domingo, 21 de septiembre de 2008

Tailandia (1): Bangkok, Phuket y Koh Phi Phi

Viajamos desde Luang Prabang (Laos) a Bangkok, solos, por habernos separado de Pablo, Jacobo y Xavi por unos días ya que ellos ya habían visto Bangkok semanas atrás. Al no haber un autobus o tren directo desde Luang Prabang hasta Bangkok (¡en Laos no existe el tren!) tuvimos que dividir el trayecto en dos tramos.
En el primero, cogimos un autobus paupérrimo hasta Vientiane, capital de Laos. Como de costumbre, las doce horas de autobus a una temperatura tropical hicieron el viaje un poco duro. Y cuando a la temperatura se le suma que los asientos están diseñados para liliputienses de metro treinta, el viaje termina siendo un tanto infernal. De hecho, debido a que tuvimos que dormir con las piernas en alto porque no nos cabian entre asiento y asiento, estuvimos un dia y medio con los pies hinchados como globos. Pero bueno, ya no va a venir de doce horas malas de autobús. En peores plazas hemos toreado.
Llegados a Vientiane, tuvimos que esperar desde las 6 de la mañana hasta las 5 de la tarde, hora a la que salía nuestro tren destino Bangkok. La mejor opción para disfrutar de la espera fué una panaderia, básicamente por ser de los pocos establecimientos abiertos a esas horas intempestivas. Total, que nos pasamos de 6 de la mañana a 4 de la tarde sentados (cuando no tumbados) durmiendo en una panaderia-cafeteria en la que consumimos poco más que dos croissants. Había que ver las caras de los camareros...no tenían desperdicio. Después del feo de la panadería, cogemos el tren cama hacia Bangkok, sin mayores indicencias y acompañados de un pescador australiano reconvertido a monje budista. Viajar en tren, y más en tren cama, es un placer.
Llegamos a Bangkok. ¿Que decir de Bangkok? Quién haya estado estará de acuerdo en que es una ciudad de descripción dificil. Gente de todas partes, millones de travestis, otras tantas prostitutas, templos mezclados con edificios futuristas, paneles electronicos de mil colores y muchos, muchos, mochileros. Una mezcla curiosa y bastante explosiva.
Después de compartir taxi desde la estación de tren hasta Khao San Road, epicentro del movimiento mochilero (comunidad con la que cada vez estamos más integrados) con un parado italiano reconvertido a agente de importación/exportación, buscamos hostal y lo encontramos. Tan o más barato que en Laos, por cierto. Ya instalados, nos pasamos el primer dia metidos en una oficina de Japan Airlines debido a que tuvimos un pequeño problema con los billetes de avión. Todo solucionado con eficacia nipona. Billetes aparte, dedicamos nuestra estancia en Bangkok al turismo estándar: visita (exterior) a los templos más sonados, recorrido por los interminables mercados de China Town, y tal y tal. También le dedicamos nuestro tiempecillo a preparar un regalo de cumpleaños para la hermana de Barbe (Nati: ¡¡no nos dirás que no es original!!), lo cual no fué tarea fácil. Y aparte de turismo y regalos, el hecho de estar otra vez los dos solos nos sirvió para intentar retomar algunas actividades que un dia fueron parte de nuestra rutina pero que teniamos un poco en espera como pueden ser el salir a correr o escribir este mismo blog.
Al tercer dia en Bangkok nos reencontramos con Pablo, Xavi y Jacobo, que llegaron en autobús desde Pai, al norte de Tailandia. Una vez reunidos, fuimos a ver el espectáculo más dantesco pero más renombrado de Bangkok: El Ping Pong show. El show consiste en algo tan inverosímil como mujeres que lanzan pelotas de ping pong y otros objetos, tales como dardos, con sus partes más íntimas. Mientras algunos de los hombres que estén leyendo estas lineas estarán pensando "ostras, voy a mirar las fotos a ver si sacaron a alguna titi en pelotas...", la mayoría de mujeres estarán pensando que somos unos degenerados. A ver, es verdad que el espectáculo resultó ser más asqueroso que otra cosa (sobretodo teniendo en cuenta que las mujeres que resultan tener estas habilidades sobrenaturales son curiosamente las que están de peor ver), pero también es cierto que el Ping Pong show es, si no la número uno, una de las mayores atracciones turísticas de Bangkok y, de hecho, habían más mujeres que hombres viendo el espectáculo. Que levante la mano el que haya estado en Bangkok y no haya ido al Ping Pong. ¿Lo véis? Nadie.
Ah, en Bangkok también recibimos la noticia de la boda del 2009. ¡Felicidades Cinto y Marina!
Dejamos Bangkok rumbo a las islas del oeste de Tailandia. Sorpresa: ¡en avión! Más sorpresas: ¡huelga de aeropuertos justo el dia en que salimos! Tal como lo suena. Justo el dia en que nos estiramos un poco y nos decidimos a pagar un poquito más por un desplazamiento rápido y algo más cómodo, acabamos con el vuelo retrasado indefinidamente por huelga de los trabajadores tailandeses. La espera fué algo dura, especialmente para Pablo, que no se encontraba bien e incluso tenía algo de fiebre. Tras nueve horas de espera y de acaloradas discusiones futbolísticas (Barbe y Pablo son del Espanyol, Xavi y Prada del Barça, y Jacobo del Madrid...cóctel molotov), nos informan de que nuestro vuelo al menos saldrá el mismo dia en que estaba previsto, si bien más de diez horas tarde. Podría haber sido peor. Una vez en el avión, más problemas. Pablo empieza a tener tanta fiebre que le dan unos tembleques que nos dejan perplejos. En cuanto aterrizamos en Phuket y nos instalamos, llegan los vómitos de Pablo y rápidamente llamamos a un médico para asegurarnos de que se trata sólamente de una gripe y no malaria o denge, enfermedades que no son difíciles de contraer en Camboya o Laos. Efectivamente, el médico (que, por cierto, era más chamán que médico) nos asegura de que se trata sólamente de una gripe intestinal y nos quedamos tranquilos.
Al dia siguiente, el virus se cobra su segunda víctima: Xavi. Ya eran dos los que tenían fiebre alta, vómitos, y unos tembleques que ninguno de nosotros habiamos visto antes. Además, Pablo no podía comer porque todo lo que comía lo devolvia. Así que llamamos otra vez al medico y éste los ingresó en un hospital. Aterrizábamos en las islas con el pie izquierdo.
Mientras los dos convalecientes "agonizaban" en el hospital, el resto (Barbe, Jacobo y Prada) nos fuimos a conocer Phuket. De dia y de noche. De dia, la isla no es mucho más bonito que Playa de Aro. A pesar de su fama y supuesta reputación, Phuket no resultó ser ni por asomo la isla paradisíaca que podiamos esperarnos. Muy al contrario, nos encontramos con una playa más bien mediterránea y un paseo marítimo plagado de Burger Kings, McDonalds y centros de masaje. Lo dicho, Playa de Aro.
De noche, Phuket se vuelve más único y uno empieza a entender de donde le viene la fama. Alrededor de miedian noche, los garitos nocturnos empiezan a subir el volumen de su musica y con ello el ambiente se revuelve y los locales se abarrotan. Es entonces cuando saltan a escena las grandes protagonistas de la noche en Phuket: las prostitutas. Al entrar en cualquier local el espectaculo es dantesco. Docenas de prostitutas asediando a cualquier occidental que deje ver el más mínimo resquicio de vulnerabilidad en su cara. Cuanto más mayor, más fácil es el blanco para ellas. Como os decíamos, un espectáculo horrible. Eso es Phuket, un oasis de compañía para todo aquél que se sienta sólo. Y es que eso es justamente lo que se vende en Phuket: No sexo, sino compañía. Por las calles se pasean, ya por la mañana, señores de cincuenta en adelante con señoritas tailandesas de veinticinco. Se las llevan a comer, a la playa, a cenar, y ellas encantadas. Y ellos aún más. Hasta se cogen de la mano. Los hay que parecen enamorados, y no es broma. Y así, dos, tres, siete días y los que hagan falta. Más que prostitutas son parejas de alquiler. Las más espabiladas, convencerán a sus "amados" para que se queden a vivir con ellas en Tailandia (ellos pican más de lo que pensáis) y así vivir mantenidas de por vida. Y todos contentos.
Pero bueno, dejemos la prostitución y volvamos a los enfermos. Tras dos dias de convalecencia y unos varios litros de suero corriendo por sus venas, Pablo y Xavi finalmente salieron del hospital recuperados. Bueno, Pablo pareció salir recuperado a medias, aunque más tarde se tomó una doble cheese burguer con patatas y se le pasó la enfermedad de golpe.
Otra vez los cinco, y otra vez en movimiento a pesar de las inundaciones que asediaron Phuket. Siguiente destino, Koh Phi Phi: isla minúscula, meca mundial del submarinismo y escenario en el que se rodó La Playa (la de Di Caprio), así que paraje sin igual de playas paradisíacas. Hasta, nos dijeron, pueden verse tiburones.
Y en este párrafo es cuando explicamos lo bien que hemos buceado, las playas increíbles en las que nos hemos bañado, y que hasta hemos visto a Leonardo Di Caprio. Pues no. ¿Por qué? Por dos cosas. Una, el tiempo. Tiempo terrible durante toda nuestra estancia en Phi Phi. Lluvia y más lluvia, e incluso un pelo de fresco (para entendernos, frío tampoco, unos veinte grados, que ya son diez menos que la temperatura media que hemos tenido durante los tres primeros meses de viaje).
La segunda razón, los virus. Como era previsible, el virus gripal que primero acogieron Pablo y Xavi pasó a cada uno de los que en su dia estuvimos sanos. Primero Barbe con un constipado de tres pares de narices combinado con la segunda otitis de la temporada. Luego Prada con una sintomatología que no cabe describir aquí. Simplemente diremos que no se pudo separar del lavabo en dos días. Y por último cayó Jacobo, con un poco de todo. Además de los virus, tambien sufrimos el ataque de las cucarachas, las cuales atacaban nuestras mochilas en grupos de cinco. Muy bestia, ya veréis las fotos.
Así que poco pudimos disfrutar de la famosa Phi Phi y por tanto poco tenemos que contar. La verdad es que la isla parecía increible, y lo poco de playa que pudimos ver (básicamente desde el ferry en que llegamos) era espectacular. Bueno, que sirva como excusa para volver algún dia.
A pesar de las incidencias en Phi Phi, lo peor de la estancia fue que Pablo decidió marcharse de vuelta a Barcelona, antes de lo previsto, por no acabar de encontrarse bien y por tener que resolver algunos affaires universitarios. Pavel, te echamos y te seguiremos echando de menos.
Ásí que ya sólo quedamos cuatro.
En Phi Phi acabó nuestro recorrido por las islas del oeste de Tailandia. Desde allí dimos el salto a las del este: Koh Phangan y Koh Tao. ¿Qué que tal? Os lo explicamos en la próxima entrada.

Un abrazo,

Barbe y Prada

domingo, 7 de septiembre de 2008

Laos, el gran desconocido

Prácticamente desconocido para la mayoria de los mortales, Laos ha resultado ser el diamante en bruto del sudeste asiático y la más grande de las sorpresas que nos hemos llevado en lo que llevamos de viaje.
Atacamos Laos desde el norte de Camboya con los habituales problemas en la frontera y otras tantas incomodidades en el transporte que esta vez vamos a obviar para no repetirnos más de lo que ya venimos repitiéndonos. El primer destino una vez solventados los aspectos "geopolíticos" del cambio de país (véase también: sobornos a personal de aduanas) fue la zona de Si Phan Don, también conocida como el area de las cuatromil islas. Se trata de un conjunto de islas en el rio Mekong que forman una especie de delta bastante espectacular, especialmente en esta época del año en que la lluvia es el pan de cada día y el Mekong roza límites de capacidad. En realidad, la gran mayoria de las (presuntamente) cuatromil islas de Si Phan Don son más bien islotes y sólamente diez o doce son lo suficientemente grandes como para ser habitadas. Nosotros optamos por Don Det, a priori la más popular entre los backpackers y donde pensamos que, por tanto, encontraríamos a más gente de nuestro "rollo" y unos precios más asequibles.
La llegada hasta la propia isla fué curiosa porque, como decimos, el Mekong está a estas alturas de año casi desbordado y baja con muchísima fuerza. Y porque siete personas (recordamos: Jacobo, Pablo, Xavi, Javi, Cris y los mendas) con mochilas de 25kg cada una en una patera de dos metros de ancho con un micromotor que no parecía tener más fuerza que un cepillo de dientes eléctrico no era ni mucho menos nuestro sueño ideal de como cruzar los quinientos metros de enfuruñado Mekong que nos separaban de nuestra isla de destino. A pesar de que el naufragio nos pareció casi garantizado, estos asiáticos parecen saber lo que hacen y, aunque en varios momentos parecía que se nos llevaba la corriente, llegamos a Don Det sanos y salvos.
Ya en tierra firme, la vida en una isla de 6km de largo fué de lo más relajante. El mayor esfuerzo que hicimos fue montaros en bici para recorrer la costa en busca de los delfines que habitan en el Mekong y que dicen ser visibles (กes mentira!) a esa altura del río. Pinchazos de rueda, baños en el rio y más pinchazos fueron la tónica durante nuestra estancia en Don Det.
Aquéllos dias fueron seguramente el tiempo en que más aislados del mundo hemos estado en todo el viaje (y seguramente en nuestras vidas). Esta pequeña isla, en la que deben vivir no más cien personas (turistas a parte), no tiene corriente eléctrica y la única electricidad de la que se dispone es la producida por generadores y sólamente puede usarse durante tres horas al dia. El agua que llega hasta el lavabo no es más que el agua del río así que tuvimos que utilizar agua embotellada para lavarnos los dientes porque el agua del grifo parecía Cacaolat. Internet, por supuesto, era un bien de lujo, y los mosquitos son del tamaño de Pau Gasol. El lado positivo es que por fin hemos usado esas mosquiteras que tanto espacio ocupan en nuestras mochilas!
En cuanto a percances, sólo destacar que Xavi se pasó vomitando dos días y que fuimos testigos de la tormenta más escandalosa que hemos vivido jamás. Aparte de eso, todo bien.
Desde Don Det dimos el salto al Laos continental, pasando brevemente por Vientiane, la capital, para acabar en Vang Vieng, un poco más al norte. Esta vez, debido a que el trayecto a recorrer fué de 27 horas, decidimos coger un autobús local en lugar de las furgonetas y minibuses en las que nos desplazamos normalmente, para ahorrarnos unas perrillas y así seguir en la linea de "ahorro" que estamos intentando llevar. Es toda una experiencia porque los autobuses locales en Laos no sólo trasnportan personas, sino también todo tipo de mercancías, animales, otros vehículos, y hacen mudanzas, todo en un mismo autobús. En el pasillo de nuestro autobús habían colocados, entre otros, al menos 100kg de sacos de patatas y otros tubérculos, un sofá (es dificil de explicar como cabía un sofá en el pasillo de un autobús, pero juramos que así fué), veinte sillas de plástico, y nuestras mochilas. Además, el la vaca del autobús habían al menos diez motos y otro sofá. Estos tios saben como aprovechar los viajes.
Una vez en Vang Vieng, enseguida nos dimos cuenta de que este minúsculo pueblecito tiene algo muy particular. La calle está llena de bares y restaurantes con televisiones en las que sólo se emite Friends y llenos de australianos, italianos, ingleses, americanos, alemanes, holandeses, españoles y número exagerado de irlandeses (a lo que todavía no le hemos encontrado explicación coherente). El ambiente, lejos de ser el de un pueblecito rural en medio de la nada, es totalmente occidental, muy joven, movido, y un tanto portaventuresco. Y es que Vang Vieng es probablemente la localidad más famosa de Laos por tener una de las atracciones turísticas más populares de todo el sudeste asiático. A lo largo de unos 4km de orilla del Mekong, estos Laosianos han montado ocho o nueve bares con música a tope y con atracciones como tirolinas, trampolines, campos de futbol, etc...El tema consiste en recorrer los 4km rio abajo montado en un flotador gigante tipo donut, claro está, parando en cada uno de los bares (algo así como lo que hace Fernando Alonso al meterse en boxes) para tomarse, quien menos, un par de copas y pegar cuatro saltos al agua. El resultado: trescientas personas bajando 4km de rio en donut con una cogorza impresionante, bailando en las orillas, tirándose al río en voltereta y deslizándose por interminables tirolinas desde las 12 de la mañana hasta que el sol desaparece. Increíblemente divertido e increíblemente peligroso. Lo peor llega a la mañana siguiente cuando te levantas con un dolor de espalda matador, provocado por esa galleta monumental que te pegastes en el bar del trampolin cuando intentabas hacer ese doble mortal que sólo crees que sabes hacer cuando te has bebido media botella de Jack Danielดs...la otra pega es una resaca monumental, secuela de un dia entero de alcoholismo puro. Eso sí, como no hay nada mejor que un buen baño para combatir la resaca, todos al rio con el donut, y vuelta a empezar. Nosotros duramos dos días, pero conocimos a gente que llevaba ocho dias seguidos dándole al tema.
Dejamos Vang Vieng con cambios en el equipo. Cris y Javi pusieron punto y final a sus vacaciones y tomaron rumbo a Bangkok para desde allí coger un avión hasta nuestra añoradísima Barcelona. Javi, Cris: qué gran placer el haber podido compartir parte de este viaje con vosotros. Os echamos de menos.
Empapados de melancolía por las importantes bajas llegamos a Luang Prabang, un pequeño pueblo que resulta ser tan pintoresco que fué declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco hace ya unos cuantos años. La verdad es que el pueblecito tiene mucho encanto. Sus calles están plagadas de templos budistas y sus monjes, siempre vestidos de naranja y protegidos del sol por un paraguas del mismo color, se dejan ver a cualquier hora del día. Al contrario de lo que parece darse en otras religiones, el budismo parece ser casi más popular entre niños que entre adultos. La mayoría de los templos de Luang Prabang tienen escuelas budistas en las que las que los crios (literalmente, hay niños de siete u ocho años que ya van vestidos de naranja) aprenden lo que seguramente será la doctrina a la que dedicarán sus vidas. Si bien en algunos casos es de admirar que niños tan jóvenes se dediquen tan plenamente a su religión, la verdad es que en la mirada de algunos chavales puede intuirse que su dedicación se deriva de la ilusión que algunos padres deben tener puesta en eso de tener un hijo que se meta a monje...
Además de templos y monjes, Luang Prabang tiene un famoso mercadillo nocturno en el que se pueden comprar desde pájaros hasta cualquier baratija de plata. Lo de nocturno, es relativo, porque en Luang Prabang no hay ningún tipo de vida nocturna ya que hay un toque de queda a la once de la noche, imaginamos que para preservar la tranquilidad de los monjes. La verdad es que después de lo de Vang Vieng, unos dias de descanso nocturno nos vinieron que ni pintados. Además, nos sirvió para aprovechar más las mañanas y hacer alguna excursión. La más destacable, la que hicimos a unas cascadas (sí, otras) en las que las lapas nos cogieron cariño y acabamos con pies y tobillos ensangrentados tras arrancarnos decenas de ellas. Qué le vamos a hacer si los españoles somos así de atractivos...
Y así fué Laos, la última parada antes de asaltar el gran gigante del sudeste asiático: Tailandia. Por motivos logísticos, el grupo se dividió en dos antes de cruzar la frontera. Nosotros dos por un lado y Jacobo, Pablo y Xavi por el otro. La razón es que ellos tres ya visitaron Bangkok hace unos meses y por eso prefirieron ver otra zona mientras nosotros veiamos la capital. En Bangkok nos volvimos a reunir para dar el salto a las islas tailandesas. Pero bueno, eso ya es tema para la siguiente entrada...
Seguimos sin poder colgar las fotos, pero esperamos colgarlas pronto.
Un abrazo,
Barbe y Prada

martes, 19 de agosto de 2008

Camboya, la perla del sudeste asiatico

Desde Ho Chi Minh CIty cogimos un autobús rumbo a Phnom Penh, capital de Camboya. Atrás quedaría Vietnam y nuestro primer contacto con el sudeste asiático.

Como viene siendo costumbre desde que pisamos Vietnam, lo más traumático de viajar fué el transporte. Si bien esta vez la comodidad del autobus fué aceptable y el trayecto relativamente corto (unas seis horas, cruzando el río Mekong en ferry), cruzar la frontera tuvo lo suyo.

En el autobús nos ofrecieron gestinar el visado de entrada a Camboya (que se paga en la propia frontera) sin nosotros tener si quiera que bajarnos del autobús, por 24 dólares. Nosotros, que teníamos entendido que el visado costaba sólo 20 dólares, y que, todo sea dicho, estamos metidísmos en el papel de regatear por todo y miramos la pela hasta el último céntimo, no dudamos en bajarnos del autobús en la frontera para comprobar que el precio real eran 20 y no 24 dólares. En eso que nos bajamos del autobús y comprobamos que efectivamente el precio eran 20 dólares. Visto lo visto, nos sacamos los visados por nuestra cuenta tranquilamente (ahorrándonos 4 dólares, que aquí son lo que cuestan un par de buenas pizzas) y, ya con visados en mano, nos dirigimos de vuelta al autobús. Pero muy para nuestra sorpresa resultó que el auobusero, seguramente enfuruñado porque con nosotros no se embolsó sus cómodos 4 dólares de comisión por gestionarnos el visado, se marchó sin avisar y, lo peor de todo, ¡con nuestras mochilas! Si bien algunos ya nos veíamos llevando llevando la misma camiseta durante varias semanas y reciclando calzoncillos otras tantas, al final conseguimos darle caza subiéndonos a un camión de campesinos que nos llevó hasta una estación de servico donde nuestro autobús se paro a llenar el depósito. Entrábamos en Camboya con el pié izquierdo...

Una vez en Phnom Penh (y tras la bronca monumental que le endosamos al mamonazo del autobusero) enseguida nos cogimos un minibús con destino a Sihanoukville, un pequeño pueblo en la costa sur camboyana del que se habíamos oido maravillas. Y así pues, otras cinco horas de viaje en un minibús de doce personas en el que nos montamos quince individuos y sus quince mochilas. Aún así, el viaje valió la pena porque Sihanoukville resultó ser el pueblo encantador que nos habían prometido. Y como nada mejor que un poco de playa y relax para recuperarse de horas y horas de autobús, allí nos quedamos cinco días sin pegar palo al agua. Que bien se siente uno cuando se levanta y su mayor preocupación es si el billar del hostal estará libre cuando acabe de tomarse esa crepe de plátano con la que ha soñado toda la noche.

Aparte de miles de partidas de billar, otros tantos crepes de plátano, unas buenas barbacoas de pescado a la orilla del mar, una lluvia intensa y constante (pero que no evitó los primeros baños en el golfo de Tailandia) y unos partidos de fútbol con los chavales locales en el patio del colegio del pueblo (ver fotos cuando se cuelguen), no hay mucho que destacar. Sihanoukville fué una parada estratégica para reponer las fuerzas con las que afrontar el resto del mes, que está siendo un no parar.

De Sihanoukville vuelta a Phnom Penh para recoger a dos nuevas incorporaciones: Cristina, la novia de Jacobo, y Xavi, un amigo suyo, que se quedarán con nosotros hasta finales de mes. Ésta es básicamente la razón por la que el mes de agosto está siendo bastánte frenético (a ver, que a nadie le suene a recochineo. Queremos decir "frenético" en el contexto del viaje). Ahora somos siete de los cuáles dos (Cristina y Javi) vuelven a Barcelona antes de que acabe el mes, por lo que el ritmo a pasado a ser de tranquilo a más bien rápido para que los que se marchan puedan ver cuanto más, mejor. Además, los otros tres con los que estamos viajando(Jacobo, Pablo y Xavi) acaban su vuelta al mundo el 30 de septiembre, así que para ellos este último mes y medio es también la recta final del viaje y quieren exprimir los dias al máximo. La verdad es que para nosotros esto está siendo bastante cansado porque no paramos en el mismo sitio por más de dos días con el objetivo de ver todo lo que podamos. Así que cada uno o dos dias nos metemos en buses o minibuses en los que pasamos días o noches enteras viajando. Para que os hagáis una idea, ayer llegamos a Vientiane, capital de Laos, después de 28 horas de autobús (un bus local, por cierto, en el que se transportan desde personas hasta patatas, gallinas, sofas o motos, todo amontonado en el pasillo...hay que verlo para creerlo). Empeza a faltar el sueño de calidad o la alimentación decente, entre otros. Así que vamos a ver hasta cuando aguantamos éste ritmo, teniendo en cuenta que a nosotros dos nos quedan todavía más de nueve meses por delante.

En fin, una vez en la capital comprobamos que Camboya es bastante menos desarrollado que Vietnam y que cualquier tipo de higiene brilla por su ausencia. La gente duerme en la calle rodeada de ratas y otros animales sin ningún tipo de preocupación. Nosotros, por nuestra parte, no nos duchamos con agua caliente desde que pisamos Camboya y el acceso a internet está más bien complicado si no es pagando los minutos en oro. Ni mencionar que el aire acondicionado no es muy popular por aquí y que, sumado a que hemos empezado a dormir con mosquitera, las noches empiezan a ser calurosamente duras. La contrapartida es que Camboya (excepto los templos de Angkor) es mucho menos turístico que Vietnam y por eso uno ve con más claridad como vive realmente esta gente. Es, sin duda, una experiencia más auténtica que Vietnam o China.

Sin mucho que ofrecer aparte de algunos templos budistas y un mercado bastante curioso, Phnom Penh no parece más que un pueblo grande con la peculiaridad de que aloja a unos cuantos millones de personas.

Desde allí dimos rápidamente el salto a la gran atracción turística de Camboya: Siem Reap y los templos de Angkor. Estos templos son los restos de la civilización Khmer, que habitó Camboya por allí entre los siglos VIII y XIV, según le están chivando a un servidor mientras escribe estas lineas. En su día, en el complejo en el que se agrupan estos templos vivieron cerca de un millón de personas mientras que en Londres, por aquella misma época, vivían menos de cincuenta mil. La verdad es que los templos son muy espectaculares sobretodo si se tiene en cuenta la época en la que fueron construidos. El más espectacular, aunque Angkor Wat sea el más famoso (que, a su vez, decepciona), es Ta Prhom, en el que los árboles se han abierto paso por dentro del propio templo y en el que se rodó la película de Tomb Raider. La particularidad que tiene visitarlos es que hay que levantarse con el sol si se quiere tener la mejor vista posible. Así que ahí nos tenías a las cuatro y media de la mañana viendo amanecer en los templos de Angkor y haciendo fotos a mansalva. El conjunto de templos es enorme (lo vimos en dos días) y lo que se suele hacer es alquilar un tuk-tuk (que viene a ser un carro de personas arrastrado por una moto) con conductor para que te lleve de aquí para allá durante los días que dure la visita. Un pelín paradójico esto de ser mochileros con chófer, pero bueno...

Una vez vistos los templos y de recuperar fuerzas comiendo serpiente, entre otros manjares, nos dirijimos hacia la provincia de Ratanakiri, famosa por las cascadas que el rio Mekong forma a su paso por el norte de Camboya. Debido a problemas de conexión entre Siem Reap y Ratanakiri, tuvimos que hacer sendas paradas en Kratie y Stung Treng. El viaje de Siem Reap a Kratie fue decente y para el trayecto entre Kratie y Stung Treng dispusimos de un autobús de veinte personas sólo para nosotros (¡¡regalo de los cielos!!). Pero como esta vida te da una de cal y otra de arena, el viaje de Stung Treng a Ratanakitri fue un trayecto infernal en un autobús con overbooking durante seis interminables horas. Esta vez el problema fue que las lluvias dejaron el camino (de tierra) en un estado bastante poco transitable y llegamos los siete con un dolor de riñones de cuidado. Pero bueno, en peores plazas hemos toreado, y sobretodo, en mucho peores habrá que torear, así que sin quejas.

Ratanakiri fue muy divertido: Baños en cascadas espectculares, chapuzones en el cráter de un antiguo volcan convertido a lago, paseos en moto con pinchazos incluidos, etc...Incluso Pablo y Prada tuvieron el placer de perderse de noche con una moto que no tenia luces, intuyendo más que viendo el camino (mamá, tú deja de leer aquí) a la vez que desgutaban cientos de mosquitos bien cargaditos de malaria...

Esto ha sido Camboya, el primer contacto (algo rápido, por las circunstancias) con el verdadero subdesarrollo. Ha sido una experiencia muy diferente a la vivida en el resto de paises y nos deja con la sensación de que Camboya es el sitio al que ir (con el permiso de Laos, que también parece serlo) si uno quiere vivir la Asia profunda huyendo de paises más "turistificados" como pueden serlo Vietnam o Tailandia.

De Camboya hemos dado el salto a Si Phan Don, un conjunto de islas al sur de Laos, sobre lo que escribiremos más adelante.

Estamos teniendo problemas técnicos para colgar las fotos. El problema es que no tenemos wifi en ninguna parte y colgar las fotos desde un internet café (cuando es posible) nos costaría un ojo de la cara. Ahora, desde Laos, conectarse a internet via wifi parece todavía más complicado, pero prometemos colgar todas las fotos atrasadas en cuanto nos sea posible.

Un abrazo,

Barbe y Prada

viernes, 8 de agosto de 2008

Vietnam (2): Saigon (Ho Chi Minh City)

Saigon es la capital de lo que en su dia fuera Vietnam del Sur. Epicentro de la guerra de Vietnam, hoy en dia es más conocida como Ho Chi Minh City. Siendo bastante más extensa que su homóloga del norte (Hanoi), Saigon da cama a casi diez millones de almas. Aún así, la ciudad no es tan caótica como podríamos haber esperado y en cambio es, en cuanto a Vietnam se refiere, lo más parecido que hemos visto a una ciudad occidental. Cadenas de hoteles de lujo americanas, Kentucky Fried Chickens y unos precios bastante occidentalizados se dejan ver por toda la cuidad.

Precisamente porque los precios en Saigon no son los del resto de Vietnam, nos vimos obligados a alojarnos en un hotel (se hacen llamar hoteles pero que nadie se imagine un hotel sino un hostal de los malos) un tanto tenebroso. Al ser ahora cinco personas, solemos dividirnos en una habitación doble y una triple, ya que no es fácil encontrar habitaciones en las que podamos dormir los cinco juntos. Total, que por temas logísticos, los mendas se cogieron una habitación doble en el mencionado hotelucho mientras que Pablo, Jacobo y Javi cogieron una triple en el de al lado.

Y primera noche, primer incidente. Estos hoteles de gama baja (baja baja) suelen tener, en lugar de wifi (bastante extendido en cualquier hostal mediodecente), un ordenador en la recepción para uso de los huéspedes, normalmente gratuito. Durante la mañana después de la primera noche nos conectamos (básicmante para ver si Rafa Nadal ya había desbancado a Federer como nº1...), y al acabar de usar el ordenador el recepcionista nos dice que hay que pagar por el uso del ordenador. Nos liamos en una discusión porque el tipo no nos habia avisado de que internet era de pago, y que si tal y que cuál. El tio, más chulo que un ocho, nos dice que si no pagamos (estamos hablando de la miseria de veinte céntimos de dolar) nos echa. Y como para chulos nosotros, le decimos que nos vamos encantados, no por no pagar veinte céntimos, obviamente, sino porque el tio se habia pasado tres pueblos de vacilón.

Vuelta a hacerse las maletas y nos disponemos a dejar el hotel. Hasta aquí bien. Pero toma sorpresa cuando bajamos a la recepción y el amigo recepcionista se planta (junto con un amiguete suyo con cara de matón al que suponemos llamó para la ocasión) para que le paguemos por la única noche que habíamos pasado en su hotel. Nosotros, que nos pareció escandaloso que nos echaran de un hotel y que encima nos reclamasen los doce dólares que cuesta una noche de estancia, le digimos claramente que no pagábamos ni por asomo. Tan tranquilos, nos dirijimos hacia la puerta, mochilas a la espalda. Y empieza el espectáculo. Un tercer hombre (presumiblemente el padre del recepcionista, por edad y porque era igual de feo) cierra la verja del hotel y se pone en medio para impedirnos el paso. Buenamente, le decimos que no se ponga tonto y que nos abra, porque por mucho que nos cerrase el paso no teníamos la más mínima intención de pagar ni un centimo. Pues va el tio, coge una banqueta, y la levanta en plan amenzante. Así que la cosa se pone seria. Intentamos abrir las puertas pero con las mochilas a cuestas y el tio de la banqueta amenzando y al borde del infarto (estaba mucho más asustado que nosotros) no lo conseguimos. Empiezan las amenzas con puños, insultos en vietnamita, insultos en ingles, insultos en castellano e insultos casi hasta en hebreo, y justo en ese momento aparecen Javi, Jacobo y Pablo al otro lado de la verja (venáin de su hotel) y entre los cinco conseguimos abrirla, y "escapamos" entre insultos de un lado y el otro.

(Nota para las madres: aunque la escena parece más bien dramática no tiene menos de cómica, sobretodo si se tiene en cuenta que el tipo de la banqueta no pasaba del 1.50m y los 45kg, menos que nuestras mochilas, y que la banqueta, una vez levantada por el personaje este, nos llegaba al pecho a duras penas. Así que, mamás, no sufráis. Es que, si no dramatizamos un poquito, la historia se nos queda en nada...)

Rifirafes aparte, los vietnamitas son gente bastante amigable y amable, sobretodo si uno ha pasado por Rusia antes que por Vietnam. De hecho, este tipo ha sido de la poca gente desagradable que hemos encontrado en todo el viaje (otra vez, Rusia juega en otra liga, y no cuenta para esta última frase).

El caso es que, mochilas a la espalda, chorro de adrenalina en sangre y cuatro ojos por cabeza por si acaso, hubo que buscar otro hotel. Y no por chulería, sino por falta de oferta, nos cogimos una habitación en el hotel de al lado. La habitación nos la dieron doble aunque deberían habernos dado un triple porque la cucaracha que venía de regalo (ver foto) ya ocupaba una cama ella solita.
La ciudad es muy pero que muy grande y por eso lo mejor es moverse en moto. Y así lo hicimos. Alquilamos un par de motos (Pablo se quedo en su hotel medio enfermo) y nos adentramos en el Vietnam más rural en busca de un pueblo llamado Cu Chi, en el que están abiertos al público (pagant, San Pere canta) los túneles donde los vietnamitas se escondieron durante la famosa guerra de Vietnam. Los túneles son impresionantes por lo pequeños que son y por su extensión. Hay más de 200km de túneles en los que los vietnamitas comían, dormían, se entrenaban e incluso se operaban. Mirar las fotos porque es increíble que estos tios pudieran vivir durante semanas en unos túneles que no pasan de 90x70cm y que están llenos de murciélagos. El más largo que cruzamos media 30 metros (que no es nada) y la sensación de claustrofobia era horrible.

Cu Chi está a unos 100 km de Saigon y el viaje en moto no tuvo desperdicio. Salir de Saigón fué toda una proeza teniendo en cuenta que un servidor (Prada) nunca había llevado una moto con marchas y que compartir calzada con veinte motos por metro cuadrado nos es algo que uno haga todos los días. Si a eso le unimos la lluvia de rigor, la hazaña toma aires épicos. La entrada fué algo más complicada porque las lluvias colapsan la ciudad por completo. No sabemos quién diseñó la ciudad pero hacer calles que hacen subida tras una bajada no es lo más eficiente en cuanto a evacuación de aguas. Balsas enormes de agua se acumulan en las calles y crean un caos circulatorio absoluto. Nosotros, que después de casi 200km en una jungla de motos bajo la lluvia, nos creíamos que unos simples charquitos no podrían acabar con nosotros. Así que, cogiendo carrerilla y dándole bien al gas, nos dispusimos a atravesar la primera gran balsa de agua con la que nos encontramos. Diez metros y seguimos en pié. Veinte metros y seguimos en pié pero aminorando. Treinta metros y seguimos en pié pero lentos como una tortuga y con los piés en alto porque el agua cubre media rueda. Cuarenta metros y el motor nos pide a gritos (y con señales de humo) que paremos. Cincuenta metros y hay que apoyar un pié en el agua...en mala hora nos pusimos bambas y calcetines. Al final la moto casi fallece, aunque tras casi una hora de ejercicios de reanimación conseguimos que viviera...toda una experiencia.

Desde Saigon dimos el salto a Camboya, donde llevamos ya casi una semana. Pero como por motivos logísticos (a saber, que internet en Camboya es un lujo) no hemos podido colgar la crónica de Saigón hasta hoy, la de Camboya la colgaremos un poquito más adelante.

La conexión a internet no nos da para colgar fotos así que colgaremos todas las fotos de Vietnam en cuanto podamos.

Un abrazo a todos los que nos sigan leyendo.

Barbe y Prada

lunes, 28 de julio de 2008

Vietnam (1): Hanoi, Hué, Hoi An, Nha trang

8.00 de la noche y apunto de salir a cenar para acostarnos pronto porque a las 7.30 de la mañana cogemos un autobus rumbo a Saigon, la capital del antiguo Vietnam del Sur. Han pasado ya diez dias desde que entramos a Vietnam desde el sur de China y nos parece que llevamos una vida dando vueltas por el país.
Llegamos a Hanoi desde Ping Xiang (China) en un trayecto en minibus infernal en cuanto a la conducción se refiere. Hanoi es seguramente la ciudad más caótica que hemos visto (y que veremos) jamás. En primer lugar porque, al parecer, la conducción temeraria no es delito sino obligación. Sin exagerar, cruzar la calle en Hanoi es bastante más complicado que colar una bomba en la Casa Blanca. No podemos verificarlo porque no leemos en vietnamita, pero pondríamos la mano en el fuego a que en el código circulatorio del país existe una norma por la cuál un conductor puede desgravar impuestos por cada peatón occidental al que atropeye. El lado positvo es que el atropeyo suele ser de moto y no de coche. En comparación con Hanoi cualquiera diría que en Barcelona las motos están prohibidas. Cientos de motos se acumulan en cada semáforo en rojo a la ansiosa espera de la luz verde que les permita salir a la caza de algún peatón inocente.
Luego esta el tema de la higiene. Obreros que se lavan con el agua que la lluvia deja en las bases de los árboles, abuelas que usan la mismísima calzada a modo de mesa para trocearle la comida a los nietos...Incluso es normal que los hombres hagan sus necesidades (menores, por suerte) en la mismisima calle. Y un consejo: quién le tenga fobia a las ratas que no baraje Vietnam como un posible destino para sus vacaciones.
Y por si los Vietnamitas no fueran lo suficiente -vamos a decir- "guarretes", el monzón pone el resto. La verdad es que habíamos oido que el monzón era una señora tromba de agua, pero lo que vivimos en Hanoi va un poco más allá de una tromba. Para empezar, no avisa. En cuanto cae la primera gota, o corres o acabas como si acabaras de tirar a una piscina. En serio, hay que tener buenos reflejos y buenas piernas o no se cuenta. Y además, puede durar una eternidad. Es muy recomendable llevar siempre un libro (y gordo) a mano porque allí donde a uno le coja la lluvia es donde pasará las 2-3 siguientes horas. Y bueno, con la lluvia llegan los apagones (varios al día), con los apagones las duchas frías, etc, etc.
En el plano turístico, lo más interesante fué visitar las celdas de tortura donde los franceses torturaban a los vietnamitas en la época colonial. Las mismas luego fueron utilizadas por los propios vietnamitas como cárceles para los soldados americanos capturados durante la guerra de Vietnam e incluso hay una foto de John McCain (el tipo que ahora se juega la presidencia con Obama) en sus años mozos cuando fué capturado durante la Guerra de Vietnam. Aparte de eso, está el mausoleo de Ho CHi Minh, aunque, vistos el de Lenin y, sobretodo, el de Mao, es poca cosa.
A pesar del caos total que es Hanoi para dos personas acostumbradas a (lo mejorcito de) la vida occidental, es una ciudad muy interesante que ver. Precisamente por su caos, porque no hay normas para nada, porque es sucia y porque es tan diferente a lo que uno ve en casa, es tan enriquecedor visitarla.
Desde Hanoi nos unimos a un tour organizado de tres dias por la bahía de Ha Long, una bahía con cientos de islas, tres horas al sur este de Hanoi y cuyas fotos prometían un ansiado baño en aguas cristalinas. Una vez allí, ni rastro de aguas cristalinas aunque si encontramos unos paisajes increíbles. Además de los paisajes nos encontramos con varias medusas gigantes que no dudaron en dejar un pequeño souvenir en el pie de Barbe tras cogerle por sorpresa en el agua. Picadas de medusas aparte, allí pasamos los que seguramente han sido los tres dias más divertidos hasta la fecha: noches en barco con gente de todas partes, durante el día salidas en kayak, visita a una isla con monos, un poco de trekking...en fin, lo típico que se hace cuando uno viene a Vietnam pero no por ello menos divertido. La nota negativa es la "pérdida" del móvil de Barbe. Pérdida va entre comillas porque de pérdida no tuvo nada. Un robo de cojones, vamos.
El hecho que más ha cambiado nuestro viaje desde la visita a Ha Long es que ya no somos dos. Somos cinco. Qué pequeño es el mundo y que caprichoso el azar. Resulta que en el area de servicio en la que el autobús que nos llevó a Ha Long paró a respotar nos encontramos con un viejo amigo del colegio (Pablo Velat, para el que no lo conozca, el hermano pequeño del mítico Javier Velat, un clásico del San Ignacio) que también (nosotros que nos creíamos únicos...) está dando la vuelta al mundo con su primo y un amigo (Jacobo y Javi, por este orden). Así que, dado que hasta septiembre tienen una ruta parecida a la nuestra, en principio viajaremos juntos hasta nueva orden.
Desde Ha Long nos desplazamos hasta Hué, un pueblo costero a unas 14 horas de autobús. Y como viene siendo habitual en cada desplazamiento sobre ruedas, el trayecto fué un infierno. Imaginaros un autobús de literas. ¿Cuantas literas caben a lo ancho en un autobús de magnitudes estandar? ¿Dos?, ¿tres?,¿quién da más? ¿cuatro? Pues en Vietnam caben cinco. Cinco personas por fila durmiendo totalmente solapadas en un autobús a unos 35º. Bastante duro. Evidentemente, en el autobús puede hacerse cualquier cosa menos dormir porque el simpático del conductor le da a la bocinita cada vez que hace un adelantamiento (véase normas de conducción en la última crónica) ya sean las 12 del mediodía o las 4 de la mañana.
Así que llegamos a Hué tras 14 horas de insomnio. La ciudad no tiene demasiado que ofrecer aparte de una ciudadela con templos que ni nos dignamos a visitar por falta de sueño. De Hué nos movimos hasta Hoi An (esta vez en tan solo tres horas), un pueblito también costero pero con bastante más chicha que Hué. Primero una playa en condiciones con hamacas en las que te puedes colar sin problemas y con ello nuestro primer baño en una playa decente y las primeras tardes al sol. Además, Hoi An tiene un mercado ambulante muy auténtico y una zona de restaurantes frente al rio muy apetecible. Para hacerse una idea, Hoi An es algo así como el Cadaqués de Vietnam.
Y desde Hoi An llegamos a Nha Trang, desde donde escribimos estas lineas. Llegamos aquí atraídos por los rumores de que Nha Trang es la meca vietnamita del submarinismo. Y si bien no podemos desmentir que lo sea, un par de otitis (si, si, ¡los dos!) nos han impedido comporbarlo. Tras pasarnos dos días con dolores de oído nos decidimos a echar mano del seguro médico que tan a disgusto pagamos en su día. Visita al otorrino (u oto-gorrino, porque que guarro el tipo, pasando bastoncitos y aparatos de la oreja de un paciente a la del otro sin pasarles un mísero algodoncito) y prescripción de una semana sin baños, además de antibióticos. Así que adios al submarinismo por el momento y adios a Nha Trang porque sin el submarinismo no vale nada.
Y en unas horas partimos hacia Saigon (ahora conocida como Ho Chi Minh city) con Pablo, Jacobo y Javi, la tres nuevas incorporaciones, que prometen.

Fotos en 2 dias.

Un abrazo.

viernes, 18 de julio de 2008

Salida de China

Después de nuestra larga estancia en Pekín, cogimos el vuelo hacía Hong-Kong con ganas. Primero por el cambio de aires después de 2 semanas, y segundo por el encuentro con Calvillo, que prometía mucho.
La llegada a la ciudad fué fácil, ya que casi todo el mundo habla inglés, y pudimos coger un bus que nos llevó a la puerta del hostal. Aquí empezaron a torcerse un poquitín las cosas, y como ya se sabe que en la vida, te dan una de cal y otra de arena, pues después del hostal de lujo de Pekín, nos tocaba.....como lo definiríamos.....a sí......el bloque de pisos mugriento con olor a mejillón seco ( no vimos a nadie comprarlo) de la entrada por culpa de una tiendecita de comestibles.
El edificio en si estaba distribuido en forma rectangular con un patio de luces interior: En la planta inferior, tiendecitas de toda clase, con sus respectivos vendedores tocándote la moral cada vez que entrabas. Los ascensores que llevaban a los pisos superiores estaban distribuidos a los ancho del edificio, y cada uno de ellos paraba en unas plantas determinadas. En cada planta, habían las respetivas tiendecitas de servicios, talleres y pisos. En nuestro caso, nuestra habitación era parte de un piso que lo habían dividido para alquilarlo. La verdad sea dicha, a parte de ser minúsculo, no estaba mal. Aunque después de ver la recepción del hostal en el pasillo de la planta 13, en una mesa de camping, cruzamos los dedos de las manos y de los piés para no dormir en la calle.
Como datos curiosos del susodicho edificio, del cual adjuntamos un par de fotos, es que si se te ocurría bajar por las escaleras, primero se te ponía un poco cara de asco de ver el patio de luces, con toda la grasa de años y años acumulada por todas partes. También curiosas, eran las manchas de sangre que había en cada esquina de las escaleras, pero no exageramos, no se salvaba ni una. La verdad es que no quisimos preguntar, pero viendo que a partir de las 12 de la noche sólo dejaban entrar a la gente identificándose, y aún y así tuvimos algún encuentro nocturno en los ascensores con personajes un tanto peculiares, no nos extraña que entre tanta variedad hubiera alguna diferencia.
La ciudad en si es espectacular, edificios grandes, iluminados por la noche, con una vida nocturna algo más occidental, y muchísima gente de todas partes ofreciéndote de todo.
En cuanto a la comida, no hemos tenido ningún problema. Primero porque las veces que fuimos sólos tiramos de la tan odiosa comida basura, pero que cuando estás a 10.000 km de casa la valoras. Y segundo porque salimos a cenar con Calvillo y su comercial ( Allen), Huy, y un amigo de ésta ( Jason) en varias ocasiones, a sitios buenos, donde pudimos disfrutar de la buena cocina China, y de la hospitalidad oriental de no dejar pagar nada.
Tampoco aprovechamos la oportunidad de ir a la playa en la primera oportunidad que tuvimos, aunque la verdad es que dejaba mucho que desear, tanto el día ( llovía como la gran mayoría de los días, es lo que tiene el monzón), como la playa ( debimos escoger la peor de HK). Pero al menos ya podemos decir que hemos ido a la playa.
De HK a Guangzhou fuimos en tren con Calvillo, para estar un par de días más con él. La ciudad no tiene absolutamente nada, a parte claro está de sus 8 millones de habitantes, por este motivo no hicimos ni una triste foto en 3 días.
Como punto destacable estubo de nuevo la hospitalidad de los comerciales de Calvillo que invitaron a una mariscada para cenar y a una mesa privada en uno de los locales de moda ahí. Si alguien va alguna vez a China, que no juegue al mentiroso con las chinas ( con los chinos si, que son un poco cortitos), porque allí es un deporte nacional a la hora de salir de fiesta, y cuando pierdes una vez y te toca beberte un chupito de chivas con té no pasa nada, pero si de cada 15 partidas sólo ganas 1, pues las consecuencias son evidentes ( de ahí la llamada cinto). Eso sí, al final el william (otro comercial chino amiguete de Calvillo) consiguió el teléfono de las chicas, a pesar de costarle una botella de chivas y otra de ballantine's 12 años.....jajajajajajaja.
Para dejar china y seguir nuestro viaje, teníamos la ruta estudiada, " que si tren de aquí hasta aquí, transbordo de tren, taxi para aquí y otra vez tren", y como siempre la teoría es fantástica hasta que la pones en práctica.
Mochilas a los hombros, 35o que debían hacer, y para la estación. Llegamos y la taquillera nos dice que no hay billetes y...." no ticket tomorrow, after tomorrow". ¡La virgen!, pensamos, dos días más en aquella ciudad, y entonces, apareció nuestra china salvadora que nos dijo que había un bus que iba a Nanning ( el mismo destino que el tren). Así que fuimos a comprar los billetes y a esperar 2 horas y media en la puerta para no perderlo, ya que si lo hacíamos perdíamos el resto de conexiones. Después de la interminable espera, llegó el bus-cama, un autocar con 40 camas divididas en 2 niveles, algo super curioso. Toda la noche viajando, pegando botes por el mal estado de la carretera y intentando dormir en un espacio super pequeño y con el aroma de los chinos incrustado en las fosas nasales.
El autocar nos dejó a las 5 de la mañana en una estación que estaba cerrada por la hora, y teníamos que coger un taxi para ir al siguiente tren, evidentemente, como no habíamos previsto el incidente de los tickets de tren, no llevábamos escrito la palabra " estación de tren" en chino, así que por enésima vez, nuestro nombre oficial fué........chucu chucu chucu chucu chucu chucu piiiiiiiiiiiiii piiiiiiiii, verdad que no es difícil?, pues a ellos les cuesta. Al final, 17km de trayecto por la ciudad en taxi y llegamos a la estación del chucu chucu.
Al ir a comprar los billetes, compobámos que habíamos llegado a tiempo, y que faltaban 2 horas para salir. Muertos de sueño, tirados en una estación en la china profunda, pensando......"con lo fácil que es el avión". Total, a las dos horas llegó el tren, un tren bastante cutre, en el que no describiremos las manchas de la tapicería ni de las ventanas, ni el olor que desprenden decenas de chinos humildes cuando se sacan los zapatos. Suerte que eran sólo 4 horas.
Por fin llegamos al último pueblo chino,pero antes de llegar a la frontera, teníamos que coger un taxi hasta ella, y después de ofrecernos 10, escogimos uno, y fuimos en moto-taxi. En las subidas casi había que bajarse a empujar.
Pasar la frontera fué mas rápido de lo que pensábamos, y ya podíamos decir aquello de "GOOOOODDD MORNING VIETNAM", pero nuestra odisea no había terminado, ya que nuestro destino era la capital ( Hanoi). Así que pillamos un taxi semi-oficial que nos llevó a la estación de mini-buses, y ahí cogimos nuestro último medio de transporte, pero quizás el más peligroso.
La furgoneta en cuestión, para haceros una idea, era la típica Mercedes 10 plazas. El problema no era la furgoneta, sino su conductor, y las normas de circulación vietnamitas. Después de más de 3 horas observando pudimos sacar algunas conclusiones para el adelantamiento, allá van:Vía de doble sentido, con un carril por cada lado.
- El código vietnamita indica que a parte del intermitente, has de pitar cada vez que adelantas.
- Si has de adelantar a una motocicleta, has de hacerlo lo más cerca de ella posible, más que nada para acojonarla un poco.
- Si has de adelantar a un coche, y en el sentido contrario viene una moto, tranquilo, tu pones el intermitente, pitas y adelantas, la moto ya espavilará para usar el arcen si no se quiere matar.
- Si los que adelantan son dos coches a dos motos respectivamente, cada uno en su carril, entonces se impone la ley de a ver quien es más chulo. En este caso sale perdiendo la moto del menos chulo, que rectifica trayectoria sin importarle lo que tiene a su derecha.
- Último caso, y el más flagrante. Si me encuentro a un amigo con otra furgoneta en el mismo sentido, nos ponemos en paralelo y tranquilamente charlamos mientras los del sentido contrario: A, utilizan su arcen. B, hacen un cruce a saco y usan el arcen contrario.
Al final, y después de 24 horas, 1 bus-cama, 2 taxis, 1 tren, 1a moto-taxi y una crazy van, estamos sanos y a salvos en Hanoi.
Por cierto, si en las estaciones de buses-trenes no hay carteles de "toilets", es para economizar gastos, sólo tienes que inspirar profundamente y aunque estés a 500 metros los localizas. ¡Qué asco!
Y por último, alguien les tendría que decir a los chinos, que escupir en todos sitios es de guarros, pero mucho más es escupir siempre con moco, y más cuando ya no te quedan y los tienes que ir a buscar muy pero que muy adentro. Cada uno que imagine.
Ale.......dewwwwwwwwwwwwww

Fotos: http://picasaweb.google.com/guillermo.de.prada/HongKongGuangzhouNanning

sábado, 12 de julio de 2008

China, otro planeta

Hace ya un par de semanas nos plantamos en Pekín tras de otro dia y medio de tren desde Ulan Bator. Algun espabilado (Miguel, por ejemplo...) se preguntará por qué un dia y medio desde Mongolia hasta China si están bien cerca. Buena pregunta. Pues porque debido a que China y Mongolia tienen un ancho de via diferente, a la salida de Mongolia los chinos se dan el capricho de retener el tren 8 horas en la frontera, levantarlo, y cambiarle las ruedas para poder seguir por la vía china. Un trabajo de chinos (nunca mejor dicho) que tiene tanto de curioso como de pesado. Eso sí, los chinos tienen muy asumido el rol de anfitriones de los Juegos Olímpicos y al menos se han regalado unos trenes que da gusto. En contraste con el tren con el que atravesamos Rusia, el tren (u hotel...) que nos llevó hasta Pekín tenía un baño cada dos personas, aire acondicionado en cada cabina y, no os lo perdáis, televisión en cada cama. Todo perfecto excepto que la televisión sirve de poco si no eres aficionado a las peliculas de Kung Fu o al karaoke.

Una vez llegados a Beijing, no tuvo que pasar mucho tiempo para darnos cuenta de que China es otro planeta y, sobre todo, los chinos, unos extraterrestres. Si no hubieramos llegado por tierra hubieramos pensado que estavamos en territorio marciano.

Para empezar porque es el único sitio al que vas de turismo y la atraccción turística eres tú mismo. Nos explicamos: por alguna extraña razón, la gente no paró de pararnos por la calle para hablar con nosotros y hacernos fotos. Tal como suena. De acuerdo que el hecho de que uno de nosotros sea pelirrojo ayuda, pero tampoco es para tanto, ¿no? Desde gente que nos ha parado por la calle para pedirnos si se podian hacer una foto con nosotros hasta niñas indiscretas que nos hacian fotos con el móvil desde la mesa de al lado mientras comiamos en el McDonalds...si es que estos chinos no viajan mucho.

Seguramente, entre otras cosas, porque cruzar Pekín ya es todo un viaje. Dieciocho millones de personas en una sola cuidad. Se dice pronto. Y claro, luego que a nadie le extrañe ir a cualquier restaurante y tener cuatro camareros por barba, todos muy serviciales. En cuanto entienden que lo que quieres es una coca-cola (una media hora después de que se la pidas) van corriendo (literalmente) como desesperados a buscártela. Uno de los casos más exagerados del exceso de gente en el sector servicios chino son las gasolineras. Siete "gasolineros" por surtidor serían demasidos en cualquier parte del mundo...excepto en China. Ni mencionar la de gente que trabaja en obras (incluso mujeres le dan al pico y la pala) y lo rápido que construyen cualquier cosa...es alucinante levantarte por la mañana y ver que el edificio de al lado tiene tres pisos más que cuando te acostaste. Se dice que el nuevo aeropuerto (que es inmenso y arquitectónicamente impresionante, por cierto) lo construyeron en menos de un año. Son unos auténticos locos del trabajo. No paran.

Aparte de muchos, los chinos son bastante simpaticotes. En seguida te hablan para preguntarte que partes de la ciudad has visto y cuales no, te hacen recomendaciones, etc. Luego, evidentemente, te intentar vender el producto de turno, pero, aún así, se puede decir que son buena gente. Eso sí, muy guarros. Sin ningún tipo de problemas eructan mientras están hablando contigo (sin girar la cabeza o taparse la boca, obviamente) o te escupen entre pié y pié. Muy cerdos. Ah, y la última moda entre los machos más viriles es levantarse la camiseta hasta el pecho (en plan bikini) y andar acariciándose el barrigumen. Es señal de prosperidad, dicen. Ellos sabrán.

En cuanto a atraccciones turísticas, todas son muy bonitas aunque la mayoria de templos tienen la misma linea, si bien la historia que hay detrás de cada uno es a cual más dispar. La Cuidad Prohibida es muy espectacular y todavía más lo es pensar en como vivían los antiguos emperadores. La plaza del Tian'anmen es la más grande del mundo y tiene un mausoleo gigante donde está el cadaver de Mao Zedong, toda una institución en China incluso después de muerto. Si Lenin levantara cabeza pillaria un buen cabreo porque su mausoleo en Moscú no es ni una décima parte del de Mao en Pekín. De lo que más nos impacto fué el auditorio que se han montado. Cosa fina, echarle un vistazo en las fotos.

Luego templos y más templos, aunque vistos diez, vistos todos. Como decimos, más que la arquitectura (que suele ser parecida) lo más más interesante es la historia detrás de cada templo. Y sus nombres. Que si el Templo del Cielo, el Templo del Agua, del Aire, el de la Sabiduria, de la Perfecta Puridad, de la Puridad Perfecta, de la Perfección Pura, Purísima Perfección...y así un no acabar de nombres bastante curiosos...templos para emperadores, para emperatrices, para concubinas (estos son los más grandes, porque los listos de los emperadores tenían más concubinas que nuestro Juan Carlos I). Vamos, que no vivían mal estos tipos.

De lo más espectacular fué la Gran Muralla, aunque también fué lo más cansado que hemos hecho hasta la fecha. Nos pegamos una caminata muy dura. Fuimos en plan tour con un grupo de gente de varios hostales y al subir al autobús que nos llevaba a la muralla ya vimos que nos habíamos perdido algo. La gente lucía una vestimenta de escalada al Everest: camisetas hipertranspirables, bastones de montañismo, camelbags, zapatillas casi de rocódromo...Y ahí estábamos nosotros, que ni sospechábamos que la visita a la Gran Muralla China podía consistir en una pateada de cuatro horas, con nuestro equipo de guiri profesional. Barbe incluso se tomó la libertad de plantarse con chanclas y camisita rosa de latin lover. Gracias a Dios, en cada excursión de este tipo siempre hay un grupito de americanos/as que van incluso menos preparados que tú. God bless America. La muralla en sí es espectacular. Las partes más antiguas están bastante destruidas, por lo que caminar por ellas se hace duro e incluso algunos tramos son algo peligrosos. Sin duda, valió la pena a pesar del castigo físico que suponen cuatro horas subiendo y bajando escalones de medio metro. Al fin y al cabo es una de las siete maravillas del mundo.

Ahora bien, lo más divertido (con diferencia) de Pekín es lo que ellos llaman la Silk Street. Imaginaros un Corte Inglés de 6 plantas donde se vende absolutamente de todo, de todas marcas, con la prticularidad de que nada es auténtico. Desde iPods y cámaras Sony hasta bolso de Louis Vuiton y Gucci, pasando por trajes Armani y relojes Rolex. Todo, absolutamente todo, réplicas idénticas del producto original. Lo divertido del tema es el regateo. Para que os hagáis una idea, los dos primeros días en Pekín nos lo pasamos en esta Silk Street regateando a las chinas (además, en plan gitano, sin comprar). Las dependientas son vendedoras compulsivas que ¡hasta hablán castellano! Expresiones del tipo "tú tacaño", "esto calitá, amigo", "balato balato", "tú loco loco" o "ni pa tí ni pa mí" (cuando nos dijeron ésta no pudimos dejar de reir en diez minutos) se oyen por todo el complejo. La verdad es que no hemos comprado casi nada porque no hay guita pero nos lo pasamos en grande. En serio, si alguien viaja a Pekín que se pase por la Silk Street porque no tiene desperdicio.

Tema Juegos Olímpicos, los chinos se lo han tomado en serio. Han remodelado gran parte del metro, construido cientos de hoteles, hecho un aeropuerto de cojones...el único problema que seguro van a tener es el idioma porque, excepto los universitarios (que no son demasiados), nadie habla inglés. Ni taxistas ni camareros ni nadie. Suerte que los menús en los restaurantes van con fotos... La villa olímpica se intuye muy bonita, aunque los chinorris estos están tan nerviosos por un posible atentado que tienen la zona acordonada y 500 metros son lo máximo que uno puede acercarse a las instalaciones. Ojala no ganen ni una medalla, por rancios.

Y hablando de deportes, qué decir de los dos acontecimientos deportivos del año...Primero la selección. Nuestro amiguete escocés (sí, el del tren) nos dijo que conocía un bar donde daban la final contra alemania. Como buenos españoles nos plantamos en dicho bar a las 12 de la noche (¡el partido era a las 3!) para animar con todas nuestras fuerzas a la roja. "Perfecto" - pensamos- "somos de los primeros. No hay españoles pero deben estar al caer". Pues ni un mísero español se pasó por el garito. En su lugar, tropas de alemanes gigantes invadieron el bar. Eso sí, en el gol de Torres gritamos más que doscientos alemanes. ¡qué placer ganar en territorio enemigo!¡Vamos España, ahora sólo nos queda el mundial!
El otro evento deportivo, más épico incluso que la final de la eurocopa, fué la final de Wimbledon. Eso no fué un partido de tenis sino la tercera Guerra Mundial. Todavía no sabemos como Rafa Nadal puede andar con esos huevos tan enormes que Dios le ha dado. No hay palabras. Estuvimos de 9 de la noche a 5 de la mañana frente a la televisión sin parar de mordernos las uñas. Vamos Rafa!!!

La noche pekinesa no está mal. Discotecas a reventar (como no podia ser de otra manera) y mucho, pero que mucho, calor. Desde discotecas cuyo suelo se balancea al ritmo de la música hasta los conocidos garitos de karaoke. Nada realmente destacable. Ah sí, una cosa, los chinos son los especímenes que peor bailan del mundo. O del espacio, vamos.

Desde aquí dar las gracias a Giancarlo, Valeria, Antonella y Amelia (amigos de Prada padres) que nos han tratado com a auténticos emperadores. Mil gracias.

Ayer llegamos a Hong Kong, muy diferente a Pekín. Y tenemos que dejaros porque vamos a reunirnos con un tipo muy famoso por aquí, un tal Albert Calvillo. Hasta el próximo "capítulo".

Fotos: http://picasaweb.google.com/guillermo.de.prada/Beijing

Un abrazo

Barbe&Prada