jueves, 16 de abril de 2009

Barbe Perú

Finalizada nuestra estancia en Brasil, y después de una largo camino para llegar a Perú, con muchas horas de vuelos y muchas horas de esperas en los aeropuertos, empezaba la última parte de mi viaje. Esta parte la iba ha hacer solo, después de la separación definitiva con Prada, y encaraba los últimos meses con muchas ganas de vivir experiencias diferentes, experiencias nuevas, y es que ya se sabe que no es lo mismo viajar solo que acompañado.

Con estas ideas aterricé en Lima con la intención de aprovehcar al máximo mis 14 días en tierras peruanas, y por ello, quería ir rápido hacía Cuzco, donde están situadas las principales atracciones turísticas del país, como son el Machupichu y todos los restos Incas que rodean aquella zona.

Al ir con el taxi a la estación de autobuses, me dijeron que ya no habían aquel día, ya que todos salían por la mañana o al mediodía, así que me tuve que resignar e ir a buscar un hostal para pasar la noche. Mi intención era no perder ningun día en la capital del país, y es que todo el mundo al que consulté, así me lo recomendó.
Al final no me quedó más remedio, y me alojé en el barrio de Miraflores, donde pagué un precio muy elevado por la cama y lo que me ofreció aquella zona fué bastante poco. Es el barrio residencial de la gente con dinero, y por lo tanto está lleno de edificios muy modernos y lujosos que no te dejan ver la verdadera realidad de la vida ahí.

Por la mañana, aproveché para coser un siete que le habían hecho a mi mochila en el último vuelo ( ya soy todo un experto costurero), y me dirigí a la estación de buses desde donde partía el mío. Aquí iba a empezar, sin yo saberlo, el trayecto más largo de todo mi viaje, y podría decir que en el que peor lo he pasado.

Con mis ganas de llegar lo antes posible a Cuzco no quería demorar mi espera en Lima, y contraté el servicio que paraba en Juliaca ( población cerca del lago Titikaka), muy lejos de mi destino final. A priori, la duración total iba a ser de 28 horas, que en sí ya es medio locura, pero si le sumamos las 7de retraso que acumuló en el trayecto, ya se convierten en 35 largas horas metido en un autobús. Hasta aquí no deja de ser algo por lo que tanto Prada como yo hemos sufrido en varias ocasiones, pero lo que pasé en ese bus no se lo deseo a nadie, y aquí viene la explicación.

Las primeras 20 horas no fueron demasiado duras, si contamos que pasé el día viendo películas, escuchando música, durmiendo por la noche, etc, etc. El problema vino en las últimas 15, donde el bus pasó del nivel del mar a los 4.000 metros que tiene de altura el lago, en apenas unas horas. Progresivamente me fuí encontrado peor, mal de cabeza, fiebre, escalofríos, dolor de espalda, náuseas, en definitva un cocktel explosivo que hizo que no me pudiera mover.
Ahí estaba yo, metido en mi saco de dormir, con toda la ropa de abrigo puesta y muerto de frío. No podía mover un dedo, no quería comer nada, y lo único que hacía era tomarme las varias pastillas que otros pasajeros me facilitaron al verme en aquella situación. Yo ni preguntaba que era, me encontraba tan mal que simplemente las tomaba, y no sé si por las pastillas o por la aclimatación, poco a poco me fuí encontrando mejor. Ya había pasado lo peor, y es que hubieron momentos en los que estuve tentado de bajarme de aquel bus que no dejaba de curvear. Al final aguanté el arreón y cuando llegué a Cuzco mi situación era algo mejor.

Me bajé de ese autobus a la 1 de la madrugada con la única intención de buscar una cama donde descansar y acabar de reponerme. Cuando salí de la terminal, vi a 2 chicas preguntando a un taxista, y me fuí directo a ver si sabían algún hostal. Me contestaron que sí, y compartimos coche hasta el.

Las dos primeras noches en la ciudad las pasé en ese sitio, un lugar sucio, en el que además de una americana y un australiano, mis otros dos compañeros de habitación eran dos argentinos que tenían un olor corporal bastante agudizado por la falta de higiene. Por si no fuera poco, los dos angelitos tenían muy poca educación, y durante la noche no dejaban de armar follón, hablando en voz alta, encendiendo la luz, etc etc. Con este panorama, es lógico que tardara dos días en reponerme del viaje, y apenas gasté el tiempo informandome de los tours y de los trails que ofrecian las diferentes agencias, además de hacer un poco de turimos por la ciudad.

Una vez repuesto casi por completo, y que no me costara un mundo caminar en los 3.500 metros de altitud que tiene la ciudad, creí que había llegado el momento de iniciar mi ruta. Para ello, lo primero que hice fué cambiarme de hostal, y me instalé en el Hi Hostels que estaba cerca del otro, y donde por apenas 1 euro más, tenía un sitio limpio donde estar, además de poder disfrutar de un dormitorio para mi sólo, y es que era temporada baja y había poca gente. Después de lo pasado, unas noches durmiendo solo me iban a venir muy, pero que muy bien.

Con toda la información que había conseguido los dias anteriores, fuí a contratar al sitio más barato que encontré, todas las excursiones y pases. Para empezar, aquel mismo día hice el city tour, que te llevan a los emplazamientos históricos más conocidos de la ciudad y sus alrededores. Para ello necesitas adquirir un ticket que te permite el acceso a todos los restos Incas de Cuzco y alrededores, exceptuando el Machupichu. El precio no es para nada barato, pero es la úncica manera de acceder a ellos, y es que ya se sabe que todo lo que toca el turismo se hace más caro.

Aquella tarde visitamos primero el Quoricancha, templo principal del pueblo Inca, en donde los conquistadores encontraron una cantidad brutal de oro. Habían muchas figuras de animales y de personas hechas a escala real y utilizando solo el oro. Las paredes de aquel templo también estaban recubiertas por placas del mismo material, lo que hizo que fuera de los primeros emplazamientos que desapareciera. Tal como somos los españoles, me imagino la cara de ellos al ver toda esa fortuna puesta en el mismo lugar.

Después nos llevaron a visitar la cosntrucción militar más importante de los alrededores, llamada Saqsayhuaman, donde nos explicaron toda la historia de aquel sitio, la función que había tenido y en definitiva, nos intentaron trasladar 500 años en el tiempo para poder imaginar la vida allí, con su cultura y tradiciones.
A pesar de que un tour te impide llevar tu ritmo y estar el tiempo que quieres un un sitio, por contrapartida te enseña mucho más del lugar. En mi caso, mi hermana Nati me había aconsejado hacerlo guiado, y seguí su consejo.

Visitamos 3 instalaciones más, de menor tamaño e importancia, y de las que podría poner un resumen, pero no quiero aburrir al personal más de lo que debeis estar. Al llegar de vuelta a Cuzco me fuí, con una mujer de Girona que conocí durante el día, a ver un espectáculo de bailes tradicionales que estaba incluido en el precio del pack. No fué algo inolvidable, pero pasamos parte de la tarde entretenidos.
Me retiré pronto a la cama, ya que al día siguiente tenía un día largo con la visita al Valle Sagrado, y además quería aprovechar para recuperar horas de sueño perdidas.

Con las pilas cargadas después de dormir solo, sin ningún ruido ni olor, baje hacía la plaza de armas, de donde partía el minubus que nos iba a llevar al Valle Sagrado. El día fué muy largo, ya que los emplazamientos están bastatne lejos de la ciudad, y tardamos más de hora y media en ir y otro tanto en volver.

Durante la excursión, ya empecé a sufrir la dureza de las escaleras incas en la altura, y es que cuando la pendiente aprieta y estás en altitud, el oxígeno empieza a faltar y cuesta mucho más ir para arriba.
La primera parada la hicimos en Pisac, pequeña población enclavada en lo alto de una montaña y desde donde se tienen unas vistas muy bonitas de los valles colindantes. Eso sí, antes de poder disfrutar de esas vistas, hay que caminar cerca de una hora hacía arriba por un camino original y por el que te vas encontrando restos arquitectónicos. La vista no tiene desperdicio, y todo esfuerzo vale la pena. Estuvimos en las ruinas durante un buen rato y pusimos camino de vuelta hacía abajo.

La segunda población del día sería la de Ollantaytambo, en la que puedes ver la inmensidad de las terrazas de cultivos que utilizaban para aprovechar mejor la tierra. Fué un trabajo enorme colocar esas piedras en su sitio, y más si imaginamos que las traían de otras montañas y con unos sistemas bastante rudimentarios. Esta población es la última en la que permanecieron los Incas, y según nuestro guía, todos los habitantes que viven en el pueblo ( aprovechando en muchos casos las construcciones Incas) son descendientes de los originales.

En este pueblo, además de ver las mencionadas terrazas, también existen restos del templo del sol, donde utilizaban una construcción mucho más fina y elaborada por su caracter religioso. Desde lo alto de la montaña se puede observar también que en la de enfrente construyeron depósitos de alimentos para almacenarnos hasta 12 años, aprovechando las corrientes de aire frío que circulaban en las alturas. Un trabajo realmente admirable.

La última parada del día, antes de regresar a la ciudad, fué Chinchero, un pueblo donde se combinan y puedes ver a la perfección la arquitectura original Inca con la de los españoles. Estos, aprovechaban muchos de los muros y continuaban subiendo metros hacía arriba, con lo que ahora han quedado muchos de los edificios contruidos con una mezcla de ambos estilos. Pero lo más destacado del pueblo era, sin duda alguna, la iglesia, que tenía todo el techo pintado a mano y en un estado de conservación muy bueno; realmente bonita.
Finalizado el día, y bastante cansado por las horas de caminata, caí rendido muy pronto y me empecé a preparar para lo que serían los 4 días de excursión que había contratado para llegar al Machupichu. En un inicio quería hacer el más famoso de ellos, el Inka Trail, pero además de falta de sitios, costaba el doble del que finalmente contraté.

Me levanté pronto por la mañana, preparé la mochila pequeña con lo necesario para estar 4 días, y me fuí al punto de encuentro para iniciar el Jungle Trail, una excursión que combinaba selva con restos de caminos Incas.
Al llegar a la agencia, pude comprobar que entre todos mis compañeros de camino ( 15) únicamente los guías hablaban español. En un principio me dió bastante palo, pero una vez montados en la furgoneta que nos llevaría hasta el inicio, pensé que sería una buena oportunidad para mejorar mi nivel de Inglés. El grupo lo conformábamos 5 israelitas ( como no), que en contra de la experiencia que tenemos con ellos, eran buena gente, 3 noruegos, una pareja de Oregón, 2 australianos, los dos guías y yo.
Ya desde el primer momento me llevé más con los autralianos y con la pareja, el resto iban bastante a su bola, aunque no era un mal grupo.

El trayecto hasta el inicio del trail estuvo marcada por la niebla, que no permitía ver demasiado al conductor en lo alto de las montañas, aunque parecía no importarle, ya que la velocidad era elevada, y se permitía el lujo de adelantar en zonas que no me atrevería a llamar seguras. Además de este inconveniente climatológico, los desprendimientos continuos de piedras que hay en las carreteras peruanas, provocaban que tuviera que maniobrar para evitar las piedras de la calzada, lo que no ayudaban para nada en la tarea de llevarnos sanos y a salvo hasta el lugar. Con esta situación, y viendo que los guías estaban hechando una siestecita, decidimos restarle importancia y dejarnos en manos de aquel conductor, aunque de vez en cuando la vista se te iba a los precipicios que pasaban a escasos metros.

Llegados al lugar, tomamos la bolsa de picnic que nos dieron, e iniciamos el descenso de la montaña hasta el lugar donde teníamos que pasar la primera noche. Este descenso lo ibamos a realizar en unas bicicletas que llevábamos transportando en lo alto de la furgoneta.
Para ello, siguiendo el consejo del guía y en contra de lo que hicieron los demás, Sean, Keandra ( la pareja americana) y yo, nos pusimos pantalón corto y chanclas para hacerlo. El motivo eran los continuos ríos que tienes que atravasar y en los que te mojabas. Al no llevar mucha ropa de recambio, y solo unos tejanos, era la opción más sensata.
El problema estuvo en la primera fase de los 50 km del recorrido, en los que era una bajada continua, a una velocidad considerable, y con los pies y piernas mojadas. No hace falta que explique el frío que pasé, con todo el viento pegando de frente.

Una vez terminado el descenso y ya en una zona plana en la que teníamos que pedalear, entré en calor y pude secarme con el sol que salía de forma intermitente. Este fué el trayecto más bonito, circulando por caminos de tierra, entre camiones, coches y motos por el medio de la selva, y viendo la realidad de estas personas, que viven alejadas de todo lo que conocemos por vida urbana.

Una vez concluido el día, en el que pasamos por algunos restos Incas, llegamos a una pequeño pueblo llamado Santa Ana, donde nos estaban esperando en un hotal para alojarnos esa noche. Dejadas las cosas en las habitaciones, los guías nos preguntaron si queríamos hacer una partido de futbito contra la gente local en la pequeña cancha municipal de la que disponían. La aceptación fué más bien minoritaria y solo Sean, uno de los australianos y yo, aceptamos el reto.
Ya os podeis imaginar el nivel del americano y del australiano, así que más bien jugamos un 5 contra 3 en el que hicimos lo que pudimos y la verdad esque no desentonamos en absoluto. Al fin y al cabo era pasar un buen rato antes de la hora de la cena, aunque como siempre, si se gana mucho mejor.

Después de la cena, y cuando todos mis compañeros se retiraron a descansar, me quedé haciendo unas cervezas con el dueño del hostal y algunas personas del pueblo ( todos ellos habían participado en el partidito). Hablamos durante horas de fútbol, de la situación en su comunidad, de la falta de oportunidades de sus niños para poder jugar, y les comenté un par de cosas con las que podrían mejorar esa situación. Al final de la noche, conseguí un principio de compromiso de alguno de ellos para convertirse en entrenadores de los pequeños. Era un final muy bueno para el primer día del tour, y me metí en la cama muerto de cansancio para aprovechar al máximo las pocas horas de sueño.

El día siguiente empezó muy temprano, y a las 7 de la mañana ya estábamos tomando un buen desayuno a base de tostadas, tortas y un buen té de coca para la altura. Iniciamos los primeros metros de caminata de las 8 horas que teníamos por delante. El camino lo hicimos entre la selva, aunque eso sí, una selva muy transitada y concurrida, ya que además de dos grupos más de turistas, cada cierto tiempo había gente local en el camino ofreciendo bebida y comida. También existían varias casas donde la gente vivía y cultivaba y que habian encontrado un sobresueldo en ofrecer descanso a los caminantes y de paso vendían sus productos.

Fué en la primera de estas casas donde conocería a los que iban a ser mis compañeros de viaje hasta el final de Perú. Como he dicho, habían otros dos grupos haciendo el mismo trayecto, y uno de ellos estaba formado entre otros, por 4 porteñas/o ( Carla, Carol, Yami y Diego). Como ya viene siendo habitual, mi relación con la mayoría de los argentinos es muy buena, y en este caso no fué una excepción.
Después de intercambiar algunas palabras, nos volvimos a separar, ya que cada guía controlaba su tiempo, y en su caso, los descansos eran muy cortos ya que el ritmo que llevaban era más bien lento. De lo primero que me percaté, y al recordarlo no puedo parar de reir, eran las pintas con las que se presentaron a caminar por la montaña durante todo el día. Y esque incluso Carla se atrevió a lucir un bonito bolso blanco, nada adecuado para la ocasión.

No supe de ellos hasta después de la comida, ya que tuvimos el almuerzo en sitios diferentes. Para comer nos ofrecieron una sopita de primero ( como cada día en Perú), que estaba buenísima, y de segundo algo de carne. Terminados los platos, descansamos un rato en pleno suelo antes de seguir con la caminata.
El siguiente trayecto lo ibamos ha hacer por el camino que utilizaban los Incas para llegar de Machupichu a Cuzco, un camino serpenteante que abrazaba las montañas y en el que te encontrabas con algún cortado de centenares de metros. Fué en este camino donde me volví a cruzar con los argentinos y donde tuve el segundo capítulo gracioso, cuando escuché las siguientes palabras " no entiendo que hacemos pagando 150 dólares para sufrir".
Y esque para las 3 chicas, unas más y otras menos, fué un día duro, ya que no estában acotumbradas a pasar por barrizales, caminar entre ramas o subir muchas escaleras. Sus comentarios y lamentos llegaban a los componentes de los otros grupos.

A partir de ese momento me puse ha hablar con Carla durante un buen rato y practicamente llegamos al final del día, donde nos estaban esperando unas termas de aguas calientes situadas en el meido del valle y al lado del río, en un emplazamiento realmente bonito. Ahí fué donde acabé de conocer al resto del grupo, incluso a su guía, Abigail, toda una personaja.
El día lo terminamos tomando la misma comida de siempre para cenar y haciendo unas cervezas todos los grupos juntos en la única "discoteca" del pueblo, un antro de mucho cuidado.


La última jornada del trail antes de llegar a Machupichu fué quizás el menos bonito, ya que caminamos medio día siguiendo el río hasta llegar al lugar del almuerzo. El día lo volví a pasar exclusivamente con mi grupo, ya que las argenitnas habían salido más tarde y su ritmo, como siempre, era más lento. Una vez comidos, caminamos las últimas horas en busca de la población de Aguas Calientes ( la más cercana a la montaña) por la vía del tren. Esta parte la hice solo, disfrutando del paisaje y de la tranquilidad del lugar.

Al llegar al pueblo, nos pusieron a los australianos y a mi en otro hostal ya que no habían suficientes habitaciones, y coincidió que a las 3 porteñas les pasó lo mismo. Después de ir a cenar todos juntos en el mismo restaurante, y de comprar provisiones para el día siguiente, estuvimos un buen rato los 4 charlando en su habitación. Lo que se dijo en esa noche mejor me lo callo eh chicas...jejejejeje.

Con únicamente 3 horas de sueño, afronté el mejor día de los vividos en Perú. Nos vinieron a despertar a las 4 de la madrugada para iniciar la subida caminando al Machupichu. Las chicas y Diego habían decidido hacerlo en bus, con lo que tenían una hora más para dormir. En mi caso, y en el de la mayoría, llegar caminando era mucho más auténtico y era parte de la experiencia en aquella montaña. Así, y todabía muy de noche, fuimos en grupo hasta el inicio de las escaleras alumbrados con la luz de las linternas de los más previsores. Por supuesto yo no llevaba y esque la previsión es algo que no ha estado muy a la orden del día durante todo el viaje.

Como en los viejos tiempos de juegos de noche en las colonias del colegio, veias pequeñas luces en medio de la montaña. Yo me puse detrás de uno que iba con un frontal y que me permitía ver más o menos donde pisaba. Al inicar las primeras de las 1600 escaleras que separan de la entrada al parque, empecé a pensar que sería bueno llegar el primero, ser la primera persona en llegar arriba. Así, y como no me gusta la competición, me costó poco autoconvencerme y empecé a aumentar un poco el ritmo.
En los primeros tramos fué imposible adelantar, ya que todo el mundo estaba fresco, pero a medida que pasaba el tiempo, la gente iba bajando el ritmo y algunos se paraban en los margenes a coger aire. Cuando los ojos se acostumbraron a la oscuridad ya me fué más fácil subir sin luz.

Poco a poco fuí adelantando a gente de otros grupos, pero al final me fué más difícil ya que habían dos austríacos que habían ido de pro durante los 4 días, con camelbacks, ropa técnica y mirándote con prepotencia cuando te pasaban, que habían salido antes que yo y tenían ventaja. Cuando los alcancé, miraron para atrás y apretaron el ritmo para evitar que los adelantara. Al final se desfondaron y logré pasarlos en el último tramo, devolviéndoles las miradas de los últimos días.
Ahí estaba yo, el primero en llegar a la montaña después de 50 minutos seguidos de escaleras ( interminables), y pude disfrutar por unos minutos ( hasta que llegaron mis amigos austríacos) de la soledad en aquel lugar. El día no pintaba bien, ya que había mucha niebla, que daba un toque de misterio, pero a la vez no daba buenos presajios para tener unas buenas vistas de Machupichu.

Esperamos ahí hasta que abrieron las puertas del parque, y rápidamente nos fuimos ha hacer cola para recoger las entradas del Waynapichu, que es la montaña de al lado y en la que tienen el acceso restringido a 400 personas diarias, y desde la cual se tienen unas vistas espectaculares. En la fila, y como habíamos quedado el día anterior, me encontré con Diego y las chicas y esperamos pacientes hasta tener nuestra entrada.

El siguiente destino fué, entre foto y foto, ir en busca del guía que nos tenía que hacer el tour en castellano durante 2 horas. Nos tocó Ruben, sin duda el mejor guía que he tenido durante todo el viaje. Se notaba que el hombre disfrutaba con su trabajo, explicando todo acerca de la ciudad, de sus 500 habitantes, de su distribución, de la función, etc etc.
Al inicio nos tocó una canción con su flauta Inca, y terminó la visita con un ritual original para, según decía, llenarnos de fuerza. Tanto se metía en el papel, que las 2 horas se convirtieron en 3, y lo terminó porque teníamos las entradas para el Waynapichu sino, creemos que con lo que sabía y transmitía, aún estamos dando vueltas por la ciudad.
Al preguntarle por el clima, nos dijo que no nos preocupáramos, que la lluvia y la niebla se irían y tendríamos un buen día. Era difícil de ceer viendo la situación inicial, pero al final resultaría que tenía bastante razón. Un crack.

La subida al Waynapichu fué una mezcla de dureza y risas. Dureza por la pendiente que tuvimos que salvar durante algo más de una hora, con escalones irregulares y que resvalaban mucho por el agua caida. Y risas por el refunfuñar de las chicas, que tenían un ritmo más bien lento y no dejaban de matar con la mirada. Sobretodo Carol disfrutó con el ascenso, y al llegar a la cima, tenía una expresión en la cara mezcla entre haber visto un fantasma y haber perdido 5 millones de euros en la subida. El resto aguantamos las risas por respeto, pero incluso ahora se me cae la lagrimilla solo de recordar aquella cara.

A pesar de todo, las vistas que teníamos desde ahí, valían la pena por todo lo pasado, incluso para Carol, y la apertura del día hizo que todo aquello fuera simplemente espectacular. Disfrutamos del paisaje un buen rato, tomamos las pertinentes fotos y nos sentamos en un buen lugar a descansar y a comer algo mientras cada uno pensaba en sus cosas. En mi caso, la música me acompañó en aquel momento y lo hizo todo mucho más especial de lo que ya era por si solo.
La bajada también fué pesada, y más con la acumulación de todo el día, pero teníamos la motivación de llegar abajo y poder ver con detenimiento todo lo que el guía nos había explicado por la mañana. Así, nos tiramos otras 3 horas arriba y abajo, viendo construcciones, terrazas, el puente del Inca, y haciendo fotos de todo ello para tener un recuerdo por siempre.

El día había sido largo, eterno, 12 horas de Machupichu matan a cualquiera, y bajé en bus con ellos para evitarme la última media hora, y además porque alargamos la jornada demasiado y fuimos de los últimos en salir del parque, con lo que no quería perder el tren de regreso a Cuzco. Al final un gran día, grandísimo, donde tuvimos la suerte de tener todos los tiempo posibles, con un inicio con niebla que le dió a todo un toque de misterio, pasando por un día con nuves, que dejaban unos paisajes muy bonitos en combinación con las montañas de alrededor, y día casi soleado, donde pudimos ver en prespectiva toda la ciudad.

Una vez en el pueblo, fuimos a recoger los equipajes al hostal, y después de comer algo, nos fuimos en dirección a la estación de tren, donde me volví a encontrar con mi grupo original, y con los que comentamos en el trayecto el día que habíamos pasado.
Llegados a Cuzco, después del tren y de un bus, fuimos a cenar con las chicas y Diego al Mcdonald's y nos retiramos a la cama, quedando para el día siguiente en la plaza de armas para hacer algo de turismo antes de cambiar de destino.

Por suerte, otra vez tenía el dormitorio para mi solo en el hostal, y pude dormir 10 horas seguidas que me sirivieron para recuperar la paliza de los últimos 4 días. A la mañana, me fuí a ver como el Español perdía en el último minuto, y a pesar de la mala leche que me produjo, intenté olvidarme y seguir disfrutando como lo había hecho hasta entonces.
Habíamos quedado al mediodía, justo después del partido, y con la inpuntualidad característica de las argentinas, llegaron 20 minutos tarde. Ellas habían estado desde muy temprano visitando parte de los templos que yo hice en el city tour, y Diego no vino ya que estaba en la excursión del Valle Sagrado.

En la plaza nos encontramos también a Nico ( un chico colombiano que habíamos conocido en Machipichu), a la pareja americana y a los australianos. Nos fuimos todos a comer a un sitio muy típico de la ciudad, donde hacían unos bocadillos de unas dimensiones considerables. Después de la comida, ya me despedí de mis compañeros de grupo y me fuí con Yami, Carol y Carla a dar una vuelta por los sitios que nos faltaban por ver, antes de acabar sentados en un banco de la plaza mirando a la gente pasar y escuchando como las chicas lo criticaban todo, absolutamente todo, y esque ya os tengo dicho que no se puede ser así ;-) .

Ya entrada la tarde, fuimos cada uno a nuestro hostal a preparar las cosas y empezar a ir hacía la estación de buses donde teníamos el pase para ir al lago Titi-kaka. El bus lo habían adelantado 2 horas por no se que huelga, y Diego tuvo que llegar literalmente corriendo con la mochila a cuestas para no perderlo. Suerte que estábamos nosotros arriba gestionando una demora en la partida.
En la estación, también nos encontramos a dos cordobeses ( de Argentina) que también habíamos conocido en Machupichu y que tenían el mismo destino que nosotros, la ciudad de Puno. Los dos primos, Martín y Gonzalo acabarían por unirse al grupo argentino-español durante nuestra estancia allí. Para el viaje en bus, y como yo estaba solo, Carla cambió el sitio con otro pasajero y pudimos estar toda la noche charlando de mil cosas que la verdad, tampoco vienen al caso, pero fué una gran compañía.

Llegamos a Puno a eso de las 4 de la madrugada, sin hostel y sin saber realmente a donde ir. A priori a mi me tenía que venir a buscar una persona de la agencia donde había contratado la excusrión, pero ahí no había nadie. Así que pillamos a la primera señora que ofrecía hoteles y le negociamos un precio por los 7 y para las 3 o 4 horas que ibamos a dormir.
También esta señora vendía las excursiones a las isals del lago, así que como yo aún no había pagado nada de la mía, nos apuntamos todos juntos y fuimos a pegar un sueñecito corto. A mi me tocó dormir con Diego ( ya sé que te gustó tontorrón) en una cama de matrimonio.

Por la mañana nos despertó el hombre que en teoría tenía que haberme esperado la noche anterior en la estación, y al decirle que ya lo tenía contratado, que era su problema no haber estado a la hora y en el lugar, se me puso como una fiera. Lo cierto esque no tengo ni idea de como me encontró, pero lo hizo.
Después de un pequeño rifi rafe, y de estar sentado en la recepción más de media hora, se dió cuenta de que no tenía nada que hacer y desapareció del mapa.

Empezamos lo que iba a ser mi último destino en tierras peruanas, en un tour de 2 días y una noche por las diferentes islas que componen el lago navegable más alto del mundo. Como no podía ser de otra manera, nos metieron a los 7, juntos con otros tantos pasajeros más en una barca y, con el guía más pesado, insoportable e irritante que nos habíamos encontrado nunca, nos dirigimos al primero de los destinos, las islas flotantes.

Bajamos de la lancha, nos hicieron una pequeña explicación del estilo de vida de esa gente, del porque vivían allí, de la forma de construcción de las islas y nos subieron en una barca típica donde nos llevaron a remo hasta otra de las islas. En la barca, Martín desmostró que lo de remar no es lo suyo.
Terminado el tour por estas islas flotantes, pusimos rumbo a la isla de Amantaní, donde ibamos a pasar la noche, y en la que tendríamos toda la tarde para conocer. Para llegar allá tardamos un par de horas, que gastamos intentando dormir, hablando de cualquier tontería y tomando el aire en la cubierta de la barquita.

Cuando llegamos a la isla en cuestión, el pesado del guía, con las gracias con las que nos tenía acostumbrados todo el día, dividió a la gente en grupos y los envió a sus casas. Y esque en esta ocasión no dormiamos en ningún hostal o hotel, ya que la isla no lo tiene, solo son casas de gente local que se dedican al cultivo de diferentes vegetales y crianza de animales para la supervivencia.
Así, las 3 chicas se fueron por un lado, y a nosotros 4 nos tocó a Jenny, una chica de 25 años que sería la encargada de cuidar de nosotros aquella noche. Ella era la menor de 5 hermanos, y la única que vivía aún en la isla con sus padres. Toda la población joven, igual que ella cuando se case, se van a las grandes ciudades en busca de otra vida.

Todas las mujeres iban a recibir a los turistas con sus vestidos típicos y, como nos explicó ella más tarde, el turismo se había convertido en una actividad que les daba un ingreso extra para poder comprarse alguna cosas.
Total, subimos la cuesta que separaba el muelle de su casa, que no fué tarea fácil por los 4.000 metros de altura, y nos acomodamos en dos habitaciones dobles.
Ya pronto nos dimos cuenta de que la vida ahí era muy diferente, de que vivían en otro mundo, de que carecían de lo que nosotros podríamos considerar básico, aunque para ellos no lo es. Me refiero por ejemplo a la falta de luz artificial, a la falta de agua caliente, al estado del lavabo....Todas estas cosas hicieron que durante aquel día pudiéramos vivir de primera mano como vive la gente en estos lugares, y poder darnos cuenta de que también se puede vivir sin todas esas cosas que nosotros consideramos imprescindibles.

Por la tarde, y según las instrucciones de nuestro guía, teníamos que ir hacía el campo de fútbol ( que no falte), para hacer un partido con la gente local. Como buenos aficionados al fútbol y viniendo de dos paises donde es el deporte rey, teníamos los 4 muchas ganas de hechar una pachanguita a 4.000 metros. Cual fué nuestra sorpresa, que ahí estábamos nosostros preparados con nuestros pantalones cortos, esperando al rival, y va el hijo puta del guía ( ahí ya rompimos peras con el) y nos dice que el equipo rival son las mujeres de las casas donde nos alojábamos.
No es por machista, pero aquello era una broma, 10 o 12 mujeres vestidas con faldas y mantones y calzando chanclas eran nuestro rival. Obviamente nos volvimos a poner lo tejanos, pegamos un par de miradas asesinas al capullo del guía y nos fuimos con las chicas a dar una vuelta por la isla. Y esque el fútbol se merece un respeto.

La vueltecita no estuvo mal, y al llegar arriba de la única montaña, había un hombre cocinando churros caseros que supieron a gloria. Terminado la excursioncita, y ya de vuelta en casa de Jenny, nos preparamos para la cena, que iba a tener lo mismo de primer plato que en el almuerzo, una buenísima sopa casera bien calentita que nos dejó como nuevos.
Acabada la cena, había llegado el momento de la "gran fiesta" que nos tenían montada en el local social. Jenny nos dió la indumentaria típica de la zona y, a pesar de la tormenta que había empezado , nos adentramos en los caminos de tierra y piedras de la comunidad para llegar allí. Con la única iluminación de una linternita, os podeis imaginar la de veces que metimos los pies en charcos, barro y riachuelos. A pesar de todo, estubo divertido, llegamos ahí y hechamos unas risas con las chicas y bailamos un poco de música popular antes de tomar el camino de vuelta.

A la mañana siguiente no me pude poner las bambas porque estaban empapadas de la noche anterior, y pasé el día con las chanclas de arriba para abajo.
Después de desayunar, nos dirigimos al muelle, nos despedimos de la que había sido nuestra anfitriona durante un día e iniciamos el camino hacía la última isla del recorrido. En esta, tenían un sistema mucho más abierto, en donde disponían de más comodidades, y de la que no se iba todo el mundo. Estuvimos paseando en ella toda la mañana hasta la hora de la comida, en la que nos sirvieron un salmón bastante bueno y tomamos el camino de regreso a Puno en la lancha. Como veis, mi resumen de esa visita es muy breve, y esque ya estábamos hasta las narices del guía y fuimos muy a nuestra bola.

Llegados a Puno de vuelta, fuimos directamente a comprar los billetes para nuestros próximos destinos, en mi caso Lima, en el de los primos Arequipa y Diego y las chicas Bolivia. Como el bus a Bolivia no salía hasta el día siguiente, tuvieron que quedrase una noche más en el hotel, lo que fué muy bien para que nos pudiérmaos pegar una ducha, y esque como es de suponer, en el agua congelada de la isla nadie se atrevió ha hacerlo.
Bien duchaditos y limpios, fuimos a merendar todos juntos en lo que iba a ser nuestra despedida ya que el primero en marchar era yo. Así, de nuevo llegaba la hora del adiós, y con mucha pena, pero intentando demostrarlo lo mínimo posible, les di un abrazo a cada uno y con un hasta la vista se terminó nuestra andadura juntos. Y ya sabéis chicos, ya podéis ahorrar para venir a verme a Barcelona....jejeje

Me dirigí a la estación de autobuses con la mirada puesta ya en mi siguiente destino, pero sabiendo que me quedaban 18 horas, que al final como siempre fueron más por los retrasos ( 25), y una larga espera en el aeropuerto de Lima. Al final, como todo en esta vida, acaba llegando, y allí estaba yo subiendo al avión que me iba a cambiar de país, de continente y de mundo.



Aquí están las fotos:

http://picasaweb.google.com/guillermo.de.prada2/PeruBarbe#

Y un video de regalo:

http://www.youtube.com/watch?v=O_iQ0pkPW6s

Un abrazo. Barbe.

viernes, 10 de abril de 2009

Brasil II

Las afueras de Salvador de Bahía, en las que se encuentra su aeropuerto, no son demasiado acogedoras. Desde el mismo momento en que cruzamos las puertas automáticas de éste nos encontramos con un ambiente hostil en el que predominaban los hombres de color (todos los salvadoreños lo son) cuya mirada estaba sospechosamente puesta en nuestras mochilas.

Con la inseguridad de quien se siente maliciosamente observado nos subimos a un autobús rumbo al puerto de Salvador, desde donde nuestra intención era embarcar en un ferry que nos llevase a Morro de Sao Paulo, una isla cercana en la que planeábamos pasar los días previos al carnaval. Sanos y salvos llegamos al puerto, aunque con la mala fortuna (también conocida como mala planificación) de haber perdido el último ferry del día hacia Morro de Sao Paulo. Obligados a hacer noche en el mismo Salvador, buscamos un hostal en el barrio de Pelourinho, el más célebre, y allí nos afincamos por una noche.

Ya en nuestra primera noche en Salvador no fue difícil darse cuenta de que se trataba de la ciudad más peligrosa en la que hemos estado. Rio de Janeiro puede tener más fama de peligrosa, pero en Salvador el peligro está mucho más a pie de calle. Pelourinho, en concreto, que es la zona más antigua y famosa y que está elevada unos 50 metros por encima del resto de la ciudad (se llega en ascensor), es el lugar de trabajo de decenas de pillos mangantes (gran parte de ellos son niños) que te meten las manos en los bolsillos al más mínimo despiste.

En uno de nuestros callejeos, seguramente el más precabido en nueve meses, nos encontramos a un grupo de estudiantes de arquitectura de Pamplona que estaban de parranda por allí. La patria une, por lo que acabamos compartiendo unas copas con ellos.

A la mañana siguiente recogimos nuestra casa ambulante y pusimos rumbo a Morro de Sao Paulo con un dia de retraso. Morro está a unas dos horas y poco de barco desde Salvador, aunque el viaje se hace bastante eterno cuando hay oleaje; lo cual fué, obviamente, el caso.

En Morro nos hospedamos en una habitación de tres con el mejor lavabo que hemos tenido en nueve meses. La tercera en discordia, Maria del Rosario, una colombiana (sí Michelle, otra) con la que compartimos nuestra primera noche en la isla.

La vida en Morro consistió en playa, playa, playa, y salir de caipirinhas por los garitos de la playa. A través de Maria del Rosario conocimos a Mili y Stella, dos argentinas bastante liantas, con la que hicimos muy buenas migas. Y sin recordar demasiado bien cómo, cerramos el grupo con cuatro italianos muy cachondos: Fabio (Disc Jockey milanés, del Milan), Marco (personaje sin igual milanés, del Inter) y Stefano (taxista de no sabemos dónde, pero de la Juve) y otro cuyo nombre no recordamos (en el momento en que escribimos estas lineas ha pasado ya más de un mes desde aquello) pero que se jactaba de decirnos que había trabajado en uno de los cientos de Carrefours que debe de haber en Madrid.

En Morro sacamos a relucir nuestras palas y nuestra habilidad en su manejo para intentar impresionar (o para dejar que nos descartaran por flipados) a argentinas e israelitas por igual. Y decimos israelitas porque, como viene siendo costumbre, la población de la isla la conformaban dos españoles, dos argentinas, una colombiana, cuatro italianos y medio ejército de Israel.

Caipirinha tras caipirinha, hicimos gran amistad con el grupito, así que, de vuelta a Salvador, Mili y Stella se unieron a nosotros, o nosotros a ellas, ya que iban a pasar la primera noche del carnaval también en Salvador. Esta vez nos hospedamos en el hostal (bastante cutre, por cierto) de un señor gallego la mar de majete, también en el barrio de Pelourinho. Uno de sus empleados nos recomendó una habitación con ventana a lo que inocentemente accedimos sin rechistar. Craso error; a las 15 de la tarde empezaba a sonar una música carnavalesca más que atronadora que no cesaba hasta pasadas las 4 de la mañana. Así que a falta de poder disfrurtar de un sueño profundo sólo nos quedaba pasar la noche de parranda ;)

A grandes rasgos, hay tres formas de pasar el carnaval en Salvador: la primera es unirse a un bloco, una de esas procesiones de gente que baila y baila sin parar tras una carroza en la que algún cantante de moda (el Bisbal de turno, para entendernos) canta uno tras otro los éxitos del momento. Opción divertida,
pero cara; la segunda es pasar la noche en un camarote, una especie de palcos enormes desde donde se ven pasar todas los blocos con sus respectivos cantantes de moda y su marabunta de seguidores incondicionales que siguen sus pasos por todo Salvador. Opción menos divertida que el bloco pero
también menos cara; la tercera y, hasta donde nosotros sabemos, última opción, es ir por libre y dejarse de blocos o camarotes. Es la opción más incierta. Incierta porque puede resultar en una noche espectacular o una más bien aburrida. Incierta también porque no sabes cuántas veces vas a pisar un charco de sustancias que no cabe mencionar aqui y ahora. E incierta porque no sabes cuántas veces te van a intentar meter las manos en los bolsillos sin tu consentimiento. Lo de ir por libre es un tanto peligroso si no se va con pies de plomo.

En nuestra primera noche nos decantamos por la opción intermedia: el camarote. Mili y Stella ya tenían sus entradas desde hacía días, así que al ir con ellas no tuvimos demasiado que decidir. Divertido o no, lo del carnaval es un auténtico show. Cada camarote (al igual que cada bloco) tiene su propio nombre, su propio logo, y su propia camiseta (a cual más hortera), la cual hay que vestir obligatoriamente (esto es duro) para entrar al camarote. Así que armados de valor nos pusimos las camisetas más terroríficas que jamás hayamos vestido y nos fuimos al bloco con Stella y Mili.

Y allí estuvimos, horas y horas de bailoteo viendo pasar carrozas y carrozas a 3km/h y gritando como si fuéramos los fans número uno de unos cantantes a quienes ni siquiera conocíamos. Aunque el camarote no se llenó, el ambiente y la música fué digno del carnaval más famoso del mundo (en Brasil el carnaval de Salvador es mucho más famoso que el de Rio). Y aunque no somos grandes adeptos a la música brasilera, algunos de los hits del carnaval resonarán en nuestros tímpanos durante varios meses.

El resto de noches, ya sin Mili y Stella, las pasamos por nuestra cuenta en el barrio de Barra, el más movidito en todos los sentidos. Nos hubiera gustado unirnos a algún bloco o camarote pero el bolsillo no lo permitió. De hecho, nos colamos momentáneamente en varios, pero unos seguratas muy atentos nos sacaron a empujones una y otra vez. Sinceramente, no fueron grandes noches. El ir por cuenta propia implica estar más pendiente de que no te roben que del propio carnaval, así poco hubo que disfrutar. Aún así, nos vimos obligados a salir noche tras noche; con tanto ruido era inútil tratar de dormir.

De Salvador volamos hasta Fortaleza para allí coger el autobús que nos llevaría hasta Jericoacoara, un pueblito costero que nos habían archirecomendado Pablo y Jacobo, nuestros colegas de viaje en Asia (Pavel, Jacobs, vuestros consejos van a misa). Tras cinco horas bastante insoportables de bus (lluvia y carreteras de tierra nos suelen ser buena combinación) llegamos a esta poco más que aldea con un encanto muy particular.

Nada más bajar del autobús nos asediaron todo tipo de dueños de hostales entre los que rápidamente reconocimos una voz española; la de Elena, una barcelonesa que desde hacía dos años había montado su propio chiringuito en aquél recóndito paraje brasileño y a la que obvamiente dimos preferecia a la hora de hospedarnos.

Jericoacoara (o Jeri, como se la conoce en Brasil) es un pueblecito pesquero con unas dunas impresionantes, una playa de 3 metros de ancho cuando la marea está alta y de 200 cuando está baja. ¿Qué hicimos en Jeri? Pues ir a la playa cuando el tiempo lo permitió, comer más pescado que de costumbre, jugar unas grandes partidas de ajedrez, ver luchas de capoeira en la arena, montar a caballo por la playa...lo típico. (Jocobs, Pavel, sabemos que nos caerán críticas de la comunidad backpacker por lo del caballo, pero es que por 3 euros/dos horas no pudimos rechazarlo...). Cierto es que montar a caballo por una playa casi desierta fué divertido, pero más cierto es que pecamos de novatos montando en bañador y descalzos en plan el último Mohicano y que nos hicimos unas heridas en el culo que nos duraron varios días.



Además de estas actividades tan estresantes, Prada le regaló por sorpresa a Barbe una excursión en bugy por su cumpleaños. Un bugy es un 4x4 pequeño que puede conducir por las dunas a toda pastilla. Aunque uno no puede conducir (lo hizo un guía con el curioso nombre de Chismoso) la experiencia fué muy divertida. El tal Chismoso nos dió un paseo de más de cuatro horas en el que vimos desde caballitos de mar hasta una familia de cerdos bastante curiosa.



La comida de tan señalada fecha consistió en pescado a la plancha con todo tipo de condimento en un restaurante flotante.

Poco más hicmos en Jericoacoara. El resto fué charlar con Dani y Patri, el ripollenc y la gallega que Prada conoció en el Chaltén y que de casualidad volvimos a encontrarnos en el hostal de Elena. Cinco españoles en un hostal con capacidad para apenas quince personas. Adivina, adivinanza, ¿de dónde era el resto? Pista: empieza por "i" y sigue por "s".

Dejamos Jericoacoara en el primer autobús de la mañana (a eso de las 7) con destino al aeropuerto de Fortaleza para allí dividir nuestros caminos; uno a Perú y otro a Bolivia. Barbe tenía ya un billete Fortaleza-Sao Paulo para desde allí coger un avión hasta Lima. Prada no tenía ni idea de como llegar hasta Bolivia, así que se dirigió a Fortaleza con la esperanza de encontrar algún vuelo barato hacia La Paz, una de las pocas ciudades bolivianas que no se encontraban bajo alerta médica por el brote de dengue (algo parecido a la malaria) que por aquellas fechas afectó a casi todo el país.

Llegamos a Fortaleza tras cinco horas de bus por carreteras impracticables para enseguida darnos cuenta de lo de volar directamente a La Paz iba a salirle a Prada por un ojo de la cara, por lo que éste compró el billete más barato a Sao Paulo (con doble escala) para ya allí hacerse con un billete a Paz, opción, esperábamos, algo más barata.. Tras una espera tremenda en el aeropuerto de Fortaleza cogimos nuestros respectivos aviones hacia Sao Paulo a eso de las 10 de la noche (recordemos que habíamos empezado el viaje sobre las 7 de la mañana). Barbe voló directamente hasta Sao Paulo, a donde llegó de madrugada y aprovecho para dormir unas horas en el cómodo suelo de piedra del aeropuerto. Prada llegó a Sao Paulo por la mañana después de haber tardado ocho horas en hacer un trayecto que no suele demorarse más de tres y después de haber hecho escala en Recife y en el propio Salvador.

Reunidos de nuevo, Barbe sólo tenía que esperar hasta la hora de su vuelo a Lima, a media tarde. Prada, por su parte, tenía que conseguir un billete a La Paz a precio asequible. Si no lo hacía, treinta horas de autobús le esperarían, cosa no demasiado apetecible tras más de veinticuatro horas de viaje de Jericoacoara a Sao Paulo.

A la desesperada, los dos nos dirigimos al mostrador de Iberia en el aeropuerto de Sao Paulo para ver si Prada podía añadir un vuelo a su billete de vuelta al mundo por un precio más económico que comprando un billete suelto. Y nos pusimos tan incisivos, tan, tan pesados y tan exageradamente indignados (con nada, en realidad) que a Prada le acabaron dando un billete a La Paz, totalmente gratis. Oh, yeah.

Así que uno a media tarde y otro a última hora del día, partimos rumbos. Despedida triste en la puerta de embarque; se acabó nuestro viaje juntos. A partir de ese momento haríamos casi la misma ruta pero a tiempos diferentes, ya que Barbe irá a Cuba después de Estados Unidos y Prada irá a Bolivia (ya ha ido, de hecho) antes de ir a Perú.

Han sido nueve meses de viaje juntos; risas, peleas, confidencias, enfados, más risas...convivencia, al fin y al cabo. Ha sido muy grande. La próxima vez que nos veamos, ya estaremos de vuelta en casa. Cada día queda un poco menos y ya casi empeamos a contar semanas en lugar de meses. Más tarde empezaremos a contar días, horas…y sin casi darnos cuenta ya estaremos en casa.

Así, éste es nuestro último post conjunto. Seguiremos escribiendo en este blog, aunque ya por separado hasta el final, cada uno a su ritmo.

Ahí van las fotos:

http://picasaweb.google.com/guillermo.de.prada2/BrasilII#

Hasta dentro de poco.

Un abrazo,

Barbe y Prada

jueves, 2 de abril de 2009

Brasil I

Prada llegó primero a la ciudad de Sao Paulo, procedente del norte argentino. De esta manera, se encargó de buscar hostal y de comunicarle a Barbe cual sería el punto de encuentro. Este llegó más tarde de lo previsto por el restraso en el vuelo y por la lentitud de los servicios aduaneros brasileños.
Al final, llegó el reencuentro, y después de un abrazo, nos pusimos a contar algunas cosas de nuestros días en solitario; aquella misma noche ya empezamos a diseñar lo que sería nuestro plan de visita por Brasil, cual serían los sitios imprescindibles de ver, cual sería el calendario, etc, etc.
Con esta premisa, gastamos los 2 días en la ciudad planeando y cerrando los destinos. Después de mirar alguna alternativa, nos decidimos por comprar billetes de avión, que nos ahorrarían muchos días de viaje, nos permitirían ver más cosas y al fin y al cabo no costaban mucho más caros. Con el único condicionante del carnaval, que lo queríamos pasar en Salvador de Bahía, cerramos las fechas de los vuelos con la compañía local, y fuimos a confirmar algunos cambios de nuestro billete de la vuelta al mundo.
Por este motivo, no podemos decir que seamos unos grandes conocedores de Sao Paulo, ya que nos limitamos a pasear por la avenida principal donde estaban todas las compañías aéreas.
También en esta avenida, Barbe aprovechó para comprarse en un bazar de electrónica china, una cámara de fotos para reemplazar la que le robaron. El precio era de imitación, aunque las prestaciones eran exactamente las mismas, así que tanto si original o no, tanto daba, no iba a pagar 3 veces más con el riesgo elevado de que no llegue a Barcelona.
En uno de los trayectos en metro, que hicimos del hostal al centro, nos percatamos de lo que mucha gente nos había advertido y que a la larga confirmaríamos: Brasil no es demasiado seguro. Y es que no nos pasó nada en particular, pero aquella mañana, al ir a pagar el ticket del metro, nos cruzamos con el servicio de seguridad privada que recoge el dinero. Iban 3 hombres, y justo antes de entrar, sacaron las pistolas de las fundas, pusieron su dedo en el gatillo, y mientras dos estaban dentro de la taquilla blindada, el otro esperaba en la esquina por donde tendrían que salir sus compañeros, observando si se acercaba alguien sospechoso. Como dato, nos quedamos con las dimensiones de la pistola de uno de ellos, que parecía más un bazoca.

A nuestro siguiente destino llegaríamos por bus, y después de pasar toda la noche en él, amanecimos en Florianópolis, una isla al sur del país y conocida por sus playas. Mucha gente nos había hablado de este sitio, y fué por eso que nos decidimos. Al llegar, nos dirigimos a un hostal que teníamos contratado desde Sao Paulo. Fuimos directamente en dirección a la playa. En el camino al bus, nos encontramos con un tipo curioso, una especie de guía turístico autónomo que se dedicaba a buscar alojamiento a los turistas; bueno, alojamiento y lo que le pidieras, y es que como decía él, un guía tiene que conseguirle todo al turista.
Con este personaje, quedamos que a la mañana siguiente nos vendría a buscar al hostal y nos llevaría a "barra de lagoa" ( barra del lago), que según él, era el sitio con la mejor playa y con más tranquilidad. Antes de comprobarlo, pasamos el día en otra de las playas de la isla, y al llegar a la arena, poner nuestro parasol alquilado y nuestras toallas, nos dimos cuenta de que el mito de los tangas brasileños no es ninguna fantasía, y que todas ellas vestían pequeños hilitos que tapaban más bien poco y dejaban casi nada a la imaginación. Eso sí, ninguna hacía topless, y es que se ve que por estos mundos está mal visto que enseñes demasiado por arriba pero no que vayas casi en pelotas por abajo.
Después de pasar el día entre bañitos, sol y para que engañarnos, alguna miradita, pusimos rumbo de regreso al hostal en lo que había sido un día perfecto y añorado de playa.

Al día siguiente, y a la hora que habíamos quedado, se presentó nuestro guía particular con su coche para llevarnos a esa maravillosa playa que había dicho. Nos ofreció varios apartamentos a un precio realmente económico, y después de decidirnos por uno que tenía salón-comedor-dormitorio con cocina, una habitación y un baño, sorteamos quien dormiría en el sofá-cama del comedor, y nos dispusimos a pasar unos días en nuestro peculiar apartamento de la playa. Y es que después de tantos meses de hostales, siempre da gusto sentirte que llegas a casa.
La propietaria de la casa era la señora Indalecia, una abuelita la mar de agradable que nos hizo la estancia muy cómoda. Como no podía ser de otra manera, adjuntamos foto suya.
Lo primero que hicimos fué ir a comprar unas palas de playa, para poder mejorar nuestro nivel, hacer un poco de deporte, y tener algo que hacer en las horas de playa. Aquellas palas se convirtieron en nuestras amigas inseparables, e iban con nosotros a todos lados durante nuestra estancia allí. Tanto cariño les cogimos, que al final siguieron nuestro camino por todo Brasil.
Además de jugar a las palas, también tuvimos tiempo de pasear por la playa, leer un poquito ( muy poquito), ir a visitar unas dunas cercanas donde Prada probó el snowsand, el cual era divertido la bajada, pero la subida era más bien pesadita.
Durante las tardes, nos conectábamos a internet para conocer las novedades en casa y también para matar el tiempo mientras se hacía la hora de cenar. En uno de estos sitios de internet conocimos a dos españolas, para ser más exactos a dos gavanenques, y al saber que Barbe vivía también en Gavà, empezamos a charlar sobre el pueblo.

Aquella misma noche, nosotros teníamos previsto ir de fiesta a una población que estaba en la otra punta de isla, de nombre Canasvieiras, de la que la gente hablaba maravillas. La verdad es que después de tanta tranquilidad, un poco de movimiento ya nos apetecía, y la noche anterior había sido un auténtico fracaso en una zona cercana. Invitamos a nuestras dos nuevas amigas, Bea y Patricia a que nos acompañaran, y después de decirles donde quedaba nuestra humilde morada, nos fuimos a acicalarnos mientras las esperábamos. Después de esperar un rato y ver que no venían, nos decidimos a irnos solos, ya que pensábamos que se habían arrepentido ( luego resultó que llegaron más tarde). Aquí empezaba una de las noches más curiosas de todo el viaje.....
El bus que nos llevaba directo y que tardaba "sólo" una hora, lo perdimos por 5 minutos, así que tuvimos que preguntar a un hombre del pueblo por otras alternativas de transporte. Nos dijo que teníamos que ir hasta el centro, y ahi cambiar el bus hasta nuestro destino, que nos demoraría una hora y media. Pensamos que media hora más no era para tanto, y ya que estábamos preparados, nos decidimos.
El primero de los buses, nos llevó de nuestra playa hasta el lago, desde donde teníamos que cambiar de bus para ir al centro. Este segundo bus tardó unos minutos, pero nuestra moral aún estaba intacta, al fin y al cabo nos ibamos a la gran Canasvieiras. Llegamos al centro, y se suponía que desde ahí teníamos un bus directo, pero nos dijeron que no, que aún teníamos que hacer más transbordos. Al final de todo, un total de 5 buses y algo más de dos horas nos dejaron en el centro de la fiesta.
Evidentemente ya estábamos algo cansados por todo el trayecto, pero después de preguntar a algunas de las chicas que estában en la calle promocionando los locales, nos decidimos por uno y nos pusimos en la cola. Fué ahí donde conoceríamos a nuestras "compañeras" de noche, dos argentinas de Mendoza que estaban, como otros tantos miles de sus compatriotas, pasando las vacaciones en las playas brasileras ( y es que recordamos que las playas argentinas dejan bastante que desear, además de ser mucho más caro para ellos).
Lo primero curioso de las chicas fué la actitud hacía nosotros, y es que se pensaban que éramos 2 argentinos imitando el acento español para intentar ligar con ellas. Después de la evidente sorpresa ( ¡ argentinos!), intentamos convencerlas de que no lo éramos, aunque sinceramente no sabemos si lo conseguimos demasiado, ya que horas después seguían con la historia. Así pues, nos metimos en el antro. Después de un rato entre humo y multitud nos fuimos a la terraza del club a charlar de nuevo con ellas.
Lo cierto esque la noche no dió para mucho más, ya que las chicas eran de lo más rarito que nos hemos encontrado. Una era tan religiosa y debota que parecía medio monja, además de ser una sobrada, y la otra intentaba sin éxito ligarse a alguno de sus nuevos amigos hispano-argentinos. Total, después de acabar los típicos temas de conversación, tocó hora de retirada, y ya cansados por los días interminables de playa, tomamos el camino de la cama. No fué tampoco fácil llegar a ella, y esque el bus se demoró casi hora y media en llegar a nuestra acojedora villa de pescadores. Llegaba el final de lo que había sido sin duda, la noche de fiesta con más horas de desplazamiento en nuestras vidas.

Después de nuestra noche frustrada, y de recuperar fuerzas, nos levantamos y nos dirigimos, como cada día, hacía la playa. Allá nos encontramos a nuestras amigas las gavanenques, que nos explicaron que cuando nos fueron a buscar el día anterior, ya no estábamos.
El día con ellas dió para mucho, y es que, otra vez casualidades de la vida, al nombrar en una ocasión el nombre de Prada, Patri preguntó si era hijo del secretario del ayuntamiento de Gavá. Total, ella trabajó antes de su viaje en el ayuntamiento del pueblo, junto con el padre de Prada, y este le había hablado de nosotros en varias ocasiones, llegando a leer e incluso a escribir en nuestro humilde blog; de nuevo el mundo se hacía pequeño.
Con la evidente conversación alrededor del ayuntamiento y de sus trabajadores, el día pasó rápido, y llegó el momento de la cena. Quedamos en ir los 4 juntos, y se ofrecieron ha hacer una tortilla de patatas ¡que tanto echábamos de menos!. Así que compramos todo lo necesario y nos fuimos a nuestro apartamento para cocinar. Después de tanto tiempo sin probar la tortilla, a uno se le hace la boca agua, y a pesar de no disponer de aceite de oliva, el sabor fué extraordinario. Fué una gran despedida con un buen sabor de boca, que hacía terminar nuestros días en florianópolis.

Al día siguiente llegó la hora de ir tirando al aeropuesto para cambiar de aires hacia Río de Janeiro. Como ya habíamos comprobado la noche que nos fuimos de fiesta, el servicio de buses no era el mejor del mundo, así que tardamos más de lo previsto en llegar, y como en la ocasión anterior, tuvimos que coger 4 buses. Otra odisea, pero allá estabábamos, esperando el avión que nos llevaría a la ciudad más conocida del país.
El vuelo fué sin problemas, y al llegar nos dirigimos al hotel que teníamos reservado para la primera noche y que venía incluido dentro del precio de los billetes de avión. Después de mucho tiempo tuvimos una habitación individual en un hotel de categoría aceptable para recuperar fuerzas.
Lo primero que hicimos después de dejar las mochilas, fué ir al estadio de Maracaná con el objetivo de comprar entradas para el partido de aquella noche entre el Flamengo y el Boavista, aunque la verdad esque los equipos eran lo de menos, lo que realmente importaba era ver un partido en aquel campo, probablemente el más famoso del mundo.
Una vez pillado el pertinente metro, nos llevo directamente al campo, y nada más salir, ya nos dimos cuenta de que no era el barrio más glamuroso de la ciudad. Cuando estábamos llegando a las taquilla, se nos acercaron un par de individuos con pintas nada agradables y diciendo algo que no quisimos descifrar, únicamente caminamos más rápido para poder llegar a nuestro objetivo. Una vez adquiridas, y aconsejados por un aficionado local que también estaba comparando entradas, nos fuimos rápido del lugar, sin mirar atrás y sin hacer caso a nada de lo que nos decian. Hubo uno de ellos que nos siguió un centenar de metros, pero por suerte no tuvimos ningún problema. Con las entradas en el bolsillo, y con la sensación de inseguridad que nos había producido nuestro primer contacto con la ciudad, nos volvimos al hotel para dormir un rato y esperar a la noche.
Antes de irnos al gran Maracaná tuvimos que pasar por el hostal en el que nos quedaríamos el resto de las noches para reservarlo, situado en el barrio de Botafogo. Después, de nuevo al metro para ir rápido al campo.
Ya en el vagón, pudimos sentirnos más tranquilos al vernos rodeados por otros tantos turitas que tenían el mismo destino que nosotros, y aunque en el hotel nos habían dicho que no llevaramos cámara ni nada de valor, vimos como el resto lo habían hecho. Al final no fué tan peligroso como nos imaginábamos, y perdimos la oportunidad de tener unas buenas fotos dentro del estadio, pero nuestro encuentro matinal en las taquillas nos había jugado una mala pasada.
El partido en sí no tuvo absolutamente nada de especial; bueno sí, que fué un tostón de mucho cuidado, y es que ver fútbol sin emoción entre dos equipos que no practicaban un buen fútbol, aburren a cualquiera. Únicamente hubieron 2 motivaciones; ver a Jonatás Domingos ( ex español) haciendo el vago como siempre, y escuchar a los pocos seguidores que se habían desplazado al campo tocar los tambores a ritmo de samba durante los 90 minutos de partido. Y es que en toda Sudamérica, la afición al deporte rey es mucho mayor y la gente lo vive muchísimo más. Lástima que no nos hubiera tocado un partido con las gradas llenas, ya que habría sido espectacular.
Así, vimos el empate a 2 junto a los otras 15 mil personas ( en campo de 80.000), y nos fuimos con la sensación de saber que habíamos sido testigos de un partido en aquel santuario del fútbol, pero que esperábamos mucho más, tanto del juego ofrecido como de la cantidad de gente que asisitiría.

Al día siguiente por la mañana, nos cambiamos del hotel al hostal, y nos fuimos a conocer la famosísima playa de Copacabana y la de Ipanema. Para ello, y en línea con lo que hemos hecho durante todo el viaje, decidimos ir caminando para ver un poco la zona, conocer mejor el sitio y además, para ahorrarnos algun dinerillo en el transporte público.
Después de un par de horas, pasados algunos túneles y recorridos algunos barrios ( más tarde nos enteramos que no muy seguros), llegamos a la playa, y como de costumbre, con nuestra mala suerte habitual con el tiempo, se puso a llover, primero cuatro gotas y después un buen chaparrón que hizo que nos tuviéramos que refugiar en un bar a tomar un helado mientras la tormenta pasaba.
Ya desistidos de ver nada aquel día, nos fuimos en busca del bus que nos llevara al hostal. Éste, tardó más de una hora en llegar a Botafogo e hizo que nos pusiéramos de los nervios. El día lo rematamos comiendo una pizza de bastante nivel que servían justo en frente del hostal y nos retiramos a descansar.

En la hora del desayuno conocimos a una pareja de españoles muy peculiares, un catalan y una valenciana, que estaban viajando por Brasil desde hacía unos meses y que conocían muy bien la ciudad. Después de convivir unos días con ellos, nos dimos cuenta de lo personajes y raritos que eran, sobretodo él.
Apreciaciones a parte, empezamos ha hablar aquella mañana, y nos dijeron que ellos iban a tomar unas fotografías a una favela. Y esque ella era "fotógrafa", y estaba haciendo un trabajo sobre los niños y las cometas que utilizan para jugar. Y sí, hemos puesto "fotógrafa" entre comillas porque, y con todos nuestros respetos, no necesitas gastar el dinero y el tiempo que ella gastó en cursos para sacar las fotos que hacía, pero bueno, fuimos políticamente correctos y nunca le dijimos la verdad. Esperemos que nunca encuentre nuestro blog por la red. Volviendo al tema, les dijimos que si les podíamos acompañar aquella mañana, a lo que accedieron sin problema alguno.
Ahí estabámos nosotros, caminando hacía lo que la gente nos había dicho que no hiciéramos, ir a una favela sin tour, pero de esta manera era mucho más auténtico. De todas formas, ibámos a una que estaba controlada por la policía desde hacía unos meses, y como nos dijeron posteriormente los locales, no debíamos pasar ningún miedo.
Primero, comimos en uno de los bares de los que disponía la comunidad, algo así como un par de mesas puestas en un patio público y en las que tuvimos que sacar las hormigas que estaban merodeando por el mantel. La comida en sí te la preparaban en una casa particular, la cocina de la cual mejor no comentar por si hay alguien que está haciendo la digestión mientras lee este post. Todo hay que decirlo, si obviamos el hecho insectos y el hecho higiénico, todo lo que nos sirvieron estaba muy bueno, y como podéis imaginar a un precio más que asequible.
Como dato, la señora de la casa nos comentó que en aquel sitio donde nosotros estábamos tranquilamente sentados, antes de la entrada policial, era un puesto de intercambio de drogas, y se producían tiroteos casi a diario. El solo hecho de imaginar que meses antes, allí donde estábamos comiendo nosotros moría gente, te producía un mal cuerpo terrible.
Una vez con los estómagos llenos, nos decidimos a conocer en profundidad aquella favela, y para ello utilizamos el ascensor nuevo del que disponían desde que la policía "limpió" la zona. Era difícil imaginar la vida allí sin esa especie de funicular, ya que la mayoría de estas comunidades están situadas en lo alto de las cientos de colinas que existen en la ciudad, y para acceder a lo más alto hay que superar un desnivel importante. Llegados a lo más alto, y después de tomar las pertinentes instantáneas con la panorámica, nos dimos cuenta de otra de las instalaiones nuevas de las que disponían. Esta no era otra que un campito de fútbol sala de césped artificial de última generación, donde unos niños estaban jugando un partidito. Al verlos, y aprovechando que a nuestro nuevo amigo era también futbolero, nos preguntamos si querrían compatir un rato con nosotros.
Pero antes de preguntarles, hubo un momento de tensión cuando dos policías pasaron corriendo con las pistolas en las manos en dirección a una calle cercana y con una actitud poco tranquilizadora. Nos miramos los 4 sin saber que hacer, pero pasados unos segundos y al ver que los chicos no reaccionaban, le restamos importancia y seguimos adelante con nuestra intención de jugar a fútbol en una favela con chicos locales.
Después de hacer equipos y tomar a uno de ellos de nuestro lado, pasamos un buen rato dándole a la pelota sin importarnos lo que pasaba en el exterior, sin acordarnos de donde estábamos ni con quien estábamos. Y esa es realmente la grandeza del deporte, y en este caso del fútbol, que hace que miles de niños se olviden de sus problemas mientras juegan.
Al final llegó la hora de irnos, y no porque quisiéramos, pero el problema esque estaba oscureciendo y no queríamos que nos pillara la noche en aquella favela. El camino de bajada lo hicimos caminando por la calle principal de la comunidad, llena de escombros a ambos lados, con gallinas buscando comida, con cables eléctricos en un estado deplorable, con casas construidas en sitios,formas y materiales inverosímiles.
Una vez abajo, terminamos nuestro día en aquel sitio tan humilde pero a la vez tan real, en aquel sitio tan diferente a nuestro mundo pero a la vez tan igual. En definitiva una gran día para ver en primerísima persona otra realidad.

Por la noche, y como teníamos previsto ya de antemano, quisimos ir a conocer la zona típica de marcha de la ciudad, donde decían que había mucho ambiente, sobretodo los viernes noche. Así que, y siguiendo con nuestros amigos, nos fuimos con el bus en busca de algo de diversión. Al llegar, nos percatamos del tipo de fiesta que era y de la cantidad de gente que había, y es que allí se llevaba lo de beber en medio de las calles repletas de gente.
A lado y lado encontrabas bares, discotecas, puestos de bebida así como de cualquier cosa que quisieras comprar. Después de dar una vuelta por la zona, en la que no faltaron las tocadas de culo en busca de carteras aprovechando la multitud, nos dimos cuenta de que aquel sitio tenía dos opciones: beber como ellos y meterse en la rueda, lo que nos pareció un poco peligroso debido al tipo de especímenes que nos íbamos cruzando, y la segunda era no beber nada, darse cuenta de los peligros y rallarse por el abarrotamiento de las calles, en las que era realmente complicado avanzar. Así, decidimos ir a tomar algo a un bar un poco más retirado del centro del follón y después de un rato ya pusimos rumbo de regreso al hostal.

El sábado por la mañana, y aprovechando que no estaba lloviendo en exceso, fuimos a pegarnos el bañito de rigor a la playa de Copacabana, y aunque por el mal día no hubiera casi nadie, podemos decir que nos bañamos en ella. Además, al estar casi solos, pudimos hacer el loco con nuestras inseparables palas.
Ya por la tarde, nos preparamos para ir a ver el último ensayo de cara a los carnavles en el sambódromo de Río. En contra de lo que pensábamos, este es un recinto permanente en medio de la ciudad, de unas dimensiones muy considerables y que tiene un uso bastante limitado durante el resto del año.
En el metro de camino, conocimos a unas chicas que participaban en la rúa con una de las escuelas de samba. Ellas nos indicaron el camino para llegar allá y pudimos comprobar in situ de la espectacularidad de todo aquel montaje, donde miles de personas estaban en las diferentes gradas esperando a que las escuelas desfilaran.
Nos acomodamos en una de las gradas, y después de esperar un rato, por fin empezó a sonar la música, con ritmos muy brasileños y a un volumen muy elevado. La gente, mayoritariamente locales, aprovechaba que la última sesión de entrenamientos es gratuita, ya que el precio de las entradas para el carnaval es realmente prohibitivo.
Es cierto que desfilaron sin carruajes y sin demasiados ornamentos, pero para nosotros ya resultó espectacular. Pudimos imaginar lo que se vivía allí los días de la competición, y también pudimos experimentar que para la gente como nosotros que no es devota de la samba, con ver una escuela ya hay más que suficiente, y esque tardan más de una hora en pasar todos los componentes y te quedan pocas ganas de quedarte esperando a la siguiente.
Así, decidimos seguir la noche en Ipanema, donde decían que había mucha fiesta. En nuestro camino en busca del autobús que nos llevara, nos cruzamos con uno de los personajes que a la vista parecía más peligroso en todo lo que llevamos de viaje. Al verlo bajar de un bus, y recordando que mucha gente nos había dicho que es uno de los sitios donde se cometen más asaltos, decidimos invertir en seguridad y desplazarnos en taxi. Llegamos al sitio donde supuestamente estaba toda la movida, y pasados unos minutos en los que no vimos demasiado futuro en aquella zona, exceptuando un local donde no dejaban de entrar unas chicas despampanantes pero que nos pedían una fortuna por entrar. Nos resignamos a dar por cerrada la noche y dirigirnos al hostal para dormir. En el camino de vuelta, esta vez en bus, y mientras estábamos tranquilamente charlando de cualquier tema, la ventanilla de detrás nuestro reventó, llevándonos un buen susto, ya que, con todo lo que nos habían dicho, nos pensamos que había sido un disparo. Al final nunca supimos que causó la rotura del cristal.

Con el último día por delante, y con un tiempo bastante bueno en comparación a lo que habíamos tenido, nos decidimos por hacer una de las cosas más comunes en aquella ciudad, y por la que habíamos esperado a tener un día soleado. No era otra cosa que subir al Corcobado, foto más popular de Río de Janeiro y que seguro que todo el mundo ha visto alguna vez.
Para subir hasta arriba solo lo puedes hacer con unos buses que te cobran una cantidad por el desplazamiento y por la entrada al complejo, además de incluirte un par de miradores desde donde puedes ver la ciudad desde varias prespectivas. El precio por todo fué caro, pero no teníamos ninguna otra alternativa, ya que es un sitio muy turístico y se aprovechan de ello.
Una vez llegados al Cristo, y con un sol abrasador que no habíamos tenido durante toda nuestra estancia, nos hicimos las fotos de rigor, disfrutamos de unas vistas únicas y realmente bonitas, y pasado un rato ya pusimos camino de vuelta hacía abajo, con la visión todavía de aquel monstruo de ciudad, con casas por todos lados, salvando todas las montañas y cordilleras que la componen.
La tarde de aquel último día, la queríamos pasar en la playa de Ipanema, que nos había quedado pendiente desde el primer día, pero se nos hizo tarde, y al final no nos bañamos, aunque si que disfrutamos de la primera rúa callejera, a modo de calentamiento para lo que vendría en carnavales. Cientos de personas bailaban y bebían detrás de un camión en el paseo marítimo de la playa, al estilo Carlinhos Brown; mientras un grupo de música brasilera tocaba en el remolque. Esa fué la despedida que nos tenía prevista la ciudad, ya que al día siguiente ya pusimo rumbo hacía Salvador de Bahía, en busca de fiesta y descontrol en lo que es el carnaval callejero más seguido del planeta.

Nuestras histórias en aquellas tierras vendrán más adelante, ya que nuestra estancia en el país de la samba no se pueden poner todas en un mismo post.
Sintiendo de nuevo el retraso en la publicación del blog de nuestro viaje, nos despedimos esperando ponernos al día en breves.

Además de el link de las fotos, os dejamos otro con un vídeo del sambódromo. Espero que lo disfruteis como nosotros lo hicimos.

Un fuerte abrazo, Prada y Barbe.

Fotos: http://picasaweb.google.com/guillermo.de.prada2/BrasilI#

Vídeo: http://www.youtube.com/watch?v=ts0J00HOTQs

lunes, 16 de marzo de 2009

Prada: Patagonia (II), Buenos Aires e Iguazú

Un, dos, tres, probando. Aquí Prada al teclado.

Me ha encantado escribir esta entrada porque escribirla me ha obligado a recordar una de las mejores etapas del viaje. Ahí va.

Dejando El Calafate con el asunto del robo a Barbe solucionado, me dirijí a El Chaltén, un pequeño, pequeñísimo, pueblo a las faldas de algunas de las montañas más espectaculares de Suramérica. Y es que es tan, tan pequeño que no hay cajeros, y su población en invierno no supera los quinientos habitantes. Tiene truco. La zona en la que está situada El Chaltén ha sido reclamada por Chile a Argentina en repetidas ocasiones. Para evitar disputas, los Argentinos, más listos que nadie, construyeron El Chaltén de la noche a la mañana e instalaron a quinientos de los suyos para argumentar que ese trozo de tierra era argentino de pura cepa. Con el paso de los años, esta aldea se ha convertido en la capital argentina de las excursiones de montaña. Total, que pueblo pequeño pero maravilloso.

Llegué al Calafate un tanto a ciegas, cometiendo la imprudencia de no haber reservado de antemano hostal en un pueblo tan minúsculo y tan infestado de israelitas. Y que conste que en este punto todavía no me caían lo mal que lo hacen ahora. Así que llego y no encuentro hostal ni por asomo. A la desesperada, le pido a la dueña de un camping que me haga un hueco como sea y me ofrece una cama en lo que intuyo era su casa, por lo que me cobró una miseria comparado con los prohibitivos precios chaltenses. Suerte.

Ya instalado, salgo a comer algo, y tal como entro al restaurante me encuentro a Pablo y Rafa, los hermanos colombianos qué ya conocí en Ushuaia, que llevaban un dia allí con Julia, una chica alemana que también conocí brevemente en Ushuaia. Julia ha estado trabajando de prácticas en Buenos Aires durante unos meses y su acento argentino tiene delito. Ver a una alemana utilizando expresiones como "ché", "boludo" o "¿de dónde sois vos?" con un acento marcádamente argentino no tiene precio (Julia, sólo te queda pulir esa erre que todavía te delata...).

dEl primer dia de excursión lo pasé con ellos tres y Bruno, un brasileño la mar de majo pero a quién no conseguíamos entender. El dia fué intenso, aunque comparado con las palizas que me dí en Torres del Paíne no fué nada. Horas de caminar entre montañas, visita a un glaciar, y tal y tal. Es lo único malo de haber visto el Perito Moreno: a partir de ese momento, cualquier otro glaciar te parece una auténtica mierda. Lo mejor del día fueron las conversaciones con Rafa, Pablo, Julia y, hasta cierto punto, Bruno. Estos colombianos eran tipos muy cultos (Michelle, un gallifante para la educación colombiana).

Por la tarde Pablo, Rafa y Julia partieron hacia El Calafate y me quedé mano a mano con Bruno. Quedamos (como pudimos) en vernos a la mañana siguiente para hacer la ruta del Fitz Roy, la ruta más conocida, por bonita, del Chaltén. Más tarde salí a dar una vuelta por el pueblo y, otra vez, me encuentro con conocidos. Esta vez fué Michael, el forretis suizo, quién me gritó para invitarme a una cerveza junto a Christina, su media naranja. Ji ji, ja ja, dos cervezas y a la cama.

A la fría mañana siguiente Bruno me comunica que se raja a causa del viento arrollador, así que me voy camino al Fitz Roy más sólo que la una y más contento que unas pascuas (la verdad es que la rajada de Bruno me quitó un peso de encima. No sabía de dónde sacar las fuerzas para charlar ocho horas con una persona a la que no entiendía). La ruta es de unas ocho o nueve horas, de las cuales anduve solo las 2 primeras. A partir de ahí me uní a un grupo tan pintoresco como amigable. Por un lado, Dani y Patri, de Ripoll y Santiago de Compostela, respectivemente (Patri es otra de esas no catalanas que se maneja en Català bastante mejor que yo). Les acompañaban Oscar, un gigante de 2,02 metros nacido en Cerdanyola del Vallès (jugador de basket, por supuesto), Sebas, el argentino más argentino que jamás haya nacido, y Carlos y Julia, una pareja de argentinos muy simpáticos. (Los blogs de todos estos individuos están en la sección de "blogs amigos", por si alguien siente curiosidad y/o necesita alguna excusa para seguir sin trabajar...)

Acompañado de toda esta tropa la subida fué muy agradable. Hasta que empezó a nevar. Al principio cuatro copos. Luego ocho, luego dieciséis y luego ya no podía verse el Fitz Roy ni nada que estuviera a más de 3 metros de nuestros ojos. Así que casi habiendo hecho cima (no cima al Fitz Roy, que es cosa de profesionales, sino cima al mirador del Fitz Roy. Que nadie se piense que en cosa de mes y medio me he convertido en un escalador) nos volvimos todos para abajo. Todos menos uno, Oscar, que está como una cabra (Oscar, sí, lo estás) y que con su pantalón corto y sus bambas sin suela se puso a correr cuesta arriba como poseso. Y llegó, el tio, llegó. Oscar, qué fenómeno.

Tras unas cinco horas de vuelta y habiéndonos cruzado a la mitad de la población de Israel en el camino (no sé de dónde saca los soldados esta gente si todos están de viaje) llegamos de nuevo a El Chaltén en una estado de congelación importante. Así que ducha caliente, cena, y de copas para entrar en calor. La verdad es que le grupillo fue muy acojedor. A veces me parece mentira como en una caminata de apenas 6 horas uno le puede coger tanto cariño a la gente. Será la altura.

A las 7 de la mañana siguiente recojo mis cosas y pongo rumbo a El Bolsón, mi próximo destino. Tras cuarenta horas de viaje por la Ruta 40 (la mítica que recorrió el Ché Guevara en sus viajes por Suramérica), unas diez películas pésimas y una muy buena ("Gone Baby Gone", de Cassey Affleck, el hermano de Ben) me planté en el Bolsón y me puse a buscar alojamiento con dos danesas muy verdes en esto de viajar (toooma el chulo del Prada). Tras varios intentos fallidos encontramos una habitación que parecía más un gallinero que otra cosa.

Dani, el ripollenc, me había recomendado que en el Bolsón hiciese una excursión hasta un lugar llamado el Cajón del Azul, así que ya tenía plan para mi primer día. Mochila a la espalda y a caminar. El Cajón del Azul no es más que el cañón del rio Azul, que tiene la particularidad de ser tan estrecho que casi llega a cerrarse sobre el río. Literalmente, el cañón tiene, en su parte más alta, tan sólo 1 metro de ancho, mientras que el ancho del río, que se ve abajo a lo lejos, debe tener al menos 4 metros.

Según me habían dicho, uno podía bañarse en el Azul justo antes de llegar al cañón, así que, ni corto ni perezoso, metí el bañador, junto a la crema para el sol y el bocadillo, en la mochila. Llegado el momento ví que nadie se bañaba, pero un servidor, con los humos bastante subidos ("yo me he bañado en Nueva Zelanda, pringaos", pensé) me metí en el agua sin pensarlo demasiado. Y casi me da un infarto. ¡Qué fría! Ni el hielo está tan frío, lo juro. Noté como la tráquea se me cerraba de cuajo y mis brazos y piernas empezaban a moverse como las de quién no sabe nadar. Si supiera poner males de ojo no dudaría en ponerle un par al tipo que me dijo que me podía bañar.

De nuevo al mando de mis piernas y brazos, en el camino coincidí con un americano muy majete que planificó toda mi ruta por Estados Unidos en un abrir y cerrar de ojos. Más tarde, cómo no, con dos israelitas que resultaron ser, aunque un poco flipadetes (esto, junto con la racanería, lo llevan en los genes), bastante amigables. Venga, seré justo: eran muy buenos tíos.

La otra atracción de El Bolsón es su mercado "hippie". Un mercado bastante interesante, en especial si tienes dinero y espacio en tu maleta para comprar algo. No es el caso.

Siguiente parada: San Carlos de Bariloche (Bariloche a secas para los amigos). Aquí sí reservé hostal de antemano porque no me podía permitir tener que suplicar por una cama otra vez. El hostal era flojito, pero tenía dos cosas: uno, el recepcionista alemán con acento argentino (el segundo en menos de dos semanas) que me dejaba repetir desayuno si no se lo decía a nadie; y dos, un ratio buena gente/huéspedes insuperable. Habían sólamente siete u ocho personas en todo el hostal, pero todos unos cracks. Presento a los más destacados:

Matan: Israelí de purísima cepa, con el toque de arrogancia característico, pero de gran corazón. Un tipo muy listo. Relisto, que diría un argentino. Le paso por alto lo de su nacionalidad porque me llevó a comer el mejor entrecote que he comido jamás (Mamá, no te confundas, sigo prefiriendo tu solomillo a la mostaza. Ya sabes qué dia vuelvo a casa...me entiendes)

Omri: El mejor tipo que haya nacido jamás en Israel. Hasta dudo de que fuera Israelita. Es con quién hice más amistad. Cocinero excelente (Giorgio, tú sempre seràs el millor), me hizo una pasta que no olvidaré nunca (Batlle, le hice un "ohh, em sento com un neeen" emulando al Rei del Tast que, obviamente, no entendió)

Matt: Surfista inglés, guapete, rubito, cachas y bastante locatis. Un gran tipo, muy cachondo, aunque un poco celoso (con razón) por...

Jess: Novia de Matt. Inglesa con la voz más espectacular que he oido en alguien que no se dedica a la música. Ahí va una de sus canciones: http://www.youtube.com/watch?v=UZ1N63daWjU

De hecho, ante tal panorama, la guitarra me vino que ni pintada. Primera noche en vela, todos escuchando a Jess cantar mientras yo le tocaba la guitarrita. Si Matt hubiera estado en Inglaterra... ;)

Los días en Bariloche consistieron en más excursiones; a pié, en bici, y en todo lo que se terciase. A destacar, la excursión al Cerro Campanario, desde donde se ve Bariloche como desde ningún otro sitio. En otra de esas excursiones, Omri y el menda alquilaron unas bicis (Cinto, te voy a dar de lo tuyo en cuanto vuelva a casa) para recorrer la zona, llena de lagos y rios en los que refrescarse. En ese recorrido encontramos a Andrea, Annemarie y un tipo inglés cuyo nombre no recuerdo. Andrea, alemana, con un español perfecto por haber vivido en España. Annemarie, alemana, con un español argentinizado (y ya van tres) por residir en Buenos Aires. Y el inglés, inglés (obvio), gimnasta que nos deleitó con mortales hacia atrás con tirabuzón (Jacobs, te hubiese gustado ver las piruetas que hacía el tipo, aunque no he vuelto a ver un Kick on the Moon como el tuyo). Resultó que Andrea también tocaba la guitarra e incluso cantaba, así que el dia acabó, como no podía haber sido de otra manera, haciéndonos unos guitarreos en el hostal dónde estaban los tres.

Las noches en Bariloche fueron las más moviditas de la temporada, con Omri arrastrándome al único pub decente del lugar, cada noche de manera religiosa.

(Esta entrada se me está yendo de las manos, así que el resto me lo voy a ventilar ripidito. Además, lo que sigue ya lo ha explicado Barbe en la anterior entrada, así que intentaré evitar repeticiones.)

Tras veinticuatro horas más de bus llegué a Buenos Aires. Ciudad bonita, pero seguramente más atractiva como residencia que como destino turístico. Me instalé en un hostal de la famosa Avenida 9 de Julio, lleno de israelitas (algo inevitable en Suramércia por esas fechas) que me había aconsejado Omri.

El primer paso fué llamar a Julia (la del Chaltén), que ya estaba de vuelta en Buenos Aires, para que me sacase un poco de paseo. Y así lo hizo. Tanto ella como Helene (su compañera de piso) y Matías (amigo de Helene), los dos franceses más agradables que he conocido, ejercieron grandes anfitriones sacandome por aquí y por allá. A destacar la noche de tango clandestino tras degustar una gran carne argentina.

En cuanto a la vida que hice por mi cuenta, consistió básicamente en visitar los "spots" turísticos más clásicos. El barrio de recoleta con su famoso cementeria dónde se encuentra la tumba de, entre otras celebridades, Evita Perón ("Don't cry for me Argentina...") y la mayoría de ex-presidentes difuntos; el barrio de San Telmo y su mercado de artesanías; y a poco más me dió tiempo porque enseguida me reencontré con Eva, la Rapitencaaroundtheworld.

Con Eva ya fué un no parar de reír; que si ir a este concierto, a esta otra discoteca, al Barrio de la Boca, al de Palermo, a Puerto Madero, a este otro bar que me han dicho que está muy bien, y un largo etcétera. Esta chica es un torbellino. Y para colmo se nos unió Graciela, una amiga argentina de Eva, si cabe aún más terremoto que ella...La verdad es que lo pasamos redivertido.

Dejando con tristeza a Eva, Graciela, Julia, Helene y Matías, otrás veinte horas de autobús me llevaron hasta la última parada en esta visita a la Argentina: las Cataratas de Iguazú.

Sería muy injusto decir que no me gustaron. Es literalmente imposible que a alguien no le guste ver un paisaje natural de tal magnitud. Son decenas de cascadas con millones de litros de agua cayendo de grandes alturas. Pero si debo ser sincero, tengo que decir que me decepcionaron un poco. Aquí el problema puede ser que desde incluso antes de empezar este viaje las cataratas de Iguazú me fueron vendidas como el espectáculo natural más grande que se puede ver en este planeta llamado Tierra. Recuerdo que, todavía estando en Londres, un tipo me dijo que cuando vió las cataratas arrancó a llorar com un niño. Incluso Barbe, que las vió antes que yo, me dijo "ya me puedo morir tranquilo"...Y claro, yo me esperaba algo desbordante, y no fué así. Las cataratas me parecieron espectaculares, pero ni como para llorar ni como para poder morirme tranquilo. Con perdón, pero el Perito Moreno me pareció más imponente.

Y lo voy a dejar aquí porque empiezo a escuchar bostezos (entre ellos, los míos).

Así que hasta la próxima, que ya será otra vez juntos.

Fotitos: http://picasaweb.google.com/guillermo.de.prada2/PatagoniaIIBuenosAiresEIguazu#
Un abrazo

p.s. Acabo de caer, el pobre inglés se llamaba Sam. Sorry Sam...

miércoles, 11 de marzo de 2009

Barbe: Argentina II

Después de mucho esperar y pensar en ello, por fin llegaba el día en el que, después de casi 8 meses, volvería a ver a mi madre, y con la que viajaría 18 días por la Argentina.
Cogí un taxi desde mi hostal hasta el aeropuerto, y la fui a recibir, como no podía ser de otra manera, con una caja de alfajores habana ( dulce típico de este país). Cuando llegó, y después de los pertinentes besos y abrazos, nos fuimos de nuevo en dirección a la capital.
Las dos noches que estaríamos en Buenos Aires, las pasaríamos en un hotel 4 estrellas que había reservado para que ella pudiera descansar del viaje, y como no, para yo poder dormir como un rey después de mucho tiempo.
Lo primero que hicimos fue ir a dar una vuelta por el barrio de la boca y pararnos a comer en una terraza del " caminito" ( calle muy típica de la capital) donde ofrecían un espectáculo de tango, baile por excelencia de argentina y que te encuentras por todos sitios. Ya empezábamos a meternos en el país.

Durante los tres días, nos dio tiempo de visitar las cosas más importantes de la capital, a pesar de que el clima era demasiado caluroso ( 35º) y hacía difícil el caminar durante las horas de la mañana. De esta manera, fuimos a ver la casa rosada ( lugar de trabajo de la presidenta), el congreso, la plaza de mayo, el cementerio de recoleta ( donde se encuentra enterrado el cuerpo de evita perón), el barrio de San Telmo, lleno de antigüedades, Puerto Madero, y en general todo el centro. A decir verdad, lo que más vimos y más fotografiamos por estar justo enfrente de nuestro hotel, fue el obelisco, uno de los monumentos más conocidos de la ciudad, situado en la Avenida 9 de Julio, calle principal que atraviesa Buenos Aires con 10 carriles por sentido.
Claro está, con semejante dimensión, es la calle más ancha del mundo, y no es para menos, cruzarla como peatón te lleva un buen rato, ya que no puedes hacerlo con un solo semáforo.
Además de intentar introducir el concepto de callejear en mi madre, también pudimos disfrutar de una tarde de relax en el balneario que disponía el hotel, y recargamos pilas para los días que nos esperaban.
Otra de las actividades fue, y como no podía ser de otra manera, ir de noche a uno de las cenas-show de tango que ofrece la ciudad en sus diferentes teatros.
Una vez realizado casi todo el "turismo" de Buenos Aires, ya nos preparábamos para el primer cambio de destino, y este no era otro que una de las joyas de la corona, las cataratas de Iguazú. Para ello, nos dirigimos el tercer día por la tarde a la terminal de buses, para coger uno que viajaría toda la noche hasta llegar al destino. En contra de lo que había hecho yo hasta la fecha, en esta ocasión, contraté el mejor servicio de cama que existía, y la verdad es que era muy confortable. Podías estirarte completamente, te daban manta y almohada, y lo mejor de todo, te servían comida caliente en el trayecto.

Con tanto lujo, casi no nos dimos cuenta de las 16 horas, y ya nos plantamos en el pueblo de Puerto Iguazú, donde nos estaba esperando, con el típico cartelito, una persona de la agencia que contraté para las excursiones. Nos llevaron al hotel, y nos vendieron una salida en barco por el río para aquella misma tarde en la que no teníamos nada programado.
La excursión no tenía nada en particular, más que sentarte en un catamarán y disfrutar del mismo paisaje de selva tropical a ambos lados del río.
Desde el agua puedes ver el punto de la trifrontera, que es el lugar donde el río Iguazú y el Paraná se juntan haciendo de frontera natural entre Argentina, Brasil y Paraguay. Como colofón, al final del trayecto, y antes de tomar el camino de regreso, te llevan cerca de una playa donde tienen "apalabrada" la actuación de unos indios guaranís en la arena, con unos bailes típicos, mientras los turistas están en la cubierta sacando fotos. Un poco lamentable.
Una vez en el hotel de regreso, tomamos un bañito en la pileta ( piscina) del hotel y nos fuimos a dormir temprano, ya que la excursión del día siguiente empezaba a las 7 de la mañana.

Empezábamos la visita a las cataratas por el lado brasileño, ya que todo el mundo me lo había recomendado por ser el menos espectacular y de esta manera no llevarse una decepción. Nos pasaron a buscar con una furgoneta y nos llevaron, previo paso por las correspondientes aduanas, a la entrada del parque, donde, como en todos sitios, tuvimos que pagar la entrada para el ingreso. Una vez dentro, y con nuestro guía a la cabeza, que nos explicaba todo lo relacionado con lo que íbamos a ver, nos dirigimos al inicio de la pasarela, desde donde puedes ver toda la inmensidad de los saltos situados en terreno argentino delante tuyo.
La visión desde este lado es mucho más panorámica y, a pesar de ser menos espectacular, tiene también su encanto. En nuestro caso, tuvimos suerte, ya que toda la semana anterior había estado lloviendo, y el caudal del río era elevado para las fechas en las que estábamos.
El recorrido no fue demasiado largo, son aproximadamente 2 kilómetros, y después de tomar muchas fotos, desde todos los ángulos, llegamos al tramo final, en donde existe un paso que te lleva justo encima de uno de los saltos y por delante de una cascada muy caudalosa. Evidentemente, desde este punto te mojabas muchísimo, y era difícil tomar fotos sin que la cámara peligrase. También desde aquí, pudimos tener una primera visión de "la garganta del diablo", la caída más caudalosa de todas las cataratas y que realmente te deja impresionado.
Al finalizar la excursión y reunirnos todo el grupo, nos llevaron en la furgoneta a un buffet libre situado cerca de la frontera, donde por apenas 8 euros te servías todo lo que querías. Este sería el primero de los muchos buffets de los que disfrutaríamos en Argentina, y en los que a diferencia de los españoles, a parte de las ensaladas, pastas, pizzas y postres, también tienes la posibilidad de comer toda la carne que quieras. Y no estamos hablando de cualquier carne, el asado argentino es fuera de serie, y con ese precio lo hacía irresistible. Y aunque parece que no hay ningún punto negativo, si que lo hay, y es que después de tanto exceso, por primera vez en lo que va de viaje, he tenido que recurrir a una "dieta" en Brasil para perder los muchos kilos que gané.
El resto del día lo empleamos paseando por el pueblo, viendo sus calles de tierra rojiza, comentando acerca de las hormigas de tamaño descomunal que habitan estas partes del mundo y en definitiva conociendo un poco de lo que nos rodeaba. Posteriormente, nos relajamos de nuevo en la piscina.

Para el día siguiente, y antes de afrontar el lado argentino de las cataratas, teníamos prevista una visita a las ruinas jesuíticas de San Ignacio, situadas a 300 kilómetros de Iguazú. El trayecto no fue sencillo, ya que las más de 3 horas en la furgoneta, sin espacio en los pies, no resultaba para nada cómodo.
A medio camino, hicimos una parada técnica en unas minas de piedras semi-preciosas, donde como no, al final del tour, te pasan por la tienda para que compres algo, y como mi madre aún no está preparada para soportar estas tentaciones, tuvo que comprar algunos recuerdos....jejeje.
Una vez llegamos a las ruinas, comimos algo y esperamos a que un guía nos hiciera la visita a todo el grupo.
Aquí coincidimos con 2 chicas argentinas ( Maru y Lujan), la madre de una de ellas, y una chica brasilera ( Lucia) con las que al día siguiente también compartiríamos visita. Estuvimos cosa de 2 horas en el tour, nos enseñaron y explicaron todo lo relacionado con esa misión y el resto del movimiento jesuítico de la época y en todo lo que cambió y ayudó ( o no) a los indios de la zona. Guardando opiniones personales, la verdad es que tiene mucho mérito todo lo que llegaron a conseguir sin apenas conocer de nada la lengua ni las tradiciones de ese pueblo.
La lástima fue, que nos tocó un día muy caluroso y no daban demasiadas ganas de estar mucho más tiempo expuesto al sol abrasador para disfrutar y perderse entre los muros y construcciones de la misión.
De esta manera, ya poníamos rumbo de nuevo a Iguazú y nos preparábamos para lo que sería el día más espectacular de todos los vividos en Argentina.

Como los dos días anteriores, la furgoneta pasó a recogernos muy temprano por el hotel, y dentro de ella coincidimos con Maru y Lucia, con las que rápidamente ya nos pusimos ha hablar. Más tarde en el parque nos encontraríamos también con la madre y la hija.
La visita del lado argentino de las cataratas está separado por 3 niveles ( superior, medio e inferior). En el superior, para nosotros el más espectacular, caminas durante poco más de un kilómetro por encima del río en busca de la "garganta del diablo", y mientras te vas acercando, va aumentando el ruido, hasta que de pronto, ahí la tienes, debajo tuyo. Miles, millones de litros de agua por segundo caen 100 metros por un espacio muy pequeño, lo que produce una nube de vapor de agua que te deja totalmente calado.
Estar plantado en el balcón durante unos minutos, escuchando el ruido, y viendo caer tanta agua, te deja realmente impresionado, y es una visión difícil de olvidar.
Del lado superior, y aún comentando lo que habíamos visto, nos llevaron al circuito medio, donde un seguido de pasarelas te transportan por los saltos de agua del parque, viendo por todos lados cascadas ( más de 300 conforman las cataratas). Unas más grandes que otras, unas más caudalosas que otras, pero en conjunto, hacen que sea una de las maravillas naturales del mundo.
Por último, fuimos a la parte inferior de las caídas, en donde, como es evidente, también acabas mojadísimo, y desde donde puedes contemplar desde abajo como el agua se te viene encima, y en función de como sople el viento, literalmente te caen encima.
Esta sección es la que tuvimos que hacer más rápido, ya que teníamos contratado también la parte del barco, y ya se nos acababa el tiempo. Así que, junto con las argentinas, nos fuimos en dirección a la lancha que hacía el recorrido por las cascadas, y desde la cual podías observar los saltos de agua desde mucho más cerca, incluso te ponen debajo de un par de ellos, en los que es literalmente una ducha. Cuando acaban de mojarte por completo, te llevan río abajo unos kilómetros y después de subir un buen tramo de escaleras ( a unos les costó más que a otros), nos subieron en una camión tipo "safari" ( demasiado turístico a mi gusto), y nos iban mostrando algunos tipos de plantas y árboles que conforman la selva en aquella zona.
Terminado el día, intercambiamos los mails con la chicas, y quedamos en que nos veríamos a nuestra vuelta a Buenos Aires. De esta manera había llegado a su fin nuestra visita a las cataratas de Iguazú, y ya nos preparábamos para cambiar al día siguiente de destino.

Nos levantamos tranquilamente y esperamos en el hotel que nos pasaran a recoger para llevarnos hacía el aeropuerto. Aquí empezaba un día largo, en el que acabaríamos por hacer 3 trayectos en avión, y es que en Argentina el tráfico aéreo es más bien nefasto.
Así, y mientras esperábamos el primero de ellos que nos llevaría de Iguazú a Buenos Aires, nos encontramos de nuevo con Luján y su madre, que tenían el mismo avión que nosotros. De esta manera la espera se hizo un poco más amena, ya que tanto madre como hija si algo les gusta es charlar y charlar, sin importarles el tema.
Llegados a la capital, nos tocó esperar cosa de una hora y media para el siguiente avión, que nos llevaría hasta Usuhaia, la ciudad más austral del mundo, previa escala y espera en un aeropuerto ( para llamarle de alguna manera) en medio del país.
Una vez llegados, después de todo el día entre despegues y aterrizajes, nos instalamos en nuestro hostal, si si, no me he equivocado, hostal, ya que no quería perder la costumbre a eso de viajar de backpacker. Todo hay que decir que en todos sitios estuvimos en casas pequeñas, en habitaciones dobles con baño y donde no había mucho ambiente juvenil que digamos. Y es que madres solo hay una, y no quería que le diera un patatús viendo los sitios en los que hemos dormido durante todos estos meses.
Lo primero que hicimos después de instalarnos, fue salir a contratar las excursiones y a programar los días en aquel destino. Con toda la oferta que nos dieron en una agencia de viajes, nos decidimos por las menos físicas, ya que las más solicitadas y probablemente las más bonitas eran las de paseos por la montaña durante todo el día, pero como he dicho antes, sólo tengo una madre y no quería quedarme sin ella. Dentro de lo menos físico, nos decidimos por ir a ver una pingüinera un día, y al otro una excursión de montaña en 4x4.


Después de levantarnos sin prisa, ya que la excursión comenzaba después de comer, nos fuimos a pasear por la ciudad, a sacar las pertinentes fotos para acreditar que estuvimos en “el fin del mundo” y como no podía ser de otra manera, a probar los platos típicos de la zona. A diferencia del resto del país, aquí es el pescado y no la carne lo más común en los menús. Nos decidimos por probar una especie de centolla que nos habían dicho estaba buenísima y por una pescado blanco que no defraudaron.
Ya con los estómagos llenos, nos dispusimos a comenzar el trayecto en mini-bus hasta la isla donde estaban los pingüinos. Después de poco más de hora y media, llegamos a una estancia ( rancho) desde donde salía el barco que nos serviría para recorrer el último trozo.
Con los pies ya en tierra firme, y con la visión y el ruido de miles de estos animales, empezamos el paseo de una hora por la isla, donde ( como es lógico) existen unas barreras para que no puedas tocarlos ni molestarlos en exceso. Era época de cría y pudimos contemplar como cada pareja tenía dos polluelos a los que alimentaban y cuidaban en su nido. Resulta curioso ver como cada pareja tiene su propio agujero, que utiliza año tras año después de la migración y que defiende delante de posibles intrusos. La isla está minada de pequeños surcos en la arena desde los que se pueden ver y te vas encontrando a los pingüinos. Los que no están cerca del nido ni pescando en aguas profundas, pasan el día en la playa, y sirven como una especie de comité de bienvenida para los turistas.
Concluida la visita a estos graciosos animalillos, tomamos el camino de regreso a la ciudad, parando en algunos miradores del camino para poder contemplar la belleza de los paisajes patagónicos. La última de estas paradas, la realizamos en una “castorera”, que nos mostró la forma de trabajar y vivir de estos animales que fueron introducidos por las empresas peleteras y que, años después se han convertido en un problema para la zona ya que no tienen depredadores naturales y para el hombre es muy difícil acceder hasta donde ellos están. Sus presas y embalses ahogan a muchos árboles y están deforestando la zona.


Al día siguiente el despertador sonó más temprano, y el jeep 4x4 pasó a recogernos por el hostal para iniciar el día. Nuestros compañeros, mejor dicho, compañeras, ya que el guía-conductor y yo éramos los únicos hombres, serían una familia brasileña compuesta por abuela, madre e hija, y las dos estrellas de la jornada, dos hermanas porteñas ( una de ellas residente en Tarragona) que hicieron de la excursión una experiencia bastante curiosa.
El día lo pasamos en la parte trasera del vehículo ( menos la enchufada de mi madre), entre golpes por los caminos de piedras y troncos por donde estábamos marchando y comentarios absurdos pero a la vez graciosos de las dos hermanas. Y es que eran dos personajes sin igual ( lástima que se borraran las fotos que teníamos con ellas), que hicieron que el día tuviera su dosis de humor.
Al llegar a uno de los lagos más grandes de la zona, y después de nuestra aventura offroad, nuestro guía y el de otro jeep que también iba con nosotros, empezaron a preparar un buen asadito para el disfrute de los pasajeros.
Mientras ellos estaban manos a la obra, el pre-comida tuvo varios focos de atención. En uno estaban dos zorros, que atraídos por el olor a carne, se paseaban por la zona en busca de algún pedacito, que al final consiguieron. Evidentemente, sacarles fotos fue una de las atracciones de la jornada ( otras que se borraron).
El otro foco estaba situada en la hermana mayor, que ajena a todo, se había sentido muy atraída por un señor del otro grupo y estaba como una niña de 15 años, con las sonrisitas y tonterías. Lo más cómico es que el hombre no hablada español, y el inglés de ella era de andar por casa. Así, se hacía entender como un indio y bebía un baso de vino detrás de otro, lo que no hacía más que aumentar su tontería.
Así, entre zorros, parejitas quinceañeras y la abuela brasileña que me quería casar con otra hija suya, llegó el momento de la verdad y comimos, como en otras muchas ocasiones, una carne superior.
A la vuelta, y al no poder hacer el kayak programado para la tarde por el oleaje del lago, retomamos el camino charlando de temas un poco más complejos. Y es que la religiosidad y la creencia en el destino de las allí presentes hizo un poco más aburrido y monótona el viaje de regreso.

El último día por aquellas tierras, y antes de coger el vuelo que nos llevaría a ver el glaciar Perito Moreno, lo gastamos, como la tarde anterior, en callejear por las tiendas y locales comerciales de la zona.
Llegada la hora, nos vinieron a buscar, y en unas pocas horas nos plantamos en el Calafate, pueblo más cercano al glaciar, y que, como es lógico, vive de el y es sumamente turístico.
Durante la tarde salimos a conocer un poco el sitio, pero realmente hay poco que ver, para no decir nada, así que paseamos tranquilamente sin rumbo esperando que llegara el otro día para ir a visitar el glaciar.


Una vez dentro del bus, recorrimos los kilómetros que lo separan del pueblo, y pagadas las pertinentes entradas obligatorias en todos los parques del país, pudimos contemplar ya, desde la distancia, la enorme masa de hielo que se plantaba delante nuestro.
Contratamos el paseo en barco, que te permite acercarte por la cara norte del glaciar y ponerte a escasos metros de el, escuchando el crujir del hielo mientras avanza imperceptiblemente. En este lado ya tuvimos la oportunidad de oir el ruido que produce un bloque de hielo al desprenderse de la parte principal.
Completada la visita en barco, nos llevaron a la parte sur, donde están construidas las pasarelas y donde te dejan unas horas para que puedas disfrutar de las vistas desde los diferentes balcones. Explorados los primeros puntos, y después de descartar los más alejados ya que mostraban la cara que habíamos visto desde el barco, además de estar a una hora de distancia caminando, nos apostamos en el balcón que a nuestro modo de ver, y de la mayoría de gente, dejaba ver la visión más frontal y espectacular de la cara sur.
Ahí estuvimos aproximadamente una hora, parados en la barandilla, con la cámara a punto para captar los posibles desprendimientos, y a pesar de sólo ver uno, disfrutamos de una vista irrepetible, de un ruido nunca antes escuchado, de unos colores azules intensos mezclados con el blanco y de un airecillo helado que te dejaba la cara congelada.
Una vez decidido finalizar nuestra visita y poner rumbo al autocar, nos encontramos en las pasarelas a las dos hermanas, con las que estuvimos charlando un rato, y a las que pedí ( aún estoy esperando) que me pasaran las fotos de la excursión 4x4.
Aquí finalizaba el motivo de nuestra estancia en aquel lugar, y solo nos tocaba esperar al momento de subir en el autocar que nos llevaría al siguiente destino. Como para eso aún teníamos que esperar toda esa tarde y la mañana siguiente, intentamos buscar alguna actividad extra.
La encontramos en las cabalgatas que montaban por aquella zona, y que cerramos para la mañana siguiente.

Después de firmar los papeles para excluir a la empresa de responsabilidades ( en ninguna de las otras ocasiones que he montado en el viaje me lo han hecho hacer), nos designaron un caballo y empezamos, con el resto del grupo, un paseo de 2 horas por los alrededores de el Calafate.
Lo cierto es que el paisaje era bonito y que los caballos eran ideales para mi madre, pero en mi vida, si exceptuamos los burros del lago de Puigcerda, me había encontrado con unos animales más pasivos, más lentos y con el papel mejor aprendido que aquellos. Los tios iban uno detrás del otro, a 3 por hora y si intentabas que corriera un poquito, giraba la cabeza y te miraba como diciendo, “ no me agobies”.
Concluido el excitante paseo en caballo, regresamos a recoger nuestro equipaje y nos dirigimos al primero de los buses que habían programados para aquel día. El trayecto sería de 5 horas, y nos llevaría hasta la localidad de Rio Gallegos, donde, y después de esperar un buen rato, conectaríamos con un bus cama en el que pasaríamos la noche, para llegar al día siguiente a Puerto Madryn.

En esta localidad fue donde estuvimos un poco más aburridos, y es que habían dos actividades programadas: una excursión a la Península Valdés y una inmersión con leones marinos.
La inmersión no estaba todavía cerrada, y tenían que ponerme en contacto con un conocido de mi hermano Oscar. Al ir el primer día a cerrarla, a mi madre no le hizo demasiado gracia lo de meterse debajo del agua, y el precio por hacer snorkelling era demasiado caro, así que tiramos atrás la idea e intentamos buscar alguna otra alternativa para el día que nos quedaba sin nada.
Después de buscar e informarnos en varios sitios, ya nos dimos cuenta que en aquel lugar la oferta de excursiones estaba limitada, y lo que ofrecían, o ya lo habíamos visto ( pingüinos) o lo íbamos a ver al día siguiente. De esta manera, dejamos ese día libre para ir a la playa o para estar tranquilos.
La ciudad no tiene tampoco nada en particular a parte de la atracción turística por ser la puerta a la reserva natural de la península, así que, a parte de la excursión, visitamos un museo, fuimos a la playa, paseamos por las tiendas y comercios y después de 8 meses, fui por primera vez al cine.

El día de la excursión, nos vinieron a recoger en una furgoneta, en la que la media de edad de los turistas era de 50 años, así que no había demasiado para relacionarse, a parte de una pareja de maños. El camino hasta el destino fue duro, ya que todo el camino era de grava, lo que hacía que estuviéramos todo el rato con pequeños botecitos.
La atracción principal de esta visita, y por la cual había escogido este destino, era la posibilidad ( no tuvimos suerte, aunque Jacobo y Pablo si, y me hablaron maravillas) de ver orcas atacando a focas en la playa para alimentarse. La típica imagen de reportaje de National Geographic es lo que queríamos ver en directo.
Después de un largo trecho, llegamos a la playa donde estaba la colonia más numerosa de leones marinos con sus crías. La temporada no era la idónea, ya que se ve que cuando los cachorros son un poco más mayores y empiezan a nadar, es cuando se ven ataques casi cada día. En nuestro caso, el último avistamiento en aquella zona fechaba en 20 días antes. Después de estar un rato esperando y no ver ninguna aleta en el horizonte, nos resignamos a disfrutar de los leones y de su comportamiento y empezar a desfilar hacía otro de los puntos de interés de la península, donde veríamos a los primos hermanos de estos. Estamos hablando de los elefantes marinos, que ocupaban otra playa, y a la que fue difícil acceder por el intenso viento que soplaba y que te llenaba los ojos de arena.
Una vez terminada la visita, volvimos hacía la ciudad con la sensación de haber visto poco, porque si es verdad que además de los leones y los elefantes marinos, vimos algún otro animal como el guanaco ( familia de las llamas), pero no pudimos disfrutar de ninguna de las 2 estrellas de la zona. En lo que se refiere a la orca, no tuvimos suerte, ya que hay un grupo de 30 que habitan esas aguas todo el año, y en cuanto a las ballenas, ya sabíamos que no era época y que, por tanto, es imposible divisar ninguna.

Con un poco de mal sabor de boca dejamos Puerto Madryn, y pusimos rumbo de nuevo a la capital, para pasar nuestro último día antes de la despedida. El viaje, de nuevo, duró toda la tarde y noche, y llegamos a Buenos Aires el día 2 temprano. Como ya habíamos quedado por internet, en cuanto nos instalamos en la habitación, llamamos a Luján, que estaba todavía de vacaciones ( que vivan las fiestas de los profesores), y se había ofrecido a sacarnos a pasear con su coche por las afueras de la ciudad.
De esta manera, al mediodía nos pasó a recoger y fuimos juntos los tres a comer al barrio de san telmo para posteriormente dirigirnos a la zona de “los olivos” pasando por un montón de sitios que ni me acuerdo del nombre, pero que ella se esforzaba en explicarnos. Caída la tarde, nos devolvió al hostal y nos despedimos, en lo que fue una despedida temporal, aunque mi madre no lo supiera.
Y es que en teoría yo había quedado tanto con Luján como con Maru ( la otra chica de Iguazú) para salir aquella noche, pero lo que en realidad estaba previsto, era una cena cumpleaños sorpresa para mi madre en el restaurante-hotel faena, considerado uno de los 10 mejores del mundo y recomendado por Jacobo. Lo cierto es que tal como está el euro, es asequible comer lujosamente en Argentina, y lo aproveché para celebrar lo que sería el día 3 el 69 cumpleaños de mi mamá.
De esta manera, yo quedé con ellas, para que no dijeran nada, y así darle una sorpresilla. Durante la tarde, y después de una espera en la habitación, dándole largas a mi madre en todo lo que quería hacer, a las 8 locales, 12 de la noche españolas, la felicité y le dije que se pusiera guapa.
Agarramos un taxi, nos fuimos al restaurante y nos sentamos en la mesa a la espera de que vinieran las chicas. Como se retrasaron y quería que fuera una sorpresa para ella, me hice el loco con la carta, que si no sé que pedir, que si no me convence esto, que si tengo dudas.....así por más de media horas. Al final llegó Luján y más tarde Maru, se llevó la sorpresa, cenamos los 4 como reyes e incluso hubo pastel de cumpleaños con las respectivas velas y el primer regalito por parte de nuestras amigas argentinas. Desde aquí un saludo enorme a las dos.

Con esto finalizaba mi estancia en Argentina y el viaje con mi madre. Al día siguiente ya nos dirigimos los dos al aeropuerto. Resultó que mi vuelo iba con retraso, lo que hizo que estuviéramos juntos en la sala de embarque y que ella no tuviera que esperar mucho tiempo sola. Llegado el momento, una enésima despedida, esta vez muy especial por ser mi madre, pero con la idea de que en poco tiempo nos volveríamos a ver, lo cual me lo hizo mucho más fácil que en el aeropuerto de Barcelona tantos meses antes.

Empezaba otro país, Brasil, que recorrería de nuevo con Prada, y que sería el último mes que estaríamos juntos, ya que la diferencia de gustos a la hora de los destinos, haría que de principios de marzo hasta el final, la aventura la volveríamos ha hacer solos. A pesar de ello, nos quedan 30 días para disfrutar el uno con el otro y para contarnos las batallitas vividas por separado.

Hasta la próxima entrada, Carlos.


http://picasaweb.google.com/guillermo.de.prada2/BarbeArgentinaII#

viernes, 6 de marzo de 2009

Prada - Patagonia (I)

Hola.

Lo primero es pedir disculpas (otra vez) por el desfase que este blog está sufriendo en las últimas fechas. Me toca asumir la culpa, ya que soy yo y no otro el que estos días está más perezoso a la hora de ponerse a escribir. Aunque suene a cachondeo, somos gente muy ocupada ;)

Y debido a ese retraso la siguiente crónica tiene comienzo en el ya obsoleto 2008.

29 de diciembre de 2008. Habiéndome dejado Barbe, Jorge y toda su tropa en Puerto Varas, Chile, me dirijí a Puerto Montt, un pueblo relativamente vecino a aquél, desde dónde cogería un ferry que me llevaría hasta la Isla de Chiloé, una apacible isla pesquera en el extremo norte de la patagonia chilena. Mi plan inicial era pasar un par de necesarios días de tranquilidad (Jorge nos había llevado por el mal camino noche tras noche) en Chiloé, pasar allí una tranquila noche de Fin de Año, y volver tranquilamente hasta Puerto Montt el 1 de enero para coger un avión que me llevaría hasta los terrenos helados de la Patagonia chilena, unos cuantos cientos de kilómetros al sur de Puerto Montt.

La isla de Chiloé resultó ser una tranquila (muy acorde con mi plan) islita de pescadores, poco edificada, y con unos platos a base de salmón que hacen por sí solos merecer la visita. El lugar perfecto para una Noche Vieja relajada. Una que, por cierto, no puedo ser. Resultó que el ferry que me debía llevarme de vuelta a Puerto Montt para coger mi avión el dia 1, no circulaba el primero de enero por motivos obvios (la verdad, no sé como no se me ocurrió), así tuve que dejar prematuramente Chiloé en un ferry hacia Puerto Montt a última hora del 31 de diciembre.

Y allí estava yo, llegando al pueblo más cutre, maloliente e incluso peligroso de Chile, a eso de las diez de la noche de un 31 de diciembre, sin alojamiento, sin cena, sin conocidos y por supuesto sin uvas. En un último intento por salvar la noche, busqué rápidamente un lugar asequible en el que hacer noche y salí en busca de un restaurante decente para, como diría Don Juan Carlos, tan señaladas fechas. Pero la noche estaba va ya perdida. Todo cerrado excepto un supermercado de barrio en el que, ya resignado, compré los dos plátanos que me tomaría a modo de cena un 31 de diciembre que nunca olvidaré por cómico.

Tras degustar la suculenta cena, salí a la calle con el ánimo de encontrar algún garito en el que brindar por el Nuevo Año camuflado entre chilenos. Pero como más vale irse a la cama a las once de la noche de un 31 de diciembre que irse a las dos de la mañana habiendo sido atracado y sin pantalones, a la tercera vez que escuché la palabra 'gringo' a mis espaldas decidí recoger velas e irme de vuelta al hostal, si es que el semiprostíbulo en el que me hospedé puede llamarse hostal.

Total, que a las once de la noche estaba ya en la cama y listo para dormir. Sólamente la compañía de la guitarra que por dieciocho euros había comprado una semana atrás (se deja tocar como una de trescientos) maquilló mínimamente la Noche Vieja más curiosa que habré pasado, y espero pasar, jamás. La realidad es que tampoco tenia sentido celebrar en exceso el 31 de diciembre de un año, éste, que para mí acaba a principios de junio a todos los efectos.

El 1 de enero, el primero desde hace muchos sin la tradicional resaca, me levanté bien prontito y puse rumbó al aeropuerto con una sola imagen en mente: las cumbres heladas de la Patagonia. Será cosa mía, pero sólamente el nombre ya me impone.

Lo que ví durante el vuelo, que me costó apenas 80 euros, no puede pagarse con dinero. Sobrevolar los andes fué impresionante. Una manta de montañas que parecía no acabar, lagos enormes, campos de hielo kilométricos, picos de más de 3.500 metros de altura, glaciares por doquier y hasta un volcán en erupción nos quitaron el aliento a todos los que tuvimos la suerte de volar en ese avión en ese día tan privilegiadamente despejado. Ahí quedan las fotos como testigos, aunque verlo con mis propios ojos fué una experiencia comparable con pocas otras. Bendito sea el momento del check-in en el que elegí ventanilla.

Así que nefasta salida de 2008 y gran entrada en 2009.

Aterrizado ya en terreno patagónico y respuesto del shock andino, me puse a planificar mi aventura por el sur del mundo. Aunque el aterrizaje tuvo lugar en Punta Arenas, mi destino final era Puerto Natales y su archiconocido Parque Nacional de las Torres del Paíne. El parque, que es una de las principales atracciones de América del Sur, tiene montañas y glaciares espectaculares y requiere de al menos tres días de acampada para ser visitado en condiciones. Un servidor, que iba sólo, que hasta entonces había montado una tienda de campaña apenas dos veces en su vida y que ni si quiera viaja con botas de montaña (manda huevos que entre los 27 kilos de maleta que cargo no se me ocurriera meter unas botas), todo el asunto de la acampada a temperaturas gélidas le pillaba un poco de novato.

Pero como este mundo es un pañuelo (este blog lo ha confirmado en repetidísimas ocasiones) y esta vida está llena de casualidades, al entrar a una oficina de informaión me crucé con Vanessa, una de las ya míticas rapitencas que conocimos en la Full Moon Party en Tailandia. Vanessa y James (su novio, un irlandés auténtico que se había unido al viaje unos meses) tenían previsto acampar, por casualidad, los mismo días que el menda. Así que, sin tener que pensarlo demasiado, unimos fuerzas y preparamos el abordaje a las Torres del Paíne conjuntamente. Tras charlar con la gente más experta (y otros que se las daban de serlo) decidimos hacer una acampada de cuatro días, para hacer la ruta de la W, la más famosa, y que combina grandes vistas a las montañas con caminatas de ocho horas al dia. Compra de comida, prueba de tiendas, preparación de mochilas, etc, etc, y al ataque.

La ruta de la W, tal como la planeamos, consistía en tres días de caminata fuerte y un último día más relajado a las faldas de las Torres del Paíne, los picos que dan nombre al parque. El primer día caminamos hasta el Glaciar Grey, la reserva natural de agua natural dulce más grande del mundo después de la mismísima Antártida. La verdad es que en su momento me impresionó muchísimo pero a la postre quedaría aplastado por lo que vería apenas dos semanas después en el lado argentino de la Patagonia. La primera noche en la tienda fué dura, para que engañarnos, con mucho frío, mucha lluvia, mucho viento y pocas horas de sueño.

Bastante cansados amanecimos el segundo día, el más duro a priori y a posteriori, en el que teníamos pensado caminar hasta los Cuernos del Paíne, las montañas más altas y espectaculares del parque (por mucho que Las Torres sean las más célebres). Con lo que no contábamos era con la intensa lluvia que nos acompañó durante las primeras cuatro horas de caminata. Empapados hasta los huesos y con la sensación de tener el mismo frío que subiendo el Everest llegamos al refugio situado a los piés de Los Cuernos, que se encontraban totalmente cubiertos por las nubes. Ante el frío, la lluvia, el hambre, y la imposibilidad de ver las montañas con claridad, decidimos abortar la misión Cuernos del Paine y poner rumbo de vuelta al campamento base. Así otras cuatro horas de caminata, con algo menos de lluvia pero igual de mojados que las cuatro primeras. A la llegada al campamento, una dura ducha de agua fría (mal día para que se acabase el gas) y tres platos de sopita caliente para evitar el resfriado. Allí compartimos las anécdotas del día con, entre otros, Oscar y Ana, una pareja de españoles (Oscar catalán, Ana vitoriana que habla un catalán bastante mejor que el mío) que iban preparados como para escalar cualquier monte del Himalaya. (Oscar, Ana, ¿cómo/dónde estáis? Sois los más grandes).

Para el tercer dia, más lluvia, más frío, más sueño, más cansancio y ningunas ganas de pasar un día como el anterior. Así que, con el rabo entre las piernas pero con la máxima de "esto es para disfrutar no para sufrir" decidimos hacer trampa y coger un catamarán que nos llevó hasta la salida del parque, esta vez a salvo de la lluvia y el frío. Lo bueno del asunto es que desde el catamarán podían verse las Torres, Los Cuernos y todas las montañas cuyo nombre acabase en Paíne, lo que hizo valer bastante la pena el atajo. Y así nos fuimos de vuelta hacia Puerto Natales, dónde junto con Oscar y Ana nos dimos el capricho de cenar en la pizzeria La Repizza, en la que sirven unas pizzas, por cierto, recrudas. También a la vuelta de Torres del Paíne coincidimos con Eva, la otra rapitenca, que se iba de acampada al día siguiente. Unas cervezas, unas risas, y al sobre bien calentitos.

Desde Puerto Natales cogí, también junto a Vanessa y James, un autobús que nos llevaría hasta Ushuaia, en Argentina, famosa por ser la ciudad más al sur del mundo. Esto tiene truco en la palabra "ciudad", porque la pura realidad es que existen varios "pueblos" más al sur que Ushuaia. Tras quince horas de viaje debido a los trámites fronterizos y a haber cruzado el estrecho de Magallanes (vaya clásico) en ferry, llegamos a Ushuaia. Su gran atracción es el Parque Nacional de Tierra del Fuego, un parque que, aún estando bien, no es gran cosa si se compara con la espectacularidad del de Torres del Paíne. De hecho, lo que recordaré con más cariño de Ushuaia es el tiempo que pasé con James y con Vanessa, para mí, la pareja del viaje. A Vanessa ya la conocía, así que no fué una sorpresa. Quién si lo fué es James, un auténtico Fenómeno, con mayúscula. Este hijo de Irlanda es un auténtico showman y un saco sin fondo en lo que se refiere a chistes, trucos de magia y todo lo que se tercie para hacer reír al personal. Fueron unos días de no parar de reír con el tipo. Un personaje con el que hice muy buenas migas, de hecho. Incluso el día en que nos separamos no se cortó un pelo a la hora de ponerse a cantar en medio del hostal mientras yo le tocaba la guitarra. Dios los crea y ellos se juntan. La verdad es que de James podría escribir una entrada completa, pero como ya empieza a chapurrear español lo dejo para que él mismo escriba una entrada de chistes en un futuro.

En el hostal de Ushuaia hice amistad con Rafa y Pablo, dos hermanos de Medellín, Colombia, que aprovechaban dos meses de vacaciones para recorrer Suramérica de norte a sur, desde Colombia hasta Ushuaia, recorriendo parte del Amazonas en barco. Otros fenómenos.

De Ushuaia salí hacia el Calafate, más al norte, para visitar, ya sólo, una de los parajes naturales insignia de la Patagonia argentina: el glaciar Perito Moreno. De camino a el Calafate y tras curzar de nuevo el estrecho de Magallanes (esta vez viendo delfines desde el ferry), tuve que hacer un cambio de autobús en Río Gallegos, una aislada ciudad Argentina en la que aproveché para conectarme a internet y enterarme de que a Barbe le habían dejado sin cámara y sin un duro. Quedamos en que yo le enviaría dinero por correo el siguiente día laborable (era sábado), ya desde el Calafate.

Una vez en el Calafate, el domingo, organicé la visita al Perito Moreno. A falta de billetes de autobús (enero es mes de vacaciones en Argentina y los lugares turísticos están a reventar) quedé en compartir un taxi con una pareja de suizos, Michael y Christina, con los que pasé un gran día. Estos dos eran unos forretis suizos bien entrados en sus treintas pero que disfrutaban de la vida como si tuvieran dieciséis. Lo pasé en grande.

El glaciar es espectacular. ESPECTACULAR. Creo que nunca me he sentido tan pequeño como en el momento de ver de cerca ese bloque de hielo de casi 200 km cuadrados. El Perito Moreno es el único glaciar del mundo que crece cada año (el resto retroceden año tras año), y es por eso un espectáculo sin igual. Constantemente se oye el crugir de esa masa enorme y pueden verse grandes bloques de hielo caer al agua provocando un estruendo exagerado. Muy impresionante. A nivel de paisajes naturales, de lo mejor que he visto en este viaje.

Visitado el Perito Moreno el domingo, la del lunes fué una mañana de colas. Tenía que enviarle dinero a Barbe y la cosa que no fué fácil. Primero, porque en el Calafate sólamanente hay tres cajeros automáticos, y dos de ellos nunca tienen dinero; en el otro, como es de suponer, se forman unas colas que parecen las de un concierto de U2. Además, el dichoso cajero sólo deja sacar 300 pesos (unos 70 euros) de una vez y, como al pobre Barbe 300 pesos no le valían ni para comprarse pipas (necesitaba suficiente como para llegar a Buenos Aires), una vez hecha la cola de hora y media tuve que sacar dinero cuatro veces mientras el resto de la cola, que daba la vuelta a la manzana, me miraba con cierto odio...Ya con la pasta en mano, una cola de media horita en correos y todo arreglado.

Y hasta aquí puedo llegar hoy porque me están llamando para embarcar en un vuelo que no puedo perder.

Fotos finas: http://picasaweb.google.com/guillermo.de.prada2/PradaPatagoniaI#
Hasta pronto.

Un abrazo,

Prada