanclas y camiseta corta, sino más bien al contrario. Así, hemos tenido que tirar de North Face, jerseys y tejanos, además de los sacos para dormir ( mirándolo por el lado positivo, hemos amortizado algunas de las adquisiciones para el viaje).


El día siguiente de nuestra llegada, el despertador sonó pronto para ser los primeros en recoger la furgoneta, y está vez si que la conseguimos, aunque no sin problemas, ya que en el registro de la compañía les figuraba una de 2, y ya nos pensábamos que nuestra mala suerte seguía con nosotros. Al final nos tocó una preciosa Nissan azul con personajes de Los Simpsons ( ya sabemos que estás envidioso Jacobo), que hizo que la gente nos señalara bastante más con el dedo al ir por la calle, y esque se ve que nadie les a dicho que eso es de mala educación, aunque a nosotros no nos importaba demasiado, sobretodo si era algún grupito de señoritas.

Con nuestra campervan lista, todo dentro y con ganas de empezar a visitar lo que todo el mundo nos había descrito como un país lleno de paisajes espectaculares ( no se equivocaban), pusimos tierra de por medio hacía nuestro primer destino. Para poder ver los mejores sitios, contamos con la inestimable ayuda de una amiga de Prada de Londres, ex-compañera de trabajo y natural de aquí, que nos hizo un resumen detallado de lo que no nos podíamos perder y del tiempo que ella recomendaba estar en cada lugar. De esta manera, lo primero que había era el pueblo de Hanmer Springs, conocido por sus piscinas de aguas termales en medio de la naturaleza.

Ya en el primer trayecto, nos dimos cuenta de la expectacularidad de Nueva Zelanda, con sus bosques, montañas, valles y ríos que la hacen única en el mundo, y para la gente se haga una idea, es aquí donde grabaron "el señor de los anillos", y de verdad que no podía haber un país mejor para hacerlo.

Llegamos al pueblo por la tarde y estubimos desestresándonos en sus aguas de 30º, mientras en el exterior corría un airecito poco agradable, que hacía el agua todavía más apetecible. Como no, apuramos hasta la hora de cerrar, y después de una buena ducha ( recordamos a la gente que las super Wickeds aún no disponen de este lujo), buscamos un sitio para cenar y pasar la primera noche.

Después de un rato de búsqueda, ya dimos por imposible encontrar un área de descanso ( al final resultaría que en NZ no existen) y paramos en la entrada de una granja, esperando que los dueños no nos vieran y si lo hacían fueran tan gentiles de dejarnos trasnochar ahí.

Aquella primera noche nos dimos cuenta de 2 cosas: la primera, que el cielo que se veía desde aquel lugar, sin luces y sin contaminación era impresionante, con miles y miles de estrellas brillando encima de nuestras cabezas, y estubimos difrutando de él durante un buen rato. La segunda cosa, y como ya se sabe que despúes de una de cal va una de arena, fué que además de millones de ovejas, ciervos y vacas, en el país también conviven millones de insectos voladores, ya sean mosquitos o mosquitas, y aunque sólo cambie una letra, hay mucha diferencia como más adelante explicaremos. Pues eso, que como novatos que eramos, y ante el desconocimiento, encendimos la luz para cocinar y en menos de un minuto aquello parecía como el primer día de rebajas en "el corte inglés", todas corriendo a la luz y invadiendo zonas peligrosas, donde estaba nuestra comida. A pesar de no tardar en apagar, seguro que alguna tuvo aterrizaje forzoso en la salsa de tomate o en el agua hirviendo, y tuvimos que aplicar el dicho popular.... de lo que no mata engorda.


A la mañana siguiente, y después de experimentar por primera vez el frío a las 8, cuando se abre la puerta de la furgoneta y tu estás en calzoncillos, nos abrigamos, y nos dirijimos al norte, en busca de ballenas y focas que decían se veían desde una población llamada Kaikoura. Al final, de las ballenas ( que para que engañarnos era el plato fuerte) no hubo ni rastro, lo que si que pudimos ver, y en un par de sitios, fueron las focas, que en contra de lo que estamos acostumbrados a ver en zoos y en aquariums, no son demasiado amigas de los hombres. Cuando intentabas acercarte más de lo que ellas consideraban razonable, te metían un buen bufido y te dejaban ver unos dientes de unas dimensiones considerables. Evidentemente de riesgo hay poco, ya que son bastante lentas fuera del agua, y es imposible que pasara nada, el problema venía cuando había alguna escondida o camuflada entre las rocas y no la veías; entonces si que te llevabas un buen susto y te ibas por patas.


De la experiencia con las focas, pasamos a otro tipo de vivencia, y después de dormir en unas marismas próximas a nuestro siguiente destino, Blenheim, iniciamos un día completamente diferente al resto, y esque, la experiencia en si, consistía en catas de vinos.

Esta ciudad es la capital del vino neozelandés, y alberga multitud de productoras, situadas la gran mayoría en una misma calle, lo que lo ha convertido en una atracción turística para la gente, que aprovecha las catas gratuitas que ofrecen para pasar un día "alegre", a la vez que aprenden más sobre vinos. Y así lo hicimos nosotros.

En las primeras bodegas no hay problemas, pero cuando ya has pasado por 4 o 5, los diferentes vinos empiezan a pasar factura y esque probar todas las variedades que ofrece una sola marca significa tomarse no menos de 6 tipos. Al final, ya empiezas a rechazar algunos de ellos, y en el caso de Barbe acabas con un dolor de cabeza tremendo por culpa del vino blanco. Prada y Toni apuraron hasta el final, y como se dice, se bebieron hasta el agua de los jarrones, y esque ya se sabe que los catalanes nos apuntamos a todo, y si es gratis mucho más.


Una vez repuestos de nuestro master en vinicoteca, la siguiente cruz en el mapa estaba situada en una población llamada Nelson que decían que tenía una buena playa y ambiente hippy. Al llegar, ni una cosa ni la otra, la playa dejaba bastante que desear, a pesar de que disfrutamos de nuestro mejor tiempo en nueva Zelanda y pudimos bañarnos en ella, y el ambiente hippy no se veía por ninguna parte y era más una zona de veraneo de gente con dinero. Así que, como disponíamos de nuestro medio de transporte, aprovechamos sus barbacoas públicas para cocinar la comida y la cena, aprovechamos su inmensa esplanada de césped para hacer algo de deporte, aprovechamos sus duchas públicas gratuitas ( eso si, con agua congelada) y pusimos marcha al parque nacional de "abel tasman".


Llegamos por la mañana, después de pasar la noche en la cuneta de alguna carretera secundaria que ni siquiera recordamos, y nos dirigimos al operador turístico para informarnos sobre los precios de los barcos que te llevaban a las mejores zonas del parque. Como podéis suponer, el precio no era barato, y estaba muy por encima de nuestro presupuesto, así que, después de ver que la única alternativa era ir caminando, nos preparamos una ensalada de arroz enorme, aprovechando el capricho que nos habíamos permitido en la compra anterior ( aceite de oliva y vinagre de módena), y con los estómagos llenos y las bambas de deporte, nos encaminamos a la excursión de 4 horas de ida y otras 4 de vuelta que nos esperaban.

La excursión valió la pena, ya que además de pasear por un camino rodeado de rainforest por todos lados y de ver algunos paisajes espectaculares, al fnal tuvimos el premio de bañarnos en una playa paradisíaca ( con el agua congelada también), mientras hablábamos de uno de los temas estrella del viaje, el fútbol. El otro a sido la política, y esque ya se sabe que tantas horas de carretera aburren a cualquiera.

Lo peor de la excursión fueron las 4 horas de vuelta, por el mismo camino, con el estómago vacío y con ganas ya de llegar. Suerte que fuimos previsores y preparamos por la mañana suficiente ensalada para dos comidas, y así nos evitamos el cocinar, que no a sido tarea fácil, ya que el camping gas que traen las furgonetas no es demasiado potente y preparar pasta o arroz nos a traído más tiempo del esperado, y eso es especialmente desesperante cuando el hambre aprieta. Muertos de cansancio por la paliza, fuimos a dormir y esperamos al día siguiente para conducir costa oeste hacía abajo en dirección al glaciar Franz Joseph, por las carreteras que todo el mundo decía que tenían las vistas más bonitas y espectaculartes.


Una vez llegamos, vimos que la gente, de nuevo, no estaba equivocada en cuanto a lo de las vistas, pero lo que no nos habían avisado, y nos enteramos ya al final del viaje, esque en esta costa hay que llevar productos antiinsectos, porque además de haber muchos como hemos dicho al inicio, en esta parte del país, hay un tipo de mosquita que te pega unos mordiscos para sacarte sangre. A diferencia de los mosquitos, con estos te enteras de la picada porque hacen daño. Su táctica es buscar la zona de las manos y de los tobillos porque es la más desprotegida de pelos y es más fácil para ellos llegar a la piel.

Además de nuestros amigos "moscards", como los bautizó Toni, empezamos a tener problemas nocturnos con picores dentro del saco de dormir que hasta la fecha no hemos encontrado explicación. Las teorías iban desde pulgas, hasta reacción de las picadas de las mosquitas al tacto con el saco. El hecho es, que cuando te venían los picores, tenías que utilizar técnicas de concentración avanzadas para no rascarse todo el rato, y aseguramos que no era tarea fácil.

El resultado de todo esto fué: Toni muy afectado en brazos y piernas con ronchas bastante considerables ( aunque lo que nos tranquilizaba esque no llegaban al nivel de KJ en Australia), Barbe un punto intermedio con pies y algo de piernas, y Prada el mejor parado con algún que otro picor nocturno.


De lado los problemas con los insectos, el trayecto hacía el glaciar fué realmente bonito, y disfrutamos de unas buenas vistas a pesar de no hacer buen tiempo. La llegada a Franz Joseph, un día después, no fué del todo mala, ya que tuvimos sol a ratos que nos permitió disfrutar más de la inmensidad del glaciar.

Para poder verlo, existen varias maneras: en helicóptero, con un tour organizado, o por libre. El más espectacular evidentemente era verlo desde el aire, pero no estaba a nuestro alcance, así que entre los otros dos, nos decidimos por el gratis, porque más o menos puedes llegar al mismo sitio sin que te cueste un dolar.

Llegados al mirador donde indican que hay peligro si pasas sin guía, nos miramos los 3, y viendo que había gente cerca del glaciar, pasamos por debajo de la barrera, nos descalzamos y empezamos a cruzar riachuelos de agua helada en dirección a la boca del Franz Joseph. Llegar no fué tarea fácil, y nos llevó casi 1 hora, a pesar de que está relativamente cerca. El motivo fué, que mientras te acercas al glaciar, el río va cogiendo fuerza, y llegas a un punto que la montaña te impide seguir adelante y es imposible cruzar el agua sin jugarte ser arrastrado corriente abajo o que te golpee un bloque de hielo que bajan con muchísima fuerza.

Después de buscar algún paso seguro y ver que no existía, nos dijeron que había un camino por encima que te permitía superar el cortante de montaña. A pesar de que nuestro calzado no era el adecuado para pasar por caídas de agua y por caminos de piedra, estábamos decidimos a llegar hasta el final, y después de un rato, conseguimos nuestro objetivo de ver a escasos metros la boca del glaciar.

La visión del bloque de hielo en el valle es única, y a pesar de que en verano no es la mejor época, nos impresionó estar delante de una masa helada tan grande que parece que en cualquier momento se te va a caer encima. Estubimos un rato contemplándolo y haciendo alguna foto, y a la hora de irnos, un gran bloque de hielo cayó en el río haciendo un gran estruendo a modo de despedida.

Con la imagen todavía reciente, cogimos la furgoneta y nos paramos en el lago Matheson, a pocos kilómetros, donde en días sin viento, con el agua quieta, puedes ver reflejada la imagen de las montañas nevadas y tener una instantánea única. No tuvimos esa suerte y tuvimos que seguir nuestro camino dirección Queenstown.

En este punto nos encontramos con un pequeño retraso en los planes por mirar en exceso la "pela", ya que en las gasolineras de zonas poco pobladas, el precio es un 20-30% más caro, y evidentemente no queríamos tirar el dinero, así que poníamos la cantidad justa para llegar al siguiente pueblo o ciudad y conseguirla al precio normal (recordamos que en Nueva Zelanda no existen gasolineras en medio de la carretera).

Al llegar a la siguiente, además de estar al precio caro, estaba ya cerrada y no teníamos manera de conseguir gasolina para llegar al destino, así que nos vimos obligados a pasar la noche en medio de la nada, y esperar al día siguiente a que abrieran y poder seguir la ruta. Si esque ya se sabe que no se puede mirar tan fino.


Una vez con gasolina en el depósito, cogimos la carretera que pasa por el medio del lago Wanaka y el Hawea, y disfrutamos de más paisajes alucinantes. Hicimos parada técnica de un par de horas en el pueblo de Wanaka, donde Prada y Toni se comieron la butifarra más barata de sus vidas a costa de no se que organización pro algo y nos dirijimos directamente hacía Queenstown.

Llegamos al mediodía, y vimos que era la ciudad con más movimiento de las que habíamos estado. Además era fin de semana y se repiraba un ambiente de fiesta que rápidamente se nos contagió. Para ello, y después de muchos días de dormir en las no precisamente cómodas esterillas de la furgoneta decidimos darnos un lujo y coger un hostal.

Antes de que se hiciera de noche, tuvimos tiempo de reservar un tour para hacer la "speed boat" ( lancha rápida), que Jacobo y Pablo nos habían marcado como actividad imprescindible en este lugar. Además nos informamos sobre los precios del "canyon swing" ( especie de puenting), pero en este caso teníamos que pensar si a nivel económico, y para que engañarnos a nivel emocional, estábamos preparados para afrontarlo, así que decidimos ajornar la decisión al día siguiente.

La misma tarde, Prada y Toni se fueron a pegar un bañito a las aguas congeladas del lago, traida directamente de las montañas nevadas, y aprovecharon y conocieron a las que serían nuestras compañeras de fiesta aquella noche. 5 australianas, 2 de las cuales estaban estudiando desde hacía un tiempo castellano, por lo que no fué difícil que quisieran practicar un poco su nivel. Todo sea dicho, en contra de su profesor, que no sabían más que 4 palabras, aunque ya nos esforzamos en enseñarlas alguna palabreja útil que seguro podrán utilizar cuando vengan a nuestro país.

Así llegó la noche, y después de tomarnos alguna cervecita en la habitación, y de arreglarnos un poquito después de muchos de días de ir con las mismas pintas ( incluso estamos superando a algunos en cuanto a lo de los calzoncillos), nos pusimos aquello que llevamos en la mochila de nombre colonia y que casi habíamos olvidado que existía, y nos fuimos para el bar donde nos estaban esperando nuestras amigas.

La noche estubo muy divertida, y después de estar charlando con ellas un buen rato, de su país, del nuestro, de viajes etc etc, vimos que eran unas chicas muy majas, pero aún quedaba lo mejor por venir, su arma secreta. Y esa arma no era otra que el baile, y en especial una de ellas que se asemejaba mucho a " Amelie" ( ver foto). Fué entrar en el club y se fueron corriendo a la pista como unas posesas y se pusieron a bailar ( si lo podemos llamar de alguna manera) ante nuestras caras de asombro. El resto de la noche ya os la podeis imaginar, todas las miradas iban hacía nuestro grupo, y nosotros con dificultades para mantener la risa.


A la mañana siguiente, sonó el despertador y tuvimos, no sin esfuerzos, que dejar la habitación y dirigirnos a contratar el salto en un arrebato de " ahora o nunca", probablemente producido por los restos de la noche anterior. Dicho y hecho, dimos la paga y señal y nos dispusimos a pasar un día de sensaciones fuertes.

Todo empezó a las 12 , subiéndonos en un autocar que nos llevaría al río donde teníamos la lancha rápida. El camino en sí fué muy bonito, pero no estábamos ni preparados ni advertidos de que iba a ser por unos caminos de tierra en medio de precipicios donde veías a escasos centímetros cientos de metros de caída. Por si esto no fuera poco, el conductor iba comentando la jugada por el micro, señalando con el dedo aquí y allá, lo que significaba que si el dedo señalaba, la mano no estaba en el volante, añadido a que estaba lleno de curvas y que la velocidad no era que digamos demasiado baja, empezó a añadir una sensación de tensión en el cuerpo sumado al mareo que traíamos, que hacía que las ganas por llegar fueran más por parar aquel trasto que por la excursión en barquita.

Una vez pasado el mal trago, y aún con mal cuerpo, llegamos a un embarcadero donde nos esperaba nuestra lancha con el conductor ( un chico jóven con pinta de gustarle las emociones fuertes) preparado para hacernos disfrutar durante media hora.

La subida del río fué un calentamiento de lo que sería la bajada, ya que iba parando cada poco tiempo para asegurarse por radio que no venía ninguna embarcación ligera de bajada ( cayak o canoa) que pudiera llevarse por delante. Aún así, en los tramos que hicimos, ya nos dimos cuenta de varias cosas: la primera, evidentemente, que iba muy rápido, la segunda, que pasaba muy cerca de las rocas del borde, y por último, que el río apenas tenía agua y podíamos ver todo el fondo, con lo que los botes eran más marcados. En casi cada parada, nos hacía un 360º para el disfrute de todos los tripulantes.

Una vez llegado al final del trayecto, prebia confirmación por radio de que no venía nadie, nos dispusimos a deshacer el camino realizado, pero esta vez de bajada, lo que significaba más velocidad ( 80 km/h) y sin paradas. Fueron unos pocos minutos, pero muy intensos. La sensación de volar por encima del agua, en un cañón increíble, con unas vistas muy bonitas, tomando las curvas como si nada y rozando las rocas que nos encontrábamos por el camino hizo que la adrenalina se disparara. Uno de los mejores momentos fué cuando nos cruzamos con un helicóptero que venía en sentido contrario a poca altura, fué demasiado.

La potencia de aquella barca era evidente, y el conductor la exprimió al máximo para que disfrutáramos de la experiencia. Como colofón a todo, llegó la forma de aparcar, haciéndo un 180º perfecto, que dejó la lancha en su sitio en lo que fué una maniobra perfecta que arrancó los aplausos de los allí presentes.

De vuelta por el camino infernal, y cuando aún estábamos un tanto emocionados y comentando la jugada ( se llegó a decir....."ja em puc morir tranquil"), paramos para ir al lavabo en lo alto de la colina, donde estaba construido un puente que cruzaba el cañón y que utilizaban para hacer puenting. Al estar supendido en el medio y mirar abajo, nos dimos cuenta de que la siguiente actividad no iba a ser fácil, que aquello no era tan sencillo como te muestran los vídeos promocionales.

A partir de ese momento, dejamos de lado la lancha rápida y toda nuestra atención y comentarios iban dirigidos al salto que en 2 horas teníamos que hacer y que en aquel momento ninguno de los tres las teníamos todos con nosotros. Después de otra vuelta llena de curvas, barrancos y demás, llegamos a Quennstown con la idea de retrasar el salto una hora para tener tiempo de descansar algo y afrontarlo con más convicción, pero no nos dieron ninguna opción, sólo nos dijeron "just jump". Así pues, nos pesaron, y nos metieron en otra furgoneta sin haber tenido tiempo de recuperárnos del viaje anterior.

Esta vez, por suerte, la zona donde tenían montado el chiringuito estaba más cerca. Al llegar, teníamos un sentimiento de contrariedad, por un lado miedo y por el otro ganas de hacerlo. Para decidir quien saltaba antes, lo dejamos en manos de la suerte, y le tocó a Toni probar si las cuerdas aguantaban. Y ya estaba, una vez en la plataforma, con todo el equipo puesto, ya no había marcha atrás, ya no podíamos escapar. La espera es tensa, ves debajo tuyo 110 metros antes de llegar al agua, y el paso no es fácil, hay algo dentro de tí que te dice que no lo hagas, que no es una cosa normal, y a pesar de haber pagado para "sufrir", es un sufrimiento que gusta, y tanto fué así, que después del primer salto, donde tenías que lanzarte al vacío, vino un segundo donde nos colocaron suspendidos en el aire, y te dejaban caer de espaldas.

El salto no era propiamente puenting, ya que no caías y rebotabas, sino que era un péndulo, en el que alcanzabas una velocidad de 150 km/h antes de quedar suspendido a pocos metros del suelo. Como no, quedamos impresionados, y con los ojos ensangrentados por el segundo salto boca abajo, pero con la sensación de que acabábamos de hacer algo que no olvidaríamos fácilmente.

Una vez terminado nuestro día de deportes de aventura, hicimos noche en medio de la montaña y a la mañana siguiente nos pusimos en marcha hacía milford sound. Pero antes, estrenamos lo que sería una de las maneras de ducharnos de la fecha en adelante, y eran las piscinas municipales. Utilizamos las instalaciones de varias ciudades para pasar una mañana en el agua y tener acceso a las duchas al final. Fué un buen recurso, que nos permitió estar un poco más limpios y oler un poquito mejor de lo habitual. Hasta 5 veces nos permitimos el lujo de pagar los 2 euros de entrada, aunque evidentemente valoramos que era mejor eso que pagar noche en hostal para ducharnos.


Para llegar a los fiordos de Mildford sound, tuvimos que trasnochar en Te Anau, población desde donde se contrataban las excursiones. Así, nada más despertarnos, nos hicimos con el barco más económico y pusimos camino al puerto desde donde salían, que estaba situado a unas dos horas de una carretera llena de paisajes naturales y bosques húmedos de los que disfrutamos a bordo de nuestra furgonetilla. Una vez pasado un túnel apenas iluminado, de un sólo sentido y en bajada, que nos sorprendió bastante, llegamos a lo que es propiamente conocido como Milford Sound, un paraíso natural, lleno de montañas altísimas con nieve en la cumbre y que, por las lluvias de los días anteriores, dejaban caer centenares de cascadas por la roca que hacía la visión realmente insólita.

Al llegar al final del valle, cocinamos algo rápido, y con el último bocado aún sin tragar, fuimos corriendo ( literalmente) a nuestro barco, que nos estaba esperando ( ya se sabe que los españoles siempre vamos justos a todas partes), para darnos una vuelta por los fiordos. Las vistas impresionaban, montañas de 2.000 metros a nivel del mar, cascadas enormes en los valles que caían directamente en el mar, y los más increíble es que nos dijeron que la profundidad en el agua era de 3.000 metros, lo que era extraño por estar viendo a ambos lados tierra firme apenas con una separación de un centenar de metros.

A parte de los evidentes paisajes de los que pudimos disfrutar, lo curioso del trayecto, fué al acercarnos a una de las cascadas para poder hacer alguna foto más cercana. Al estar en la parte delantera del barco, y no haber aprendido aún que si te pones debajo del agua normalmente moja, nos quedamos los 3 como bobos, foto por aquí foto por allá, hasta que un golpe de viento nos dejó completamente empapados. Después de los primeros enfados por la posibilidad de haber estropeado las cámaras y sin contar que pasamos un frío terrible, nos sirvió para reírnos un rato de lo tontos que habíamos sido. Eso sí, en la siguiente cascada a la que nos acercamos, ya nos encargamos de estar bien a cubierto.

Finalizamos la ruta en barco, de apróximadamente 3 horas, y deshicimos el camino, parando en algunos lugares para tomar fotos. Terminada esta visita, significaba haber acabado la costa oeste de la isla y por tanto la parte más bonita, así que ahora nos quedaba ir tirando de nuevo a Chirstchurch para terminar la vuelta.


De camino, que duró tres días, podemos reseñar pocas cosas de interés: Barbe y sobretodo Toni, tuvieron que amortizar el botiquín y empezarse a poner crema anti-picadas ya que las ronchas en la piel empezaban a ser algo preocupantes. La noche en una ciudad llamada Dunedin que sirvió para podernos conectar a internet y poner al día nuestros asuntos personales con el mundo real. El intento frustrado de ver los pingüinos de una colonia, que de natural tenía poco, y más bien parecía un circo, por lo que descartamos el pagar dinero para ver a unos animalitos haciendo papiroflexia. Y por último, y para cambiar los temas monótonos de fútbol y política, nos tiramos horas hablando de las listas de bodas ( algo tuvisteis que ver Cinto y Marina), de la dificultad de hacerlas, quien entraría en las nuestras y quien quedaría fuera, como veis, habían momentos de aburrimiento.


Depués de 17 días, regresábamos al punto de partida, y nos preparábamos para la despedida de lo que había sido nuestro compañero de viaje durante un mes y medio y con el que hemos compartido muchas cosas. Momentos buenos, malos, discusiones, risas, tajas, olores, patadas nocturnas, en fin, muchísimas cosas que quedarán ahí para siempre.

Antes del momento, nos dió tiempo de conocer la vida nocturna de la ciudad para poner un buen punto final y nos permitimos el lujo de comer pizza en la última cena.

Acompañamos a Toni al aeropuerto con la furgoneta, a una hora intenpestiva ( 5 de la mañana) y, como en tantas otras ocasiones durante el viaje, con un abrazo y un hasta la vista, fué suficiente para terminar una convivencia, y es que las despedidas es de lo peor del viajar, aunque al final, como a todo en esta vida, te acabas acostumbrando.


Un día más tarde de haber pasado de tripleta a dupla, llegó también la hora de la otra despedida, y aunque diferente, no menos despedida, y estamos hablando de la furgoneta. Después de más de un mes entre Australia y Nueva Zelanda, después de 6.500 kilómetros recorridos, después de habernos acostumbrado a conducir por la izquierda, después de tantos sandwich de huevo frito con hasta 5 pisos, después de acostumbrarnos a tantas cosas poco higiénicas, después de una rutina a bordo, llegaba el momento de terminar y volver a la vida en los hostels.

De esta manera deciamos adiós a nuestra Wicked, así como de todo lo que significaba, y pasamos la última noche en la isla sur en una cama como dios manda antes de coger el vuelo.


Llegados a Auckland, teníamos por delante 4 días antes de cruzar el gran charco hacía Sudamérica. Los primeros días los empleamos visitando las zonas más típicas de la ciudad, con la "sky tower" ( el edificio más alto del emisferio sur), el puerto ( donde se encuentran anclados los veleros del equipo New Zealand de la copa América), y en general la zona centro de la ciudad desde diferentes partes.

Por las noches intentábamos irnos de fiesta con un grupo de 5 argentinos que compartían habitación con nosotros. Y decimos intentábamos, porque el ambiente no era demasiado festivo, y en ninguna de las ocasiones nos encontramos los locales llenos.También pudimos disputar unos Argentina- España en el pro, ya que los fenómenos se llevan la play a todas partes. A pesar de que estubimos a punto, no logramos ganar ni un partido (por culpa del pésimo nivel de Barbe), pero nos reímos un buen rato con los comentarios de uno de ellos, típicamente argentino.

Pero sin duda, el aspecto más curioso de nuestra estancia en Auckland fué, de nuevo, las coincidencis de este mundo que parece tan grande pero que en realidad no lo es tanto. Una noche, cruzando un paso de peatones cercano al hostel, nos cruzamos con un compañero del Sant Ignacio, si, otro. Por tercera vez nos encontrábamos con alguien del colegio por pura casualidad, y esta vez en las antípodas de nuestro país. En este caso fué Víctor Vilar, que está acabando la carrera en Australia y se había cogido unas vacaciones para conocer Nueva Zelanda antes de regresar a España. Estubimos la noche hablando, del colegio, de las coincidencias y de fútbol, bueno, más concretamente del Español, ya que, como Barbe, él también es forofo de este gran club.

Para terminar nuetra estancia, Prada se fué a conocer una isla cercana, con playas, aprovechando el buen tiempo, mientras que Barbe se tomaba con más calma las últimas horas en tierras oceánicas.

Hasta aquí llegó nuestra estancia en las antípodas y nos preparamos para un vuelo de 12 horas que nos cambiaría de país, de continente, y de realidad....volvíamos a cambiar la prespectiva del mundo.


Sentímos los retrasos y el tostón de leer todo de golpe....pero son cosas del directo.

Fotos aquí: http://picasaweb.google.com/guillermo.de.prada/NuevaZelanda#

Y no os perdáis los videos:

http://www.youtube.com/watch?v=hNYeHmR0tNI&feature=channel

http://es.youtube.com/watch?v=Ed8jRvf78Q8

http://www.youtube.com/watch?v=U8zhcS5hQjc&feature=channel

http://es.youtube.com/watch?v=v27MPe1Hofo


Hasta la próxima, Prada y Barbe