domingo, 18 de enero de 2009

Nueva Zelanda

Con un poco de nostalgia, después de 5 semanas increíbles en Australia, donde pasamos de los lujos de Melburne a la austeridad de la furgoneta, viviendo momentos que quedaran para siempre, llegó la hora de poner rumbo a Nueva Zelanda. Nuestro siguiente destino, ese destino que conoces bien porque desde siempre en el cole nos decían que las antípodas de España eran dos islas que quedaban....como lo diríamos...a si, en el culo del mundo. Pues eso, madrugón en el hostal de Sydney y camino al aeropuerto los dos solos, ya que Toni tenía el vuelo el mismo día pero por la noche.

Para no perder la costumbre, y como nos habíamos sentido tan confortables los 3 en un espacio tan reducido, decidimos contratar ya desde Australia, con la misma compañía, lo que sería nuestro medio de transporte y alojamiento durante los casi 20 días que estaríamos en la isla sur. Así pues, nos esperaba otra Wicked para seguir poniendo en práctica nuestras posiciones nocturnas para no parecer una lata de sardinas, seguir buscando el dueño de olores no identificados, y nuestra preferida, seguir durmiendo en sitios poco legales.


La idea inicial era llegar a Christchurch ( la ciudad más importante), recoger la furgoneta y por la noche ir a buscar a Toni para empezar otra vez con la ruta en la carretera. Al llegar al aeropuerto de Sydney ya vimos que tendríamos problemas, ya que el vuelo iba con 2 horas de retraso, sumadas a las 2 de diferencia que existen entre los dos países, calculamos que estaría difícil llegar a tiempo para recogerla. Pero antes de desvelar la incógnita, tuvimos un placentero vuelo lleno de aires por aquí y por allá, o lo que es lo mismo, con unas turbulencias que hasta la fecha no nos habíamos encontrado. A parte de la molestia de estar metido en una centrifugadora a 11.000 metros del suelo ( que no es poca), lo que más nos fastidió fué el hecho de que por culpa de los movimientos no pudieran servir la comida. Y esque para nosotros, ahora, comer en los aviones es, a parte de un ahorro económico, uno de los menús más sabrosos, y más en Quantas, que ya tenemos localizado una ternera buenísima.


Depués de los problemillas aéreos, llegamos sanos y a salvo ( aunque hambrientos), y nos dirijimos directos a la compañía de furgonetas. Como nos temíamos, estaban cerrados, y no nos quedaba otra que buscar un hostal para pasar la noche y asumir que no nos cobrarían una noche menos de van. Localizamos a Toni a tiempo para decirle que no estaríamos con pancartas para recibirle en el aeropuerto y para darle el nombre del hostal. No fué un inicio muy bueno que digamos.

Otro aspecto negativo que percibimos nada más llegar y que en mayor o menor medida nos a acompañado durante toda la estancia ( a excepción de un par de días), es que el verano neozelandés no es ni por asomo como el español, y es algo que no tuvimos demasiado en cuenta antes de salir. De esta manera si, seguimos el verano, pero en estas latitudes eso no es sinónimo de bañador, chanclas y camiseta corta, sino más bien al contrario. Así, hemos tenido que tirar de North Face, jerseys y tejanos, además de los sacos para dormir ( mirándolo por el lado positivo, hemos amortizado algunas de las adquisiciones para el viaje).


El día siguiente de nuestra llegada, el despertador sonó pronto para ser los primeros en recoger la furgoneta, y está vez si que la conseguimos, aunque no sin problemas, ya que en el registro de la compañía les figuraba una de 2, y ya nos pensábamos que nuestra mala suerte seguía con nosotros. Al final nos tocó una preciosa Nissan azul con personajes de Los Simpsons ( ya sabemos que estás envidioso Jacobo), que hizo que la gente nos señalara bastante más con el dedo al ir por la calle, y esque se ve que nadie les a dicho que eso es de mala educación, aunque a nosotros no nos importaba demasiado, sobretodo si era algún grupito de señoritas.

Con nuestra campervan lista, todo dentro y con ganas de empezar a visitar lo que todo el mundo nos había descrito como un país lleno de paisajes espectaculares ( no se equivocaban), pusimos tierra de por medio hacía nuestro primer destino. Para poder ver los mejores sitios, contamos con la inestimable ayuda de una amiga de Prada de Londres, ex-compañera de trabajo y natural de aquí, que nos hizo un resumen detallado de lo que no nos podíamos perder y del tiempo que ella recomendaba estar en cada lugar. De esta manera, lo primero que había era el pueblo de Hanmer Springs, conocido por sus piscinas de aguas termales en medio de la naturaleza.

Ya en el primer trayecto, nos dimos cuenta de la expectacularidad de Nueva Zelanda, con sus bosques, montañas, valles y ríos que la hacen única en el mundo, y para la gente se haga una idea, es aquí donde grabaron "el señor de los anillos", y de verdad que no podía haber un país mejor para hacerlo.

Llegamos al pueblo por la tarde y estubimos desestresándonos en sus aguas de 30º, mientras en el exterior corría un airecito poco agradable, que hacía el agua todavía más apetecible. Como no, apuramos hasta la hora de cerrar, y después de una buena ducha ( recordamos a la gente que las super Wickeds aún no disponen de este lujo), buscamos un sitio para cenar y pasar la primera noche.

Después de un rato de búsqueda, ya dimos por imposible encontrar un área de descanso ( al final resultaría que en NZ no existen) y paramos en la entrada de una granja, esperando que los dueños no nos vieran y si lo hacían fueran tan gentiles de dejarnos trasnochar ahí.

Aquella primera noche nos dimos cuenta de 2 cosas: la primera, que el cielo que se veía desde aquel lugar, sin luces y sin contaminación era impresionante, con miles y miles de estrellas brillando encima de nuestras cabezas, y estubimos difrutando de él durante un buen rato. La segunda cosa, y como ya se sabe que despúes de una de cal va una de arena, fué que además de millones de ovejas, ciervos y vacas, en el país también conviven millones de insectos voladores, ya sean mosquitos o mosquitas, y aunque sólo cambie una letra, hay mucha diferencia como más adelante explicaremos. Pues eso, que como novatos que eramos, y ante el desconocimiento, encendimos la luz para cocinar y en menos de un minuto aquello parecía como el primer día de rebajas en "el corte inglés", todas corriendo a la luz y invadiendo zonas peligrosas, donde estaba nuestra comida. A pesar de no tardar en apagar, seguro que alguna tuvo aterrizaje forzoso en la salsa de tomate o en el agua hirviendo, y tuvimos que aplicar el dicho popular.... de lo que no mata engorda.


A la mañana siguiente, y después de experimentar por primera vez el frío a las 8, cuando se abre la puerta de la furgoneta y tu estás en calzoncillos, nos abrigamos, y nos dirijimos al norte, en busca de ballenas y focas que decían se veían desde una población llamada Kaikoura. Al final, de las ballenas ( que para que engañarnos era el plato fuerte) no hubo ni rastro, lo que si que pudimos ver, y en un par de sitios, fueron las focas, que en contra de lo que estamos acostumbrados a ver en zoos y en aquariums, no son demasiado amigas de los hombres. Cuando intentabas acercarte más de lo que ellas consideraban razonable, te metían un buen bufido y te dejaban ver unos dientes de unas dimensiones considerables. Evidentemente de riesgo hay poco, ya que son bastante lentas fuera del agua, y es imposible que pasara nada, el problema venía cuando había alguna escondida o camuflada entre las rocas y no la veías; entonces si que te llevabas un buen susto y te ibas por patas.


De la experiencia con las focas, pasamos a otro tipo de vivencia, y después de dormir en unas marismas próximas a nuestro siguiente destino, Blenheim, iniciamos un día completamente diferente al resto, y esque, la experiencia en si, consistía en catas de vinos.

Esta ciudad es la capital del vino neozelandés, y alberga multitud de productoras, situadas la gran mayoría en una misma calle, lo que lo ha convertido en una atracción turística para la gente, que aprovecha las catas gratuitas que ofrecen para pasar un día "alegre", a la vez que aprenden más sobre vinos. Y así lo hicimos nosotros.

En las primeras bodegas no hay problemas, pero cuando ya has pasado por 4 o 5, los diferentes vinos empiezan a pasar factura y esque probar todas las variedades que ofrece una sola marca significa tomarse no menos de 6 tipos. Al final, ya empiezas a rechazar algunos de ellos, y en el caso de Barbe acabas con un dolor de cabeza tremendo por culpa del vino blanco. Prada y Toni apuraron hasta el final, y como se dice, se bebieron hasta el agua de los jarrones, y esque ya se sabe que los catalanes nos apuntamos a todo, y si es gratis mucho más.


Una vez repuestos de nuestro master en vinicoteca, la siguiente cruz en el mapa estaba situada en una población llamada Nelson que decían que tenía una buena playa y ambiente hippy. Al llegar, ni una cosa ni la otra, la playa dejaba bastante que desear, a pesar de que disfrutamos de nuestro mejor tiempo en nueva Zelanda y pudimos bañarnos en ella, y el ambiente hippy no se veía por ninguna parte y era más una zona de veraneo de gente con dinero. Así que, como disponíamos de nuestro medio de transporte, aprovechamos sus barbacoas públicas para cocinar la comida y la cena, aprovechamos su inmensa esplanada de césped para hacer algo de deporte, aprovechamos sus duchas públicas gratuitas ( eso si, con agua congelada) y pusimos marcha al parque nacional de "abel tasman".


Llegamos por la mañana, después de pasar la noche en la cuneta de alguna carretera secundaria que ni siquiera recordamos, y nos dirigimos al operador turístico para informarnos sobre los precios de los barcos que te llevaban a las mejores zonas del parque. Como podéis suponer, el precio no era barato, y estaba muy por encima de nuestro presupuesto, así que, después de ver que la única alternativa era ir caminando, nos preparamos una ensalada de arroz enorme, aprovechando el capricho que nos habíamos permitido en la compra anterior ( aceite de oliva y vinagre de módena), y con los estómagos llenos y las bambas de deporte, nos encaminamos a la excursión de 4 horas de ida y otras 4 de vuelta que nos esperaban.

La excursión valió la pena, ya que además de pasear por un camino rodeado de rainforest por todos lados y de ver algunos paisajes espectaculares, al fnal tuvimos el premio de bañarnos en una playa paradisíaca ( con el agua congelada también), mientras hablábamos de uno de los temas estrella del viaje, el fútbol. El otro a sido la política, y esque ya se sabe que tantas horas de carretera aburren a cualquiera.

Lo peor de la excursión fueron las 4 horas de vuelta, por el mismo camino, con el estómago vacío y con ganas ya de llegar. Suerte que fuimos previsores y preparamos por la mañana suficiente ensalada para dos comidas, y así nos evitamos el cocinar, que no a sido tarea fácil, ya que el camping gas que traen las furgonetas no es demasiado potente y preparar pasta o arroz nos a traído más tiempo del esperado, y eso es especialmente desesperante cuando el hambre aprieta. Muertos de cansancio por la paliza, fuimos a dormir y esperamos al día siguiente para conducir costa oeste hacía abajo en dirección al glaciar Franz Joseph, por las carreteras que todo el mundo decía que tenían las vistas más bonitas y espectaculartes.


Una vez llegamos, vimos que la gente, de nuevo, no estaba equivocada en cuanto a lo de las vistas, pero lo que no nos habían avisado, y nos enteramos ya al final del viaje, esque en esta costa hay que llevar productos antiinsectos, porque además de haber muchos como hemos dicho al inicio, en esta parte del país, hay un tipo de mosquita que te pega unos mordiscos para sacarte sangre. A diferencia de los mosquitos, con estos te enteras de la picada porque hacen daño. Su táctica es buscar la zona de las manos y de los tobillos porque es la más desprotegida de pelos y es más fácil para ellos llegar a la piel.

Además de nuestros amigos "moscards", como los bautizó Toni, empezamos a tener problemas nocturnos con picores dentro del saco de dormir que hasta la fecha no hemos encontrado explicación. Las teorías iban desde pulgas, hasta reacción de las picadas de las mosquitas al tacto con el saco. El hecho es, que cuando te venían los picores, tenías que utilizar técnicas de concentración avanzadas para no rascarse todo el rato, y aseguramos que no era tarea fácil.

El resultado de todo esto fué: Toni muy afectado en brazos y piernas con ronchas bastante considerables ( aunque lo que nos tranquilizaba esque no llegaban al nivel de KJ en Australia), Barbe un punto intermedio con pies y algo de piernas, y Prada el mejor parado con algún que otro picor nocturno.


De lado los problemas con los insectos, el trayecto hacía el glaciar fué realmente bonito, y disfrutamos de unas buenas vistas a pesar de no hacer buen tiempo. La llegada a Franz Joseph, un día después, no fué del todo mala, ya que tuvimos sol a ratos que nos permitió disfrutar más de la inmensidad del glaciar.

Para poder verlo, existen varias maneras: en helicóptero, con un tour organizado, o por libre. El más espectacular evidentemente era verlo desde el aire, pero no estaba a nuestro alcance, así que entre los otros dos, nos decidimos por el gratis, porque más o menos puedes llegar al mismo sitio sin que te cueste un dolar.

Llegados al mirador donde indican que hay peligro si pasas sin guía, nos miramos los 3, y viendo que había gente cerca del glaciar, pasamos por debajo de la barrera, nos descalzamos y empezamos a cruzar riachuelos de agua helada en dirección a la boca del Franz Joseph. Llegar no fué tarea fácil, y nos llevó casi 1 hora, a pesar de que está relativamente cerca. El motivo fué, que mientras te acercas al glaciar, el río va cogiendo fuerza, y llegas a un punto que la montaña te impide seguir adelante y es imposible cruzar el agua sin jugarte ser arrastrado corriente abajo o que te golpee un bloque de hielo que bajan con muchísima fuerza.

Después de buscar algún paso seguro y ver que no existía, nos dijeron que había un camino por encima que te permitía superar el cortante de montaña. A pesar de que nuestro calzado no era el adecuado para pasar por caídas de agua y por caminos de piedra, estábamos decidimos a llegar hasta el final, y después de un rato, conseguimos nuestro objetivo de ver a escasos metros la boca del glaciar.

La visión del bloque de hielo en el valle es única, y a pesar de que en verano no es la mejor época, nos impresionó estar delante de una masa helada tan grande que parece que en cualquier momento se te va a caer encima. Estubimos un rato contemplándolo y haciendo alguna foto, y a la hora de irnos, un gran bloque de hielo cayó en el río haciendo un gran estruendo a modo de despedida.

Con la imagen todavía reciente, cogimos la furgoneta y nos paramos en el lago Matheson, a pocos kilómetros, donde en días sin viento, con el agua quieta, puedes ver reflejada la imagen de las montañas nevadas y tener una instantánea única. No tuvimos esa suerte y tuvimos que seguir nuestro camino dirección Queenstown.

En este punto nos encontramos con un pequeño retraso en los planes por mirar en exceso la "pela", ya que en las gasolineras de zonas poco pobladas, el precio es un 20-30% más caro, y evidentemente no queríamos tirar el dinero, así que poníamos la cantidad justa para llegar al siguiente pueblo o ciudad y conseguirla al precio normal (recordamos que en Nueva Zelanda no existen gasolineras en medio de la carretera).

Al llegar a la siguiente, además de estar al precio caro, estaba ya cerrada y no teníamos manera de conseguir gasolina para llegar al destino, así que nos vimos obligados a pasar la noche en medio de la nada, y esperar al día siguiente a que abrieran y poder seguir la ruta. Si esque ya se sabe que no se puede mirar tan fino.


Una vez con gasolina en el depósito, cogimos la carretera que pasa por el medio del lago Wanaka y el Hawea, y disfrutamos de más paisajes alucinantes. Hicimos parada técnica de un par de horas en el pueblo de Wanaka, donde Prada y Toni se comieron la butifarra más barata de sus vidas a costa de no se que organización pro algo y nos dirijimos directamente hacía Queenstown.

Llegamos al mediodía, y vimos que era la ciudad con más movimiento de las que habíamos estado. Además era fin de semana y se repiraba un ambiente de fiesta que rápidamente se nos contagió. Para ello, y después de muchos días de dormir en las no precisamente cómodas esterillas de la furgoneta decidimos darnos un lujo y coger un hostal.

Antes de que se hiciera de noche, tuvimos tiempo de reservar un tour para hacer la "speed boat" ( lancha rápida), que Jacobo y Pablo nos habían marcado como actividad imprescindible en este lugar. Además nos informamos sobre los precios del "canyon swing" ( especie de puenting), pero en este caso teníamos que pensar si a nivel económico, y para que engañarnos a nivel emocional, estábamos preparados para afrontarlo, así que decidimos ajornar la decisión al día siguiente.

La misma tarde, Prada y Toni se fueron a pegar un bañito a las aguas congeladas del lago, traida directamente de las montañas nevadas, y aprovecharon y conocieron a las que serían nuestras compañeras de fiesta aquella noche. 5 australianas, 2 de las cuales estaban estudiando desde hacía un tiempo castellano, por lo que no fué difícil que quisieran practicar un poco su nivel. Todo sea dicho, en contra de su profesor, que no sabían más que 4 palabras, aunque ya nos esforzamos en enseñarlas alguna palabreja útil que seguro podrán utilizar cuando vengan a nuestro país.

Así llegó la noche, y después de tomarnos alguna cervecita en la habitación, y de arreglarnos un poquito después de muchos de días de ir con las mismas pintas ( incluso estamos superando a algunos en cuanto a lo de los calzoncillos), nos pusimos aquello que llevamos en la mochila de nombre colonia y que casi habíamos olvidado que existía, y nos fuimos para el bar donde nos estaban esperando nuestras amigas.

La noche estubo muy divertida, y después de estar charlando con ellas un buen rato, de su país, del nuestro, de viajes etc etc, vimos que eran unas chicas muy majas, pero aún quedaba lo mejor por venir, su arma secreta. Y esa arma no era otra que el baile, y en especial una de ellas que se asemejaba mucho a " Amelie" ( ver foto). Fué entrar en el club y se fueron corriendo a la pista como unas posesas y se pusieron a bailar ( si lo podemos llamar de alguna manera) ante nuestras caras de asombro. El resto de la noche ya os la podeis imaginar, todas las miradas iban hacía nuestro grupo, y nosotros con dificultades para mantener la risa.


A la mañana siguiente, sonó el despertador y tuvimos, no sin esfuerzos, que dejar la habitación y dirigirnos a contratar el salto en un arrebato de " ahora o nunca", probablemente producido por los restos de la noche anterior. Dicho y hecho, dimos la paga y señal y nos dispusimos a pasar un día de sensaciones fuertes.

Todo empezó a las 12 , subiéndonos en un autocar que nos llevaría al río donde teníamos la lancha rápida. El camino en sí fué muy bonito, pero no estábamos ni preparados ni advertidos de que iba a ser por unos caminos de tierra en medio de precipicios donde veías a escasos centímetros cientos de metros de caída. Por si esto no fuera poco, el conductor iba comentando la jugada por el micro, señalando con el dedo aquí y allá, lo que significaba que si el dedo señalaba, la mano no estaba en el volante, añadido a que estaba lleno de curvas y que la velocidad no era que digamos demasiado baja, empezó a añadir una sensación de tensión en el cuerpo sumado al mareo que traíamos, que hacía que las ganas por llegar fueran más por parar aquel trasto que por la excursión en barquita.

Una vez pasado el mal trago, y aún con mal cuerpo, llegamos a un embarcadero donde nos esperaba nuestra lancha con el conductor ( un chico jóven con pinta de gustarle las emociones fuertes) preparado para hacernos disfrutar durante media hora.

La subida del río fué un calentamiento de lo que sería la bajada, ya que iba parando cada poco tiempo para asegurarse por radio que no venía ninguna embarcación ligera de bajada ( cayak o canoa) que pudiera llevarse por delante. Aún así, en los tramos que hicimos, ya nos dimos cuenta de varias cosas: la primera, evidentemente, que iba muy rápido, la segunda, que pasaba muy cerca de las rocas del borde, y por último, que el río apenas tenía agua y podíamos ver todo el fondo, con lo que los botes eran más marcados. En casi cada parada, nos hacía un 360º para el disfrute de todos los tripulantes.

Una vez llegado al final del trayecto, prebia confirmación por radio de que no venía nadie, nos dispusimos a deshacer el camino realizado, pero esta vez de bajada, lo que significaba más velocidad ( 80 km/h) y sin paradas. Fueron unos pocos minutos, pero muy intensos. La sensación de volar por encima del agua, en un cañón increíble, con unas vistas muy bonitas, tomando las curvas como si nada y rozando las rocas que nos encontrábamos por el camino hizo que la adrenalina se disparara. Uno de los mejores momentos fué cuando nos cruzamos con un helicóptero que venía en sentido contrario a poca altura, fué demasiado.

La potencia de aquella barca era evidente, y el conductor la exprimió al máximo para que disfrutáramos de la experiencia. Como colofón a todo, llegó la forma de aparcar, haciéndo un 180º perfecto, que dejó la lancha en su sitio en lo que fué una maniobra perfecta que arrancó los aplausos de los allí presentes.

De vuelta por el camino infernal, y cuando aún estábamos un tanto emocionados y comentando la jugada ( se llegó a decir....."ja em puc morir tranquil"), paramos para ir al lavabo en lo alto de la colina, donde estaba construido un puente que cruzaba el cañón y que utilizaban para hacer puenting. Al estar supendido en el medio y mirar abajo, nos dimos cuenta de que la siguiente actividad no iba a ser fácil, que aquello no era tan sencillo como te muestran los vídeos promocionales.

A partir de ese momento, dejamos de lado la lancha rápida y toda nuestra atención y comentarios iban dirigidos al salto que en 2 horas teníamos que hacer y que en aquel momento ninguno de los tres las teníamos todos con nosotros. Después de otra vuelta llena de curvas, barrancos y demás, llegamos a Quennstown con la idea de retrasar el salto una hora para tener tiempo de descansar algo y afrontarlo con más convicción, pero no nos dieron ninguna opción, sólo nos dijeron "just jump". Así pues, nos pesaron, y nos metieron en otra furgoneta sin haber tenido tiempo de recuperárnos del viaje anterior.

Esta vez, por suerte, la zona donde tenían montado el chiringuito estaba más cerca. Al llegar, teníamos un sentimiento de contrariedad, por un lado miedo y por el otro ganas de hacerlo. Para decidir quien saltaba antes, lo dejamos en manos de la suerte, y le tocó a Toni probar si las cuerdas aguantaban. Y ya estaba, una vez en la plataforma, con todo el equipo puesto, ya no había marcha atrás, ya no podíamos escapar. La espera es tensa, ves debajo tuyo 110 metros antes de llegar al agua, y el paso no es fácil, hay algo dentro de tí que te dice que no lo hagas, que no es una cosa normal, y a pesar de haber pagado para "sufrir", es un sufrimiento que gusta, y tanto fué así, que después del primer salto, donde tenías que lanzarte al vacío, vino un segundo donde nos colocaron suspendidos en el aire, y te dejaban caer de espaldas.

El salto no era propiamente puenting, ya que no caías y rebotabas, sino que era un péndulo, en el que alcanzabas una velocidad de 150 km/h antes de quedar suspendido a pocos metros del suelo. Como no, quedamos impresionados, y con los ojos ensangrentados por el segundo salto boca abajo, pero con la sensación de que acabábamos de hacer algo que no olvidaríamos fácilmente.

Una vez terminado nuestro día de deportes de aventura, hicimos noche en medio de la montaña y a la mañana siguiente nos pusimos en marcha hacía milford sound. Pero antes, estrenamos lo que sería una de las maneras de ducharnos de la fecha en adelante, y eran las piscinas municipales. Utilizamos las instalaciones de varias ciudades para pasar una mañana en el agua y tener acceso a las duchas al final. Fué un buen recurso, que nos permitió estar un poco más limpios y oler un poquito mejor de lo habitual. Hasta 5 veces nos permitimos el lujo de pagar los 2 euros de entrada, aunque evidentemente valoramos que era mejor eso que pagar noche en hostal para ducharnos.


Para llegar a los fiordos de Mildford sound, tuvimos que trasnochar en Te Anau, población desde donde se contrataban las excursiones. Así, nada más despertarnos, nos hicimos con el barco más económico y pusimos camino al puerto desde donde salían, que estaba situado a unas dos horas de una carretera llena de paisajes naturales y bosques húmedos de los que disfrutamos a bordo de nuestra furgonetilla. Una vez pasado un túnel apenas iluminado, de un sólo sentido y en bajada, que nos sorprendió bastante, llegamos a lo que es propiamente conocido como Milford Sound, un paraíso natural, lleno de montañas altísimas con nieve en la cumbre y que, por las lluvias de los días anteriores, dejaban caer centenares de cascadas por la roca que hacía la visión realmente insólita.

Al llegar al final del valle, cocinamos algo rápido, y con el último bocado aún sin tragar, fuimos corriendo ( literalmente) a nuestro barco, que nos estaba esperando ( ya se sabe que los españoles siempre vamos justos a todas partes), para darnos una vuelta por los fiordos. Las vistas impresionaban, montañas de 2.000 metros a nivel del mar, cascadas enormes en los valles que caían directamente en el mar, y los más increíble es que nos dijeron que la profundidad en el agua era de 3.000 metros, lo que era extraño por estar viendo a ambos lados tierra firme apenas con una separación de un centenar de metros.

A parte de los evidentes paisajes de los que pudimos disfrutar, lo curioso del trayecto, fué al acercarnos a una de las cascadas para poder hacer alguna foto más cercana. Al estar en la parte delantera del barco, y no haber aprendido aún que si te pones debajo del agua normalmente moja, nos quedamos los 3 como bobos, foto por aquí foto por allá, hasta que un golpe de viento nos dejó completamente empapados. Después de los primeros enfados por la posibilidad de haber estropeado las cámaras y sin contar que pasamos un frío terrible, nos sirvió para reírnos un rato de lo tontos que habíamos sido. Eso sí, en la siguiente cascada a la que nos acercamos, ya nos encargamos de estar bien a cubierto.

Finalizamos la ruta en barco, de apróximadamente 3 horas, y deshicimos el camino, parando en algunos lugares para tomar fotos. Terminada esta visita, significaba haber acabado la costa oeste de la isla y por tanto la parte más bonita, así que ahora nos quedaba ir tirando de nuevo a Chirstchurch para terminar la vuelta.


De camino, que duró tres días, podemos reseñar pocas cosas de interés: Barbe y sobretodo Toni, tuvieron que amortizar el botiquín y empezarse a poner crema anti-picadas ya que las ronchas en la piel empezaban a ser algo preocupantes. La noche en una ciudad llamada Dunedin que sirvió para podernos conectar a internet y poner al día nuestros asuntos personales con el mundo real. El intento frustrado de ver los pingüinos de una colonia, que de natural tenía poco, y más bien parecía un circo, por lo que descartamos el pagar dinero para ver a unos animalitos haciendo papiroflexia. Y por último, y para cambiar los temas monótonos de fútbol y política, nos tiramos horas hablando de las listas de bodas ( algo tuvisteis que ver Cinto y Marina), de la dificultad de hacerlas, quien entraría en las nuestras y quien quedaría fuera, como veis, habían momentos de aburrimiento.


Depués de 17 días, regresábamos al punto de partida, y nos preparábamos para la despedida de lo que había sido nuestro compañero de viaje durante un mes y medio y con el que hemos compartido muchas cosas. Momentos buenos, malos, discusiones, risas, tajas, olores, patadas nocturnas, en fin, muchísimas cosas que quedarán ahí para siempre.

Antes del momento, nos dió tiempo de conocer la vida nocturna de la ciudad para poner un buen punto final y nos permitimos el lujo de comer pizza en la última cena.

Acompañamos a Toni al aeropuerto con la furgoneta, a una hora intenpestiva ( 5 de la mañana) y, como en tantas otras ocasiones durante el viaje, con un abrazo y un hasta la vista, fué suficiente para terminar una convivencia, y es que las despedidas es de lo peor del viajar, aunque al final, como a todo en esta vida, te acabas acostumbrando.


Un día más tarde de haber pasado de tripleta a dupla, llegó también la hora de la otra despedida, y aunque diferente, no menos despedida, y estamos hablando de la furgoneta. Después de más de un mes entre Australia y Nueva Zelanda, después de 6.500 kilómetros recorridos, después de habernos acostumbrado a conducir por la izquierda, después de tantos sandwich de huevo frito con hasta 5 pisos, después de acostumbrarnos a tantas cosas poco higiénicas, después de una rutina a bordo, llegaba el momento de terminar y volver a la vida en los hostels.

De esta manera deciamos adiós a nuestra Wicked, así como de todo lo que significaba, y pasamos la última noche en la isla sur en una cama como dios manda antes de coger el vuelo.


Llegados a Auckland, teníamos por delante 4 días antes de cruzar el gran charco hacía Sudamérica. Los primeros días los empleamos visitando las zonas más típicas de la ciudad, con la "sky tower" ( el edificio más alto del emisferio sur), el puerto ( donde se encuentran anclados los veleros del equipo New Zealand de la copa América), y en general la zona centro de la ciudad desde diferentes partes.

Por las noches intentábamos irnos de fiesta con un grupo de 5 argentinos que compartían habitación con nosotros. Y decimos intentábamos, porque el ambiente no era demasiado festivo, y en ninguna de las ocasiones nos encontramos los locales llenos.También pudimos disputar unos Argentina- España en el pro, ya que los fenómenos se llevan la play a todas partes. A pesar de que estubimos a punto, no logramos ganar ni un partido (por culpa del pésimo nivel de Barbe), pero nos reímos un buen rato con los comentarios de uno de ellos, típicamente argentino.

Pero sin duda, el aspecto más curioso de nuestra estancia en Auckland fué, de nuevo, las coincidencis de este mundo que parece tan grande pero que en realidad no lo es tanto. Una noche, cruzando un paso de peatones cercano al hostel, nos cruzamos con un compañero del Sant Ignacio, si, otro. Por tercera vez nos encontrábamos con alguien del colegio por pura casualidad, y esta vez en las antípodas de nuestro país. En este caso fué Víctor Vilar, que está acabando la carrera en Australia y se había cogido unas vacaciones para conocer Nueva Zelanda antes de regresar a España. Estubimos la noche hablando, del colegio, de las coincidencias y de fútbol, bueno, más concretamente del Español, ya que, como Barbe, él también es forofo de este gran club.

Para terminar nuetra estancia, Prada se fué a conocer una isla cercana, con playas, aprovechando el buen tiempo, mientras que Barbe se tomaba con más calma las últimas horas en tierras oceánicas.

Hasta aquí llegó nuestra estancia en las antípodas y nos preparamos para un vuelo de 12 horas que nos cambiaría de país, de continente, y de realidad....volvíamos a cambiar la prespectiva del mundo.


Sentímos los retrasos y el tostón de leer todo de golpe....pero son cosas del directo.

Fotos aquí: http://picasaweb.google.com/guillermo.de.prada/NuevaZelanda#

Y no os perdáis los videos:

http://www.youtube.com/watch?v=hNYeHmR0tNI&feature=channel

http://es.youtube.com/watch?v=Ed8jRvf78Q8

http://www.youtube.com/watch?v=U8zhcS5hQjc&feature=channel

http://es.youtube.com/watch?v=v27MPe1Hofo


Hasta la próxima, Prada y Barbe

lunes, 12 de enero de 2009

Australia (3): de Brisbane a Sydney

Muy buenas a todos. Primero de todo quiero lanzar una lanza a favor de los dos viajeros, porque el retraso de la actualización del blog se debe a mi persona, Antoni Sastre, que tengo el lujo de poder escribir un trocito del viaje. Hace nada he vuelto a casa y la transición al cambio y la consiguiente adaptación ha hecho que me demorara más de lo prometido.

Me gustaría agradecer el privilegio de dejarme escribir una pequeña historia de Australia, donde tuve el placer de compartir muchas cosas y todas positivas con estos dos trotamundos.

Siguiendo bajando hacia Sydney, la siguiente parada, después de la separación de los dos comandos era Brisbane. En Brisbane sólo estuvimos un día, el cual nos lo pasamos paseando por la ciudad. Brisbane es la tercera ciudad más importante de Australia con un centro financiero como todas pero, con un Southbank muy interesante donde además de una playa artificial puedes encontrar un centro cultural difícil de encontrar en cualquier otra ciudad de Australia ha excepción de Melbourne, con un GOMA (Gallery of modern Art) o un Art Gallery. Paseando por la calle nos encontramos por casualidad a KJ que venia de Noosa y iba dirigiéndose a el aeropuerto de Brisbane para volar hacia Sydney para que lo viera un médico, dado que sus irritaciones en ambas piernas eran notables.

Dejamos Brisbane, para bajar hasta Byron Bay. Después de hacer noche en el camino, llegamos a Byron Bay. Byron Bay era una ciudad “Hippie” en los ’60 y `70 y todavía hoy mantiene esa imagen (para que os hagáis una idea, no hay ni McDonals!! Muy raro en Australia) donde ha sobrevivido la cara positiva de dicha época y la negativa la han trasladado a Nimbin, un pequeño pueblecito perdido en la montaña a 70km de Byron Bay donde tuvimos la oportunidad de visitarlo en una excursión con un autobús muy divertido y un tanto surrealista. Debido al número elevado de turistas, mayoritariamente mochileros jóvenes, las calles quedan realmente colmadas de gente de todo el mundo y la vida nocturna que se vive diariamente es de agradecer para unos mozos como nosotros. Los surfistas fueron particularmente responsables de que Byron Bay creciera y se relajara, un estilo de vida alternativo. Las olas en Byron Bay son consideradas Clases de Surf del mundo. Las olas son tubulares y rápidas cuando el oleaje es grande y quiebra despacio y suave cuando el oleaje es chico, bueno para tablas largas por ello Prada no dejo pasar la oportunidad de hacerse uno más del terreno y empezara a surfear con éxito, cabe decir, hasta que las irritaciones de su barriga y sus ingles, debidas a la cera de la tabla larga que disponía, le dejaron. En Byron Bay nos encontramos a Pablo del San Ignacio y a su amigo de Barcelona Luís (por supuesto también del San Ignacio y del Español) cosa que animó las discusiones futbolística, porque para las de otra índole ya había suficiente rivalidad. Los dos viajaban con Michael un excompañero de casa de Luís en Brisbane que era de Singapur. Mientras Pablo, Prada, Luís en menor mediad y yo mismo en dos contadas ocasiones intentábamos coger alguna ola, los otros nos dedicamos a tumbarnos a orillas del océano cuidar nuestro moreno e intentar arreglar el mundo. La misma noche que descubrimos el nigthlife de Byron y su Cheeky Monkey, nos percatamos que al día siguiente se iba a disputar un campeonato de fútbol playa en el mismo Byron, con un premio que alcanzaba los 100$! Oportunidad. Allí nos presentamos a la hora prevista con un sol de justicia y a por los 100$. El equipo estaba formado por nosotros tres y los tres que encontramos en Byron. Michael jugo unos minutos en el primer partido y luego por molestias musculares nos dejo el campeonato a los 5 magníficos. Nuestra táctica, después del primer partido fue el 2-2. En la portería teníamos a Pablo, la pantera negra, la defensa estaba formada por el torito Barbe y el Káiser Tatu y la delantera por el matador Prada y el desequilibrante Luís. Así después de unos 5 partidos con 4 victorias y un empate nos plantamos en la final, con un grupo de suecos bronceados y musculados que además de saber hacerse los chuletas como el que más, sabían jugar a fútbol. La final empezó con cierta tensión y Barbe marcando el terreno al delantero de 2 metros mazadísimo que tenían el combinado sueco. El matador Prada nos adelanto en el marcado y nos decantamos por el catenzzio para al final llevarnos el campeonato y dejar a los suecos un poco bajaditos de moral que no les fue nada mal. Ya por la noche nos fuimos al Cheeky Money para recoger el premio y disfrutar de el.

En Byron nos reencontramos con Roma y Takuya, lo que quedaba del comando alfa. Dormimos una noche juntos y los policías de Byron, nos recordaron a nosotros por segunda vez, que a la próxima que nos cogieran durmiendo en la calle seríamos multados.

Nos fuimos de Byron con la sensación de haber disfrutado mucho del pueblo, de sus playas y de su ambiente, pero no haber aprovechado del todo su vida nocturna.

Desde Byron nos fuimos a Seals Rocks, un parque natural precioso, con una playas espectaculares donde pasamos una mañana tranquilamente en la playa. De allí hacia Sydney. Llegue a casa después de haber estado casi dos meses viajando por Australia y me reencontré con mi gente. En Sydney estuvimos de copeo en mi casa, fuimos a Bondai beach, una de las playas más famosas Australianas con Kathleen, la antigua compañera de casa en Londres de Prada y salimos de fiesta a uno de los sitios más “cools” de King Cross con ella y Megan una antigua compañera de Miguel de Quinto en Maastrich. Además de descansar en Sydney fuimos a pasear por el Botanic Garden, el Hyde Park, la Opera House o Milson Point para ver el Skyline de Sydney. Tuvimos hasta tiempo de una mañana ir a jugar a tenis, para que Prada y Barbe no perdieran el “toque” durante este año que difícilmente podrán jugar mucho. Y así nos plantamos en el 25 de noviembre. Aniversario de nuestro querido Guillermo de Prada. Para celebrarlo Barbe y yo le llevamos por sorpresa a un restaurante de Tapas en el Spanish Quarter de Sydney, donde un servidor había trabajado un día, el cual basto para percatarme que la hosteleria no era lo mio. El sitio se llamaba Miró, y bien podría pasar por un restaurante del mismo Born de Barcelona. Nos encargamos de que tuviera una tarta y velas de cumpleaños. Entre una cervecita Estrella Barcelona, tortilla de patadas, albóndigas,…se nos paso un velada muy agradable que luego acabamos en The Gaff, el sitio de Sydney de los martes que nos alegro la celebración con canciones como la “Bamba” o la “Macarena”.

Con todo esto nos preparamos para dejar Australia y partir hacia Nueva Zelanda, el país más lejano del universo de nuestro añorada Barcelona, nuestras antípodas.

Intentaré ser un poco objetivo despidiéndome de Australia, donde ha venido siendo mi casa estos últimos casi nueve meses. Australia esta llena de amabilidad, donde sin ir más lejos, una mañana después de dormir ilegalmente delante de una casa en Byron, la dueña de la misma se acerco a nosotros para ofrecernos un desayuno como dios manda. Se tiene la impresión de estar en un país abierto y vigoroso. Una vez superado el tumultuoso y salvaje período de la acumulación inicial, con su gran expansión, su fuerza creativa, su brutalidad, sus injusticias, Australia parece vivir una etapa de energía productiva ordenada y feliz. Los Australianos pocas veces te preguntan que piensas de Australia, bien diferentes a veces a la inseguridad que se respira en algunos lugares donde se esta enfrascados en ellos mismos y en la imagen que quieren dar.

Australia no solo tiene lejanos horizontes exteriores, sino también interiores y diferentes entres si lo que le hace un país rico. Desde desierto a playas vírgenes tropicales. Además con un fino sentido de la conservación del territorio y de zonas naturales. También existen playas pariadisiacas como tenemos por ejemplo en mi querida Mallorca, pero sin la urbanización desmesurada y sin escrúpulos que nosotros hemos padecido. Por todo, creo que Australia seguirá siendo sitio para gente que busca aventura. Y donde se puede encontrar la cultura antigua más viva.

Fotos: http://picasaweb.google.com/guillermo.de.prada/Australia3DeByronBayASydney#

Toni

lunes, 15 de diciembre de 2008

Australia (2): De Cairns a Byron Bay

De acuerdo, de acuerdo. Antes que nada debemos disculparnos por el retraso; mil perdones. Las condiciones en las que hemos viajado últimamente han hecho difícil el actualizar este pobre blog, que ha estado dormido durante casi un mes. Vamos a ello pues.


(¡Nota! Para hacer esta larga lectura algo más entretenida, hemos subrayado algunas partes del texto sobre las cuales se puede clicar para ver una foto relacionada comforme se va leyendo)


Tras pasar nuestra última noche en Melbourne durmiendo en los incómodos bancos de su aeropuerto, volamos hacia Cairns, al noreste de Australia, para allí encontrarnos con el único e inigualable Toni Sastre, quién está siendo y será el tercer hombre durante lo que dure nuestro paseo por las antípodas. Toni, quien (muy para nuestra sorpresa) en Australia se hace llamar Anthony, es un amigo de Barcelona que ha pasado los últimos siete meses en Sydney y ha aprovechado para subirse al carro durante un mes y medio para después volverse de forma definitiva a Barcelona.


Ya en Cairns y habiéndonos reencontrado con Toni, el plan estaba muy claro: alquilar una furgoneta y recorrer en poco mas de veinte dias los tres mil quinientos kilómetros que separan Cairns y Sydney. En tal empresa nos acompañarían tres conocidos de Toni, que no pudieron resistirse a venir en cuanto supieron de la expedición. Estos tres personajes, a quienes introducimos algunas lineas más abajo, llegarían con un par de días de retraso, así que aprovechamos el tiempo de espera para practicar el deporte rey de nuestro viaje: el goce y disfrute.


El primer dia lo dedicamos a bañarnos en la piscina pública de Cairns. Sí, piscina. Cairns está a orillas del Pacífico y tiene una magnifica playa. La particularidad es que adentrarse en sus terrenos arenosos entraña peligros tales como el de ser partido en dos por un cocodrilo o morir en un lapso de cinco segundos tras ser letalmente mordido por una serpiente. Aunque haber sido picado por una serpiente o amputado un brazo por un cocodrilo hubiera sido una gran historia que estar escribiendo ahora mismo (con el otro brazo, claro est
á), decidimos conformarnos con unos bañitos en la piscina. Tampoco vamos a quejarnos: un baño en aguas de 25 grados, con temperatura exterior de 30, a 5 de noviembre, no es moco de pavo. El segundo dia lo aprovechamos para hacer una inmersión en la gran barrera de coral austrliana, uno de los parajes más famosos del mundo para el submarinismo, donde tuvimos la suerte de ver hasta cuatro tiburones.


También durante estos dos días de relax nos encontramos con otro exalumno del Sant Ignacio (al final lo de haber estudiado en un colegio con tres mil almas más está dando sus frutos) al cuál no teníamos el placer de conocer pero quién nos identíficó gracias a la inequívoca camiseta del Espanyol que lucía Barbe. De nombre Pablo y apellido que desconocemos, también estaba viajando por Australia en furgoneta y pasaba por Cairns para sacarse la licencia de submarinista. El mundo es, otra vez, un pañuelo.


Tras dos dias de tranquilidad, empez
ó a llegar el resto del equipo. El primero de ellos fué KJ:


Ficha técnica

Nombre: Kook Joon Kim (KJ para los amigos).

Nacionalidad: Surcoreana.

Edad: 25.

Resumen del primer encuentro: Le conocimos en el hostal de Cairns y, desde el primer momento, supimos que era un tipo especial. Quizá porque en nuestra primera mañana de convivencia no dudó en sacar su cámara de fotos para enseñarnos unos videos que bien podrían ser catalogados como porno casero o quizá por el uso desenfrenado de expresiones como "hey bro", "ooohhh man", "fucking+ complemento" o "sweeeeeet as", siempre verbalizadas con un fuerte acento coreano, KJ se hizo rápidamente con el número uno del ránking de personajes curiosos con los que viajaríamos, incluso antes de conocer al resto de especímenes.


El resto llegaron al dia siguiente. Estos fueron los hombres que completaron el grupo:


Nombre:Romà Jori

Nacionalidad: Catalana. Muy catalana.

Edad: 28

Resumen del primer encuentro: Romà llegó al hostal de la única forma que podía llegar: regateando como el maestro del regateo que es. Un extremista del ahorro. Un completo adorador de la moneda, capaz de perder las formas, el respeto y lo que haga falta con tal de conseguir un descuento de veinte céntimos de euro. A la vez que nos presentaban, Romà tuvo tiempo de preguntar (con un tono más que agresivo) por el precio de las furgonetas cuyo alquiler ofrecían en el hostal y de informar a la pobre recepcionista (cambiando el registro a un tono de ofendido) de que él conocía miles de compañías que por ese precio alquilaban furgonetas de mejor calidad y que no estaba dispuesto a pagar lo que en el hostal se le pedía. Romà, hijo, por la puerta grande entraste.


Nombre: Takuya Naruse (Taku)

Nacionalidad: Japonesa.

Edad: 25.

Resumen del primer encuentro: La presentaciónde de Taku fué, si bien eclipsada por la entrada triunfal de Romà, muy a la japonesa: un "nice to meet you" seguido de un eterno silencio. El más callado de los tres personajes pero no por ello el más cuerdo.


La relación entre estos tres sujetos (KJ, Romà y Taku) es un tanto curiosa. Romà es al único a quién Toni realmente conocía de antemano, al haber estudiado en la misma escuela de idiomas en Sydney. Taku es el amigo inseparable de Romà. Literalmente inseparable. KJ era conocido de Taku, no amigo, tal y como el propio Taku suele esforzarse en matizar. La pregunta es, pues, ¿cómo se unió KJ al viaje si no era amigo de nadie? Sencillo. Porque Taku le invitó para que trajera un ordenador que había olvidado en Sydney. Lo mejor es que, para sorpresa de Taku y perplejidad del resto, KJ se presentó en Cairns sin el codiciado ordenador. Lo que os decíamos; KJ es un auténtico número uno.


Una vez reunido el equipo, nos pusimos manos a la obra. En este caso la obra consistía principalmente en alquilar un par de furgonetas y hacer una primera compra de comida para subsistir durante los dos o tres primeros dias de viaje. Aunque con un dia de retraso debido a la indisponibilidad de furgonetas en Cairns, finalmente nos agenciamos dos de las furgonetas más molonas del parque automovilístico australiano. El comando Alfa (Toni y nosotros dos) viajaríamos en la "happy guys", una Toyota blanca adornada con grafitis de niños sonrientes vestidos de superhéroes. Al comando Bravo (Taku, Roma y el crack) le tocó una furgoneta pintada de Lou Reed, aunque a Romà no le pareció de suficiente categoría y pidió expresamente un cambio de furgoneta. Al final se desplazarían en "Pinky", una Ford también blanca pero grafiteada con dibujos de la pantera rosa.


Las furgos, aunque pequeñas, iban equipadas con un pequeño fogón a gas, una pequeña pica y una nevera de playa, lo cuál nos permitía cocinar in situ, ayudándonos así a ceñírnos lo máximo posible a nuestro humilde presupuesto. Como para cocinar suele tenerse que comprar comida primero, tras unos pocos kilómetros al volante nos de detuvimos en un gran supermercado para coger provisiones.


En este punto Romà no pudo ocultar su extrema racaneria y propuso que cada furgoneta se ocupara de sus gastos. ¡Cuidado! Cuando Romà propone algo no lo hace porque sí. Lo hace porque sus propuestas siempre (SIEMPRE) esconcen un beneficio económico para él, ya sea inmediato o diferido. En este caso, sin duda pensó que los cuerpos escuálidos de sus compañeros asiáticos serían sensiblemente más baratos de alimentar que tres cuerpos serranos como el de Toni y los nuestros. Eso sí, el rata no dudó en proponer que compraramos una única botella de aceite, pagada por nosotros, por supuesto, que
él usaria a cambio de darnos un poquito de la sal que había robado en el hostal de Cairns. Nosotros, que aunque miramos mucho la pela no llegamos al nivel de este profesional del timo, accedimos a todas sus propuestas, que, sin comerlo ni beberlo, más tarde nos pagarían dividendos.


Una vez en camino, nuestra primera parada fué Mission Beach, una bonita y solitaria playa en la que nadie se atrevió a bañarse por las señalizaciones que alertaban del peligro de cocodrilos. Mientras el resto admirabamos la espectacular puesta de sol que podía verse, KJ se dedicó a intentar abrir, sin demasiada fortuna, algunos de los cocos que habían caído de las palmeras que adornan la playa.


Ya en la primera noche nos dimos cuenta de cuál iba a ser nuestro principal problema durante las siguientes tres semanas: encontrar un sitio para acampar. Por lo general, en todas las zonas urbanas de Australia está prohibido hacer noche fuera de zonas específicas de camping, por las cuales, claro está, hay que pagar. Además, algunos conocidos ya nos alertaron de que la policía era más bien estricta en este sentido y que cada noche se ponían multas a turistas confiados por aparcar la furgoneta donde no tocaba. Nuestra intención era no pagar pero mucho menos ser multados, así que nos quedaban dos opciones: a) Salir fuera de zonas urbanas y hacer noche allí (permitido) o b) colarnos en alguna zona de camping sin ser vistos. Seguro que muchos ya se están imaginando cu
ál fué la opción que más practicamos. Y aciertan.


Nuestro primer intento de colarnos en un camping fué en la propia Mission Beach, del cuál nos sacaron casi a puñetazos un minuto después de haber entrado. Así que decimos, por aquella vez, alejarnos un poco de la ciudad y, tras cenar en el párking de un supermercado de carretera pasamos la primera noche en una de las areas de descanso que se extienden a lo largo de la costa este australiana.


También durante esa primera noche no fué muy dificil comprobar que pasar tres semanas en tan pequeño espacio no iba a ser tarea cómoda. La "Happy guys" y la "Pinky" no son más que unas furgonetas cualquiera a las que se les han quitado los asientos traseros y puesto tres colchones (por no llamarlos esterillas) a modo de camas en los que uno no consigue dormir más de una hora sin despertarse, ya sea por las patadas propinadas por el compañero de al lado, los ruidos y sonidos de todo tipo emitidos por la fauna nocturna australiana, el calor, el frio, un canguro curioso, el olor a toalla húmeda o los ronquidos que KJ emitía desde la furgoneta del comando Bravo.


Primera mañana y primera discusión. ¿Por qué? Obvio: por dinero. Muy a primera hora, Romà se acercó a nuestra furgoneta y en cuanto vió que nuestro gasto en gasolina era bastante menor que el de su furgoneta puso el grito en el cielo. (Recordemos que Romà decidió unilateralmente cambiar la furgoneta que le había tocado en primer lugar). La tomó primero con los de la compañía de alquiler cantándoles las cuarenta por teléfono por haberle dado una furgoneta que consumía más gasolina que el resto. Y vista la pasividad con la que le trataron desde el otro lado del cable, nos propuso que el gasto en gasolina lo dividiéramos entre las dos furgonetas, a lo cuál obviamente nos negamos. Al fin y al cabo, fué él quien propuso dividir gastos para ahorrarse unas perrillas...pues Amén, que se dice en latín. Fué entonces cuando nos dedicó sus mejores palabras diciéndonos que lo que le estábamos haciendo le parecía un "quillada" y una auténtica "gitanada", lo cuál no hizo más que reafirmarnos en nuestra posición de no compartir el gasto en gasolina. Y así, poquito a poquito, se iba abriendo una pequeña brecha entre las dos furgonetas.


Con brecha o sin ella, la cuestión es que nos mordimos la lengua y seguimos juntos camino adelante. La siguiente parada fueron las Wallaman Falls. La Wallaman es la cascada con la caída más larga de Australia. Aunque la cascada es espectacular (sin duda la más espectacular de todas las cascadas que hemos visto hasta la fecha), lo que seguro nunca olvidaremos es la eterna caminata de 4km por terreno impracticable que hicimos desde la zona donde dejamos las furgos hasta el pie de la cascada. Algunos pensábamos que íbamos a morir en el intento. Exageraciones aparte, la cascada en sí es increíble. Cayendo desde una altura de casi 300 metros, el agua iba a parar a un lago en el que pudimos bañarnos a pesar de los primeros miedos a los siempre amenzantes cocodrilos. Además tuvimos la suerte de que, tras una larga temporada sin lluvias, el caudal de la cascada no era demasiado frondoso y pudimos nadar hasta el punto del lago en el que caia el agua.


Exaustos por el nado y las caminatas, esta vez sí pudimos colarnos en un camping en el que hicimos noche de camino al siguiente destino: Arlie Beach. Arlie Beach es un pueblo costero famoso por ser el puerto más cercano a las Whitsunday Islands, un aún más famoso archipiélago de islas paradisíacas en cuyas aguas nos prometieron ver todo tipo de animales marinos. Así pues, tras colarnos en un hostal para pegarnos la primera ducha en unos cuantos días, embarcamos en un barco en el que recorreríamos, junto a unos veinte viajeros más, las Whitsunday Islands durante algo más de dos días. (Todo sea dicho, gracias a los pocos escrúpulos del amigo Romà, aquí conseguimos un suculento descuento).


El tour por las Whitsundays fué bastante espectacular. Su principal atracción, Whitehaven Beach, está listada como una de las tres mejores playas del mundo y no es para menos. Su arena es blanca como la harina y sus aguas totalmente cristalinas. Sólo tiene una pega: las picadas de sus medusas pueden llegar a ser mortales (como parece serlo todo en Australia). Para que pudiéramos bañarnos "sin peligro de muerte", en el barco nos dieron un traje antimedusas con el que parecíamos auténticos Power Rangers. Aunque nos prometieron que en el agua veríamos cientos de tortugas y nos fuimos sin ver ninguna, si tuvimos la oportunidad de ver un atún de algo más de un metro y otro pez (desconocemos la clase) que media alrededor de un metro y medio.

Además del buceo, las bonitas puestas de sol, unas comidas más que generosas y algún que otro conciertillo en popa a cargo de Toni y Prada acabaron por hacer de la ruta por las Whitsundays unos días memorables.


Dejando las Whitsundays y de vuelta a las furgonetas, no sin antes volvernos duchar de forma clandestina, nos dirijimos hacia Rainbow Beach. Durante el camino, además de colarnos para hacer noche en varios campings más (en este punto ya no había cámping que se nos resistiera), hicimos paradas en un par de pueblecitos surferos como Agnes Water o Town of 1770. Las playas de estos recónditos pueblos están a todas horas llenas de rubios y bronceados jubilados que se manejan sus tablas de surf como si tuvieran veinte años. Romà, que no podía ser menos, se compró una tabla de bodyboard por 10 dólares que por supuesto no ofreció dejarnos probar.


Rainbow Beach no fué más que una parada estratégica. Allí debíamos encontrarnos con otras cuatro personas que nos acompañarían durante un tour en todoterreno por las Fraser Islands, un conjunto de islas con la isla de arena más grande del mundo. Esas cuatro personas fueron dos alemanes muy auténticos y dos suecas con más peligro que cuatro españoles, un japones y un coreano juntos. Ya los diez, nos agenciamos un Toyota Land Cruiser, cuatro tiendas de campaña, comida para tres días y bebida para cinco, y condujimos rumbo al ferry que nos llevar
ía hasta las Fraser.


En las Fraser dedicamos nuestro tiempo a visitar lagos increibles, playas de ensueño, acampar, hacer barbacoas, algún que otro concierto, a partirnos de risa por todo lo que hacía y decía KJ, a conducir por bonitas dunas y a decirle a Romà que dejase conducir a los demás. Lo de dormir en tiendas de campaña fué curioso y no del todo cómodo, así que algunos decididieron pasar la segunda noche en la playa. KJ, quien se jactaba de proclamar que a él nunca le picaban los mosquitos porque su grupo sanguíneo no era del agrado de los insectos, recibió una buena lección durante su noche en la playa. Y es que no todo es lo que parece: no es que los mosquitos no le picaran porque no les gustase su grupo sanguíneo, sino porque estaban esperando para atacarle en grupo. Pobre chaval, qued
ó hecho un cristo.


De las Fraser nos fuimos hacia Noosa, donde habiamos reservado un tour en kayak durante tres días. Sin embargo, al llegar nos encontramos con que debido a las fuertes lluvias todo el mundo que había reservado el tour con nosotros lo había cancelado, y nos informaron de que éramos libres de cancelarlo nosotros también. Nosotros dos y Toni abogamos por cancelar el tour, por dos razones; la primera, que no queríamos pasarnos tres días remando bajo la lluvia, a una temperatura que nada tenía que ver con los 30 grados bajo los que nos habíamos bañado en Cairns; la segunda, solidarizarnos con KJ, quien quer
ía ver a un médico porque sus picadas de mosquito se habían fusionado todas en una y su pierna parecía más un boniato que una pierna. Romà, a quien le importa menos que poco toda persona que no sea él mismo, dijo que se iba de tour y que si KJ tenía que ir al médico ya se podía ir solito. Taku, que aunque es un gran tipo no es capaz de llevarle la contraria a Romà, también decidió seguir adelante con el tour.


Así que Romà y Taku se fueron en kayak, nosotros dos y Toni en nuestra furgoneta y KJ se tuvo que ir en autobús hasta Brisbane, dónde podría verle un médico. No es que no nos hubiese gustado llevar a KJ en nuestra furgoneta, sino que la furgoneta era estrcitamente de tres personas y el llevarlo con nosotros nos hubiera puesto en peligro de otra multa (sí, ya habíamos cosechado una por exceso de velocidad, la cuál por supuesto no pagamos.Que no busquen...). Podríamos sentirnos culpables por no habérnosla jugado y llevarnos a KJ con nosotros, pero al fin y al cabo KJ viajaba con Romà y Taku, así que si hay alguien debía sentirse culpable eran ellos. Aunque con la poca moral que tiene Romà es poco probable que sienta la más mínima culpabilidad.


Y así finalmente nos separamos. Comando Alfa por un lado, Romà y Taku por otro y KJ más solo que la una. Lo siguiente que supimos de Romà y Taku es que tuvieron que volverse al día siguiente de haber cogido el kayak por el fuerte temporal. De KJ, supimos que llegó sano y salvo a Brisbane y poco más.


Ya solos, nos dimos un paseo por Brisbane, donde no hay demasiado que ver, y por una ciudad llamada Surfers' Paradise (el nombre de ciudad más raro del mundo, junto con Town of 1770), que viene a ser algo así como el Benidorm de la costa este australiana.


Tras Surfers', nos dirijimos a Byron Bay, una de las grandes paradas en nuestra ruta por Australia. Pero esta entrada se está haciendo eterna (si es eterna de leer, imaginaros de escribir), así que Byron Bay será cosa de la próxima. Para narrar nuestras 'aventuras' desde Byron Bay hasta Sydney, contaremos con la colaboración especial de Toni, quién conoce Australia mucho mejor que cualquiera de nosotros dos, y que escribir
á la próxima entrada.


Todas las fotos y alguna más aquí:


http://picasaweb.google.com/guillermo.de.prada/Australia2DeCairnsAByronBay#


Hasta pronto.


Un abrazo a todos.


Barbe y Prada

jueves, 13 de noviembre de 2008

Australia (1): Melbourne

Salíamos de Japón con una duda en la cabeza, y esa era si al llegar a Sydney nos pondríamos el pantalón corto o directamente el bañador para ir a la playa. Al llegar, nuestras ilusiones se fueron al traste, ya que sí, tuvimos que cambiarnos, pero para ponernos toda la ropa de abrigo de la que disponemos. La llegada y estancia en la ciudad más conocida de Australia estubo marcada por la lluvia, el viento y el frío.

La noche que teníamos que pasar de escala a Melburne, la pasamos en el hostal más popular de la cuidad, y recomendado por Jacobo, el Wake Up. Un hostal lleno de gente jóven ( eramos de los más mayorcitos) y con un ambiente de fiesta a todas horas. Para tener, tienen hasta discoteca en el sótano, que por supuesto tuvimos que probar. Así, y siguiendo con lo de compartir habitación, nos instalamos en un dormitorio de 10 personas con el miedo de volver a sufrir los ronquidos de la gene por la noche y de no poder dormir. Al final, por suerte, ninguna de las otras 8 personas hacía ruiditos nocturnos......menos mal.

El día y medio, lo gastamos paseando por las calles, viendo la ópera ( edificio más emblemático), gestionando el transporte, escapando de la lluvia y del viento, tirando de mc'donalds y dejando parte de la mochila en casa de un amigo de Toni par cargar menos equipaje. Para quien no conozca a Toni, es el "personaje" con el que haremos nuestra ruta por Australia y Nueva Zelanda, para quien lo conozcais.....sobran las palabras.

La ruta a Melburne la hicimos en autocar, primero porque el avión es más caro y también porque de esta manera nos ahorramos una noche de hostal, y esque todo cuenta a la hora de mirar por el budget. Así, sumábamos 12 horas y 800 kilómetros a nuestro curriculum, y seguimos haciéndonos fuertes a la hora de soportar noches larguísimas, aunque todo sea dicho, después del sud-este asiático nada, absolutamente nada nos parece duro.
La llegada no pudo ser mejor, en la estación estaban esperándonos las que serían nuestras anfitrionas, perdón, nuestras magníficas anfitrionas durante los siguientes 10 días. Ellas son Valeria y Zoë, a la primera ya la introducimos en el post de china ( amiga de infancia de Prada), y la segunda es su pareja. También, y antes de que se nos olvide, tenemos la obligación de mencionar a James ( hermano de Zoë) y a sus padres, que nos trataron de 10 y nos hicieron sentir por unos días como si estubiéramos en casa. En muchas ocasiones era tanta su hospitalidad que nos hacían sentir hasta incómodos. Una vez hechos los agradecimientos, vamos a ver el porque de ellos.

Como hemos dicho, al llegar estában esperando en la estación, y tiene más mérito cuando la llegada fué a las 6,45 de la mañana, nos metieron en el coche y nos llevaron directamente a su casa, donde nos estaba esperando la madre con un suculento desayuno estilo americano, con huevos, baicon, tostadas, ensalada, fruta, y si, cereales, que placer volver a comer cereales después de 5 meses.

Una vez con el estómago lleno, nos fuimos a conocer un poquito de la ciudad, y como viene siendo habitual, con un tiempo poco propio de la primavera, así que no nos separamos de las chaquetas. Melburne es una ciudad muy nueva y moderna, con la city no demasiado grande y con barrios de viviendas en los alrededores. Nos pareció una ciudad muy bonita y con mucho encanto.
Después de pasear por el jardín botánico, descansamos un rato en el apartamento, y mientras esperábamos para ir a tomar algo con una amiga de ellas, recibimos las advertencias sobre los animales del país. Y así, ya sabíamos que nada de bañarse en ríos ni en playas no vigiladas por peligro de los cocodrilos, palabras textuales " cada año se comen a algún turista despistado". Y es que se ve que los listos se esconden en el mar para atacar a la mínima posible. En cuanto a los tiburones, los consejos fueron por el mismo sentido, nada de meterse en el fondo en playas sin redes de protección, y mantener los ojos bien abiertos por las medusas mortales que nadan en sus aguas.

Una vez repasados los animales marinos, pasaron a los terrestres. Las serpientes tuvieron un capítulo especial, y ya sabemos con que color hay que correr al hospital en caso de picada, y con cuales no hace falta ni perder el tiempo en tus últimos minutos de vida. Por último le tocó el turno a las arañas, y es que Australia es el país del mundo con más animales mortales.
Con todo eso, no nos dejaron muy tranquilos, y más con nuestros planes futuros de acampada por toda la costa, pero siempre es mejor estar bien avisados.

Por la noche nos fuimos a dormir con un buen entrecot entre ceja y ceja, y después de muchos meses, disfrutamos de ese sabor a carne roja que tanto nos gusta y que probaríamos durante los siguientes días para coger provisiones.

El segundo día en la ciudad lo pasamos, por la mañana en una reserva natural, y por la tarde-noche disfrutando de una buena barbacoa, en compañía de las amistades de Zoë, en las instalaciones públicas que hay habilitadas al lado del río...que gustazo!

Finalizada nuestra primera estancia en Melburne, pusimos rumbo a la casa de la playa que la famiilia Roberson tiene en una pequeña localidad llamada Port Fairy, a 300 kilómetros al sur-oeste, donde pasaríamos toda la semana y desde donde visitaríamos "la granja".

Nada más llegar a este pueblecito tranquilo de apenas 2.000 habitantes ( casi todos de orígen escocés), nos llevamos otra grata sorpresa, al ver que disponíamos cada uno de su propia habitación, con una cama de matrimonio enorme, donde descansaríamos como nunca durante 5 noches. Y esque despúes de cinco meses de dormir en colchones de todo tipo, normalmente no demasiado cómodos, aprendes a valorar una buena cama y un buen descanso. Dicho y hecho, dejamos las cosas y nos preparamos a pasar una semanita de relax.

Para que os hagais una idea, la casa tenía un comedor enorme con vistas directas sobre el océano, donde pasábamos la gran mayoría del tiempo. Por las noches, encendíamos un buen fuego ( ya hemos comentado que el tiempo no era precisamente veraniego) y nos dedicábamos a ponernos al día sobre las novedades cinematográfias mientras oíamos el ruido de la leña al quemar. ¿Suena bien verdad?

Durante los días hicimos varias salidas para conocer la zona y poder disfrutar de las impresionantes vistas de la costa. En uno de los paseos, nos acercamos al faro del pueblo, en una zona arbolada donde vimos los primeros canguros en libertad, saltando de un lado al otro mientras nos miraban con una mezcla de curiosidad y de miedo. Otro de los días nos acercamos a una reserva natural para pasear entre emus ( avestruz australiana), ver a koalas en libertad y cruzarnos con algún que otro lagarto. En cuanto a animales marinos, fuimos a una localidad a 1 hora en coche, donde cogimos una lancha rápida para ir a ver una colonia de focas que vive permanentemente en unas rocas relativamente cerca de la costa. Al llegar pudimos ver como nadaban a escasos metros de nosotros, mientras el guia nos decía que una semana antes habían visto un tiburon de 5 metros cazando por esa zona.

Pero sin duda, la mejor de las salidas fué la que hicimos para conocer la granja de la familia, donde trabaja el padre junto con otros 4 trabajadores. Y aquí está el primer dato a remarcar, y esque la granja en cuestión tiene 10 km de largo por 6 de ancho, y pastan miles de vacas y de ovejas, con lo que nos parecía increíble que con tan poca gente pudieran gestionar todo aquello. Evidentemente en diferentes momentos necesitan contratar trabajadores temporales.
El padre nos llevo ha hacer un tour y pudimos ver la zona donde esquilan las ovejas, y donde unas semanas antes habían "pelado" a las más de 8.000. Una lástima no poder verlo en directo porque dicen que es realmente impresionante, aunque aún quedaban restos de los trozos de lana que aún estaban por transportar. Lo que si que tuvimos la suerte de ver, es el "pregnacy test", o lo que es lo mismo, el test de embarazo, para ver si las vacas estan esperando terneros. Y esque esta es la actividad principal de la granja, producir unos 2.000 terneros anuales para la venta y que otros los engorden antes de convertirse en carne para el consumo humano.No hace falta que en este blog describamos el procedimiento, ya que todo el mundo se puede hacer una idea, pero si que diremos que Prada tenía curiosidad de probar una nueva experiencia y al ver como iba exactamente, se le pasaron todas las ganas.

Con tanto animal ( imaginaros la cantidad de vacas y toros que se necesitan para tener dos mil terneros anuales) es lógico pensar que estan apilonados y que su vida es aburrida, pero nada más lejos de la realidad, ya que, como hemos dicho, la granja es enorme y está dividida en parcelas muy grandes donde dejan 30 vacas con 1 toro, y apenas los molestan. Si, nosotros también lo pensamos, quien fuera uno de esos toros....De esta manera, los animales corren a sus anchas por donde quieren y incluso nos dijeron que no estan demasiado acostumbradas a ver a humanos.
Otra de las cosas que nos impresionó, es el inmenso lago artificial que han construido para asegurar el abastecimiento al ganado durante 3 años en caso de sequía. Es tan grande que el gobierno lo a declarado zona protegida porque sirve a las aves de lugar de parada antes y despúes de sus migraciones a sudamérica. Una vez terminado el tour, la madre nos volvió a demostrar su hospitalidad sirviéndonos una comida exquisita como punto final a nuestra estancia en la granja de los Roberson.

La salida de Port Fairy la cogimos con un poco de nostalgia, ya que sabíamos que probablemente no estaríamos tan bien alojados en lo que queda de viaje, pero ya se sabe que todo lo bueno llega a su fin. La vuelta la hicimos por la Great Ocean Road, conocida por sus impresionates vistas y por sus interminables acantilados, que en épocas coloniales habían producido más de un hundimiento.

La llegada a Melburne, la hicimos justo en la semana grande en cuanto a carreras de caballos se refiere, y toda la ciudad estaba volcada y "disfrazada" para ello. Todas las chicas vestían con sus mejores galas y con unos gorros de los más variopintos. Aprovechamos las noches para mezclarnos con ellos, aunque en nuestras mochilas no pudimos encontrar ningún traje y eramos los raritos de los locales, ya sabíamos que algo nos habíamos dejado en Barcelona.

Poco a poco llegaba el punto final a nuestra estancia, pero antes de ello, la madre de Zoë, nos volvió a sorprender con otra buena comida a base de asado de cordero, y de postre, su especialidad, pastel de queso, vaya pastel!.

El último día lo teníamos que pasar sólos en la ciudad, ya que ellas se marchaban de viaje, y en el piso no podíamos dormir, así que fuimos a un hostal para volver a acostumbrarnos a nuestra rutina. Al ir a buscar las mochilas al día siguiente al piso, James, el hermano de Zoë, se ocupó de nosotros todo el día, e incluso nos cocinó una buena ensalada para la cena.

Una vez llegada la noche, fuimos tirando al aeropuerto y esperamos que saliera nuestro vuelo a Cairns, el problema era que lo teníamos a las 6 de la mañana, así que escogimos los dos bancos que parecían menos duros de la terminal y pudimos dormir algunas horas mientras poco a poco nuestro cuerpo y nuestra mente volvían a la realidad.

Para terminar esta entrada, nos gustaría volver a agradecer a Zoë y a Valeria que cuidaran tan bien de nosotros, y ya sabéis chicas, que en Barcelona hay cuentas pendientes.

Muchas gracias.
Thank you very much.

Fotos: http://picasaweb.google.com.au/guillermo.de.prada/Australia1Melbourne#

Prada y Barbe

domingo, 2 de noviembre de 2008

Japón

Y así, después de más de tres meses, nuestro tren llegó a la última parada en su paso por Asia: Japón.

Tras algo más de seis horas de vuelo y unas cuantas menos de sueño, aterrizamos en el aeropuerto de Narita, Tokyo, a eso de las siete de la mañana del 12 de Octubre. En pantalón corto y haciendo gala de ese carácter improvisatorio que ha caracterizado nuestro periplo por Oriente, nos presentamos en tierras niponas sin idea alguna de dónde dormir y con la esperanza de no encontrar alojamiento de ningún tipo y así poder escribir alguna historia interesante en un blog que empieza a estar algo falto de anécdotas divertidas. Sin embargo, la "Tokyo Accomodation Information Office" del aeropuerto (desde luego, que organizados son estos japos) ahogó sin piedad todas nuestras aspiraciones periodísticas indicándonos rápidamente un lugar en el que podríamos dormir a un precio asequible.

Después de tres meses de viajes por paises como Camboya, Laos, Vietnam o Tailandia, hay palabras de nuestro léxico que tienen un significado totalmente diferente al que tenían antes de empezar este viaje. Ejemplo: la palabra "asequible". Asequible, para nosotros, en una habitaciñon doble con baño propio por 3 euros cada uno, a lo sumo. Una habitación compartida con seis individuos más por 21 euros cada uno no entraba, por mucho que así lo quisiera la señora empleada de la "Tokyo Accomodation Information Office", dentro de lo que nosotros consideramos asequible.

Asequible o no, el Sakura hostel (el de 21 euros por cabeza y noche) resultó ser la opción menos cara. Allí compartimos habitación de literas con seis tipos y tipas durante los cuatro días que duró nuestra primera parada en Tokyo. Mal acostumbrados a tener habitación propia práctimanente desde que empezamos a viajar, en Japón llegó la hora de tirarse al rollo backpacker auténtico. A pesar de sus obvios inconvenientes, compartir habitación tiene su lado positivo y es que se conoce a mucha más gente que de cualquier otra forma.

Además, muy curiosamente, el hostal estaba lleno de españoles, a cuál más personaje. Al primero que conocimos fué a Oscar, un gran tipo badalonés de unos veintiséis o veintisiete años que lleva viajando más de veinte meses. Y todo gracias a la ineficacia del INEM y a todos los españoles que con sus contribuciones nutren las arcas de nuestra Seguridad Social. Sí, el tipo lleva veinte meses dando vueltas por el mundo gracias al subsidio por desempleo. Turquia, Siria, Jordania, la India, China, Japón...¿así quién quiere trabajar? Cada tres meses vuelve a casa durante dos semanas para echar la firmita en las oficinas del INEM y reponer fuerzas, y otra vez a viajar. Un auténtico fenómeno. Aunque más fenómeno es quién le permite hacerlo. Estas cosas sólamente pueden pasar en España. "Spain is different", que se dice.

Aprovechados del sistema a parte, el resto de españoles que habitaban el hostal eran un grupo de valencianos que estaban en Tokyo a propósito de un festival de manga que parecia ser el evento de sus vidas. Como os podéis imaginar, unos freakis de categoría, aunque resultaron ser muy buena gente, la verdad. Además tuvimos la suerte de que, cómo no, la mayoría de ellos eran informáticos (y los que no lo eran oficialmente lo eran de manera oficiosa) y fueron capaces de aniquilar al virus que llevaba corrompiendo a nuestro indefenso ordenador desde que nos infectaramos en China.

No sólamente en cuanto al alojamiento tuvimos que apretarnos el cinturón. Si bien en el sureste asiático nuestra alimentación era algo monótona, siempre fué frondosa. En Tokyo, los prohibitivos precios nos llevaron a pasar nuestras primeras horas de ligero hambre. Un presupuesto de 30 euros al día de los cuáles 21 se destinan a alojamiento y otros 3 o 4 al transporte en metro no da para tres comidas al dia. Así que dos comidas a base de arroz y un poco de carne en una cadena de fast food japonesa (¡te servían agua gratis!) fué nuestra base alimenticia durante los casi diez días días que duró nuestra visita al país del sol naciente. ¿Sushi? Lo dejamos para otra ocasión en que el presupuesto lo permita.

Tokyo es impresionante y los japoneses bien curiosos. Gigantes pantallas publicitarias y miles de luces de neón llenan las calles de un color especial (o mejor lo dejamos en una "vida especial" ya que, como cantaban Los Manolos durante aquella Expo'92, la del "color especial" siempre será Sevilla). Barrios como el de Shinjuku o el de Shibuya, dónde se puede cruzar la calle por el paso de cebra más transitado del mundo (el dato es verídico), son todo un espectáculo por sí mismos. Plagados de enormes tiendas con lo último en tecnologia, locales con interminables filas de maquinas recreativas, y unas calles en las que no cabe un alma más son, seguramente, un panorama único en el mundo. En medio de todo este caos de luz, color y tecnología, pueden encontrarse antiquísimos templos y jardines de corte imperial que evidencian un pasado cultural también único.

A pesar de su pasado, vías de tren que se alzan quince metros por encima del suelo, cientos de enormes edificios y decenas de antenas de comunicaciones luminosas (incluida una réplica de la torre Eiffel) acaban por darle a Tokyo un aire más bien futurista. Y es que en cierto modo, recorrer las calles de Tokyo es darse un paseo por el futuro. Todas, absolutamente todas las calles de Tokyo están habilitadas para que los ciegos se manejen sin problemas gracias a rugosidades en el suelo. Incluso el interior de muchos edificios las tiene. Aquéllo del "para dentro Romerales" ya es historia en Tokyo porque todas las puertas son automáticas. Eso sí, se abren apretando un botón que evita las puertas se abran innecesariamente, evitando así también el despilfarro energético. Todo está pensado y repensado. El metro es un auténtico laberinto que parece no tener fin. Y un ejemplo un tanto escatológico pero que habla por si sólo: hasta el más cutre de los WC del más cutre de los restaurantes tiene un chorrito que ahorra en consumo de papel higiénico. ¿Qué es eso si no el futuro?

Los nipones son raza como niguna otra, desde luego. Ningunos otros seres humanos son capaces de vestir como si recién salidos de un videojuego o de un comic manga. Seres más bien introvertidos, estos tipos se quedan callados cuando se les pregunta por alguna calle, para finalmente soltar un tímido "Soly, I don´t know" tras treinta segundos de silencio. También muy patriotas, más de uno se nos acercó para intererarse por nuestra opinión sobre Japón. Uno de ellos fué el señor Tashimura (que obviamente es sólo un apodo que le hemos dado), un exfuncionario del Metro con quién tuvimos el placer de mantener una interesante conversación sobre Japón, España, geografía, y cómo aprendió su perfecto inglés a base de lecciones por medio de la ya extinta cassete. Éste sí que era un auténtico fenómeno (hay foto).

En la noche del nuestro cuarto dia de callejeo por Tokyo cogimos un autobús nocturno hacia Kyoto, por el módico precio de 37 euros, cantidad equivalente a unas 50 noches de hotel en Camboya...Siete horas después de dejar Tokyo y con 37 euros menos en nuestras cuentas bancarias llegamos a Kyoto, dónde nos esperaba un frío que no habíamos sentido desde hace meses. Ante dicho frío y la aparente decisión del sol de salir más tarde esa mañana decidimos posponer la búsqueda de hostal hasta que al menos el sol hiciera acto de presencia. Duranta la espera, Prada se fué a comer algo (adivina, adivinanza...arroz con carne) mientras que Barbe se decantó por pegar una cabezada colándose en un hostal que estaba lleno, algo que en España suele llamarse "allanamiento de morada".

Ya con alojamiento y con jersey en mano, nos fuimos de callejeo. El callejeo en Kyoto fué de especial dureza porque ya desde Tokyo veníamos arrastrando unas tremendas llagas en los piés, consecuencia inevitable de volver a ponerse bambas (y pantalón largo) después de pasar los últimos tres meses en bañador y chanclas. Pero no hay llagas que puedan con nosotros.

Kyoto es la antigua capital de Japón y por ello la ciudad con más templos de todo el país. Decían las guías que más de dos mil templos, aunque permitidnos que lo pongamos en duda. Inevitablemente, pues, ni que mencionar cabe que los templos son la gran atracción turística de la ciudad. La otra son las geishas que esporádicamente pueden verse recorriendo sus calles. Se dice que, de las mil geishas que todavía existen en Japón, cien están en Kyoto.

Templos hay por un tubo, eso es verdad, aunque todos son más bien parecidos. Algunos templos, no obstante, son patrimonio de la humanidad y son bastante dignos de ver. Aún así, tras haber visto los templos de la Ciudad Prohibida de Pekín, cuya arquitectura no dista mucho de lo visible en Kyoto (Batlle, matiza a tu antojo), Kyoto no nos impresionó exageradamente.

Más curioso que los templos fué cruzarse con alguna que otra geisha. Algunas auténticas y otras más falsas que una moneda de seis pesetas, para qué engañarnos. En cualquier caso, ahí queda para la posteridad el que hayamos visto a una geisha auténtica. No es moco de pavo.

Templos, más templos, un bonito mercado, geishas y un par de luchadores de sumo son todo lo que vimos en Kyoto. Y es que tres días no dan para más. Así que, mochilas al hombro y de vuelta a la carretera.

Tras otras siete horas de autobús y con otros 37 euros menos llegamos de vuelta a Tokyo para pasar nuestros dos últimos días en Japón con una sola cosa en mente: visitar la lonja de Tokyo, donde se compra y vende todo el pescado que después llena los estómagos de sus habitantes. Ya que no podíamos probar el sushi, íbamos al menos a ver de qué está hecho. Para ver las negociaciones y subastas había que plantarse en la lonja a eso de, como muy tarde, las 6 de la mañana, lo que significaba levantarse a las 4.30. Dicho y hecho. Aunque fuimos por separado en días distintos (Barbe aprovechó una noche de insomnio gracias a los ronquidos de su vecino de litera para escaparse y Prada fué a la mañana siguiente), ahí estuvimos los dos a las 6 de la matina para ver descargar y subastar atunes de más de metro y medio. En una ciudad del tamaño de Tokyo (unos doce millones de personas sólo en el centro) y en cuya dieta el pescado es un elemento fundamental, ya os podéis imaginar el tamaño de la lonja. Todo un espectáculo. Además, la tendencia a la onomatopeya que suelen tener los japoneses hacen que las subastas sean todavía más curiosas y divertidas. Vale la pena el madrugón.

La salida de Tokyo fué un tanto accidentada. Primero porque tuvimos que convencer a un funcionario del metro que nos perdonara cien yenes (algo menos de un euro) del precio para así evitar tener que sacar dinero del cajero (por lo cuál nos cobran unos 4 euros de comisión). Y segundo por que no calculamos bien los tiempos y llegamos al aeropuerto un tanto in extremis.

Y así, como si nada, dejamos Tokyo y con ello Asia. Próximo destino: ese lugar que cuando, de niño, aprendes de su existencia, está tan lejos que te da la impresión de que es ya otro planeta: Oceania.

Fotos: http://picasaweb.google.com/guillermo.de.prada/Japon#

Un abrazo a todos,

Barbe y Prada